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EL SÁBADO, EN LA CAMPANA: RECITAL CON J. BERGES, O. BERNAD Y YO

Invitado por Fernando Sarría, este sábado, a las 22 horas, participaré en un recital poético en La Campana de los Perdidos con la poeta y narradora Olga Bernad, que acaba de publicar su segundo poemario, ‘Nostalgia armada’ (Vela de Gavia. La isla de Siltolá, Sevilla, 2011), y por el guitarrista Jorge Berges. Yo leeré algunos poemas de ‘Vivir del aire’ (Olifante, 2010) y de mi nuevo libro, que sale estos días: ‘El paseo del ciclista’ (Olifante, 2011), un volumen en verso y prosa, de 26 poemas, que lleva prólogo de Miguel Mena y solapa de Manuel Pereira.

El acto se desarrollará en dos partes. Cada poeta lee durante quince minutos, toca Jorge Berges, vuelven a leer los poetas por el mismo espacio de tiempo, y concluye la noche el intérprete flamenco. Estáis todos invitados.

 

 

Uno de mis poemas favoritos del libro es este dedicado a la cantante, actriz y modelo Nico.

Lo cuelgo aquí con algunas fotos de ella.

 

VIDA, MÚSICA Y MUERTE DE NICO

 

 A Juanjo Blasco Panamá

Todo en ti, hermosa Christa, fue un constante enigma,

un subterfugio del dolor, de la luz y de la sombra.

Casi nadie sabe con certeza dónde naciste.

¿Fue en Colonia o en Budapest? ¿Fue en 1938 o en 1943?

Qué importa. La vida pronto te mostró sus escalofríos:

tu padre, el hombre que te contaba historias del tren

que cruzaba el bosque rumoroso de los cuentos de hadas,

falleció en un campo de exterminio. Ya vivías en Berlín.

En un viaje a Ibiza, años después, uno de tus amantes

decidió cambiarte el nombre: para él, y para todos,

serías siempre Nico. Nico, en homenaje a un fotógrafo:

el apasionado amor que tu amante había perdido.

Ya serías para siempre la bella Nico. La maldita.

La moderna que hacía pensar en Twiggy, en Jane Birkin

o incluso en Marianne Faithfull, mujeres de ardor

y arrojo que desordenan la furia del deseo.

Pronto te convertiste en una musa, como Edie Sedgwick.

Cantabas con una fría y metálica voz, acaso andrógina,

desfilabas como nadie con una elegancia antigua,

paseabas con misterio y asombro en La Dolce Vita

de Federico Fellini. En tu derredor se multiplicaban

las leyendas: le habías arrebatado el marido a Anouk Aimée,

habías vuelto loco a John Cale, a Gainsbourgh y a Andy Warhol,

y tu corazón se inflamaba de todas las drogas de la tierra.

A solas, cuando te abrazabas a tu querido armónium,

leías a Hölderlin, a Baudelaire, a Blake y a Coleridge:

tu música era como un canto medieval sacrílego

y tu alma se vaciaba en soledad y desamparo a cada hora

con aquellos versos tan tristes como tus venas.

Vivías en el arte, en la música, en el teatro, en la pasión.

En Nueva York tomaste clases con Lee Strasberg

y hechizaste a Bob Dylan, a Lou Reed y a tantos otros

 que escribieron para ti, como los chicos de la Velvet.

Cada uno de tus discos era más inquietante y sombrío:

te empeñabas en seguir todos los caminos de la derrota.

Las notas se encadenaban con un sarpullido de oscuridad.

Jugabas a ser una diosa imposible, una sacerdotisa lejana,

y a la vez, junto a Philippe Garrel, una poseída: dicen

que tomabais imágenes desde la cubierta de la Ópera Garnier.

Decían que capturabais los lamentos de la luna sobre París.

Luego, te marchaste a Ibiza, con tu hijo y casi en secreto.

Dijiste que Christian Aaron era hijo de Alain Delon

y de un pasado amor que dejó cicatrices en la sangre.

Tu último disco, ‘Camera Obscura’, tenía algo de responso

y de canto mortuorio de quien se despide del mundo.

¿Habías querido anticipar tu epitafio de exiliada en la tierra?

Y a la vez, con su perfecta tristeza, era una obra maestra.

Un día, mientras paseabas por la ciudad en bicicleta,

ocurrió aquello: se te paró el corazón y te desplomaste.

Tu cabeza se golpeó terriblemente contra el suelo.

Alguien te llevó al hospital: no acertaron con el diagnóstico,

ni era insolación ni el rescoldo de una noche de excesos.

Y al día siguiente fallecías de un derrame cerebral,

tú, Christa Päffgen, inolvidable Nico que jamás

quisiste renunciar a las sucesivas formas del luto.

 

Recuerdo cuando llegó la noticia a mi periódico,

El día de Aragón. Fue hacia las seis de la tarde.

El redactor musical dijo: “Nico, el animal más bello de la música,

el ángel terrible, la mujer fatal y provocadora, ha cantado

su última melodía”. Cogió el retrato tuyo que mandó

la agencia y lo rompió en dos mitades. Así saliste:

con el rostro y los ojos partidos, y el cabello muy rubio.

“Una caída de bicicleta pone fin al enigma de Nico”,

decía el titular. En letras más pequeñas se añadía:

“La cantante, modelo y actriz alemana murió en Ibiza

donde se había recluido con sus fantasmas”.

 

De ’El paseo en bicicleta’. Poemario de Antón Castro. Febrero de 2011. Olifante.

 

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antoncastro

gravatar.comAutor: Vital

Fascinante personaje y emocionante poema. Gracias.

Fecha: 17/02/2011 20:30.


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