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SACRISTÁN, POR SERGIO CASADO

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[Sergio Casado es un cinéfilo incansable, pero también es biógrafo de Sinead O’Connor, Enya o Alanis Morrisette. Ha publicado un libro sobre Adolfo Aristarain, trabaja en otro sobre Mario Camus y siempre está lleno de proyectos. Uno de ellos es, con la ayuda de algunos amigos, la reapertura de los cine Renoir, donde trabajaba. Acaba de publicar en Soyuz este artículo sobre José Sacristán, que, esta noche, podría recibir el premio Goya a la mejor interpretación por ‘El muerto y ser feliz’ de Javier Rebollo. Cuelgo aquí esta foto y la foto de Sergio con Luis Alegre y José Sacristán.]

  

El Actor Labrador

 

 

“Estimo a quien de un revés

echa por tierra un tirano:

lo estimo, si es cubano;

lo estimo, si aragonés”.   

José Martí.

 

 Por Sergio CASADO

Daba la impresión de no ser casual entrar en la sala Amparo Poch (anarquista y librepensadora) del Paraninfo de Zaragoza con tiempo de sobra.   Apenas había todavía periodistas en una fría tarde de Enero, así que pude acercarme a la placa con la cita de José Martí.  La apunté en una pequeña libreta mientras esperábamos a Pepe Sacristán, que venía a Zaragoza, al Teatro Principal, a representar su nueva obra “Yo soy Don Quijote de la Mancha”.

 

La tiranía de estos días, de la ignorancia, del conformismo, del desánimo, siempre estuvo ahí, como tal.   Pero a veces parece atenazarnos, recordarnos con más fuerza que está a nuestro lado, permanentemente.  Pepe Sacristán nos estrecha la mano con fuerza, sonriente, con un espíritu joven.    Tiene setenta y cinco años, pero su voz honda, serena, no es la de alguien cansado de vivir, sino la de alguien lúcido, sano, muy vivo.   Mientras se sienta, pletórico, su voz inunda la sala: “Aquí no hay nada que celebrar.  De momento”.  

 

Luis Alegre le pregunta por su momento de oro, actual, el del éxito de su obra teatral y sus recientes trabajos para el cine en “Madrid, 1987” y “El muerto y ser feliz”, dos películas arriesgadas que él engrandeció y le engrandecen a él.  El premio Goya parece esperarle este año, pero él no parece tomarlo en serio (“¡si no lo gano, peor para mí!”) y de inmediato intenta dejar claro que el Sacristán actor es también Sacristán ciudadano, mientras comenta y se indigna por el esperpento cotidiano de periodistas falsas pagadas a precio de oro, o tesoreros con cuentas en Suiza.   Insiste en que el Sacristán cómico y el Sacristán ciudadano van de la mano, deseando pensar “que somos de alguna utilidad al que nos escucha”.  En varias ocasiones, en esta sala, y después en el Aula Magna, recordará la figura de Fernando Fernán-Gómez, espíritu que le guía, al que admiró y sin duda quiso parecerse.  Quizá, pensó el joven Pepe Sacristán, si se esforzaba, si dedicaba su máximo interés a la interpretación, a su oficio, podría soñar con ser algún día un actor de auténtica talla, como Fernán-Gómez.  Así que se refiere a la necesidad, que aprendió de Fernando, de no descuidar el trabajo del actor respecto a la sociedad.

 

¿Qué sucedió? ¿Cómo ha llegado a ser el que es?  Sacristán era hijo de un republicano que estuvo en las cárceles franquistas, militante del partido comunista en la clandestinidad: “Vengo de la Castilla campesina de los años treinta”.  Actor labrador, pero que se define sanchesco de origen y quijotesco de aspiración.  Aquel joven Sacristán de la posguerra vivía con su familia, todos juntos, cinco en una habitación, aprendiendo en clases con profesores republicanos represaliados, que en lugar de imponerle oraciones por las noches, le leían un trocito del Quijote.

 

Un actor que sabía lo que es el hambre, un actor labrador con sabañones, que no quiso ser mecánico, y que haciendo el servicio militar en Melilla, declaró la guerra a la tiranía de la ignorancia, de no saber, de no leer, de no formarse.  Sacristán compró el libro de Stanislavsky, la preparación del actor, y como aficionado primero, luego con pequeños papeles, estaba dispuesto a todo por no conformarse en la oscuridad franquista.  De las bibliotecas públicas a las lecturas recomendadas por compañeros y amigos, y de ahí a trabajar cuantas horas fueran necesarias.  Recuerda hacer siete papeles distintos en una representación de “Julio César”, en 1964.  

 

La vida es a menudo representación, y nada mejor para un actor que pasar por Zaragoza, por el Teatro Principal, que es la Vida, y referirse a la interpretación como a un juego (“Es como un juguete, divertido”).  La vida también es juego.  El Juego.  Y Sacristán se empeñó en ganar en ese Juego.  Sin él la vida sería un absurdo para él: “Si no estoy ahí no me divierto”.  Por eso cuando le pregunto que significa para él trabajar en el Teatro Principal de Zaragoza, sonríe: “¿Cómo me preguntas eso, si ya sabes la respuesta?”  Le respondo que quiero escucharlo en sus palabras y sitúa el Teatro Principal entre lo mejor de lo mejor: “Estar en el Teatro Principal es un privilegio”. 

 

“Aquel crío de Chinchón vio una película en su pueblo y quiso ser aquel comanche, mosquetero, gángster...”  Son sus palabras.  El origen de ese inconformista que de nuevo vuelve a Fernando Fernán-Gómez.  El sueño de ser como él, de tener su estatura, de seguir la disciplina que él le aconsejaba, pero desde la humildad: “La cultura de Fernando era inmensa”.

 

Sacristán, ya actor, duda de todo, como buen lector. Vuelve a referirse a la incertidumbre de estos días, a la necesidad de tener una voz propia. ¿Lee el periódico todavía, cada día?: “Tengo que comprar más de uno.  No me fío y después de leerlos todos me fío menos”.

 

Desde su debut con Fernando Palacios en “La familia y uno más” (1965), el conformismo nunca llegó y por eso Sacristán ya no sólo se alimentó y aprendió del trabajo de los compañeros, sino también de los grandes papeles, teatrales y cinematográficos, como el Martín Marco de “La colmena”, el Carlos Galván de “El viaje a ninguna parte”, o el geólogo Hans Mayer Plaza de “Un lugar en el mundo”.

 

Y Sacristán podía trabajar en musicales, siendo ya ese Don Quijote que soñaba ser, en “El hombre de la Mancha”.  Actor labrador y cantante. Y ya la minúscula se hacía mayúscula, Actor, como el Maestro Fernando Fernán-Gómez.  Antes de que los fotógrafos le retraten en el Paraninfo, su ejemplo, la figura en la que se ha convertido, resuenan en su reflexión, en la necesidad de “presentar batalla a la necedad y el atropello”.  Continúa: “Hemos estado alimentando al monstruo y nos tiene cogidos por los huevos”.  Así el arte se convierte en un instante de felicidad, ese juego al que se refiere, pero el ciudadano, formado, luchará como actor para que además de ese instante de felicidad exista, quepa también una reflexión: “Quiero salir todos los días a librar la batalla de la dignidad, incluso de la alegría, de la felicidad y la lealtad”. 

 

Lo ha logrado. Pepe Sacristán es Fernando Fernán-Gómez. Pepé Sacristán es Don Quijote.

 

 

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