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CARLOS MANZANO: UN CUENTO

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El narrador Carlos Manzano me manda esta nota: “Estos días voy a publicar un nuevo libro, en este caso de relatos, con Editorial Certeza. El libro se llama ‘Estrategias de supervivencia’ y será presentado en Madrid el próximo viernes 24 de mayo en el cibercafé-librería El dinosaurio todavía estaba allí (c/ Lavapiés, 8). También tenemos previsto presentar el libro en Zaragoza durante la celebración de la feria del libro, aunque a día de hoy todavía no conozco la fecha concreta".

 

La sinopsis del libro es la siguiente:

 

«La gente adapta su comportamiento a las condiciones externas para poder hacer factibles sus objetivos y ambiciones. En eso ni más ni menos consiste vivir», dice uno de los personajes del relato que da título a este libro. Esa es, quizás, una de las muchas maneras en que podemos describir la experiencia de la vida. Los cuentos que componen Estrategias de supervivencia presentan una serie de personajes que, si bien no se ajustarían al patrón de ciudadanos modélicos y responsables que todos podemos tener en mente (¿alguno de nosotros lo haría?), comparten muchos de los miedos y obsesiones que rodean nuestra existencia, a la que cada cual hace frente como puede. Desde esa perspectiva, vivir también podría entenderse como un continuo ejercicio de aprendizaje, algo así como la famosa estrategia de prueba y error puesta en práctica cada día. Pero vivir es también responder a diferentes estímulos y condicionantes: decidir, pensar, sentir, ser, incluso abandonarse. Y, en cualquier caso, vivir será siempre un ejercicio tan inexplicable como insoslayable.

 

Te hago llegar también un archivo con uno de los relatos que forman parte del libro, ‘Una historia del Japón’. En este relato se habla de uno de los fotógrafos japoneses contemporáneos más afamados, Nobuyoshi Araki. Aunque supongo que no es necesario, me permito señalarte una página donde aparecen algunas de las fotografías a las que se hace referencia en el relato: http://www.anothermag.com/current/view/2130/Nobuyoshi_Araki_Bondage

[A él pertenecen estas fotos]

 

UNA HISTORIA DEL JAPÓN

 

© Carlos Manzano

 

A Sasaki le gustaba la cerveza; de hecho, uno de sus mayores y más inocentes placeres era entrar en un bar a la salida del trabajo y tomarse una refrescante cerveza sin otra finalidad que disfrutar de su aroma y su sabor, libre de preocupaciones y a salvo de cualquier obligación. Su marca favorita era Asahi, una cerveza de producción nacional cuyas oficinas se encuentran, además, a un paso del pro­pio barrio donde vive, Asakusa. Precisamente una de las imágenes más típicas que pueden tomarse desde Asakusa es la que ofrece la silueta del edificio —con ese aire un tanto chabacano de escultura de Miró venida a menos— recortándose sobre el cielo al otro lado del río Sumida. A Sasaki le gus­taba esa ima­gen, y le gustaba mu­cho contemplarla cada vez que salía del metro, cuya pa­rada que­daba a poca dis­tancia de su casa. Sasaki se creía afortunado por vivir en Asakusa. La mayor parte de sus compañeros se veían obligados a realizar a diario largos y penosos desplazamientos de hasta más de una hora para acudir al trabajo. Él, no; él vivía cómodamente instalado en uno de los barrios más antiguos de Tokio. En ese sen­tido, podía considerarse un privilegiado.

Hoy había tenido un día bastante movido. Por la mañana, como casi siempre, había debido asistir a una reunión del Departamento de Ventas para tratar los mis­mos temas que ya fueron tratados el día anterior y que probable­mente lo serían también el siguiente. Era im­portante, en cualquier caso, no dejar nada a la improvisa­ción, aclarar con­cep­tos y unificar criterios para que el buen funciona­miento de la em­presa no se viera perjudi­cado por acciones incorrectas de los em­plea­dos y evitar las decisiones guiadas por el mero cálculo de proba­bili­dades o el pre­sentimiento, la mejor ma­nera de caer en el descon­cierto de la es­pontaneidad. Sasaki lo comprendía perfectamente, de modo que acu­día a aque­llas reuniones matutinas con la mejor dispo­sición, sin cues­tionarse ni por un se­gundo su validez.

Lo peor del día había sido sin duda alguna la co­mida con el señor Kinashita, uno de sus mejores clientes pero también un tipo tosco y rudo con el que no resul­taba nada fácil congeniar. Kinashita tenía la mala costum­bre de hablar demasiado alto a la vez que movía los bra­zos de un lado a otro, como si fuera un molinillo mal ajustado. Tampoco se privaba de expresar opiniones per­sonales so­bre aspectos que debían pertenecer a la intimi­dad de cada uno y le gustaba hacer bromas obvias y de mal gusto sobre casi todo, en especial sobre las mujeres, por las que, según había creído observar Sa­saki a lo largo de las muchas comidas celebradas, no parecía sentir de­masiado aprecio. En una oca­sión, incluso se había permi­tido aconsejarle al propio Sasaki los servicios de cierta jovencita bien dispuesta y muy complaciente que él mismo solía frecuentar a menudo.

—Se lo digo con absoluta sinceridad, Sasaki-san, uno debe también de vez en cuando darse una buena alegría, no todo van a ser obligaciones, hágame caso.

Sasaki estaba casado pero no tenía hijos. Su mujer, Hitomi, tenía no sé qué problema de ovarios que le im­pedía quedarse embarazada. No es que eso a Sasaki le importase demasiado, pero tener un hijo es algo que siempre está bien visto, ayuda mucho a la hora de ocupar el espacio social co­rrespon­diente, sobre todo ahora que algunas empresas estaban promoviendo el estableci­mien­to del llamado «Día de la familia», es decir, la reduc­ción de la jornada laboral un día a la semana para que los em­plea­dos pue­dan pasar más tiempo con sus esposas y en­gendrar más vástagos. Él, Sasaki, si esa medida fuera im­plantada en su empresa, también se beneficiaría de ella, porque nunca había dicho a nadie que su mu­jer no era fértil. Era un asunto que pertenecía a la más absoluta in­timidad.

Tras la fastidiosa comida con señor Kinashita, al regresar a la oficina se había encontrado con una grata sorpresa. Un mensajero había traído un paquete para él. Sin necesidad de abrirlo, Sasaki supo lo que contenía: se trataba de un libro ilustrado del artista Nobuyoshi Araki, uno de los fotógrafos más reputados de Japón. Sasaki admiraba a Araki, le gustaban mucho sus fotografías, sobre todo las que giraban alrededor de uno de los temas predilectos del artista: las imágenes de jóvenes atadas y desnu­das en actitud de total indefensión. El libro llevaba por título Araki by Araki: The Photographer’s Per­sonal Selec­tion, y lo había adquirido a través de Internet en una im­portante libre­ría digital que sirve a todo el mundo. Nunca había tenido un libro de Araki en las manos, así que lo desenvolvió muy despa­cio, como si temiera dañar grave­mente su contenido, y después fue pasando las hojas una a una con extrema delicadeza, en busca de esas imágenes exquisitas y sugerentes que tanto le fascinaban.

Había mucha gente que se escandalizaba al ver las fotografías de Araki. Eran duras, de eso no había duda, y también explícitas, pero no por ello dejaban de ser her­mosas, equilibradas, producto de una mirada en absoluto perversa, sino más bien directa, sin intermediaciones mo­rales, pero siempre res­petuosa y honesta. En una ocasión había oído decir que algunas de las modelos que Araki utilizaba eran jovencitas a las que sus propios padres habían llevado al estudio del artista para que las foto­gra­fiara. A Sasaki, la verdad sea dicha, le extrañaba mucho que hubiera algo de verdad en esa le­yenda, pero nunca se sabe, a veces lo más inverosímil acaba descubriéndose real. Él, al menos, si hubiese te­nido una hija, nunca la hubiera llevado al estudio de Araki. Sobre todo porque no era des­cabellado pensar que alguien podría reconocerla.

Dejó el libro en un cajón de la mesa del despacho y con­tinuó con su trabajo. Todavía le quedaba una larga jor­nada laboral por delante. Ya tendría ocasión de hojear el libro con más tranquilidad cuando saliera de trabajar. Además, le hubiera resultado humillante que alguien en­trara en su despacho y lo viera mirando el libro. Era pro­bable que supiera quién era Araki y eso, seguramente, le haría pensar mal de él. Mejor ahorrarse complicaciones.

 

 

Unos días después, Sasaki está sentado a la barra de un bar mientras se toma tranquilamente una cerveza. Lo de tran­quilamente es un decir, porque está un poco nervioso. A estas horas debería estar trabajando, pero se ha inven­tado una falsa cita con un cliente para salir del despacho antes de hora. Sabe que se juega mucho, si se enteran de que es mentira, no se lo van a perdonar: la traición a la empresa es uno de los pecados más graves que puede co­meter un em­pleado. Y él ha traicionado la confianza de sus jefes, los ha engañado. En ese aspecto, está profunda­mente dolido: sabe que ha actuado mal. No en vano, han sido muchas horas de darle vueltas y más vueltas en la cabeza, de dudas y vacila­ciones, de miedos y recelos, de muchas preguntas y pocas respuestas. Pero después de todo aquí está, lo ha hecho; se ha dejado lle­var por el corazón, ha sucum­bido a lo que de verdad deseaba y no a lo que le dictaba su sentido del deber. Al final, se ha atrevido a marcar el número y, a partir de ese instante, todo ha sucedido casi sin querer, con una precipitación extraña, como si hubiera actuado movido por un impulso externo a él, por una fuerza extraordinaria ajena a su vo­luntad.

No sabía nada de ella salvo lo que le había con­tado Kinashita: que no era una profesional y que lo hacía para permitirse algunos caprichos. Y que se llamaba Ko­haru. Le había gustado mucho, eso sí, oír el tono dulce de su voz a través del móvil. Ya solo con eso se había exci­tado un poco. Fue a par­tir de entonces cuando se con­venció de que debía llegar hasta el final.

Sasaki paga la cerveza y sale en dirección al hotel, que está al otro lado de la calle. Es un típico hotel del amor, con ese decorado exterior excesivo e indiscreto que a casi nadie parece ofender. Pero a él eso le da lo mismo, lo importante es la discreción. Tras alguna pequeña duda, reserva la habita­ción por noventa minutos. Más que sufi­ciente. Además, tiene que regresar a la oficina para que na­die sospeche los motivos reales de su ausencia. Quizá para una segunda ocasión se permita reser­var por más tiempo. Antes de subir, informa de que en unos cinco minutos vendrán preguntando por él. El recep­cionista toma nota con la mayor naturalidad del mundo y le de­vuelve una sonrisa cordial.

La habitación que ha elegido no es de las más es­trambóticas. Predominan los tonos violetas y rosas, aun­que lo que le ha inclinado a escogerla son los motivos infantiles que la decoran. Eso, piensa un tanto ingenua­mente, tal vez ayude a crear una atmósfera amable y dis­tendida, menos tensa en cual­quier caso. Se olvida de que, aunque para él es la primera vez, ella ya ha hecho esto en más ocasio­nes. De todos modos, a Sasaki le gustan los ambientes infantiles, así que la elección no le parece inade­cuada. Nada más entrar en la habitación se quita la ropa de calle y se viste con uno de los yu­kata que hay ex­tendidos sobre la cama. Así, la espera se le hará más có­moda. Además, sentir sus órganos libres, emancipados, fuera de ataduras, le produce cierto alivio.

Cinco minutos después de la hora convenida lla­man a la puerta. Sasaki se incorpora y abre. Una her­mosa jovencita aparece al otro lado. Es más atractiva aún de lo que había imaginado. No obs­tante, le parece un poco tímida, lo cual le excita aún más. Ella pasa a la habitación y él cierra la puerta. La mira un poco por encima, aunque sabe que mirar directamente a una mujer es una des­corte­sía. No importa, es la prerrogativa del que paga: tiene derecho a mirar, puede mirar sin ningún impedimento, mirar hasta que se canse. Kinashita le aconsejó bien: Ko­haru es encantadora, lo más hermoso y delicado que ha visto nunca. Pero, sobre todo, Sasaki agradece el detalle de que haya venido vestida con su uni­forme de colegio.

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