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EL CICLISTA DE TIM KRABBÉ

Acabo de leer el libro ‘El ciclista’ (Libros del lince, que dirige Enrique Murillo) de Tim Krabbé. Publicaremos una reseña en el retorno de ‘Artes & Letras’, quizá coincidiendo con la Vuelta. Pero hoy, el editor y traductor y novelista me envía esta nota de Javier Fernández de Castro, que pasó varios años en Zaragoza y que tuvo una bonita amistad con los hermanos Lapetra.

 

EL  CICLISTA. Por Javier Fernández de CASTRO

Después del lamentable (a ratos por obsceno) espectáculo que ha sido el Tour de Francia 2010, leer El ciclista, de Tim Krabbé, es una delicia. Porque, más allá de que sea un relato centrado en el deporte de la bicicleta (total y absolutamente centrado en ello, pues desde el título hasta la última palabra de la contraportada no se habla de otra cosa)  transmite una imagen envidiable de lo que podrían ser los deportes en general de no haber sido víctimas de la hiperprofesionalización que los está asfixiando.


Más o menos la mitad de su libro, Krabbé  la dedica a narrar una carrera llamada Tour del Mont Aigaoual que se celebró el 26 de junio de 1977 y que él, como se dice claramente en las primeras páginas, "quería ganar". La carrera, que actualmente todavía se disputa y ha cobrado un gran prestigio en parte gracias a esta novela, consiste en un doble bucle de 137 kilómetros que se cruza en Meyrueis, un pueblo situado en pleno parque natural de Les Cévennes. El recorrido, que se hace en algo más de cuatro horas, incluye varios puertos de montaña, entre ellos el que da nombre a la carrera y que tiene 1.567 m de altura. Durante los prolegómenos y los primeros kilómetros se van dando a conocer los más significados de los cincuenta y tantos corredores que le van a disputar el triunfo al autor. En la otra mitad del libro se van evocando algunas de las cuatrocientas carreras que por aquel entonces llevaba disputadas Krabbé, un notable ajedrecista que se pasó al ciclismo con casi treinta años y que poco a poco fue endureciendo su cuerpo, depurando su técnica y adquiriendo el conocimiento necesario para empezar a participar en carreras y, lo cual es quizá el trasfondo más interesante del libro, atreverse a decirse a sí mismo que las disputaba para ganarlas. Gestas significativas de los grandes campeones del pasado, sucesos de gran importancia para la historia del ciclismo y reflexiones morales que surgen del hecho mismo de afanarse por seguir dando pedaladas incluso mucho después de haber perdido el resuello, se entrelazan con el momento agónico de la carrera misma para componer un relato sencillo y a la vez apasionante porque veintitantos kilómetros después de la salida, y cuando todavía no se ha dejado atrás el primero de los puertos de montaña, ya ha quedado muy claro que allí no se está disputando únicamente una carrera sino que se está tejiendo una auténtica moral de vida.

Armstrong escala, con otros, el Galibier.


El ciclismo no tiene un panteón de caídos tan ilustres como el alpinismo o la navegación, por poner dos ejemplos de prácticas deportivas que conllevan un gran riesgo, pero en cambio, quizás porque es una magnífica escuela, cuenta con millones de practicantes cuya afición a la carretera tiene algo de religioso (incluido, para qué negarlo, el fanatismo). Y para comprobarlo basta acercarse una mañana de verano a cualquiera de los puertos que el Tour ha mitificado (los Tourmalet, Mont Ventoux, Aubisque, Galibier, etc): centenares de padres de familia, muchos de ellos protegido por el coche familiar, pedalean con desesperada determinación sin más objetivo que poder fotografiarse en lo más alto contra el cartel donde ponga el nombre y la cantidad de metros que les ha costado llegar hasta allí. Pero ojo: si a media montaña les alcanza alguien que ellos juzgan, con sólo una breve ojeada por el rabillo del ojo, un inferior, la ascensión puede degenerar  en un duelo dramático porque ningunos de los dos  contendientes cederá el paso al otro a menos que se ponga de manifiesto la peor verdad que puede salirle a uno al paso cuando está en pleno esfuerzo: que el inferior es superior.

A falta del equivalente a la Segunda División en las ligas de fútbol, el ciclismo se ha inventado un circuito de carreras amateurs que cubre todas las modalidades que luego se practican en el ciclismo profesional y que son, al mismo tiempo, un campo de entrenamiento para futuras figuras  y un refugio para quienes podrían haberse labrado un futuro en los equipos profesionales pero que, por las causas que sean (la vida) continúan siendo unos aficionados capaces de fajarse con sus iguales en condiciones de gran dureza.  Ése es el perfil de competidor que describe admirablemente Krabbé, porque él es uno de ellos. La carretera, inerte, ajena, ecuánime, es la que pone a cada cual en su sitio y la que dice quién y qué es cada uno. Pero justamente por eso se dice que, a su modo, el ciclismo es una escuela donde se enseña una moral de vida.


Y una última cosa: la versión castellana de El ciclista va ya por la tercera edición.
 
El ciclista. Tim Krabbé. Los libros del lince. Barcelona, 2010.

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gravatar.comAutor: piero

Es cierto, en pocos libros se puede filtrar con precisión lo que de verdad es el ciclismo. Y al juntarlo con otra carrera como la literatura, voilà...

Fecha: 05/08/2010 23:39.


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