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ISMAEL GRASA HABLA DE 'UNA ILUSIÓN'

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ENTREVISTA. Ismael Grasa. Escritor. Publica en Xordica ‘Una ilusión’.

 

 

“Soy un gran defensor de las convenciones,

pero cuando se llega a ellas desde la libertad”

 

Fotografía: Javier Broto. Heraldo de Aragón*

 

Ismael Grasa (Huesca, 1968) presentaba el pasado, en compañía de Ignacio Martínez de Pisón, su nuevo libro: ‘Una ilusión’, un libro autobiográfico en el que narra aspectos su infancia, su pertenencia durante tres años al Opus Dei, su estancia en China, su vida en Madrid cuando se abría camino como joven escritor o la importancia de la amistad. El libro lleva una estupenda portada de José Luis Cano.

-¿Qué le ha llevado a escribir una autobiografía o una memorias fragmentarias como ‘Una ilusión’ (Xordica)?

 Más que una autobiografía o unas memorias –no tengo ni la edad ni la posición para algo así– diría que es un libro compuesto de episodios autobiográficos. Mi editor, Chusé Raúl Usón, me ayudó a descubrir el sentido que estaba latente en ese conjunto de páginas.

 

- “El caso es que aquella nave de cartulina pudo haber sido para mí la de la Muerte”, confiesa en las primeras páginas. Podríamos decir que vive usted de milagro. ¿Qué reflexión le merece esa anécdota o el peso del azar en su vida?

Fue un accidente doméstico con un enchufe, cuando trataba de concebir una nave espacial. El episodio quiere tener una carga metafórica sobre el país y sobre cómo mirábamos a Estados Unidos y su cine. Digo allí que a los norteamericanos la ciencia ficción les trasladaba a otros mundos, mientras que a nosotros nos trasladaba a Norteamérica.

 

-¿De qué ha dependido la elección de los temas o capítulos: de la existencia de un cuaderno previo, como insinúa, de la casualidad, quizá de que quería ajustar cuentas o recordar algo de su pasado?

Si hay ajustes de cuentas es conmigo mismo.

 

-Se recuerda desde los trece años queriendo huir. ¿De qué huía? ¿Cree que ha parado de hacerlo?

Uno no acaba de parar nunca. Pero entonces huía de una vida previsible, estrecha o convencional. Soy un gran defensor de las convenciones, pero cuando se llega a ellas desde la libertad.

 

-¿Qué ha significado la etapa del Opus Dei en su vida? ¿Qué le dio, qué le quitó, en qué medida se siente extranjero de su propia vida?

Durante años más o menos lo ocultaba, luego me daba igual que se conociese esa etapa de mi vida, y, por fin, he querido escribir sobre ella. Realmente uno de los temas del libro es la diferencia que hay entre el proselitismo y la verdadera amistad.

 

Dice que era oyente, silencioso, y que hay un momento en que da el paso siguiente: opina. ¿Cómo se produjo esa mudanza?

 Se produjo cuando pasé a tener pareja y se murieron algunos de mis amigos.

 

-Desmonta algunos mitos. Por ejemplo, asegura que el oficio de escribir no tiene que ver tanto con la soledad como con el hecho de haber visto escribir, con la compañía… ¿Quién le marcó, quién le señaló el camino?

Quizá yo no hubiese sido escritor si en Madrid no llego a compartir piso por azar con un escritor, Juan Gracia Armendáriz. Pero donde creo haber aprendido más sobre escritura es en Zaragoza y junto a Félix Romeo, a quien le dedico el último capítulo del libro, titulado ‘Una ilusión’.

 

Hay un momento en que habla de la importancia de Paco Umbral en su formación. Llegó a hablar con él por teléfono. ¿Cómo fue eso?

Llamaba a nuestra casa porque Gracia Armendáriz hacía una tesis doctoral sobre él. Por eso había libros suyos por todas las habitaciones. El caso es que a día de hoy no he perdido el respeto a Umbral.

 

-Había publicado ’Días en China’, pero aquí vuelve a narrar ese período y tiene algo de realismo mágico o de humor constante y contenido. ¿Qué le enseñó China? ¿Fue allí donde percibió la importancia de la libertad de manera especial?

 Escribí una novela inspirada en mi año en China, ‘Días en China’, que se publicó en Anagrama, y ahora me apetecía reescribirla en clave autobiográfica abordando lo que evité entonces: el romance amoroso y la cuestión política.

 

-Una de las cosas que llama la atención en el libro son las casas: los pisos donde vive, en Madrid, en China, sus casas en Zaragoza, la casa de Maria Kusche en Málaga, la casa familiar de Blecua… ¿Cómo definiría tu relación con ellas? ¿No sé si ha tenido en la cabeza el ’Diario de invierno’ de Paul Auster, donde hace un inventario de las suyas?

 Sí, tiene razón, más que una autobiografía he hecho un inventario de casas. Los escritores no sólo vivimos en ellas, sino que escribimos en ellas. Quizá esto tenga que ver.

 

-Si las casas son importantes, no lo son menos las ciudades. ¿En qué medida ’Una ilusión’ es una autobiografía con ciudades o con espacios?

Creo que nunca he escrito nada que suceda en un espacio ideal o inconcreto. Y no sólo es por falta de imaginación, sino porque mis libros o relatos quieren ser un modo de celebrar ciudades concretas, lugares que han sido importantes para mí. La ciudad es un espacio de liberación.

 

-Otro tema capital es la amistad. ¿Qué le sugiere esa palabra?

Sin los amigos que tengo y que he tenido sería mucho peor de lo que soy. Siempre se habla de la labor del escritor como una tarea solitaria, cuando realmente es algo más compartido de lo que parece. Es un clima, un tipo de conversación, lo que lleva a que haya escritores.

 

¿Qué han supuesto en su vida amistades como José Angel García ‘Chimi’, director del ‘Siete de Aragón’, Pepe Cerdá, Javier Tomeo o Félix Romeo?

De todos ellos hablo en el libro. Con Chimi me inicié en el periodismo, como luego con Genoveva Crespo, aquí en HERALDO; con Cerdá aprendí de pintura, que es lo mismo que decir que aprendí de la vida; Tomeo fue una especie de segundo padre, de quien aprendí el poder alegórico y esencial de la narración; y Félix Romeo ha sido la mente y el corazón más impresionantes con que he dado.

 

Dice: “Nuestra única obligación en el fondo es vivir un poco, no resistirse a que sucedan ciertas cosas, cierta clase de movimiento”. ¿En qué consiste vivir para usted?

Eso de la vida como movimiento es muy aristotélico. Es algo que sucede en el tiempo –que es la medida del cambio, etcétera–. Lo platónico, en cambio, es apuntar hacia la quietud mística y el desprecio por lo terrenal. Lo platónico es en el libro lo satánico. En fin, lo que quiero decir es que por más que a veces no veamos el sentido de las cosas, hay que vencer la tentación de apartarse del mundo.

 

Hay una reflexión un poco a contracorriente sobre la lectura. Declara que leer no es fácil, que exige esfuerzo, incluso una posición física… ¿Es así?

Hay cosas para las que nunca hay tiempo, como es leer o escribir. Leemos o escribimos porque decidimos dejar de hacer otras cosas o de estar con otras personas. Y no eso no siempre es sencillo. Por otra parte, no todo lo que leemos es lectura, ni todo lo que escribimos escritura, en el sentido de que tenga algo de sustancial o transformador.

 

La historiadora del arte Maria Kusche le dice en Málaga, pensando en su amiga la poeta Sol Acín, “¡Cómo sois los aragoneses!”, en alusión al carácter soñador y dado a la elucubración de los aragoneses... Y en otro lugar, a propósito de su relación con Tomeo, alude a la contención, al pudor aragonés… ¿Qué ha aprendido de los aragoneses en su vida y en la redacción del libro?

Hay una parte de lo aragonés que me atrae, y otra que no: la que sí, su tradición racionalista, legalista, pedagógica y universal; la que no me atrae, la reaccionaria, es la que se desentiende de hacer de esta parte del mundo un espacio bello y donde vivir plenamente.

 

*Esta entrevista apareció, en versión resumida, en Heraldo de Aragón y esta versión, más larga, ayer por la noche en Heraldo.es.

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