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DIÁLOGO CON FERNANDO SANMARTÍN

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Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) tiene alma de calígrafo y posee la tranquilidad del lanzador de cometas. Sus libros son como pequeños acontecimientos: vive mucho, interioriza emociones y lecturas, y publica. Sus novelas, sus poemas, sus viajes. El viaje, para él, es el principio de todo. También de ‘Días en Nueva York y otras noches’, que publica el editor Javier Castro Flórez en su sello Newcastle Ediciones. El libro lo presenta el viernes 1 de octubre, en el Paraninfo, en compañía del escritor y erudito José Luis Melero, a las 19.30.

Quiero escribir sobre lo que me ofrece la vida”, dice. ¿Qué le ofrece en esta larga travesía por Nueva York, Chicago, Jaca, Bruselas, Lovaina, París, Zaragoza y Jaca, de nuevo, una y otra vez? 

Viajar es conocer y conocer es comprender. Se lo escuché una vez a Javier Reverte. Me gustan las ciudades, son un gran invento. Y lo he pasado muy bien en Nueva York y París, lugares que nada tienen que ver con mi ciudad, sin duda, pero como dice José Luis Melero nos gusta tanto Zaragoza porque es aquí donde vive la mayor parte de la gente que queremos.

Anota que viajar es como tomar pastillas en un tratamiento. ¿De qué tiene que curarse o de qué debemos curarnos? 

    Tenemos que curarnos de la impostura, la pose y los disfraces. Viajar lo hace posible. Y a mí me sucede, como a mucha gente, que el viaje da una buena versión de quién soy.

¿Un libro de viajes es también un diario de pequeños y grandes accidentes y a la vez de la vida íntima? 

    Por supuesto que sí. Es un diario porque yo concibo la escritura como un espejo de la vida, y en ese concepto la intimidad, la observación y el autorretrato dan soporte a la escritura.

Escribir es una forma de mirar a los otros, añade. En su caso, ¿cuáles son las cosas, los personajes y los hechos que despiertan su interés? Pareces fijarse en lo extravagante o descubrir que vivir es una forma de extrañeza.  

    Me interesa lo cotidiano en los lugares a los que voy. Y las personas. Por eso tiene protagonismo en las páginas de mi libro la recepcionista de un hotel de Chicago, una muchacha de Jalisco que al ver mi pasaporte me contó que un día vino a Zaragoza para escuchar a Joaquín Sabina, que bebió vino y cogió un colocón. O el casero del estudio que alquilé en Nueva York, que me decía que cuando no trabaja hace músculo en el gimnasio y acude a clases de rumba.

¿En qué se parecen y se diferencian Chicago y Nueva York? 

    Son dos ciudades a las que el agua, el lago Míchigan en la primera, les da una personalidad singular. Son muy diferentes. Nueva York es la metrópolis por excelencia. Y su energía, su vitalidad, te desborda, no da respiro, como también te desborda la desigualdad social que hay en ella.

    ¿Qué puede hacer en Nueva York que no podría hacer en otro lugar del mundo? 

    Caminar por el puente de Brooklin y después tomarme una pizza en Grimaldi’s, que está debajo del puente, un restaurante al que iba Frank Sinatra, aquel cantante que decía “yo no vendo voz, sino que vendo estilo”.



¿Es el viajero, esencialmente, un solitario? Resulta conmovedora esa cita/frase de Dylan Thomas a su chica: “Te amo pero estoy solo”. 

Lo de Dylan Thomas es memorable. Su primera mujer, Caitlin MacNamara, dijo: “Lo nuestro no fue solo una historia de amor, fue también una historia de alcohol. Y a Liz Reitell, secretaria de un centro de poesía en la calle 92, le dijo esas cinco palabras que son descomunales: “Te amo pero estoy solo”. Ahora bien, tiene tela que sus últimas palabras fueron aquellas de “he bebido 18 whiskys seguidos y creo que es mi récord”.

Es un libro de breves autorretratos: “Soy un escritor que duda”. O “Soy frágil. Y no sigo a ningún telepredicador. Y me embarro con facilidad”. ¿Un viajero como usted también sale a buscarse? 

    Casi todos nos hemos perdido alguna vez. Y es entonces cuando pones más atención en orientarte. Eso es una búsqueda.

¿Qué le debes a Jaca y a París? 

    Son dos lugares en los que siempre he sido feliz. Pertenecen, para mí, al territorio de lo más valioso.

Una de las historias más impresionantes del libro es la de esa mujer que solo ansía estar bella, gustar en Instagram, y que muere pronto. Su marido dice una frase, no sé si terrible: “… en la vida es mejor que no haya misterios”. ¿Qué piensa el escritor? 

    Los misterios, como el agua de los balnearios, son recomendables. Y ese marido, aparte de la frase, no está a la altura de su mediocridad ni de su fracaso, ni a la altura de la mujer que tuvo a su lado.

Otro tema constante del libro es la conciencia de la escritura: las razones de la escritura, en qué consiste la literatura. “La literatura es, a veces, un balón al poste”. ¿Por qué se hace tantas veces esa pregunta, por qué ensaya tantas definiciones?¿Se queda con alguna? 

    Soy escritor y, a veces, soy un escritor pesado conmigo mismo, me repito preguntas y hasta llego a decirme: “Chico, ya está bien”. Escribir es igual que subir a un tren para que nos lleve lejos. Leer también es eso.

    La frase la escribe en el libro, y es de las más inolvidable. El libro también es una cita con muchos escritores. Dylan Thomas, Charles Simic, Kirmen Uribe, Adam Zagajewski, José María Conget, Bruce Chatwin… ¿Qué han signficado en su vida? 

    Adam Zagajewski dice que el alma se cierra a veces como un museo en un día de huelga. Decir algo así no está al alcance de cualquiera. Simic, en los artículos que publica en ‘The New York Review of Books’, transmite con su talento el placer que le produce comer un plato de espaguetis o lo que significa escribir una postal, algo que ya parece un anacronismo. Y Conget, que vivió muchos años en Nueva York, te puede contar una historia del Bronx y a continuación una vieja vivencia de Maleján o Borja, lugares de los que yo guardo días estupendos.

Por cierto, ¿se pasa miedo viajando o solo se siente curiosidad? 



    Nunca he tenido miedo. Sí recuerdo un episodio desagradable en El Cairo, de noche, con un bandido, algo que nos puede suceder en cualquier lugar.

    Recuerda al escritor Félix Romeo y anota una de las frases del libro. Al inaugurar su biblioteca, “todos llevábamos un vacío dentro de los bolsillos”. ¿Cómo podemos recordarlo en el décimo aniversario de su muerte, que es en estos días?

    Félix Romeo es imborrable. Era tremendamente generoso y permanecerá siempre en nosotros. Le cuento una cosa: le gustaba mucho el regaliz de palo y yo, si encuentro ese regaliz en los mercadillos de cualquier ciudad, sigo comprándolo para él. Nunca dejaré de hacerlo.

 

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