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JULIO ANTONIO GÓMEZ EN 'ALAMBIQUE'

Julio Antonio Gómez: vida y destino

de un poeta y un editor con leyenda

 

La revista ‘Alambique’ recuerda al fundador de la editorial Javalambre y de la revista ‘Papageno’ que conoció la cárcel, el éxodo y el olvido

 

Julio Antonio Gómez (Zaragoza, 1933-Las Palmas, 1988) es uno de esos personajes con leyenda que ha dado Zaragoza. Fue poeta, editor de una colección de poesía como Javalambre y de una revista como ‘Papageno’, y tuvo algo de “escritor maldito e incomprendido”. Estableció un nexo de complicidad con los autores que frecuentaban el café Niké, al que llegó hacia 1954: Miguel y José Antonio Labordeta, Manuel Pinillos, Fernando Ferreró, Miguel Luesma Castán, Guillermo Gúdel, Luciano Gracia, Emilio Gastón, Ignacio Ciordia, Rosendo Tello…

La revista ‘El Alambique’, que patrocina la Fundación Alambique para la Poesía de Guadalajara y dirige Agustín Porras, acaba de dedicarle más de 50 páginas, en un homenaje que ha coordinado Ángel Guinda. En esa monografía, que incorpora más de una docena de ilustraciones de Ricardo Calero, se reconstruye su biografía, se analiza su poesía, se estudia su poética y el hilo de afinidades e influencias (desde San Juan de la Cruz hasta el Vicente Aleixandre de ‘La destrucción o el amor’), se incluye una amplia antología de su obra, y se ofrecen distintas visiones de su quehacer.

Julio Antonio Gómez tenía un sentido del humor peculiar, le gustaban los juegos de palabras y era muy mitómano. Rosendo Tello dice: “Su figura abierta y externa, jacarandosa y desmedida, parecía no soportar la soledad. En soledad, no obstante, rebajaba la guardia de su ser, más personal, tierno y vulnerable, apenas advertible, pues casi siempre se le veía acompañado”. Agrega algo más adelante: “Cargado de proyectos ambiciosos, daba la impresión de estar ensayando y acometiendo la obra trascendental de su vida que no acabaría de realizar”. La de Julio Antonio fue siempre una biografía de ensayos y de paradojas, de aventuras y fugas. “Amó como un eterno enamorado; como el gran amante que no ve nunca el peligro y, si lo ve, no lo teme –escribe Ángel Guinda-. Amó los hermosos cuerpos varoniles porque él tenía una de las más bellas almas femeninas que he conocido nunca”.

Recuerda Luis Felipe Dionis que ‘El Gordo’ Gómez, como también era conocido, estudió en La Salle Montemolín y los Agustinos, y que sufrió mucho por su “condición de adolescente homosexual”. En poco tiempo, escribió varios libros muy distintos: ‘Los negros’, “un canto colectivo de los desheredados del mundo”, ‘El cantar de los cantares’ (1959), inspirado en el texto bíblico y en ‘El cántico espiritual’ de San Juan de la Cruz, y ‘Al oeste del lago Kivú los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas’ (1960), un libro de factura surrealista y fragmentaria. Algunos años después, en 1966, este poeta “dicharachero, ocurrente, alguna vez genial” (según Guinda), sería detenido y pasaría cinco meses en la cárcel de Torrero, donde gracias al dinero familiar “logró protección frente a los otros reclusos”.

Al salir se trasladó a París y vivió como pudo: trabajó en limpieza en un banco de Vietnam del Sur y luego, merced a la ayuda del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, ingresó de camarero en un restaurante del Barrio Latino. Pasó por momentos de apuro, pero también aprendió muchas cosas: descubrió una ciudad maravillosa, se aficionó a la música de Leo Ferré y al jazz, se interesó por la fotografía y mantuvo una activa correspondencia con sus amigos de “la Zaragoza amarilla”. Escribiría: “París que suavemente hieres mi corazón…”

Regresó hacia 1969 para fundar la editorial Javalambre, donde publicó espléndidos poemarios con mucho gusto de Gabriel Celaya, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Blas de Otero, las obras completas de Miguel Labordeta, y su mejor poemario, de amor y desgarro y de acentos sociales: ‘Acerca de las trampas’ (1970). Anotó: “Enamorarse era morir, marcharse / por los hondos caminos de la escarcha”. Dice su estudioso Alfredo Saldaña que “es un libro repleto de aciertos expresivos y logros artísticos”. Su experiencia como editor ya había tenido un precedente: Gómez había publicado dos números de la revista ‘Papageno’ (que analiza Antonio Pérez Morte), y el segundo estuvo dedicado por completo a la edición de ‘Oficina de horizonte’ de Miguel Labordeta. Gómez era un editor pulcro y elegante que incorporó a sus libros los trabajos fotográficos de Joaquín Alcón, muy modernos para la época.

A principios de los 70, Julio Antonio Gómez volvió a la cárcel. Ahora por no haber denunciado un robo en su propia casa y por los presuntos favores sexuales de un menor. Al recuperar la libertad, partió a Tánger, donde conoció a los artistas y escritores que se habían instalado en la ciudad, entre ellos a Mohamed Choukri, el autor de ‘El pan desnudo’. Allí dilapidó su fortuna y malvendió su amplia biblioteca. Redactó un libro menor, ‘El fuego de la historia’. De Tánger pasó a Canarias, en concreto al club Flamingo, donde él asumió labores de administración.

Falleció en abril de 1988, durante el sueño. Autores como Guinda, Fernando Ferreró, Alfredo Saldaña, Adolfo Burriel, Antonio Pérez Morte, Miguel Ángel Longás, Manuel Martínez Forega, Miguel Luesma, Luis Felipe Dionis y Rosendo Tello, entre otros, analizan la vida y la obra de este ciudadano doliente, poeta del amor, del cuerpo, de la rebeldía y de la solidaridad, que proclamó: “No es la muerte, es la vida quien me llora”.

 

*La primera foto es de Joaquín Alcón; y el dibujo, como se indica, pertenece al pintor, fotógrafo y grabador Carlos Barboza y está realizado en 1977.

 

 

 

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antoncastro

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