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UN DIÁLOGO CON FERRER LERÍN

FRANCISCO FERRER LERÍN. ENTREVISTA

 

 

“Pocos perdonan que machaques

 la convención y el orden”

 

“Si sobreviví al marchamo de raro ahora

también lo haré al de autor revelación”

 

 

Antón CASTRO

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es poeta, narrador, inventor de palabras y de climas literarios. Es observador de animales y creador de un Bestiario (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2007). Es autor de un libro misceláneo como Papur (Eclipsados, 2008). Su prosa más o menos autobiográfica se recoge en una novela como Níquel (Mira, 2005), ampliada más tarde con Familias como la mía (Tusquets, 2012), que resume su universo literario, su formación, la habilidad con el póquer y la atracción por las aves carroñeras. Su poesía completa se recogió en  Ciudad propia (Artemisa, 2006), pero posteriormente ha publicado dos poemarios más: Fámulo (Tusquets, 2010) y ahora Hiela sangre (Tusquets, 2013). A la erudición y al sarcasmo, a su facilidad y audacia, une su curiosidad y su inmensa ironía. Publicó las entradas de su blog en el libro Gingival del sello Menoscuarto (2012).

 

-En primer lugar, ¿cómo has llevado pasar del anonimato y del silencio a la revelación, al rescate, por decirlo así?

-En mi adolescencia, casi en mi niñez, cuando comencé a escribir no necesitaba ser leído, escribía para mí o, quizá, para nadie, aquello era un ejercicio físico de fácil ejecución, que me producía placer y al que no le daba la más mínima importancia. Luego, cuando volví a la escritura tras más de treinta años de silencio, las cosas cambiaron; de una forma no meditada pero rigurosa reclamé la presencia del lector, sin lector no existía la literatura. Ahora, sumido en la estupefacción ante la avalancha de minoritarios seguidores, reacciono como puedo; en palabras de mi editor y poeta Antoni Marí corro el riesgo de desaparecer, aunque pienso que si sobreviví al marchamo de raro ahora también lo haré al de autor revelación.    

 

-¿En qué medida Níquel te ha devuelto a la escritura, te ha rescatado, por decirlo así?

-Níquel fue sin duda el pistoletazo visible de salida de esta segunda etapa. Invitado a pronunciar una conferencia en Barcelona en el año 2000 asistí, asustado en un principio, al vitoreo y tocamiento de un sector del público que solicitaba de manera urgente mi vuelta al ruedo; eran hooligans durmientes que habían aguardado todos aquellos años para poder comprobar si yo existía. Animado, escribí un guión cinematográfico, Die Rabe, y de él, de modo natural y apenas evolutivo, surgió la novela Níquel. A partir de su publicación en 2005, en Mira editores, no he parado, y aún habrá más.

 

-Por una parte pareces contrario al mito, a la mitificación de tu figura, y a la vez das pequeños datos para crear una suerte de aureola de Bartleby (a la manera de Vila-Matas): evocas ese mundo del póquer, una España de secretos, evocas tu formación literaria que parece casi de película... ¿Quieres hacer tú, de ti mismo, un personaje literario nítido y a la vez difuso, que se acerca y se aleja, que se muestra y que desaparece?

-En la novela Níquel, o mejor en la novela Familias como la mía que la recoge y la acompaña de una segunda parte, los elementos autobiográficos son utilizados de manera descarada, exhibicionista a veces, dándose además la circunstancia de que, en mi caso, esa biografía puede tener matices y circunstancias que se apartan de la del común de los mortales. Ningún narrador, en su sano juicio, despreciaría ese filón, y yo no lo hago. Otra cosa es que me atenga a la realidad más rigurosa; precisamente ese sano juicio me impide desarrollar en profundidad determinados sucesos. Ahí en ese estado pendular de realidad y realidad amputada, de realidad y realidad sustituida por ficción, radica, quizá, la sensación pantanosa del relato, algo que no gusta a muchos lectores que prefieren saber con quién se juegan los cuartos.     

 

-¿Cómo se explica tu fascinación por las aves carroñeras? ¿Qué encuentras en ese mundo?

-A mediados de los sesenta, mientras España empieza a salir del subdesarrollo, descubro la existencia de unas estructuras de 2,7 metros de envergadura que sobrevuelan a gran altura nuestras cabezas a la búsqueda de carroña. Este hecho que no es que sea propio de los cuarenta y cincuenta sino del medioevo, me produce una especial fascinación. Está claro que pertenezco a una estirpe ciudadana y que la vida natural, salvaje, que puede encontrarse en el ámbito rural, la veo con ojos sofisticados, curiosos y por lo tanto científicos. Tengo ocasión de ir a trabajar al Pirineo y es allí donde doy rienda suelta al estudio y fomento de la necrofagia... en la fauna carroñera. 

 

-A veces da la sensación de que estás muy próximo a Ambroise Paré, a Cunqueiro, a Borges, a Perucho... ¿Les debes algo, son maestros tuyos de alguna forma?

-De los autores que citas identifico como inspirador de mis primeros y brumosos versos a Álvaro Cunqueiro, y de mi siguiente obra, a partir de los relatos poéticos de La hora oval, a Jorge Luis Borges. Conocí personalmente a Juan Perucho pero era hombre de cofradía gastronómica y tertulia pueblerina; se ha dicho que mi bestiario es deudor de sus Historias naturales, pero no lo veo así.

 

-Me llama la atención tu sentido del humor: es delirante en ocasiones y a la vez seco; es corrosivo y contenido... Alguien me dijo una vez leyendo una entrevista tuya: qué antipático me resulta... ¿Cómo defines tu humor, tu ironía, tu sarcasmo?

-Debe de ser fruto de mi aversión por el tópico, por cualquier forma de lugar común verbal o en el campo de la acción. De modo ¿inconsciente? me aparto de lo previsible, evito aburrir a mi interlocutor, procuro no repetir; soy un tipo sintético, y lo exijo en los demás. Y en cuanto a la antipatía recuerdo las palabras, del que fue durante tres años mi director en determinado Centro de Estudios, a raíz de la preparación de un curso en el que yo iba a participar como profesor y, en general, acerca de la disciplina en la que trabajábamos: “la ciencia, la investigación, la inteligencia, no deben someterse al imperio de la simpatía, de la condescendencia, del populismo, deja las complacencias para los que carecen de argumentos”. 

 

-Son algunos escritores los que dicen que escriben para que los amen más... ¿Es tu caso?

-Nunca había oído eso. Desde luego es pretencioso porque al decir que los amen más presuponen que ya los aman. El amor es materia reservada, venal, trabajosa, incómoda; no hablo, por supuesto, del amor hacia los hijos; eso es un asunto serio.

 

-Acabas de publicar ‘Hiela sangre’ ¡Vaya título para un poemario! ¿Adónde querías ir a parar?

-Este sintagma procede de la depuración de otros en los que la sangre está presente y que son paráfrasis de un rótulo de mi admirado Antonio Gamoneda.

 

-Uno de los temas capitales, o más constantes del libro, es el de las mujeres. ¿Qué lugar han ocupado en tu vida?

-Un lugar central, que supone comodidad, placer, comunicación verbal, mercantilismo. 

 

-En el libro hay muchas: historias sugeridas, pasiones convulsas, amores carnales, mujeres que quisiste a tu manera... ¿Por qué regresan en este libro?

-Como es sabido a medida que se aproxima la hora final van acudiendo los recuerdos de las personas que conformaron nuestra vida útil. Muchas ya han fallecido, otras agonizan y las que aún pueden moverse han de hacerlo en condiciones de precariedad; ante un panorama de nichos, camas de hospital y sillas de ruedas prefiero recuperarlas mediante el verso que, al menos, resulta más higiénico.  

 

-El sexo anda siempre por aquí como un lugar al que llegar, como un friso de picardías... ¿Qué hay del seductor Francisco Ferrer Lerín? ¿Cómo es la presencia del sexo en tus ficciones?

-El sexo explícito, quizá el único sexo posible, es un material que apenas he utilizado en mi escritura. Quizá en el díptico Familias como la mía, concretamente en su primera parte, Níquel, se cuelen algunas secuencias eróticas que, como ya he dicho en otras ocasiones, no formaban parte del plan inicial de la obra; fue mi mujer Concha Jiménez, ávida lectora experta en márquetin, quien me obligó a incluirlas.

 

-Hablemos de algunas mujeres: empecemos por Leonor...

-Leonor es Leonor Fini, pintora surrealista argentina que, en mi época francesa, disfrutaba del favor de editores como Jean-Jacques Pauvert lo que propició mi conocimiento, no personal, y su influencia en mi entonces incipiente carrera literaria; su obsesión por la forma huevo se refleja en el poema que le dedico en Hiela sangre y pudo ser el germen del título de mi segundo libro de poemas, La hora oval, aunque este aserto, surgido ahora al responder este cuestionario debería verificarse.

 

-Sigamos con Marta Loverdos (“hallo en el arcón esta foto de boda”)...

-Marta Loverdos de Altimira es un monstruo de Frankenstein que vengo arrastrando desde los tiempos en que, gracias a Antonio Fernández Molina, colaboraba en la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela. Entonces creé a la heroína a partir del apellido griego Loverdos que ostentaba el cónsul de ese país en Barcelona, amigo de mi familia, y de Altimira, leve variación del apellido de una compañera de colegio con la que jugueteaba. Que luego la reutilizara en el blog y en varios libros demuestra la consistencia interna del personaje o, mejor, la necesidad de materializar ciertos impulsos no cumplidos. De hecho le doy imagen en Familias como la mía a través de una fotografía en la que se me ve, en la boda de un familiar, acompañado por una muchacha que se muerde una comisura de la boca, lo que luego me permitió construir una historia de autoingesta facial.

 

 -¿Quién fue, si existió, Mulata o Culata? Pareces sugerir que fue alguien a quien conociste en tu época del póquer...

-Fue una mujer espléndida, de carnes planetarias, experta en artes marciales y filatélicas.

 

-Llama la atención la ironía o el descaro. Dices: “He soñado con la más hermosa de mis cuñadas...” ¿Cuánto hay de provocación, de sinceridad o de revelación en un texto así?

-El profesor de la universidad de Valencia José Luis Falcó está preparando un libro que será una antología de mis textos de carácter onírico. Con los años se duerme menos y, sobre todo, se duerme fragmentariamente, lo que permite, por una simple ley estadística, tener mayor número de posibilidades de recordar lo último que se ha soñado. El texto a que haces referencia tiene ese origen.

 

- Incluso hay un poema dedicado a tu madre. Creo que te he oído decir que parecía una actriz de cine. “A veces pienso que mi madre era una sombra...” ¿Cómo te ha marcado y qué espacio ocupa en tu imaginario y en este libro?

-La frase exacta es “A veces pienso que madre era una sombra”, pertenece al poema ‘Madre estaba allí’ de la sección ‘Prosas’ del libro de poemas Hiela sangre. Se trata de otro sueño, recurrente, en este caso, y, curiosamente, ‘Madre’ no es mi madre sino la de mujer. La mía, María Luisa Lerín, fue actriz de teatro, amateur.

 

-¿Qué diferencias hay entre este nuevo poemario y Fámulo? ¿Qué novedades? Lo digo porque sigues jugando con tus temas: el pasado, la Edad Media o Antigua (aquí aludes a los celtas), creación de lenguaje, pájaros, libros reales y apócrifos...

-Alguien (de mi confianza) ha dicho que Hiela sangre es Fámulo concentrado, y yo añadiría que sus poemas son un repaso a las diversas técnicas que he empleado en mi escritura, de hecho las secciones del libro van de un ‘Postfámulo’ a un ‘Experimenta’.

 

-Dices: “Regresé a los treinta años de mi muerte”. No sé si hablas de un regreso post-mortem o de tu propia experiencia de escritor mudo durante casi treinta años...

-Hablo de un regreso físico post-mortem. La verdad es que no había reparado en la coincidencia con los treinta y tres años de mutismo.

 

- ¿Podrías escribir sin que tus poemas estuvieran llenos de referencias, de citas enmascaradas, de emboscadas al lector?

-Pues sí, y de hecho lo hago. Los dos textos que acabas de aludir ‘Madre estaba allí’ y ‘La casa’ carecen de referencias culturales evidentes. Aunque esto nos llevaría a una ardua disquisición sobre si las referencias no perceptibles deben considerarse. 

 

-¿Podrías explicarnos una parte como ‘Experimenta’ y un poema como ‘Lorra’, por ejemplo?

-El título lo explica; ‘Experimenta’ es una parte de Hiela sangre, la parte final, en la que trato de tensar la cuerda de la experimentación. En una de las solapas se dice que el libro lleva al límite la exploración formal. ‘Lorra’ es un hápax, un vocablo único en determinado contexto, en este caso la obra del Padre Sarmiento Sobre el animal cebra que se criaba en España, y esta condición única promueve la escritura de un poema, su discusión con una persona real y el acompañamiento léxico correspondiente. En todo caso el texto más experimental es ‘El botocudos’, homenaje al concepto próximo a Jorge Luis Borges de la “productividad de la mala traducción”, aquí centrado en la proyección versicular de la traducción, efectuada por un robot, de un artículo sobre los indios botocudos. Pero la experimentación tiene un precio; soy consciente del castigo a que se somete al pionero, pocos perdonan que machaques la convención, el orden.

 

- ¿Qué buscas en tu poesía? ¿Para quién escribes?

-La poesía y cualquiera de los géneros que abordo intento que sirvan como laboratorio del lenguaje; espero que las diversas formas que pueden conseguirse en ese empeño proporcionen placer a mis lectores. Se ha dicho que la poesía sólo es leída por poetas, y esto es una excelente noticia al tratarse de una especie, que como la tórtola turca, está en fase de expansión.

 

-¿Has superado tu condición de raro, crees que la sociedad literaria ha asimilado ya una voz como la tuya?

-Lo de raro es un latiguillo que conviene a los teóricos poco laboriosos. Una simple consulta a los manuales deja ver que un grueso sector de músicos, artistas plásticos y escritores tuvieron una difícil o nula recepción crítica porque se apartaban del canon imperante; otra cuestión, está claro, es la calidad intrínseca de su obra.

 

-Dinos, con la modestia o arrogancia que consideres necesarias, ¿qué te deben de verdad Félix de Azúa o Pere Gimferrer? Ellos siempre te consideran su maestro o un cómplice... ¿Cómo has vivido esa experiencia?

-Félix de Azúa y Pere Gimferrer no me deben nada. Hubo unos años, los que me mantuve alejado de la escritura, que convino considerarme como mentor de esos dos excelentes escritores; yo estaba lejos, dedicado a menesteres no editoriales y parececía que no iba a regresar, por lo que era una referencia no competitiva. Cuando regresé se apagaron esas proclamas. En el fondo la cosa se reduce a probar quién fue el primero.

 

-Tus libros de poesía a veces proponen viajes: viajes en el tiempo, expediciones a la naturaleza. ¿Cómo son tus viajes reales, qué te gusta?

En mi libro Gingival  aparece un texto, ‘Fue feliz’, que dice lo siguiente: “Nunca necesitó viajar. Nunca necesitó expresarse en una lengua que no fuera la suya”.

 

-Es casi una autobiografía. ¿En qué andas ahora, qué prepara el narrador, qué prepara el poeta?

-Ando dándole vueltas a un viejo proyecto: un libro, el breviario ahora llamado Vórtice, que cierre los capítulos que aún mantengo abiertos en los campos de la poesía, la novela y el relato. Y, en el ínterin, estoy metido en la colaboración con quienes preparan tres antologías de mis textos, una de ellas sobre textos inéditos y casi perdidos.

 

 -¿Cuál de todos es el poema que mejor te retrata, el que podría ser tu autorretrato y tu epitafio?

-Mi libro Gingival se cierra con un poema en prosa, si es que existe este género literario, llamado ‘La vida’, que aquí reproduzco:

‘La piel ya quebradiza (ni gota de sol le dijo el médico). Las rodillas machacadas por kilos y kilos de carroña en sacos cargados a la espalda por duras pendientes. Sentado. En la silla de ruedas. Ante el gran ventanal. Que da a la sierra de Onete donde los milanos reales planean al sol. Y ahora, un grupo de estólidas vacas llevan días pastando en el claro del bosque. Pide ayuda al enfermero. Cazador. Corrupto. Que le facilita el arma. El viejo ornitólogo ajusta los pernos. Apoya lento el brazo de trapo. El frío rifle pegado a la cara. Y dispara. Al amanecer una nube de buitres cae del cielo sobre la carne vacuna. Vísceras. Huesos. Ferrer Lerín cree que sueña. Felicidad olvidada. En esta agonía”.

 

-Cualquiera de tus libros está lleno de referencias y autores, pero querría saber quiénes son tus poetas de referencia.

Saint John Perse, Rimbaud, Góngora, Gamoneda, Claudio Rodríguez, Sharon Olds y T. S. Eliot.

 

-Sigo con las preguntas incómodas. ¿Cuáles son esos dos o tres libros de poemas que recomiendas siempre o que más veces relees?

-Citaría los siguientes: Alianza y condena de Claudio Rodríguez. Prólogo de Luis García Jambrina. Ediciones Cálamo. Palencia, 2009. Antología Poética de Saint-John Perse. Selección, traducción y prólogo de Jorge Zalamea, Los Poetas. Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires. 1960. Y Los muertos y los vivos, Sharon Olds. Traducción de Juan José Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas. Edición bilingüe. Bartleby Editores, Madrid, 2006.

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