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NACE EL ESPACIO HUECHA EN ALBERITE: LO ABRE MIGUEL ÁNGEL DOMÍNGUEZ

[El artista Miguel Ángel Domínguez inaugura mañana, en Alberite de San Juan, una nueva sala de exposiciones que quiere ser, ante todo, un espacio alternativo y plural: Huecha. Se abre con una muestra suya, de la que escribe aquí Marta Domínguez, profesora y escritora con residencia en Sevilla.]

 

 

RITUAL Y MAGIA. 15 de agosto de 2012.

 
Marta Domínguez Alonso


Al entrar en el espacio Huecha, la visión de la muestra que ofrece su fundador, el artista Miguel Ángel Domínguez (1955) nos conmociona. La obra allí presente continúa la línea de trabajo  del artista.
Domínguez como una suerte de hechicero establece un diálogo con objetos que son reliquias, desposeídos de su función primigenia, y con nosotros como espectadores en una suerte de ritual que ahonda en el sentido último de las cosas en su relación con lo absoluto que el artista pretende asir como una labor siempre perpetua e inaprehensible.
Ritual que otorga nuevos significados a objetos manidos por  el tiempo, inusuales o en desuso.  Naturalezas muertas, esqueletos, utensilios de labranza que sirvieron un día en un entorno agreste y que hoy son renombrados en un proceso creacional, que dejan de tener por tanto un valor de realidad cotidiana para sugerir oscuras relaciones de signficados. Así una bombilla vislumbrada en la distancia, una vela que conforma un claroscuro, una parrilla que encarcela el esqueleto de una rata, elementos naturales vedados que apuntan directamente a nuestra conciencia y nos invitan a una reflexión intimista con nosotros mismos mientras traslucen la fuerza del genio creador.
La música que envuelve la sala solo puede ser minimalista porque de este modo establece un pulso acompasado con los materiales precarios, naturales que emplea Domínguez.
El artista aragonés pretende con esta exposición arrojar un halo de luz hacia las concepciones artísticas de los años 70, la corriente Arte Povera, arte “precario” cuyo marbete acuñó el crítico Germano Celant, en tanto en cuanto sus materiales son humildes y cercanos: haces de leña, hojarascas, tierra, entre otros.  Jannis Kounellis, Mario Merzo o Bruce Nauman representantes de  esta corriente son fuentes necesarias de Miguel Ángel Domínguez, sin olvidar las huellas de Joseph Beuys, sus evocaciones maníacas, su identidad chamánica. Este autor es referente indiscutible en el sombolismo moderno e incluso “mágico” que hunde sus raíces en el “arte informal” variante del expresionismo abstracto, tal y como nos recuerda Sandro Bocola. Trayendo a  colación a Beuys no podemos obviar el sentido simbólico de los animales muertos, y de los materiales acumulados que poseen “un sentido profundo” e inquietan “terapéuticamente al espectador”, mediante un proceso de sanación a través del arte.
Las cruces, separadas de su codificación religiosa e integradas en el canon artístico, recuerdan que “todo arte abarca símbolos propiamente dichos, colectivamente vinculantes y establecidos por la tradición” pero su configuración “va más allá y no se agotan conceptualmente”. La cruz, como decimos, trasciende su sentido sacro y establece un eje de coordenadas, una escisión simbólica también empleada reiteradamente por Antoni Tàpies, artista no figurativo de posguerra, del mismo modo que reiterada es en Miguel Ángel Domínguez, quien se ha empapado de todos estos artistas.
Objetos, ritual, música, sacrificio en última instancia en consonancia con un último elemento más, el enclave que recibe el embrujo del Moncayo y sus pueblos, donde siempre permanecerán probablemente estas obras impregnadas de las almas de los muertos.

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