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DAVID MONTEAGUDO EN BRAÑAGANDA

 

Los dominios del hombre-lobo

Brañaganda. David Monteagudo. Acantilado. Barcelona, 2011. 282 páginas. [Esta foto de David es de Carles Rodríguez].

 

David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) llegó a los cuarenta años sin haber publicado nada. Con ‘Fin’ (Acantilado, 2009) logró un gran éxito de lectores, de crítica y de interés por la industria cinematográfica. Sin embargo, la primera novela de Monteagudo yacía en un cajón, y tenía mucho que ver con su Galicia natal y con un mito muy galaico: la figura del lobishome, esa pavorosa criatura que nace en una familia de siete varones y que padece el influjo de la luna llena. Monteagudo opta en ‘Brañaganda’, que publica de nuevo Acantilado, por una prosa colorista, casi una prosa de pintor: minuciosa, perlada y con inclinación al mito. El halo de leyenda empieza en un territorio del interior que mira hacia el mar pero que vive encerrado en una exuberancia incontenible de montes, bosques, vaguadas y ríos. Un clima de inquietud envuelve al pueblo Brañaganda, y eso es lo primero que cuenta el joven Orlando, hijo de la maestra y de su marido, un hombre culto que se ha reinventado a sí mismo como pintor y como guardabosques. Como pintor retratará a la joven Cándida, que despierta a la juventud y a la belleza, y no pasa inadvertida para nadie: ni para los hombres maduros ni para el joven narrador.

Ese ámbito tan especial se instala en una rica tradición gallega: la de Fernández Flórez, Carlos Martínez Barbeito, Álvaro Cunqueiro o Alfredo Conde, entre otros que se han acercado al enigma del hombre lobo. Poco a poco, empiezan a aparecer varias mujeres muertas; en su asesinato siempre se vislumbra un componente sexual. Todos culpan al ‘lobishome’, algunos incluso creen verlo entre los matorrales, como le sucede a la madre de Orlando y al propio niño. Quizá nada sea lo que parece. Su padre, contrario a supercherías, decide investigar. Y ahí, David Monteagudo va desplegando personajes y secretos, animales reales e imaginación, e incluso los ecos de la Guerra Civil.

Monteagudo confronta el clima del esoterismo y de las creencias donde vale casi todo con las tensiones derivadas de la contienda, y a la vez intenta hacer un retrato complejo de la vida rural de los años de posguerra. Cándida, que antes acudía a contemplar el paisaje con el joven Orlando, cambia bruscamente. Y siguen apareciendo muertas: generalmente muchachas, Sarita la Couceiro o la vibrante Delfina, entre otras. En un determinado momento, todo se vuelve irrespirable y más de uno sospecha que el ‘lobishome’ es una treta, una impostura. El pretexto de una venganza. En cierto modo, el autor adopta la estética de la alegoría. ‘Brañaganda’ es un espacio del dolor, del ajuste de cuentas, de los viejos rencores y de las verdades a medias. Entre esas verdades a medias, hay mucho que ver: el dominio de Isabel Freire, la insolencia animal de Felipe del Couso, los devaneos de Pepín Famarelo (¿será él en realidad la bestia?), la personalidad del niño Norberto, el hermano del protagonista que tiene la aureola de un ángel, el propio padre del joven, que ni siquiera está atento al difícil parto doble de su esposa.

La novela es inequívocamente galaica. En casi todo. Y quizá una de las cosas más discutibles es ese final abierto, o más bien impreciso: tal vez sea un poco decepcionante o aguado, como si el autor quisiera dejarlo todo en el aire. O prolongar la burla del lobishome hacia el propio lector, como si el misterio perteneciese al corazón del bosque y a ese “hosco letargo invernal” que parece definir el ámbito de Brañaganda.

 

*Este texto apareció en la revista ’Mercurio’, que dirige Guillermo Busutil.

                                                                  

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antoncastro

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