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Antón Castro

CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 11

ELLA ES OTRA

Me lo contaron en un viaje reciente al corazón de la piedra y del barroco en el Matarraña. A lo lejos, los montes se perfilaban entre colinas abombadas. Los olivares acercaban el olor del campo, el verde de las aceitunas aún amargas. Se desleía la luz tamizada de los viñedos. Me contaron la historia de esa mujer enigmática, tal vez gótica, como poseída por un esquivo designio o por una fe inefable. Había aparecido en varios periódicos a propósito de su último trabajo. La mirada clara y perturbadora, un aire insondable de lejanía y concentración, una energía indomable, siempre sin asomo de melancolía. De ella, me dijeron que había sido una niña bien o pija de una gran capital, deslumbrante de saberes, quizá altiva. En un viaje universitario, durante un curso que tenía varias sedes vinculadas a una cadena de leyendas, todos los ponentes y asistentes viajaban en un autobús. Todos, incluso un venerable profesor, experto en casi todo y buen conocedor de los trovadores. Todos, salvo ella, y otro de sus profesores. Alguien, ante cierto estupor silencioso, comentó: “Va en el coche porque él es su profesor y le dirige la tesis. Aprovechan para estudiar y esclarecer aspectos y dudas del tema”. No me dijeron el tema, aunque sí que poco después el catedrático y su joven alumna se unieron. Desconozco si tuvieron hijos. ¿Por qué habría de importarme?

Más tarde, ella descubrió otras latitudes del deseo y el impacto de otro amor, más joven, más delicado, de un renovado aroma espiritual. Cambió de atuendo, dio algo que hablar de nuevo a los que antes hablaban de su presunción, de su aire de sabia indolente e inaccesible. Mudó el traje chaqueta por la túnica o el vestuario más desenvuelto. Los pómulos ahora resaltan en su cara esculpida: debe ser ella, la de antes que jamás vi, y es otra. Siempre me había interesado retratarla, siempre había leído sus libros, sus traducciones, siempre me había imaginado cómo sería aquella profesora que salía victoriosa de cada envite con los siglos oscuros. Nada se le resistía, ni siquiera la mezcla alquímica del filtro de enamorar que tomó Tristán de Leonís. Lo que me contaron me atrajo mucho más hacia ella. Y no puedo decirlo todo. No puedo decir que ha abrazado otro credo más inquietante y huidizo: el fulgor de lo etéreo que nos convence y nos atrapa de súbito.

Cuando logré que posase para mí en el pueblo adonde fue a presentar su último ensayo, “Nada hay en el mundo. Visiones y símbolos”, comprendí que hay rostros que es preferible que fotografíen otros. La realidad desbarata algunos sueños que habíamos forjado y alimentado porque sí, absurdamente, con una testarudez que no se explica.

Nunca mostraré a nadie esas fotos. Tampoco me atrevería, ya, a borrarlas.

1 comentario

Cide -

qué personaje más contradictorio este Martín Mormeneo.