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JESÚS RUIZ MANTILLA: UN DIÁLOGO

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Jesús Ruiz Mantilla (Santander, 1965) es novelista y periodista cultural en las páginas de ‘El país’. Acaba de publicar ‘Contar la música’ en el sello Galaxia Gutenberg. Aquí explica algunas de las claves de un libro apasionante.

-¿Cuál es tu definición favorita de la música? Barenboim, recuerdas, dice que “la música es aire sonoro”; para Anne-Sophie Mutter sería algo así como “una emoción en lucha perpetua con nuestro interior”...

Me quedo con una mezcla de ambas. Añadiría misterio y diálogo continuo con nuestra memoria sensorial.

-Si contar la música es imposible, ¿cómo se puede abordar a través de la palabra, qué vínculo se establece entre ambas?

He escrito Contar la música precisamente para hacer al lector partícipe de ese imposible, pero también de la persecución permanente de un ideal. Dice Elvis Costello que contar la música es algo así como bailar la arquitectura. Brillante. Unir ambos lenguajes, el de las palabras y el de las notas, es algo utópico, pero pueden caminar por senderos paralelos y completarse el uno al otro.

-¿Qué intentas tú hacer aquí, qué cuentas exactamente, desde esa imposibilidad?

En el libro he querido que sean los propios músicos quienes se expresen con sus palabras a través de las conversaciones que con ellos he tenido a lo largo de dos décadas de trabajo. Son quienes mejor lo explican todo. El libro es una memoria testimonial de directores como Abbado, Rattle, Barenboim, Zubin Mehta, Riccardo Muti, compositores de la talla de Philip Glass o Pierre Boulez, pianistas asombrosos: Zimerman, Pollini, Brendel, Sokolov, violinistas, chelistas a los que admiro profundamente. Queda completado por otros a los quienes debo mucho, pero que por razones de espacio / tiempo, no pude conocer: Mozart, Chopin, Mahler, esa gente.

-Me conmueven dos cosas del prólogo: ese regalo de la caja de Beethoven y la historia de tu tío José Francisco Alonso... ¿Qué significaron para ti?

Como explico en la introducción, resultaron revelaciones para mí. La caja fue un regalo de mi padre, sabiendo que no podría despojarme de eso el resto de mi vida. Mi tío José Francisco, gran pianista, era el héroe de la familia, a quien íbamos a ver en vivo cuando yo tenía 8, 9 años. Un héroe trágico…

En el libro, una y otra vez, confiesas tu amor por el piano... Lo comparas con internet y dices, directamente, que el piano es la revolución. ¿Qué tiene de especial el piano, cómo debemos oírlo, qué nos da?

La invención del piano a finales del XVII y principios del XVIII por Bartolomeo Cristofori en Florencia, fue un proceso largo. Representó la persecución de una utopía. Quiso construir un instrumento que aunara una especie de orquesta dentro. Lo consiguió con creces. Y las mejoras que lo han perfeccionado a lo largo de la historia, más. Han pasado más de tres siglos y parece que aún no se han logrado explorar todas sus posibilidades expresivas. No es el instrumento rey, es el instrumento emperador.

¿No exageras cuando afirmas que Mozart enseñó a hablar al piano?

Si trasladamos a un instrumento así una lógica biológica, Clementi o Czerny lo pusieron a andar y Mozart o Haydn, le enseñaron a hablar, con Beethoven vivió una adolescencia más que incendiaria y rebelde y con Liszt, Schubert o Chopin una juventud tan enérgica como oscura y bipolar… ¿Sigo?

¿Por qué fue Liszt casi un precursor de la beatlemanía antes de los Beatles?

Si no te convence que una mujer conservara un puro suyo recogido del suelo después de un recital y dijera que la enterraran con él en el pecho, me tendrás que explicar qué fue la beatlemanía. Las volvía locas. Resultaba algo demoniaco tocando el piano en escena.

Aludes en el retrato de Liszt a una historia de amor con Caroline Sayn-Wittgenstein, fumadora de puros. ¿Qué ocurrió entre ellos?

Se estilaba mucho esa costumbre, George Sand, la amante de Chopin, también. Como en todo en la vida de Liszt durante una época, hablamos de excesos. Tantos que los últimos años se recluyó en un convento, a hacer penitencia y a escribir algunas de las páginas más brillantes que le quedaban aun.

Hay un momento en que confiesas leer las notas, las autobiografías de los compositores e instrumentistas. ¿Qué encuentras ahí de especial, qué mirada peculiar suelen tener?

Una explicación por sí mismos de lo que a mí tanto me cuesta contar. Los músicos hablando de música son reveladores, nos ofrecen claves fundamentales, fuera de nuestro alcance o sensibilidad.

Insisto un poco por ese camino: afirma Yuja Wang que “los pianistas somos más sensibles que el resto de los mortales”. ¿Debemos tomarla en serio?

No creo que sean más sensibles, pero sí distintos en sus percepciones sensoriales, emocionales e intelectuales, también.

Hubo en España un auténtico fenómeno Mahler, tras un elogio de Alfonso Guerra. ¿Cómo era en realidad, estaba loco, qué aporta a la música?

Mahler llevó el sinfonismo hasta lugares que hoy entendemos mejor que sus contemporáneos. Después de él resultó muy difícil componer para esa forma musical. Habla de la angustia y la ecología, predice el abismo del siglo XX, comunica, aúna, busca un ideal, lo destruye. Es plenamente moderno.

Dices que Pierre Boulez es un punk de la música clásica, ¿por qué?

Digo más: que los punk a su lado son la madre Teresa de Calcuta. Él es un incómodo visionario, soberbio, radical, intransigente, ultra vanguardista, otra raza, pero no siempre llevó razón.

Te dice que “la música no debe servir como protesta”. ¿Estás de acuerdo o hay muchos momentos en que la música enciende la llama de la rebeldía, de la transgresión...?

La música es emoción y como tal comporta peligro. Puede ser una llama de rebeldía o puede utilizarse como justificación del Holocausto. Cuidado con ella.

Aquí se plantea otra cuestión: la amoralidad del arte. El ejemplo perfecto podría ser Herbert von Karajan, del que recuerdas su pasado nazi, su huida y su ascenso. ¿Cómo lo ves, es el tipo más complejo del libro?

Yo creo que es el más simple de todos. Lo único que le interesaba era el poder y utilizó la música como medio para obtenerlo. Fácil de entender, ¿no crees?

Anne-Sophie Mutter lo califica como un superhéroe. ¿Qué hay de ello?

La fascinación apenas curada de una niña prodigio a la que él ayudó mucho.

¿Qué relación existe entre la música y el poder?

Puede ser inexistente y omnipresente. Los dirigentes admiran a los directores de orquesta, sobre todo y estos aprovechan esa debilidad para sacar grandes ventajas: lo hizo Karajan, lo hace Gergiev con Putin, lo bordan Mehta o Barenboim con todo quisqui, es así.

Hablas de varios españoles en el libro. ¿Cuál es el lugar de Ataúlfo Argenta en la música de su tiempo y en la historia?

Argenta fue una excepción de talento en bruto en mitad de un desastre generalizado. Reunía todos los atributos de los grandes: rigor, ambición, sensibilidad, carisma, liderazgo. Todo en uno y en mitad de un desierto cultural, como la España y la Europa en guerra y posguerra. No hay que olvidar que triunfó en todo el continente.

¿Podrías contar, de verdad, cómo sucedió su muerte?

Ana Arambarri ha escrito un libro sobre él, aun no publicado, en el que cuenta con detalle lo que sucedió. Resumiendo: estaba con una joven admiradora en su coche y dentro del garaje de su casa. Como les entró frío –era enero- puso el motor en marcha y se intoxicó. Ella se salvó de milagro. Una chorrada que acabó en tragedia cuando estaba en el momento más dulce de su carrera. Imagínate el morbazo y el tabú que supuso aquello.

Te apasionan los pianistas. ¿Podrías definirnos algunos, su estilo, su personalidad, su forma de tocar? Por ejemplo: Brendel, Pollini, Zimerman, Sokolov, Maria Joao Pires... [Una línea, una frase, te lo pregunta también como pedagogía para el lector]

De Brendel destacaría el cálculo y la naturalidad. De Pollini el riesgo y la sensibilidad. De Zimerman su compleja personalidad al servicio obsesivo del piano, hasta el paroxismo. De Sokolov, esa dedicación exclusiva que le lleva a la profundidad y la complejidad absolutas, pero plenamente comunicadas por medio de la música. Pires es sensibilidad, claridad, destreza y ahora absoluta maestría.

Los chinos parecen rivalizar con Lang Lang y Yuja Wang. ¿En qué se parecen, en qué se diferencian?

No rivalizan, son iconos a imitar para ellos. Puro ejemplo. Uno aplica rigor, sensibilidad y una madurez extraña para su edad al mundo sabiéndolo combinar con la tecnología y la comunicación de los aspectos ligados al puro fenómeno. Yuja es una muñeca de hierro, solitaria, independiente, muy fuerte a la hora de tocar el piano, muy frágil y adorable para la vida.

Hablas de varios músicos españoles: Rosa Torres-Pardo, Javier Perianes. ¿Por qué es extraño el caso de Javier Perianes?

Porque sabe controlar de una manera férrea todos los aspectos de una carrera que crece y se ha convertido en todo un modelo en España para los jóvenes que van detrás de él. Todo ello apoyado en un talento descomunal, de grande del piano. Quizás estemos hablando del pianista español que llegará más lejos en una carrera internacional. Pero no de los presentes, de los presentes y de los pasados.

En tu libro glosas una conversación, o varias, con Anne-Sophie Mutter. ¿Sigue encarnando ella el glamur, la voluptuosidad de la música?

Con mucho mérito, porque ya va cumpliendo años, pero conserva esa atracción, sabiamente asentada en un gran talento. Una mujer con la que da gusto hablar.

Si te dijeran quédate con un compositor, con una pieza y con un instrumentista, ¿qué dirías?

No me lo digas…

¿Que perdemos al despreciar la música en la enseñanza?

Perdemos muchísimo, pero lo que más me preocupa es lo que ganamos: un inevitable embrutecimiento.

 

PD. Jesús Ruiz Mantilla ganaba el pasado mes de noviembre el premio Fernando Quiñones de novela. Aquí se puede leer la noticia y algunos avances de 'Hotel Transición'.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/17/actualidad/1447767346_391457.html

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