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EVA HINOJOSA: UN CUENTO

 

 

[Recibo este envío / carta de la periodista y escritora Eva Hinojosa. Es un envío para Luis Alegre, Miguel Mena y yo, entre otros. Dice así: “os envío un cuento que seguro le gustaría a Félix Romeo, sobre todo por las rosquillas.  Fue el ganador del concurso Fernando Lalana del Casco Histórico, el año pasado. Como el Ayuntamiento no va a editarlo, por lo visto, os lo mando con el sueño de que alguna vez pueda estar en las estanterías de la Biblioteca Félix Romeo de Lechago. Un beso a los tres, y si no os veo el día 21 (mañana) en Lechago, un par de besos por adelantado que os lleváis y este pequeño cuento. Eva”. Mañana, a las 19 horas, se inaugura la Biblioteca Félix Romeo en Lechago. Entre otros, hablarán Luis Alegre y Agustín Martín, así como el alcalde pedáneo de Lechago, la villa turolense próxima a Calamocha.] He aquí el cuento premiado de Eva Hinojosa, para todos. 

 

 

La foto es de sobrezaragoza.com

 

EL MISTERIO DE LAS ROSQUILLAS

 

Por Eva HINOJOSA

 

 ¿Han visto alguna vez amanecer en el Barrio del Gancho? Pocos lugares de Zaragoza se desperezan con tanta belleza, se lo aseguro. De arriba abajo, como se viste una novia, el sol parpadea en cada azulejo de la Torre de San Pablo. Un juego de luces en Morse se desliza hacia el empedrado de la calle Predicadores y se posa en los collares de los primeros perros que sacan de paseo a sus dueños. Desde que me mudé al barrio, asisto cada mañana en primera fila a este espectáculo, casi mágico, que ilumina cada rincón de estas calles como si fuera su primer día en el mundo.

 

La mágica quietud se rompe también con la misma puntualidad, cada día, a la misma hora. La culpable no es otra que Doña Leonor, que levanta, no sin dificultades y unos cuantos juramentos, la persiana de su quiosco. Sin embargo, esta mañana el sol ya está en el centro del cielo y la quiosquera aún no ha aparecido. Los periódicos yacen apilados en un lateral, sin nadie que los lea. Cuando bajo a la calle poco después, descubro extrañada que el quiosco sigue cerrado; y no soy la única, otros vecinos se han acercado y comentan que nunca, en no sé cuantos años, habían madrugado más que Doña Leonor.

 

Uno dice saber dónde vive. Le acompaño, llegamos al portal y llamamos al timbre. Mientras esperamos, se presenta: soy el del taller de coches de la Plaza Santo Domingo, me dice. Yo, la trabajadora social, llevo solo unas semanas en el barrio, respondo. Una voz de ultratumba también responde al telefonillo. Sin duda es la señora del quiosco:

-Sí, ya voy, me he dormido, no sé que ha pasado, ya bajo, ya bajo... dice; eso y unos cuantos improperios que mejor no vamos a repetir… 

 

Ni siquiera se ha lavado la cara, pero una vez detrás del mostrador, dueña y señora de su mundo de papel, nos confiesa su preocupación. Comenta que siempre la despierta el ladrido de un perro, el del vendedor del cupón, y esta mañana, asegura, “no ha dicho ni guau”:

 

-Y eso, ¡no es normal!, nos cuenta. ¡En estos periódicos leo muchas desgracias que empiezan así y luego…!

 

Una de las mujeres que escucha intrigada la historia le pregunta si se refiere a Juan, el del puesto del principio de la calle.

 

-Sí, sí, ese es, dice Leonor, y relata que cada mañana, la silla de ruedas de Juan traquetea con la tapa de un desagüe bajo su ventana, su perro ladra para evitar que la silla vuelque y ella se pone en pie como un resorte.

 

-Tengo el sueño muy ligero, saben,..

 

Sin dejarla terminar su frase, un señor junto a la puerta anuncia que el puesto de los cupones está desierto: “ni rastro del perro ni del dueño” y sugiere ir a buscarles porque sabe dónde viven.

-¡Con la de premios que ha dejado en el barrio ese Juan!, apostilla, mientras abre la expedición.

 

Doña Leonor se excusa por no poder acompañarnos, pero queda encargada de avisarnos si sabe algo de Juan y su perro.

 

Así, en vecindad, una decena de personas nos dirigimos hasta la calle Boggiero, para buscar al vendedor del cupón, deseando que se le hayan pegado las sábanas y nada más. Y tal cual resulta ser. Juan, asombrado de tanta parroquia a las puertas de su casa, nos cuenta que siempre se despierta cuando oye el trajín del panadero, que es bastante ruidoso, pero que hoy, nada de nada.

-¡Algo le ha tenido que ocurrir, nos alerta!

 

Esperamos a que can y dueño se unan al grupo y todos a una decidimos ir a la panadería. Sí, yo también me uno pero antes telefoneo a mi jefa, para explicarle la situación y decirle que me encuentro ante un misterio por resolver en el barrio. No hay suerte, ¡salta su contestador!

 

Chino, chano, chino, chano mis vecinos y yo, de los que por cierto a estas alturas ya sé nombre, calle, edad y profesión, llegamos a la panadería y ¿saben qué? Está cerrada a cal y canto, sin justificación alguna ni un cartel de esos que dicen “Este establecimiento permanecerá cerrado unos días, por fiesta familiar”.

 

-¡Tenemos que averiguar qué ha pasado!, exclama el mecánico.

- ¡Yo sin pan no me quedo!, le apoya una vecina enfundada en bata de guatiné y con rulos por toda la cabeza.

 

-¡Sin duda, el panadero es el quid de la cuestión!, informa una joven abogada de oficio.

 

Unos y otros llamamos con estruendo en la puerta y los escaparates de la panadería. Hasta Tomás se suma con sus ladridos. Se oye un ruido pero es en el segundo piso. Un vecino malcarado saca medio cuerpo, pero al saber la razón de nuestros golpes baja enseguida y nos acompaña a la vivienda del panadero y su familia. Por lo visto, allí solo está el obrador. Y allá que vamos casi una veintena ya de personas del barrio. Alguno bromea con qué ya podemos montar un equipo de fútbol del Gancho y entre risas y muy garbosos avanzamos por la calle de Las Armas, para saber si algo ha ocurrido con Fuencislo, que así se llama el dueño de la tahona. La señora de bata y rulos aprovecha para presentarse y me recomienda vivamente el pan de Fuencislo.

 

-¡El mejor de la ciudad, chica, el mejor!

 

Al tercer timbrazo, una voz asustada responde por la ventana del bajo derecha. Es Fuencislo en persona que al vernos y darse cuenta de lo alto que está el sol en el cielo está a punto derrumbarse en llanto:

 

- No me dormía así desde que era aprendiz, nos dice quejándose amargamente de su desgracia.

 

 Poco después, más tranquilo entre harina y masa, nos ofrece las primeras magdalenas del día y, junto al calor del horno, nos explica que desde joven, su único despertador es el sonido de las campanas de San Pablo que hoy, asegura, no han sonado. Y eso, dice, “es muy raro”:

 

-¿No está todo hoy demasiado tranquilo?, pregunta mientras sigue amasando a velocidad del rayo…

 

Y ya saben cómo son los niños. A la pregunta, Dani, el benjamín del grupo, contesta inocente con otra pregunta.

-¿Mami, por qué están las tiendas cerradas? ¿Es domingo otra vez?

 

Tras varios segundos de silencio total, los mayores del grupo hemos respondido con un asombrado,

 

-¿QUÉ? (alargando mucho la “e” y levantando la voz)

 

¿Cómo no nos hemos dado cuenta? A esa hora del día, aún no ha abierto el estanco, ni la oficina de Correos, ni la farmacia, ni los ultramarinos… Y no, no es domingo.

 

De repente, nos movilizamos y empezamos a llamar a los timbres. Persianas y voces de susto se oyen por doquier. El barrio entero parecía haber quedado hipnotizado. Todos se han dormido más de la cuenta. En unos minutos, la algarabía toma las calles. Nietos y abuelos a medio vestir camino del colegio, madres persiguiendo a hijos con el almuerzo en la mano, conductores que no recuerdan dónde aparcaron su coche ayer, padres con americana de rayas, camisa a cuadros y un calcetín desparejados a la carrera por las aceras…

 

El revuelo general queda pronto acallado por el repiqueteo de las campanas de la Torre de San Pablo. Con brío, con prisa, se suceden todos los toques que aún no habíamos echado.

 

-      Pero, ¿qué hora es?, pregunta la madre de Dani.

-      ¡Con tanto campanazo no sé en qué hora vivo! responde el zapatero jubilado que va a la Casa de Amparo.

-      Las 10 y 13 en punto, contesta una amable joven que muestra orgullosa su reloj rosa fosforito.

-       Yo he contado treinta y siete tañidos, añade Juan, mientras su perro aúlla al ritmo.

 

Y al tañer de las campanas, los casi cien vecinos que ya somos nos dirigimos hacia aquel sonido que parece provenir del mismísimo Hamelín. Al llegar a la puerta de la Iglesia de San Pablo encontramos a más vecinos que tampoco entienden por qué doblan tanto esas campanas. Muchos aún en pijama y zapatillas, otros a medio vestir. No es el caso del señor párroco que en ese momento y de impecable sotana llega al templo pidiendo paciencia para averiguar qué pasa en la Torre.

 

Poco después, las campanas callan y en el umbral reaparece el cura seguido de un joven monaguillo. Este, con cara de arrepentimiento, confiesa que esta mañana se ha dormido, que lo siente, que echa de menos a Doña Emilia, su vecina, que siempre le despierta con rosquillas recién hechas pero que hoy,…

 

 Y diciendo esto el chaval empieza a llorar a moco tendido, para continuar entrecortadamente pidiendo perdón por haber hecho sonar todas las campanadas de una vez… Sin resuello y hecho un mar de lágrimas, se excusa nuevamente ante el respetable y se brinda voluntario para seguir tocando las campanas y recuperar así el tiempo perdido. Ante tal ofrecimiento, el cura sale al quite para hablar:

 

-Hijo, creo que hablo en nombre de todos los presentes y que con los setenta y tres toques de campana ya es suficiente por hoy.

 

Sabemos que el desconsolado monaguillo responde al nombre de Marcos, porque así, a voz en grito, han empezado a llamarle desde un balcón cercano. El muchacho, como si oyera música celestial, ha salido a todo correr hacia esa llamada, que he de confesaros, parecía descender de un lugar muy por encima de las nubes.

 

En el edificio más alto de la cercana calle de San Blas, hemos visto como una dulce abuelita deslizaba desde el séptimo o el octavo piso un paquetito de tela, con unas cuerdas de tender anudadas varias veces. Ansioso, Marcos lo ha recogido a pie de acera. Una vez en sus manos, lo ha besado repetidamente y dirigiéndose a la venerable señora del balcón le ha dado las gracias a todo pulmón mientras saltaba como un poseso, jaleando:

 

-¡Es Doña Emilia! ¡Ya ha venido del hospital! ¡Doña Emilia está en casa! ¡Viva Doña Emilia!

 

Después, ha desaparecido en el portal del citado edificio para, suponemos, reunirse con la entrañable anciana sin más esperas y fundirse en un abrazo tamaño familiar.

 

A la mañana siguiente, las campanas sonaron a tiempo mientras Marcos se relamía con sus rosquillas. El panadero volvió a despertar al vendedor del cupón, cuyo perro, Tomás, ladró nuevamente bajo la ventana de Doña Leonor que, como todos los días levantó, no sin esfuerzo y algún que otro juramento, la persiana del quiosco y me vendió el periódico, en el que no aparecía noticia alguna sobre Doña Emilia y el misterio de las rosquillas.

 

Epílogo

No sé si les he hablado alguna vez de los atardeceres en el Barrio del Gancho. El sol se enreda en púrpuras y ocres para esconderse detrás de la Torre de San Pablo. Los pájaros vuelan bajo, adormilados, en busca de un nido cómodo, mientras los gatos lo observan todo tras lo cristales.  Si alguna vez quieren verlo, les recomiendo una visita al balcón de Doña Emilia. Sin duda, las mejores vistas de la ciudad. Rosquillas aparte.

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