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IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN: ENTREVISTA

"ESCRIBO DESDE EL FONDO DE UN 

RINCÓN OSCURO DEL CORAZÓN"

El Premio de las Letras Aragonesas de 2011, guionista de la película ‘Chico y Rita’, candidata al Óscar, reconstruye su carrera, los años de formación y su decidida apuesta por el realismo

 

Ignacio Martínez de Pisón es un escritor metódico, partidario del ‘footing’ y de la buena tertulia, amigo de sus amigos, enamorado de Zaragoza y seguidor acérrimo del Real Zaragoza, que siempre le tiene en vilo.

 

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es el narrador natural por excelencia y uno de los más internacionales y traducidos entre los aragoneses. Ha ganado el Premio de las Letras Aragonesas en 2011, el año en que publicó la que quizá sea su mejor novela: ‘El día de mañana’ (Seix Barral), el relato coral de un delator en la Barcelona de los 60 y 70. Mario Vargas Llosa leyó ‘Enterrar a los muertos’ (Seix Barral, 2005) y quiso conocerlo de inmediato: el Nobel también ha sido uno de los sojuzgados por esa investigación que seguía los pasos de José Robles Pazos, el traductor español de John Dos Passos, asesinado en 1937 en la Guerra Civil. La vida de Ignacio ofrece un desgajamiento repentino: cuando contaba poco más de nueve años murió su padre, que era militar de profesión. Los Martínez de Pisón vivían entre Logroño y Zaragoza. Tras el fallecimiento, su madre tuvo recomponer su vida y reajustar su estatus. Pisón vivía en el Coso en una casa amplia y vieja con suelos de madera y techos altos; más tarde él y sus hermanos se trasladaron a la calle Zurita a un edificio en el que también vivía su abuelo materno y donde tenía el despacho.

¿Qué pasó tras la muerte de su padre?

Fuimos perdiendo un poco de contacto con la familia paterna, de Logroño. Mi abuelo materno, y su casa de la calle Zurita, se convirtieron en fundamentales para mí. Iba al cine con él y pasaba muchas horas en su despacho, donde miraba la ‘Enciclopedia Espasa’ de cien volúmenes. Esa fue una de las mejores diversiones de mi infancia.

¡Vaya diversión!

Mi abuelo se jubiló y mantuvo el piso; de vez en cuando me dejaban las llaves, me colaba en él y descubría su mundo personal. Mi abuelo había sido carlista y tenía la trilogía ‘La guerra carlista’ de Valle-Inclán; compuesta por tres novelas: ‘Los cruzados de la causa’, ‘El resplandor de la hoguera’ y ‘Gerifaltes de antaño’. Valle no es un modelo literario al que me acoja ahora. Sin embargo, aquella novela me parecía trepidante, con una perfección técnica inigualable, mezclaba la épica y el intimismo con mucha fluidez, y siempre me pareció que esa trilogía no estaba suficientemente valorada.

¿Cómo se hizo escritor?

Entonces el Bachillerato duraba menos, y yo entré en la Universidad de Zaragoza con poco más de 16 años. Pronto empecé a contactar con jóvenes inquietos, a los que les interesaba mucho la literatura. Pienso en José Luis Melero, escritor y bibliófilo; en Gerardo Alquézar, que fue clave en mi aprendizaje de la poesía; en el profesor Antonio Pérez Lasheras. Yo estudiaba Filología Hispánica y coincidíamos en las clases de italiano de Luisa Capecchi, que era muy amiga de Manuel Pinillos, el poeta del Niké y colaborador de HERALDO.

¿Recuerda a algunos profesores en particular?

Me acuerdo de aquellos profesores que sabían transmitir la pasión por el conocimiento. Pienso, por ejemplo, en Juan Manuel Cacho, que nos enseñó con tal entusiasmo la novela de caballerías, que leí muchas con puro deleite. José-Carlos Mainer nos acercaba al siglo XX. Era el autor de un manual de referencia como ‘La Edad de Plata’, que acababa de publicar y que exhibía un conocimiento deslumbrante y globalizador. Mainer siempre fue muy generoso conmigo.

Sin embargo, usted no tardaría en marcharse de Zaragoza.

Uno es de donde estudia el Bachillerato, y yo soy zaragozano hasta la médula. Tras aquellos años de formación, de los primeros escritos, de algunos poemas, pensé que aquella Zaragoza se me quedaba pequeña y decidí cambiar de ciudad. Quería abrirme camino, a solas, sin amigos, quería entrar en la vida adulta. Ya había conocido a María José Belló, que es mi mujer y la madre de mis dos hijos Eduardo y Diego. Nos fuimos a Barcelona, donde me licencié en Filología Italiana, ella aprobó las oposiciones, y yo incluso trabajé unos meses en un instituto. Daba clases de lengua. Se me había olvidado la lengua española de la carrera y me sentía indefenso. No era un buen profesor y lo dejé.

De repente, da el paso a la literatura.

Aquellos eran otros tiempos: de ideales y de libertad. Publicabas en una revista y lo vivías como una consagración, ja, ja. Escribí una novela, basada en algunas cosas de mi infancia, ‘La ternura del dragón’ (Anagrama, 1984), la mandé al premio Casino de Mieres y tuve la suerte de ganar. Aquello me hizo sentirme escritor por primera vez y me dio mucha confianza en mí mismo. Al fin y al cabo, yo opté por la profesionalización: he vivido siempre de la escritura y sus alrededores.

Poco después aparecería en las páginas de ‘El País’ en las escaleras de su casa, con la Olivetti Lettera 32 sobre las rodillas.

Soy un escritor con suerte. Escribí algunos cuentos, que conformarían ‘Alguien te observa en secreto’ (Anagrama, 1985), y recuerdo que hice fotocopias y que tomé un bus que me dejó muy cerca de Anagrama y de Tusquets. En ese momento, los dos sellos buscaban autores jóvenes: era una nueva etapa histórica, empezaban a manifestarse nuevas tendencias, nacía una generación que sería la de la ‘Nueva Narrativa’... Anagrama me contestó dos semanas antes que Tusquets y con ellos publiqué ‘Alguien te observa en secreto’.

¿Cómo fueron los años de Anagrama?

Estuve con ellos durante 20 años. Me sentí muy a gusto. Anagrama era una editorial pequeña, cercana, y escuchabas con mucha atención a tus editores: a Jorge Herralde y a Enrique Murillo.

Aunque usted a quien escucha de verdad es a sus primeros lectores.

Desde luego. Siempre me ha gustado contar con un pequeño núcleo de primeros lectores. Esa primera lectura siempre es muy útil. José Luis Melero y Félix Romeo son dos de mis lectores. Lo eran, porque Félix ha muerto y nos ha dejado un vacío inmenso, imposible de llenar. A él le debo una corrección importante en el final de ‘El día de mañana’: siempre tenía un punto de vista original y brillante. Félix era muy invasivo en todo, te mantenía en tensión intelectual y emocional. Era un animal afectuoso. A veces, cuando leo una noticia, oigo un chiste malo o una cosa pintoresca, tengo la inclinación de llamarlo. Y ya no está: me parece increíble.

Usted se define como un escritor realista.

¡Quién lo iba a decir! No siempre fue así: al principio de los años 80 era al revés. ¿Quién se atrevía a ser realista? Mi primer libro, ‘La ternura del dragón’, tenía algún que otro arrebato fantástico. El realismo, de entrada, sugiere una tradición un poco lúgubre, muy española, alejada de esas tradiciones anglosajonas más luminosas. Desde hace tiempo me he reconciliado con esta tradición tan nuestra. Si es tan duradera y sólida, por algo será. A lo mejor es que nuestros escritores lo han hecho bien.

¿A quiénes se refiere?

La gran novela española de os últimos 200 años es realista. Pienso en ‘La Regenta’ de Clarín, en ‘Los pazos de Ulloa’ de Emilia Pardo Bazán, en Galdós, que es un escritor apasionante, pienso en Baroja. Le hablo de una tradición un tanto intemporal a la que siempre se ha vuelto. Al fin y al cabo la literatura no sirve de nada si no te permite cuestionar la realidad en que vives. Para mí la novela es el arte de la interpretación de la realidad. Mi oficio consiste en saber captar la realidad y saber transformarla en palabras.

¿Cómo se produjo ese paso hacia la objetividad’

Cuando me afirmo cada vez más como novelista. Yo al principio era más cuentista, y nunca he dejado de escribir cuentos. Poco a poco fui intentando hacer crónica de mi tiempo, una ficción contemporánea a través de un estilo transparente. La primera vez que tengo la sensación de que he encontrado lo que andaba buscando es con ‘Carreteras secundarias’ (Anagrama, 1996). Un escritor no nace con un estilo propio: lo busca, lo redondea, lo define libro a libro, y en ‘Carreteras secundarias’, esa historia de un padre y un hijo que viajan en un ‘tiburón’, había encontrado lo esencial. Ese libro significaba la búsqueda de lo sustantivo como categoría vital.

Ese libro insistía también en algo que le obsesiona: el mundo familiar.

Todos tenemos una familia. Y representa, por lo general, tu primer mundo de afectos y de conflictos. Todas las familias tienen un secreto y hemos sido modelados por ella.

Otro de sus temas claves son las mujeres. ¿Por qué?

Uno siempre intenta entender a las mujeres. Tienen una presencia decisiva en el mundo que nos rodea y parecen más misteriosas que nosotros. Por lo demás, no soy un entendido: soy un monógamo más o menos perfecto desde los 18 años.

¿Es ‘El tiempo de las mujeres’ (Anagrama, 2003) su mejor novela?

No lo sé. Solo me siento satisfecho de lo que he escrito a partir de ‘Carreteras’: de ‘Dientes de leche’ (Sex Barral, 2008), de ‘El día de mañana’ y, por supuesto, de ‘El tiempo de las mujeres’. Tengo la sensación de que existen vasos comunicantes, hilos secretos, mundos complementarios entre esos libros.

Sin embargo, hay un libro decisivo en su trayectoria que además supuso su paso a Seix Barral: ‘Enterrar a los muertos’, la investigación sobre de José Robles Pazos, asesinado por los servicios secretos soviéticos...

Es un libro diferente, una investigación, es un libro para un público más exigente, y en el fondo esa pesquisa tiene algo de novela. Yo nunca había hecho algo así, pero la propia vida me fue regalando información y personajes increíbles, como la hija del propio Robles Pazos. Estoy muy a gusto en Seix Barral.

Quería preguntarle por el humor...

Al principio mis libros eran serios, casi tristes, graves, y desde ‘Carreteras secundarias’ hay mayor sentido del humor. Un humor agridulce, claro, y a la vez hay una búsqueda constante de la felicidad.

¿Y el pudor?

Soy pudoroso. Y las novelas acaban siendo como es uno. No me gusta el énfasis o la ostentación, pero eso no quiere decir que no escriba desde el fondo del corazón. Escribo desde el fondo de un rincón oscuro del corazón y quiero que en mis libros aliente la vida. Corrijo mucho, soy metódico y obsesivo, pero no soy de los que creen que la perfección es sinónimo de buena literatura. Un escritor no es un decorador: trabaja con verdades profundas que debe saber transformar en arte. El escritor escribe desde sus heridas, desde aquello que le conmueve hondamente.

Hablemos de cine. Usted es el guionista de ‘Chico y Rita’, la película de Fernando Trueba y Javier Mariscal que compite por el Óscar.

Yo llegué al cine casi por casualidad porque las cosas se aprenden. Cuando Emilio Martínez Lázaro adquirió los derechos de ‘Carretera secundarias’ redacté yo mismo el guión. Se lo pasé, les gustó, lo ajustamos y reajustamos; también redacté el guión de ‘Las trece rosas’. Ahora con Fernando y Javier ha sido sobre todo una colaboración, me sentí muy a gusto. Me gusta mucho el mundo de la música.

¿Qué ha significa Aragón y Zaragoza para usted?

Me siento aragonés por todos los costados. Y muy zaragozano. Fue la literatura de José María Conget la que me enseñó que Zaragoza era una ciudad literaria, y muchos de mis libros transcurren aquí. Zaragoza es el espacio de mi memoria y el lugar donde viven muchos amigos. Y a mí me encanta pasearla, recorrerla y reconocerla.

 

*La primera foto de Ignacio es del Heraldo de Aragón; la segunda de Josean Melendo. Esta entrevista apareció el domingo en la sección 'Heraldo Domingo', que coordina Picos Laguna.

 

 

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antoncastro

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