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TERESA AGUSTÍN, UN DIÁLOGO

Teresa Agustín «La poesía es como una caja negra

de misterio: nunca se sabe qué va a salir»

Teresa Agustín*, la poeta turolense de las pequeñas cosas, homenajeada el domingo en Fraga.

 

«No había estado en Fraga en mi vida, pero estoy feliz. Sorprendida y agradecida por esta distinción. Sabía que Fraga celebraba una semana de la poesía y que tiene un paseo de los Poetas, donde moran Mariano Esquillor, Fernández Molina, Carmen Serna, Emilio Gastón, Ángel Guinda... Me siento querida en Aragón. Sé que hay un espacio modesto de cariño hacia mí», dice la poeta y traductora Teresa Agustín (Teruel, 1962), que el pasado domingo protagonizó la clausura del Marzo Poético de Fraga. Hoy es el Día Internacional de la Poesía.

¿Le ha sorprendido que se hayan fijado en usted?

Sí, claro. No me prodigo; a lo mejor en un principio pensé que en Madrid podría organizar mi carrera poética, pertenecer a grupos y revistas. Con el paso del tiempo, he descubierto que no estoy conectada y que tampoco quiero estarlo. Mi obsesión es escribir, no figurar. Quiero escribir y aprender. Crezco paso a paso, libro a libro, e incluso me he ido de las redes sociales.

¿Y eso?

Me estresaba. Lo he dejado todo. Solo me he quedado con el teléfono móvil porque tengo una hija adolescente, Daniela.

Es usted autora de cinco libros…

Sí. ‘Cartas a una mujer’, que publiqué en las PUZ en 1993 y fue el principio; luego apareció ‘La tela que tiembla’ en Olifante, en 1998: me percibía más poeta, y me sentí cuidada, mimada, importante. Tuve la sensación de que había dado un paso decisivo y que la voluntad de estilo se imponía.

¿Y luego?

Publiqué ‘Hombre con lirios, lilas y dos amapolas’ en Prames, en 2003. Y más tarde, ‘Dos pasillos’ (Huerga & Fierro, 2008)…

¿En recuerdo de su padre, no?

Sin duda. El libro empieza en un pasillo, cuando me notifican su enfermedad, y concluye en otro pasillo, cuando me anuncian su muerte. Puede imaginarse que fue un libro especial. Mi padre también lo fue.

¿En qué medida fue peculiar?

Tengo muchos familiares, exiliados, en Francia y yo misma viví cuatro años allí; mi padre, sensible, me apuntó a clases de francés. Cuando volvimos a Teruel, entre los 4 y los 14 años, tuve una profesora particular de francés: se llamaba Jeanne, había sido amiga de Maurice Chevalier y se casó con un hombre de correos de Teruel. Imagínese…

Me cuesta imaginarla…

Era una mujer que se pintaba las uñas de un modo especial y olía muy bien. Todo un espectáculo. Me enseñó a leer poesía en francés, a Jacques Prévert, en particular ‘La pluie et le beau temps’ (‘La lluvia y el buen tiempo’). También leí ‘Le petit Prince’.

El año pasado aparecía otro poemario, quizá el más doloroso.

Si ‘Dos pasillos’ podía leerse como la crónica de la muerte de mi padre, ‘Lantanas’ (Huerga & Fierro) estaba dedicado a mi madre. Sufrió de alzhéimer; como soy hija única, pasó los últimos años de su vida en mi casa. El libro es una reflexión sobre la enfermedad, la muerte y la creación. Ha sido una experiencia muy reveladora, diferente. El alzhéimer es como una puerta directa al abismo…

Con todo, el libro también habla de la luz…

Sin duda. En todos mis libros hay una mirada hacia la luz y la esperanza. Creo que cada vez soy más luminosa. Están el tenebrismo y la incertidumbre y la búsqueda, pero también están la sorpresa y la creación. Cuando acabo un libro tengo la sensación de que no podría volver a escribir algo así jamás. Soy muy durasiana: me encanta Marguerite Duras, a la que he traducido. La idea está en la cabeza y se construye en el libro: el poemario se ordena como un puzle, puede parecer inconexo, sin hilo conductor, pero poco a poco todo va encajando.

Una de sus características más constantes es la fragilidad.

Sí. Es un poco inexplicable. A veces creo que me puede herir hasta el aire. Ja, ja, ja. Es curioso, en literatura quien me ha dado seguridad ha sido Félix Romeo (1968-2011). A mí me hacía sentir escritora. Tenía ese don. Nos conocimos de jóvenes en ‘Andalán’: yo tendría 20 años o así y el 16. Venía a buscarme, salíamos a charlar con mis amigos, hablábamos de literatura y siempre me decía: «Pero, ¿qué haces con este bobo?», ja, ja. Cuando se vino a la Residencia de Estudiantes, en Madrid, nos vimos mucho. En ocasiones sueño que me abraza. Y también frecuenté mucho a José Antonio Labordeta. Ambos fueron muy generosos conmigo.

Volvamos a la vulnerabilidad…

A veces tengo la sensación de que puedo quebrarme. Las palabras me fascinan y construyo mi poesía con la fragilidad misma del lenguaje, como si fuera cristal. Hay escritores que escriben de adentro hacia afuera y escritores que escriben de afuera hacia dentro. Yo soy de los primeros, como Marguerite Duras; a los segundos pertenecería Marguerite Yourcenar, que también me encanta. Soy incapaz de escribir una novela, ni de afrontarla… La poesía se hace con tiempo, con observación, sin prisa, es una terapia y una afirmación. La poesía es como una caja negra de misterios: nunca se sabe lo que va a salir. Escribo: «Distendida y frágil, azul, la lluvia / se suicida / desde el cielo».

¿Por qué le interesa tanto Marguerite Duras?

Jacques Lacan dijo una vez de ella: «Si supiera lo que ha escrito se moriría». Uno de los libros que más me conmueven de los suyos es ‘El mal de la muerte’, pero también ‘Escribir’. Tiene la facultad de convertir cualquier cosa insignificante en algo excepcional, como el relato de una mosca en el último momento de su vida.

¿Qué poetas le atraen?

Además de Duras y Yourcenar, me gusta mucho Virginia Woolf, que tampoco es poeta. Y Antonio Machado, Miguel Hernández y el Lorca de ‘Poeta en Nueva York’, y Yorgos Seferis. Y Antonio Gamoneda, que es una referencia para mí desde hace años. Y nuestro Ángel Guinda, que es un poeta de primer nivel nacional. Me gustan sus poemas: nunca me cansan.

 

*Esta entrevista abría el lunes la sección de Cultura de Heraldo de Aragón en la edición en papel.

 

**La foto de Teresa Agustín la tomo de aquí:

http://www.huesca-filmfestival.com/wp-content/uploads/_imagenes/imagesjurados/teresa-agustin.jpg

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