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NICOLÁS MELINI: 'MALESTAR'

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El escritor Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969), a quien conocí en Casablanca, guionista de cine, narrador, novelista y crítico de cine, publicará próximamente, en el elegante sello KRK, un nuevo libro de relatos: ‘Pulsión del amigo’. Nicolás me envía este estupendo relato que forma parte del volumen. Y además me envía esta foto del gran fotógrafo Alexis W.

 

 

 

MALESTAR

Nicolás Melini

 

 

Tenía trece años y había pasado el día jugando al ping-pong, tomando el sol y bañándome en la piscina natural del Aeroclub. Estaba solo, pero siempre alguien necesitaba un contrincante en el salón, y, si no, estaban las hamacas, la cafetería donde pedir un bocadillo o un refresco, o el mar. Era pleno verano, y uno se acercaba al agua caminando sobre las pequeñas almohadillas de cemento dispuestas sobre las rocas de malpaís. La sal y el sol en la piel podían resultar muy agradables pasadas unas horas. Pero ya eran las tres de la tarde y decidí irme. No tenía con quien volver a casa y no me apetecía buscar vehículo, andar preguntando quién regresaba a la ciudad, esperarlo hasta que se fuese y mantener una conversación de circunstancia con esa persona. Así que, sencillamente, me puse los pantalones cortos sobre el bañador, los tenis, dispuse mi camiseta entre el cordón de la mochila y mi cintura y salí a la carretera del aeropuerto. Debía andar varios kilómetros, pero no me importaba. Recorrí el primer tramo, siempre caminando por el arcén lleno de gravilla, y atravesé el túnel bajo la pista de aterrizaje. Hacía unos años, tras la ampliación del aeropuerto, solíamos ir en coche con mi padre y, si veíamos que un avión se disponía a aterrizar o a despegar, él aceleraba para nuestro alborozo –mi hermano y yo éramos unos niños— y hacía coincidir el coche en el túnel con el estruendo del avión justo allí arriba. No recuerdo si esta vez despegó algún avión mientras me encontraba en el interior del túnel. Enseguida salí al otro lado de la pista y empecé a ascender por la carretera, dejándola atrás y allá abajo, rodeada por un cerco de inmensas rocas y por las plataneras que se confundían con el mar. No había alcanzado la cima, antes de continuar carretera adelante hacia la ciudad, cuando sentí a mi espalda un claxon escueto, dirigido a mí, me volví y comprendí que se trataba de un hombre al que conocía vagamente, de vista (como solemos decir nosotros), porque a veces iba a los entrenamientos del equipo de fútbol en el que yo jugaba, pero también porque vivía en el barrio, por encima de mi casa, e incluso unos amigos míos debían de ser sobrinos suyos, si no me equivocaba, y mi madre debía de conocer a su mujer, y sus hijos, aún pequeños, debían de coincidir en el colegio con mis hermanos menores. Le hice un gesto de que siguiera, pero insistió y detuvo el coche junto a mí. Miré adelante. Tenía razón, quedaba mucho camino y hacía mucho calor. Denegar su ayuda sería una actitud incomprensible. Y yo no quería parecer el chico más raro de la tierra. Así que accedí a que me llevara, abrí la puerta y me senté. Él me saludó y me preguntó que si iba para casa y yo le dije que sí. “Ponte el cinturón”, propuso. Pero cuando me fui a girar para alcanzarlo ya él había pasado su brazo por delante de mí y me lo ofrecía. En cuanto lo tome inició el gesto de regresar al volante, y sin embargo, con un ademán preciso y premeditado, me tocó el pene y pasó su mano por la cara interior de mi muslo. Fue un segundo. Por un momento dudé de si realmente lo había hecho, porque él embragó y manipuló la caja de cambios y me miró como si nada. Sin embargo yo estaba rojo como un tomate, completamente confundido. Pensé que tal vez la culpa había sido mía; vestir aquellos pantalones cortos. Pero enseguida traté de reaccionar y concluí que no. Yo no había hecho nada malo. Yo ni siquiera quería subirme a aquel coche. Es más, quería bajarme cuanto antes. Él conducía alerta, pendiente de mí, y en algún momento trató de aligerar la tensión con alguna pregunta sobre el equipo de fútbol. Pero yo estaba petrificado en el asiento. En algún momento le contesté, con un tono que en absoluto denotaba mi estado de confusión. Mientras me encontrase en el coche con él no quería hacer ni decir nada que denotase que lo que había sucedido, realmente había sucedido. Trataba de actuar como si no hubiese pasado nada, cuando en realidad me encontraba absolutamente estremecido, y si no temblaba como un flan, podría hacerlo en cualquier momento. De hecho, le dije que me dejara en una playa cercana. “¿No ibas para tu casa?”. Le dije que sí y le di una explicación poco convincente para mi cambio de plantes. Lo que quería era que el trayecto fuese más corto, y, tal vez, no llevar aquella vergüenza hasta casa. No llegar con aquella vergüenza hasta la puerta de mi casa y que alguien me pudiera ver. Quería tener algo de tiempo antes de ver a mis padres y hermanos. Él me dijo que no, que no me preocupase, que él me llevaba a casa, si además le pillaba de paso, el iba tan sólo un poco más arriba. Así, el trayecto fue eterno. Con toda aquella violencia interior, mi confusión, culpabilidad y rabia que yo no permitía que escapasen por ningún sitio, quieto muy quieto y expectante en el asiento. Cuando por fin llegamos, me bajé del coche, me despedí educadamente y cerré le puerta para que siguiese camino. Subí las escaleras y el primero que me vio, mi padre, me preguntó que qué me pasaba. Nada, respondí, por supuesto. Y esta vez sí fui lo suficientemente convincente como para que me creyera, o por lo menos para que se diese cuenta de que no debía volver a preguntar, que no iba a decírselo por mucho que insistiera. Me fui a mi cuarto y traté de drenar todo aquel malestar. Lo peor era que sabía que me lo encontraría. Estaba demasiado cerca. Allí era raro no encontrarse muchas veces con la gente. Como en efecto sucedió a lo largo de los años que siguieron. Lo veía pasar en el coche, de su casa al trabajo, del trabajo a casa. Rara vez con su familia. Y sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo y comprendí que no tenía ningún poder sobre mí, que todo lo que me podía hacer ya estaba hecho, fui soltando mi rabia. Un día me encontré su coche –el coche de aquel pederasta— junto a una carpintería. Cogí un palo fino y busqué la válvula de una de las gomas. Sabía que estaba siendo infantil, y sin embargo… Desinflé una, con la intención de seguir con el resto. Pero el sonido de la goma desinflándose no me produjo la menor satisfacción. No me resarcía de nada. Así que lo dejé con un gesto de hastío. Años después me lo encontré de frente en la calle. Yo ya era un adulto, y, al verme, trastabilló con un adoquín y a punto estuvo de darse de bruces contra el suelo. Sonreí con malicia. Estaba seguro de que él lo estaba pasando mucho peor que yo.

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gravatar.comAutor: j.herrera

¡ Qué bien narrado está!
Tendría que ser de obligatoria lectura en la escuela.

Fecha: 01/08/2010 13:23.


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