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FERRER LERÍN: UN EXTENSO DIÁLOGO

[Francisco Ferrer Lerín presenta esta tarde, a las 20.00 horas, en la FNAC su novela 'Familias como la mía' (Tusquets). Lo acompañarán Túa Blesa, catedrático de la Universidad de Zaragoza, y Antón Castro. Esta entrevista la publiqué en el pasado suplemento de 'Hoy Domingo'.]

 

“Si no hay lector no

tiene sentido escribir”

 

“Estuve treinta años

sin coger la pluma”

 

“En España se hacía más

el amor de lo que se dice”

 

“Siempre regreso al Pirineo.

Jaca me acerca al cielo”

 

 

Francisco Ferrer Lerín, uno de los escritores más insólitos y heterodoxos de las letras españolas, reconstruye su biografía en el libro 'Familias como la mía' (Tusquets: colección Andanzas): su educación sentimental, sus años de jugador de póquer, su pasión por la ornitología y por Jaca y las claves de su escritura

 

  

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es ornitólogo, escritor, experto en bestiarios y un enamorado de las palabras. Un creador e investigador de lenguaje, y también un raro. Con ‘Fámulo’ ganaba en 2010 el Premio de la Crítica de poesía. Ahora publica ‘Familias como la mía’ (Tusquets), una novela de sustrato autobiográfico que recupera la novela ‘Níquel’ e incorpora una segunda parte: ‘Nora Peb’. “Ni  ‘Familias como la mía’ ni ‘Níquel’ ni ‘Nora Peb’ son los títulos originales. ‘Níquel’ se llamó ‘P.A.M.’ (iniciales del protagonista) en su primer intento barcelonés de edición; luego, cuando se publica en Zaragoza, de la mano de Mira, es el editor Joaquín Casanova quien sugiere cambiarlo dado el parecido entre ‘P.A.M.’ y un partido político aragonés. ‘Nora Peb’ se llamó ‘La Bestia de Gévaudan’ hasta que se rueda la película francesa de igual título. Y ‘Familias como la mía’ es la suma de ‘Níquel y Nora Peb’; de esta segunda parte lo que más me atrae es su carácter de almacén, de depósito de argumentos y personajes Tusquets Editores prefirió rótulo nuevo y elegí ‘Familias como la mía’, un verso de Rimbaud que ya incluí en mi poemario ‘Fámulo’. El conjunto de mi familia, en la ficción, no es desde luego tan especial como los protagonistas Pablo Amatller Moragas y su falso hijo Paul Verdenal y, mi familia, en la realidad, es sólo una más en ese maltratado paraíso que es la burguesía”, dice Ferrer Lerín, que reside y trabaja en Jaca.

Su padre era médico y, da a entender, que andaba por ahí metido en asuntos de falda. ¿Cómo le marcó?

No es por puritanismo sino por amor a la verdad que convendría deslindar los territorios de la realidad y la ficción. Mi padre, que sí era médico, me marcó como marcan todos los padres: fue decayendo su imagen a medida que yo avanzaba en la falsa creencia de que conocía la vida mucho mejor que él, para luego verme invadido por la mala conciencia al no haberle prestado la atención y el cariño que se merecía. ¿Mujeres? Sí las hubo, como las hay ahora; otra cosa es que se soliciten hasta perder los estribos, y ese no fue su caso.

¿Y su madre: misteriosa, fotogénica, actriz?

Mi madre tuvo siempre un justo apoyo en mi persona.

Si uno hace caso de su libro, ha tenido una vida sexual muy activa…

En España se hacía mucho más el amor de lo que os han dicho, y mucho más de muchas otras cosas. Claro, como sucede ahora, no todos eran los elegidos. Tuve, como todos mis compañeros en aquellos años, la tentación de seducir algunas turistas en la Costa Brava; a veces la tentación se convertía en intentona e, incluso, en conquista. 

 Dice: “Los naipes nacieron conmigo”. ¿Cómo descubrió el póquer y que tenía una habilidad especial en el juego?

Estamos dotados para determinas disciplinas. Yo, por ejemplo, no estoy dotado para el submarinismo. El póquer formaba parte de (casi) nuestra vida diaria. Mi padre jugaba con sus amigos y yo pasé más horas en el bar Josefa que en la Facultad de Medicina. Era algo que iba asociado de modo indisoluble a la época de estudiante y, quizá porque era un juego que requería unas condiciones físicas y mentales que coincidían con las que configuraban mi naturaleza, pude salir airoso, desde mi más tierna adolescencia, de todas las batallas sobre el tapete verde. Estaba dotado y, como en la parábola de los talentos, me sentí obligado a rendir lo que debía. 

¿Cuánto podía llegar a ganar?

Ocurrió que el póquer convencional, el de las cinco cartas, “el tapado”, dejó de jugarse. Como en otros campos de la actividad humana en el momento en que se prueban determinadas variantes se deja a un lado todo lo anterior. El nuevo póquer, llamado “sintético”, y en Zaragoza “chiribito”, ofrecía a los jugadores, en especial a los más despiertos, la posibilidad de neutralizar el azar supliéndolo (en parte) por la psicología, la astucia, la dosificación del resto, en suma, la inteligencia. Los dos envites del tapado se convertían en cinco lo que facilitaba el desarrollo de esas aptitudes pero, irremisiblemente, encarecía las jugadas. Hará unos años tuve la oportunidad de jugar al póquer sintético en una mansión de la costa malagueña y, allí, las cantidades que se cruzaron convertirían en ridícula cualquier comparación con las timbas habituales de los más exclusivos garitos de Madrid o Barcelona. Lo que pasó es que no jugaba para mí. Fue una curiosa experiencia que no voy a relatar aquí; lo dejo, si a alguien le interesa, para mi comparecencia pública el miércoles día 9 en la FNAC.      

Dice otra cosa que puede resultar chocante: “Yo fui feliz en el ejército”.

Renuncié, por razones de calendario, a las Milicias Universitarias y cumplí el servicio militar como soldado. Fue una notable experiencia. Vi perfectamente reproducida la pirámide social y descubrí sensaciones como la camaradería, el mando y la obediencia. La inmensa mayoría de reclutas disfrutaron durante esos once meses. Sólo, los de siempre, los apegados al aldeanismo, a la identidad regional, se pasaron el tiempo refunfuñando, quejándose, insolidarios, despotricando de los suboficiales y oficiales, embadurnados de odio al ejército mas no como institución sino por no ser el suyo.   

 ¿Cómo se pasa de la medicina a la ornitología y a esa pasión no sé si científica, furiosa o loca por la avifauna necrófaga?

Empecé Medicina con 17 años como algo natural y a lo que se me tenía destinado dada la profesión de mi padre y mi amor por los animales. El problema era que mi amor era por los animales salvajes y no por los domésticos a los que equiparaba a los seres humanos causantes de la destrucción de la fauna salvaje más valiosa. Paso de la herpetología a la ornitología con 22 años; una buena edad,  pero que me lleva inexcusablemente a especializarme en aves carroñeras.

 ¿Por qué Jaca, por qué le fascina el Pirineo?

Llegué a Jaca en 1968. Como becario entré a trabajar en un centro de investigación que era el único en España con un departamento dedicado a la Ornitología de Campo, en la que yo ya era un crack.

¿Cómo han sido todos esos años ahí arriba?

La expresión “ahí arriba” me acerca al cielo. Y algo de eso ha habido. Sin embargo más de la mitad del tiempo he residido fuera de Jaca. Regresé a Barcelona a trabajar en el mundo editorial, estuve en Andalucía varios años, vuelta a Barcelona. Pero siempre regreso al Pirineo.

 ¿Qué ocurrió en su época de editor, cómo lo vivió? ¿Cómo recuerda su amistad con Carlos Barral, Gimferrer, Félix de Azúa?

Considero excesivo proclamarme editor. Trabajé para editoriales y, a lo sumo, en editoriales. Con Carlos Barral tuve una relación sólo profesional; participé en consejos de redacción de Barral Editores (la editorial que creó cuando se produjo el cisma en Seix Barral), traduje a Eugenio Montale, Tristan Tzara y Saint-John Perse para él, y me presté a participar en una siniestra pantomima remedo de concurso literario. Pedro Gimferrer fue, durante tres años, mi inseparable cómplice de diversas aventuras librescas, plásticas, cinéfilas e incluso poquerísticas, ya que él, como se ha difundido en variados foros y ha sido causa de reclamaciones judiciales por su difusión en un documental emitido en las televisiones autonómicas, me surtía de pichones a cambio del quince por ciento de los beneficios. Félix de Azúa es mi amigo, con él las aventuras han excedido la literatura y la orgía; es un tipo brillante con el que no veo aún agotadas las posibilidades de reírnos juntos.     

¿Cómo había nacido el escritor, un escritor como usted, además, apasionado por el lenguaje, por las etimologías, por Joan Corominas, por los topónimos y por los bestiarios?

Como ya he dicho respecto al póquer uno nace dotado para determinadas actividades y vicios. Por cuestiones de mera fisiología dispongo de facilidad para el ritmo. La poesía y la narrativa sin él no son nada, y a mí me resulta muy fácil utilizarlo. Sumando la curiosidad, que también poseo, es muy fácil intentar reescribir, con más o menos variantes, los contenidos que atraen de los libros.

¿Y la pasión léxica?

Sin duda procede de mi abuelito materno Juan Lerín Añaños, nacido en Barcelona, pero que sus apellidos no ocultan su origen. En Navidades llamaba a los ‘barquillos’, ‘nieblas’, lo que siempre me cautivó (‘barquillo’ en catalán es ‘neula’ y de ‘neula’ a ‘niebla’ sólo hay un paso) Con él cantaba las notas necrológicas que salían en ‘La Vanguardia Española’; con preferencia las redactadas en catalán, que aún resultaban más desopilantes.  

Escribe, publica y deja de escribir. Y regresa con varios libros. ¿Ya siente que es escritor definitivamente?

Estuve más de treinta años sin coger la pluma. Un buen día volví a hacerlo, y para escribir un guión cinematográfico. No sé si siento que ya soy escritor pero si no es así me debe de faltar muy poco.

 ¿Qué quiere contar?

Al principio, como todo niño maleducado, escribía sólo para mí. Ahora si no hay lector no tiene sentido escribir. El otro día recibí una carta del conductor de una funeraria de Calatayud para felicitarme por mi ‘Bestiario’. Un milagro, he sacado un producto al mercado que transmite sensaciones placenteras a personas desconocidas. Este fenómeno paranormal demuestra que sin voluntad de agradar, alejado del zafio populismo, consigo encontrar seres como yo, seres sensibles que disfrutan de las cosas que, simplemente, están bien hechas. 

 ¿Tiene la sensación de que con ‘Familias como la mía’ se esclarece el mito Ferrer Lerín o se incrementa?

Este mito, que no sé si estaremos ayudando a engordar y propagar, me resulta ya más pesado que una losa. He dicho en algún lugar que mi pretensión es que el libro no sólo cierre el ciclo carroñero sino que cierre la puerta a los exegetas que sólo quieren biografía detallada y no investigar, aunque sea con lupa, si de verdad vale o no vale mi literatura. 

Ferrer Lerín con su ángel andaluz: Concha Jiménez.

 

DESPIECE

 

Poderoso amor más allá de la muerte

 

 

La vida de Francisco Ferrer Lerín podría resumirse en algunos nombres decisivos: Concha Jiménez, su mujer, un torbellino de agitación cultural en Jaca, las aves, ‘Los Novísimos’ o el premio de la Crítica a su libro de poemas ‘Fámulo’ (Tusquets, 2009).

Amor y otros demonios. “El matrimonio es una institución antihigiénica. Ningún humano puede sobrellevarlo si no está fabricado con antibióticos, detergentes y el más tenaz de los aceros. Que en nuestro caso aún sigamos unidos y no muertos demuestra que al menos uno de los dos es un auténtico titán, y pienso en ella. ¿Crápula yo? Nunca lo fui; hay elementos en este significante con los que no puedo estar de acuerdo, y me refiero a lo que de noctámbulo, alcohólico, misógino y ulceroso tiene el personaje”.

Aves necrófagas. “He pasado de profesional a amateur. Ahora intento, con otros jóvenes bienintencionados, contribuir al mantenimiento de las poblaciones de aves necrófagas suministrándoles semanalmente despojos cárnicos, eso sí acosado por las fuerzas del orden que cumplen órdenes de misteriosas empresas que recogen y manipulan dichos excedentes. Lejos quedan los trabajos de catalogación y etología que sirvieron para redactar, por otros, sesudos manuales y trabajos científicos. La fascinación por esas bestias aladas y carroñeras viene de cuando supe que aún existían en España, precisamente en unos momentos (años sesenta) en que el país pugnaba por salir del subdesarrollo, unas estructuras de dos metros y sesenta centímetros de envergadura sobrevolando, a la búsqueda de animales muertos, el rugiente motor del Seat 600 de mi novia”.

 ‘Los Novísimos’. “Cuando empecé a publicar, a comienzos de los sesenta –rescato ahora esos textos en ‘Edad el insecto’- todavía estaba en pleno auge la llamada poesía social y nada de lo que yo escribía tenía que ver con esa corriente literaria. Que luego la generación de ‘Los Novísimos’ coincidiera con mis postulados podría ser lógico hartazgo ante poesía tan plana y poco creativa”.

El premio de la Crítica. “Constituyó la gran alegría de mi vida de escribano quizá porque se trata de un certamen limpio, sin dotación económica, y en el que ni autores ni editores se presentan”.

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antoncastro

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