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RECUERDO DE ALEJANDRA PIZARNIK

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[Ayer se cumpían 80 años del nacimiento de una gran poeta, dietarista y traductora de vida breve, Alejandra Pizarnik, a la que siempre he admirado y leído con mucho gusto. Este texto glosa, en buena medida, su 'Diarios' que publicó Lumen. Fue muy amiga de Julio Cortázar y se escribieron mucho.]

Amor, miedo y locura de una poeta

 

“El invierno da miedo, miedo a que se vaya”, escribió la poeta y traductora Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972), una de esas mujeres que pertenece al que algunos han llamado “el club de las poetas suicidas”, que acoge a autoras tan importantes como Sylvia Plath, Anne Sexton, Marina Tsvetaieva, Ana Cristina César, Florbela Espanca o a su propia compatriota, a la que tanto admiró en sus inicios, Alfonsina Storni; dice de ella: “Pienso en su muerte y me acongojo”. Alejandra Pizarnik fue una mujer especial, con mucha fuerza en medio de la inclinación hacia la melancolía: una gran lectora desde niña, capaz de hablar de su pasión por César Vallejo (glosaba sus poemas y en un momento lo comparó con Antonio Machado, de quien dijo: “Me aburre”), por Proust, por la citada Storni o por los poetas Mallarmé y Rimbaud, muy especialmente, y los surrealistas. Y también Vicente Huidobro. Y Neruda. Ya desde muy joven aseguraba que sus modelos o referentes eran Dante, Shakespeare, Goethe, Bach y Goya, casi un quinteto insuperable. También podría haber añadido a Van Gogh, de quien escribe con mucho cariño.

Pizarnik llevó desde los 18 años un “diario de escritora”. Hace algunos años, Ana Becciú, publicó una amplia selección de este proyecto. Luego apareció una nueva edición de más de mil páginas de sus ‘Diarios’ (Lumen) con otras aportaciones, aunque la prologuista dice que ha sido respetuosa con Pizarnik, con su familia y con terceras personas. Es decir, aún quedarían textos íntimos sin publicar.

Alejandra Pizarnik es una escritura de culto. Obsesionada por la palabra y por encontrarse a sí misma. La escisión del yo es su tema capital. Vivía en la incertidumbre y en el vacío. Bebía agua sin parar, quería estar siempre muy delgada, tendía a compararse con su hermana y estaba dispuesta a abordarlo casi todo: el periodismo, la pintura, la filosofía y las letras, sobre todo la poesía. Dijo: “Poesía es lirismo, es experiencia de la palabra”. La relación con sus padres, sus historias de amor (con chicos y con chicas; declara en varias ocasiones que se siente atraída por ellas) y sus orgasmos, su búsqueda constante, su atracción hacia Buenos Aires, su doliente impresión de soledad.

Todo el rato, a los 18 y poco antes de la despedida, sigue buscando su ser. Era capaz de escribir así: “El viento es un trozo de oxígeno disfrazado de fantasma que vaga silbando una canción que nunca pasa de moda”. Y, de repente, con insólita lucidez, confesaba: “La miopía exalta la individualidad. Verme a mí perfectamente y a los ‘otros’ como pobres seres borrosos”. Cursó varias carreras, pero no acabó ninguna. Y finalmente convirtió a la literatura en su pasión. Le interesaron el periodismo, la filosofía pura, que no abandonaría jamás, y las letras. Mostrará un obsesivo intento de componer un libro perfecto, una novela. Escribió: “Quisiera pensar en algo sublime”.

Quizá por ello siempre tenía una sombra: “Me duele la existencia”, era una de sus frases favoritas. También era sincera: “Siento un espeso vacío y una gran oleada de euforia sexual”. Entre 1960 y 1964 vivió en París y allí hizo de todo: colaboró y publicó en revistas, redactó poemas, tradujo a grandes poetas como Aimé Cesaire, Henri Michaux o Antoni Artaud, se sintió afín a Paul Celan y estableció algunas amistades muy hermosas y fructíferas con Octavio Paz, Julio Cortázar o Rosa Chacel. Años más tarde, se cartearía con el escritor y artista manchego, afincado en Aragón, Antonio Fernández Molina.

Al principio, la novela en marcha de la existencia de esta mujer peculiar -que leyó con gusto al místico aragonés Miguel de Molinos y que sentía la urgencia de “apaciguar mi furiosa necesidad del amor”- era prolija en detalles y sensaciones. Poco a poco la prosa fue adelgazándose como su propia poesía: lo mismo escribía “dormí todo el día” que confeccionaba listas, decía en forma de telegrama que había leído a Djuna Barnes, que sufría “desequilibrio” o que debería “conseguir un empleo”. Poco antes de tomar 50 pastillas de barbitúricos (Veronal), intuyó: “El arma del poeta es la locura”. No en vano, uno de sus mejores libros es ‘Extracción de la piedra de locura’ (1968).

 

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