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KEITH RICHARDS: UNA VIDA SALVAJE

 

XLSemanal adelanta el contenido de la salvaje autobiografía del músico

 

Keith Richards: “la gente cree que soy yonqui, ¡y dejé las drogas hace 30 años!”

 

  • "Mi abuelo Gus me enseñó a tocar la guitarra. Si puedes tocar Malagueña, puedes con todo, me decía"

 

  • "Le quité la novia a Brian en un viaje entre Barcelona y Valencia”

 

  • “Tal vez Mick y yo no seamos amigos, pero somos como hermanos”

 

  • “Durante muchos años he dormido sólo unas dos veces por semana, lo que significa que me he mantenido consciente a lo largo de unas tres vidas”.

 

 

 

 

Madrid, 4 de noviembre

 

Keith Richards tiene un pie en la tumba desde los años 70, cuando se hacían apuestas sobre lo que duraría vivo. Pero superó su adicción a todo tipo de estupefacientes y ahora, a los 66 años, casado y padre de cinco hijos, publica 'Vida' (Global RhythmPress/Ediciones Península), una autobiografía salvaje y políticamente incorrecta. Con un sentido del humor vitriólico, el guitarrista de los Rolling Stones repasa sus problemas con las mujeres, las drogas y la justicia. Y no deja títere con cabeza, empezando por Mick Jagger, «el picha floja». XLSemanal adelanta algunos de sus contenidos más jugosos. 

 

 “Mi abuelo Gus me enseñó a tocar la guitarra. Era una guitarra española clásica. Gus me decía: «Si consigues tocar Malagueña, puedes con cualquier cosa». A los 11 años, me metí en el coro del colegio. A los 13, me cambió la voz y me echaron. Además, me hicieron repetir curso. Estaba tan furioso que el deseo de venganza me quemaba por dentro. Si quieres forjar un rebelde, ésa es la manera”.

 

Mick Jagger y yo nos conocimos porque vivíamos muy cerca e íbamos a la misma escuela.. En 1961 coincidí con Mick en la estación de Dartford. Si te metes en un vagón de tren con un tío que lleva bajo el brazo discos de Chuck Berry y Muddy Waters, es amor a primera vista.

 

Para llegar a ser guitarrista, tienes que empezar con la acústica y luego pasar a la eléctrica. Mi primer amplificador fue una radio: desmonté el trasto. Me pasaba el día soldando y recableando detrás del amplificador. Me electrocuté un montón de veces porque siempre se me olvidaba desenchufarlo antes”.

 

“Me había pasado la vida esperando hacer el servicio militar. Y de repente, justo antes de cumplir los 17, en 1960, anunciaron que se había acabado. Así que fui a la escuela de arte. Fue mi último intento de incorporarme a la sociedad. En realidad, lo que necesitaba era una excusa para que me empujaran hacia la música”.

 

“Formamos un grupo y nos dieron nuestro primer bolo. Brian Jones telefoneó a una revista y le preguntaron cómo nos llamábamos… Nos quedamos mirándonos los unos a los otros. Y la llamada costaba pasta. La primera canción de The best of Muddy Waters es Rollin' Stone; la funda del disco estaba por el suelo. A la desesperada, Brian, Mick y yo nos tiramos a la piscina: Los Rolling Stones. Gracias a no pensárnoslo, nos ahorramos seis peniques”.

 

“Durante las primeras giras por EE.UU. los bares de carretera eran una aventura. Nos llamaban 'nenas' porque llevábamos el pelo largo. El pelo, una de esas menudencias en las que nadie piensa, pero que cambian culturas enteras”.

 

“Y llegaron los arrestos. Yo solía creer en la ley y el orden, pensaba que Scotland Yard era incorruptible: ¡me tragué el cuento!  Me encontraron unas colillas de porro en un cenicero, el juez me llamó «escoria» y «cerdo». Fui condenado a 12 meses. Con los Beatles ya no se podían meter porque los habían condecorado, así que nos tocó a nosotros la crucifixión. Pero sólo pasé un día en la cárcel”.

 

“Nos lo pasábamos muy bien. En cierta ocasión, Brian, su novia Anita Pallenberg y yo cruzamos la frontera española en un Bentley azul y cuando llegamos a Barcelona nos fuimos a un tablao flamenco en las Ramblas. Al día siguiente salimos hacia Valencia, solos Anita y yo. Nunca en mi vida he dado el primer paso para enrollarme con una mujer. Me quedo sin palabras. Así que Anita movió ficha. Yo no podía entrarle a la chica de mi amigo. Pero en el asiento trasero de aquel Bentley, en algún lugar entre Barcelona y Valencia, Anita y yo nos miramos: la presión era tan bestial. Era febrero y en España ya había llegado la primavera. Recuerdo el olor de los naranjos”.

 

“Anita y yo nos convertimos en pareja y, con el tiempo, empezamos a consumir heroína. ¿Por qué me drogaba? Creo que tiene que ver con subirse a un escenario: los niveles de adrenalina son tan altos que requieren un antídoto. La mayoría de los yonquis acaban idiotas. Fue eso lo que me hizo dar la vuelta. Nadie se convierte en un héroe por el hecho de meterse droga, más bien si consigues dejarla”.

 

“Estaba de gira en París cuando me dieron la noticia de la muerte de mi hijo Tara con sólo dos meses, lo habían encontrado muerto en la cuna. Es como si te pegaran un tiro. No cancelé el concierto. Habría sido peor. Marcharme de gira cuando todavía era un recién nacido es algo que nunca me perdonaré. Es como si hubiera desertado”.

 

“Del asunto entre Mick y Anita tardé en enterarme, pero me lo olía. Aquello abrió una brecha entre Mick y yo. Era una pelea de machos alfa. Todavía lo es… En cualquier caso, ella no se lo pasó demasiado bien con el pequeño picha floja. A Mick no le gusta que hable con sus mujeres, siempre acaban llorando en mi hombro porque se han enterado de que él anda por ahí de conquista otra vez. ¡La de lágrimas que han vertido sobre este hombro Jerry Hall, Bianca, Marianne Faithful, Chrissie Shrimpton! Me han arruinado un montón de camisas”.

 

“En 1973 sacaron una lista de las diez estrellas del rock que era más probable que murieran pronto, y me colocaron en el número uno. ¡Fui número uno en esa lista durante diez años!. La gente cree que sigo siendo un yonqui. ¡Y hace 30 años que dejé las drogas!”

 

La gran traición de Mick fue que anunciara en 1987 que saldría de gira con su segundo álbum en solitario. Había dado carpetazo a 25 años de Rolling Stones. Salió de gira con otra banda a cantar canciones de los Stones. Aquello fue una bofetada. Arremetí contra él en la prensa. Hasta mediados de los 70, Mick y yo éramos inseparables. Tal vez Mick y yo no seamos amigos, pero somos como hermanos. Los hermanos se pelean. Yo puedo decir estas cosas, me salen del corazón, pero nadie puede decir algo malo de Mick en mi presencia. Nuestra relación todavía funciona. ¿Cómo si no, al cabo de casi 50 años, podríamos plantearnos aún volver a salir juntos a la carretera? La diferencia entre Mick y yo es que a él no le gusta confiar en nadie. No puede dejar de ser Mick Jagger ni un minuto”.

 

“Llevo una vida de auténtico caballero: escucho a Mozart y leo mucho. Me encantan las novelas de Patrick O'Brian. Cuando estoy en casa, suelo hacerme yo la comida, por lo general salchichas con puré de patatas. Creo que ya he provocado revuelo más que suficiente en esta vida. Pero me retiraré cuando estire la pata”.

 

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