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INGRID BERGMAN EN SU SIGLO

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Ingrid Bergman, la actriz que escandalizó al mundo por amor


Se cumple un siglo del nacimiento de la intérprete sueca, ganadora de tres Oscars y musa de Hitchcock y Rossellini

 

Antón CASTRO

Ingrid Bergman, calificada alguna vez en los años 40 como “la actriz más amada de Hollywood”, dijo que “la interpretación me eligió a mí”. Asombrosamente tímida, confesó: “Soy más yo misma cuando soy otra persona”. Nació en Estocolmo el 29 de agosto de 1915. Hace un siglo. Su madre, de origen alemán, murió cuando ella tenía tres años y su padre, el fotógrafo sueco Justus Bergman, la dejó huérfana del todo a los doce. La cuidaron sus tíos y pronto les hizo saber sus intenciones. Era realmente buena en las tablas y quería ser actriz. Estudió en el Liceo Femenino y se aficionó, casi por igual, a la lengua francesa y a Juana de Arco, a la que encarnaría en la pantalla muchos años después. El azar la llevó al cine y trabajó en varias películas suecas y alguna alemana; llegó a conocer a Goebbels. Su presencia en ‘Intermezzo’ no pasó inadvertida para Kay Brown, que la recomendó a su jefe, David O’Selznick. Este la llamó y la dirigió en la versión norteamericana del filme junto a Leslie Howard. Ahí ya estaban su naturalidad y su elegancia, su belleza etérea e hipnótica. En los años 40 participó en películas como ‘Casablanca’ (1942) de Michael Curtiz, toda una revelación con su rostro de luz, ‘Por quién doblan las campanas’ (1943) de Sam Wood, donde encarnaba a una republicana española, María, ‘Luz que agoniza’ (1944) de George Cukor, donde estaba radiante, suave y malherida a la vez, acosada por un hombre sin escrúpulos y por sus recuerdos; obtuvo su primer Oscar. En esa década rodó, además, ‘Recuerda’ (1945), ‘Encadenados’ (1946) y ‘Atormentada’ (1949), tres títulos de Alfred Hitchcock, que la convirtió en una de sus musas y en una de sus rubias peligrosas: esas mujeres enamoradas, de turbio pasado, una hermosura femenina que desarma, capaz de realizar grandes desafíos y sacrificios. A François Truffaut le encantaba ‘Encadenados’, casi tanto como ‘Vértigo’, y el trabajo de la actriz: decía que era “el sueño filmado”.

Ingrid Bergman estaba casada con el médico Peter Lindström, con el que tuvo una hija, Pia. Con el paso del tiempo fueron distanciándose. Durante la II Guerra Mundial, como hicieron otras actrices, estuvo en Alaska animando a los soldados, donde cogió una neumonía, y viajó a diversos frentes europeos. En uno de ellos conoció al reportero de guerra Robert Capa, con quien vivió una intensa historia de amor; Capa llegó a presentársela a su madre y quizá fuese él también quien le recomendase la película ‘Roma, ciudad abierta’ (1945) de Roberto Rossellini. De su visión surgió una carta y quizá la experiencia más intensa de su existencia. Ingrid Bergman le escribió al realizador italiano, compañero de Anna Magnani: “He visto sus películas y me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca que sabe hablar bien inglés, que no ha olvidado el alemán, que no resulta muy comprensible en francés y que en italiano lo único que sabe decir es: ‘Ti Amo’, estoy dispuesta a hacer una película con usted…
Afectuosamente, Ingrid Bergman”. Se conocieron fugazmente en Londres (o en París, según otros) y luego Rossellini la visitó en Hollywood para que colaborasen juntos en ‘Strómboli’, en cuyo rodaje nacería una gran pasión que convulsionó a Suecia, Italia, el Vaticano o Estados Unidos, donde fue vituperada y recibió multitud de cartas llenas de odio. Tuvieron tres hijos, Robertino y las gemelas Isotta e Isabella, e hicieron seis películas. La relación acabó enfriándose –a pesar de que rodaron ‘Te querré siempre’– porque iban de fracaso en fracaso: ninguno de los dos estaba a su mejor altura y estaban cerca de la ruina. En 1956, su gran amigo Jean Renoir acudió en su ayuda y le ofreció protagonizar ‘Elena y los hombres’. Y poco después compartiría reparto con el joven Yul Brinner en ‘Anastasia’ (1956) de Anatole Litvak: su trabajo fue tan convincente que ganó su segundo Oscar; su gran amigo Cary Grant recogería su estatuilla en medio de un gran ovación. Estados Unidos la había perdonado.

Poco después se casó con el productor teatral Lars Schmidt, que la acompañó hasta el final de sus días, aunque se separasen en 1975, poco después de que ella obtuviese su tercera estatuilla, como actriz de reparto, por ‘Asesinato en el Orient Express’ de Sidney Lumet. En esa fecha se le descubrió un cáncer de pecho. En los últimos años alternó teatro, televisión y cine, y cumplió un antiguo sueño: trabajó de nuevo en sueco y además con uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, Ingmar Bergman, en ‘Sonata de otoño’ (1978). Enferma, resistió en su casa de Londres, hasta el 29 de agosto de 1982, el mismo día en que había nacido 67 años antes. “Nunca miro atrás. He intentado vivir al máximo”, le dijo a Liv Ullmann. Su familia arrojó al mar Báltico sus cenizas, las de una de las mujeres más adorables, bellas y versátiles de la historia de Hollywood.

LA ANÉCDOTA

Ingrid Bergman fue muchos personajes en el cine, en el teatro y en la televisión. A Juana de Arco la encarnó en varias ocasiones. Su último trabajo fue el telefilme ‘Una mujer llamada Golda’, sobre la que fuera primera ministra israelí, ya enferma. Realizó un trabajo soberbio por el que recibió un Emmy y un Globo de Oro. En su centenario ha sido homenajeada en Cannes y Jeremy Irons y su hija Isabella llevarán a escena sus cartas con Rosellini. Y el sello Schimmer / Model publica ‘Ingrid Bergman. A Life in Pictures’.

 

 *Ingrid Bergman en ’Luz que agoniza’ de George Cukor. Ganó el Oscar.

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