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EL VIAJERO PEPO PAZ HABLA DE SORIA Y DE LOS CIELOS DE ESPAÑA

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[Pepo Paz es editor de Bartleby y cronista de viajes y fotógrafo. La pasada semana, en Zaragoza, en Cálamo y en el Centro Soriano, presentó dos de sus últimos libros: una ’Guía de Soria’ y un libro sobre ’Los mejores destinos para observar cielos en España’, ambos publicados por Anaya.]

 

-¿Qué hace un editor de poesía metido a viajero y cronista de viajes?

En realidad son dos actividades que se iniciaron y crecieron a la vez desde el verano de 1998: en julio de aquel año fundamos la editorial y fue también durante aquel verano cuando realicé mi primer viaje y colaboración para el desaparecido suplemento Motor & Viajes (que publicaba cada sábado el diario El Mundo). Ellos estaban sacando un coleccionable con rutas por España y recuerdo que me pidieron una escapada por la Sierra de Alcaraz, en Albacete, un destino que yo había visitado tres o cuatro años atrás para hacer una entrevista a una mujer guatemalteca afincada en Letur para mi primer libro Transeúntes (de América Latina). En cierta forma aquel primer viaje estaba señalando el camino que he seguido como viajero durante todos estos años.

-Una persona con esta trayectoria, el editor de Bartleby, ¿tiene una mirada especial sobre lo que ve? ¿Qué buscas en tus viajes, qué te preocupa, qué quieres captar?

Supongo que, en cierta manera, todo está interrelacionado. Sobre todo en aquellos primeros tiempos de colaboraciones en El Mundo, etapa que duró unos 4 años, en la que pude desarrollar mi trabajo de una manera menos condicionada por encargos específicos. Ahí estaban los temas que más me interesaban y, también, empecé a completar el puzle de un gran juego: el que me ha llevado a casi todos los rincones de la geografía española para contar y fotografiar lo que veía; en suma, para incitar al lector al viaje. Pero el viajero no sólo escribe: también fotografía. Quizás ahí es donde más se fundan mis propias obsesiones con las del editor. Una fotografía es siempre una instantánea de un tiempo pasado. En ese sentido me ha preocupado mucho la destrucción del paisaje y de la identidad de las ciudades y pueblos de España: la euforia constructora ha laminado lo que éramos hasta hace muy poco tiempo. Da grima volver a las carreteras y encontrar las afueras de muchas localidades tomadas por el afán especulador y transformadas en colmenas de adosados.

-Has hecho una guía de Soria, capital de la poesía. ¿Muy propio, no? ¿Qué te atrajo de Soria, qué tienen de especial la ciudad y la provincia?

Bueno, esa fue otra de las casualidades que tiene la vida. Personalmente, y mucho antes de dedicarme a la edición o al fotoperiodismo de viajes, ya tenía una vinculación con el territorio soriano que comenzó a los 18 años mientras fregaba platos como recluta en un cuartel del Ejército del Aire. Allí trabé amistad con un compañero cuya familia era originaria de un pueblo de la Ribera del Duero soriana: Langa. Y por allí empecé a viajar y a desenredar la madeja de mi fascinación por esa provincia. Luego, años después, solía escaparme con mi padre a conducir por sus comarcales a modo de desestresante de la vida laboral en una metrópoli como Madrid. Y así fui amando sus colores, sus cielos y sus pueblos. Durante diez años consecutivos acudí a la ceremonia del Paso del Fuego en San Pedro Manrique, volé en globo y encaré el difícil carácter de los viejos castellanos. Así que cuando el editor de guías nacionales de Anaya Touring me preguntó si me gustaría escribir la nueva guía de Soria de la colección Guiarama, no lo dudé. Si iba a escribir una guía… ¿qué mejor destino que el soriano? Además Soria es un destino diverso, con muchas novedades, que había que recontar. A mí me parece que es una provincia que encarna ese modo slow y sostenible hacia el que camina el turista de nuestro siglo. La ciudad es un compendio de vida sosegada, románico y poesía donde las iniciativas culturales del ayuntamiento están dando un auge distinto, como la única feria de poesía del país: Expoesía. Soria, plató cinematográfico, destino micológico y de observadores de aves y estrellas…

-¿Qué tipo de guía has querido hacer? ¿En tiempo de internet aún interesan las guías?

La anterior guía fue obra de un erudito soriano, otro viajero amante de su tierra y de la Vieja Castilla, Avelino Hernández. Escribir una guía de Soria después de la de Avelino, que había fallecido en 2003 víctima de un cáncer, para mí era un reto. Un reto ambicioso: había que darle una cierta vuelta de tuerca sin olvidar que se trata de una guía sujeta a unos criterios establecidos por una colección que tiene una larga trayectoria editorial. Sobre todo he tratado de hacer una guía actual, con una mirada muy del siglo XXI, en la que los propios sorianos se sintieran identificados. Algunos lectores me han  dicho que no se lee como una mera guía repleta de información práctica y es así, se trata, sobre todo, de un libro de viajes donde yo he querido volcar mis experiencias sorianas de los últimos 25 años. En cuanto a la segunda pregunta, bueno, yo creo que Internet nos ha cambiado la vida, la manera de viajar, etc, pero sigue habiendo viajeros que van con una guía de papel en la mano cuando se acercan a sus destinos. En la medida de que los contenidos de las guías sean de calidad, siempre habrá lectores que nos prefieran. En general, yo desconfío mucho de los contenidos de la red, en especial, de los que se suben a través de las RRSS. Sigo creyendo en la capacidad de prescripción de los profesionales.

-¿Cómo te ocurrió el libro ‘Los mejores destinos para observar cielos en España’?

Este libro es una réplica de la guía soriana. En ella ya estaban los cielos estrellados y las rutas de observación de aves. Fue en una reunión con la directora de la editorial (Mercedes de Castro) cuando ella comentó que qué me parecía la posibilidad de escribir un libro dedicado al astroturismo. La idea original fue esa y, en las semanas posteriores, fuimos dando forma al tema de los cielos como propuesta turística. Con esa base, y teniendo en cuenta que el observatorio de Borobia (en la Raya entre Aragón y Castilla) fue el primero de España en funcionar dedicado a la divulgación astronómica, empecé a confeccionar el índice del libro. Y, luego, a escribirlo.

-¿Cuáles son los mejores lugares para ver el cielo? ¿Qué has encontrado en el Observatorio de Javalambre? Parece un territorio de ciencia ficción…

Yo siempre he defendido que el escritor no puede ser neutral. Y en este libro, un libro de viajes, menos aún. A medida que fui avanzando en la primera parte del volumen, la dedicada al astroturismo, me iba dando cuenta de que en realidad estaba hablando de la España deshabitada. Los mejores lugares para observar los cielos peninsulares son, por regla general, aquellos destinos a los que el desarrollo del país ha condenado al abandono. Territorios con una densidad de población en torno a los 3 hab/km2 o incluso menor. Son esos territorios donde la contaminación lumínica es escasa y donde, por ello, las noches estrelladas la contemplación de la bóveda celeste convierte a la Tierra, a ojos del viajero, en esa nave espacial que viaja alrededor del Sol a una velocidad de 30 km por segundo. Uno se siente diminuto contemplando a simple vista la inmensidad del universo. A esos lugares con poca contaminación lumínica hay que sumarle otros parámetros más ponderables científicamente como la visibilidad astronómica  (en términos seeing) y de fondo de cielo y extinción (es decir, en términos de absorción y dispersión de la radiación electromagnética). Esos parámetros convirtieron al turolense pico del Buitre (en el municipio de Arcos de las Salinas) en el lugar ideal para la construcción del Observatorio Astronómico de Javalambre (OAJ). Luego le siguieron una serie de iniciativas para promocionar la comarca de Gúdar-Javalambre como destino astroviajero y conseguir la Certificación como Reserva Starlight y, cuando escribí el libro hace unos meses estábamos a la espera de la inauguración de Galáctica, un magnífico Centro para la Difusión y la Práctica de la Astronomía. Teruel es, por sus características geográficas, demográficas y patrimoniales un gran destino turístico. Y sus cielos estrellados son los últimos en sumarse a esa excelsa oferta. A Teruel hay que ir y regresar una y otra vez, sin duda.

-¿Qué tiene de peculiar para ti el cielo de Gallocanta? -¿Y Monte perdido y Ordesa? ¿Qué te conmovió especialmente?

Gallocanta es la bella desolación del invierno, la fiesta de las grullas. Aquí se sintetiza el enorme papel que juega la Península Ibérica como lugar de paso en las migraciones de las aves. Y Ordesa es un santuario para los amantes de la naturaleza, el destino que conjuga abismo y montaña. Ordesa es el fulgor de las estaciones y, por supuesto, el gran refugio de unos de los grandes de nuestros cielos, el quebrantahuesos. Regresar al Sobrarbe es como volver a casa. Un horizonte de leyenda.

Explícanos, descríbenos algunos cielos que te hayan parecido espectaculares, íntimos o casi sobrenaturales.

Lo genuino de los cielos es que, en función de las condiciones meteorológicas y de las estaciones, todo cambia. Cuando no estoy de viaje suelo acudir cada mañana a fotografiar el amanecer en el embalse de Santillana, en Madrid, que es donde vivo. Y siempre es diferente. Creo que la calificación de cada experiencia tiene que ver mucho con lo personal: a mí me encanta sentir el paso de esas estaciones, percibir cómo varían los colores entre unas y otras, cómo va llegando o yéndose el invierno, la algarabía de las aves acuáticas y cómo, de repente, en el momento en que el sol asoma por el horizonte, todo parece quedarse detenido por un instante. Los cielos de Canarias son los que mejores condiciones nos ofrecen para la observación nocturna pero Doñana, Cabo de Gata, el Delta del Ebro, Fisterra o el Urdaibai, por poner algunos ejemplos, me fascinan igualmente y por cosas distintas.

Pensando en Machado… ¿El que está cerca del cielo, está más cerca de Dios o de la poesía?

Yo creo que tocar el cielo con las manos es un estado de ánimo. Los cielos de “Campos de Castilla” son, por lo general, sombríos, como mucha de esa Castilla soriana que poetizó Machado y que en buena medida también bebió del malestar general y el tópico de los escritores del 98 hacia la meseta. Hoy el cielo está más cerca de la exploración y el avance tecnológico. Pero siempre hay hueco para la poesía: el otro día compartí entrevista en RNE con un geoastrónomo que se encarga de parte del entrenamiento de los astronautas y nos planteó una pregunta no exenta de ella… ¿por qué los amaneceres en la Tierra son rojos y en Marte azules?

¿Cuánto tiempo te ha costado este libro, cuántos viajes, cuántos kilómetros has recorrido?

 Este libro me ha llevado más de 20 años de trabajo. En realidad, cuando viajaba con mi padre por las comarcales sorianas ya estaba escribiendo mis notas para un libro que ni siquiera sabía que un día iba a escribir. En estas páginas están muchas de las líneas que he escrito en mis 18 años de fotoperiodista y también están los amaneceres y atardeceres que nunca he descrito. Están, por supuesto, las reivindicaciones ecologistas de colectivos vecinales y ecologistas que nos han permitido conservar entornos naturales que el afán de ministros y especuladores nos hubieran hurtado. El gran reto que tenemos es transmitir a las generaciones futuras un mundo habitable. Un reto cada vez más lejos de nuestras manos.

¿Para quién es un libro como éste?

Los mejores destinos para observar los cielos en España es un libro pensado para inspirar el viaje. Es un libro de gran formato, con un importante despliegue fotográfico, ideado para aquellos a quienes les gusta planificar sus escapadas. Y, también, para aquellos viajeros a los que les interesan las efemérides astronómicas, geográficas y naturales. Un libro para casi todos, vamos.

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