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EL ENIGMA DE LA ESFINGE*

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(CUENTO PARA EDUARDO LABORDA, REALIZADOR DE CINE, COLECCIONISTA Y, SOBRE TODO, PINTOR)

 

Quienes me conocen ya lo saben: nada me es ajeno. A nada le hago ascos. Soy capaz de recorrer medio mundo por un cuadro, por una postal antigua, por un dibujo, por una vasija de cerámica. Soy capaz de recorrer el otro medio para oír una historia bonita, para escuchar la melodía del viento de Tebas en la atardecida. No sé muy bien cuál es mi oficio: podría decir que soy pintor, cineasta, apasionado del arte ajeno o un paseante de mi ciudad. Podría decir que soy el centinela de los objetos de mi casa, que tiene algo de morada de los dioses, de laberinto de secretos y bestias y trazos. Podría decir que soy un coleccionista de todo lo que se esfuma y pierde actualidad y uso: miro hacia atrás y recojo los fragmentos y los despojos del ayer, y a la vez avanzo. Soy melancólico, pero jamás me extravío a la deriva en el océano del pasado, aunque haya cosas, sucesos y personas que están en mi memoria y me conforman. Te hacen ser como eres. Y a mí me ayudó a ser así mi madre, en primer lugar. Era una de esas criaturas enigmáticas que me protegía de la incertidumbre. Estaba ahí, me enseñaba sin que yo me diese cuenta, me envolvía con su aureola y con sus brazos. Y con una sonrisa que jamás había sido trabajada ante un espejo: era la espontánea risa del ángel tutelar que no malgasta su tiempo en artificios.

         También fue determinante, de otro modo, una postal que me llegó de París: en el otoño de 1978 exactamente recibí una reproducción de “Edipo y la esfinge” de Gustave Moreau, un pintor que siempre me ha parecido entre simbolista y enfermizo, una obra datada en 1864. Fue un regalo inesperado que me remitió una antigua novia, con un texto que me perturbó: “Dudo de que seas capaz de querer a otra mujer que a tu madre”, decía la primera frase; y en la segunda ponía: “¿Cuál es la criatura que anda primero con cuatro patas, luego con dos y después con tres, y que se vuelve más frágil a casa paso?”.

         Al principio, me enojó la postal. Estuve a punto de hacer algo que no he hecho jamás con una reproducción artística: romperla y arrojarla a la chimenea. Pero pensé que sería un sacrilegio: era de Gustave Moreau, nada menos, era de la única novia que había tenido, estaba mi madre, estaba la esfinge y Edipo, y la adivinanza que medió entre ellos y que selló su destino. Aquella postal empezó a perturbarme y, con el paso de los días, se convirtió en una obsesión desapacible. Repasé mi truncada historia de amor con aquella novia e inicié un diario literario y gráfico que se tituló, con alguna ironía, “A mi madre”. Escribía recuerdos de familia, notas de nuestra relación y de nuestros viajes, y a la vez hacía pequeños dibujos a lápiz, que derivaron hacia la acuarela. Como algo espontáneo, irrumpió la esfinge: primero como una descarada copia de la obra de Gustave Moreau; realicé innumerables detalles de la cabeza, del rostro, de los opulentos pechos, de las alas, del cuerpo de leona indómita. Más tarde empecé a pintar a Edipo, y le suministré mis rasgos. En la página 113 del diario “A mi madre”, escribí bajo la carnosa figura del joven: “Yo también pude ser Edipo”.

         La verdad es que no sabía muy bien hacia dónde iba. Desconocía el sentido de aquel diario, la violenta porfía que me agitaba interiormente. Leí diccionarios de mitología y de símbolos, clásicos griegos, leí manuales sobre la historia de la Antigüedad, y más o menos redacté algo semejante a lo que sigue: la esfinge, en la antigua Grecia de dioses caprichosos y promiscuos, era una especie de monstruo femenino con rostro y exuberantes senos de mujer, cuerpo y patas de leona, y alas que recordaban a un ave de rapiña. Su origen resultaba incierto. Algunos decían que era hija de Equidna, una víbora con cuerpo femenino y cola de serpiente; otros que era hija de Ortro, el ominoso perro de varias cabezas de Geriones, o de Tifón, el pequeño vástago de Gea y Tártaro. Aún había quienes, para rizar el rizo de su génesis, sostuvieron que la esfinge era hija de Layo, rey de Tebas y padre a su vez de Edipo, futuro monarca. La diosa Hera envió a la esfinge a Tebas con la encomienda de que castigase a la ciudad por la pasión homosexual que sentía Layo hacia el joven Crisipo.

         La esfinge, fuerte, segura de sí misma y perfectamente preparada para aniquilar, buscó acomodo en una de las montañas del oeste, se afianzó allí como una presencia espantosa y se dedicó a atormentar al reino con la desaparición de viajeros, soldados, mercaderes. Antes de devorarlos, les proponía distintos enigmas, pero el más frecuente era el mismo que me había formulado mi ex novia en su carta: “¿Cuál es la criatura que anda primero con cuatro patas, luego con dos y después con tres, y que se vuelve más frágil a casa paso?”. Nadie lo sabía, y era víctima de la mujer leona, que se daba auténticos festines. Al cabo de un tiempo acertó a pasar por allí el joven y aguerrido Edipo que huía de un crimen: no hacía mucho tiempo se había encontrado con el rey Layo, discutieron, se batieron en duelo y el joven le dio muerte sin saber que era el monarca de Tebas y su propio progenitor. El oráculo de Delfos le había anunciado que mataría a su padre y que se casaría con su madre y él, que pensaba que lo eran quienes lo habían cuidado y educado en Corinto, partió muy lejos. La esfinge lo detuvo y lo sometió a la prueba con su eterna pregunta. Edipo le respondió: “Es el hombre. Gatea cuando es niño, camina erguido y seguro de sus huellas cuando es joven, y se acompaña de bastón cuando es viejo”. La esfinge se quedó contrariada, y le formuló una segunda pregunta: “Existen dos hermanas, y una de ellas engendra a la otra, y ésta a su vez engendra a la primera”. Edipo, audaz y brillante, se mesó la barbilla, vislumbró el abismo interminable que se abría bajo sus pies y contestó: “El día y la noche”. En griego, el día también es femenino.

         La esfinge no salía de su asombro y, en un arrebato de contrariedad, no se le ocurrió otra cosa que arrojarse al precipicio desde lo alto de la montaña. Aquel suicidio dio la vuelta a la región (alguien ha escrito que, en realidad, el joven alanceó mortalmente al monstruo) y Edipo fue saludado como un libertador, como un héroe, como el esperado. Lo invitaron a que se casase con la reina Yocasta, aunque no sabía que era su madre. Tuvieron cuatro hijos. A medida que transcurrió el tiempo, el héroe descubriría que Layo era su padre, y Yocasta también sabría que Edipo era su hijo. La desgracia acabaría ensañándose con los dos: Yocasta puso abrupto término a sus días acuciada por la mala conciencia, y Edipo, conmovido y arrepentido, se arrancó los ojos y repudió para siempre la corona de Tebas. Como un ciego errante, se echó a la soledad de los caminos calzado con polvo de su propio pie.

         La verdad es que toda aquella historia me pareció demasiado terrible. Como un pozo continuo de adversidades y de fatalidad sangrienta. Pero aquel relato me atrapó por completo y decidí enfrentarme a mi propia idea de la esfinge. Quizá nunca haya estado tan inspirado como entonces. Me pareció estar en un trance continuo, al borde del éxtasis mismo. Poseído. No recuerdo cuánto tiempo empleé en mis series pictóricas sobre la esfinge, que no es griega ni egipcia, sino que es intemporal y a la vez contemporánea. En mis lienzos, la instalé en mi propia ciudad, me pareció verla en un atardecer de magnífica luz de nardo, sobre un edificio, oteando el horizonte de oro. Casi siempre tiene un rictus severo, un hieratismo perturbador, acaso un extrañamiento ante las cosas de su entorno. Y quizá lo más doloroso de este trabajo haya sido esa estampa en que se ve a la esfinge, tendida y destrozada, a los pies del faro: ahí estaba la consumación del destino cruel, ahí estaba esa estampa inolvidable de la criatura vencida, mientras las olas arañan el cantil.

         Mi madre dejó de acudir a mi estudio. Me dijo que todo le parecía demasiado teatral y dramático. Recuerdo ahora que utilizó otros adjetivos: “Has construido un hermoso mundo poético, pero para mí es insoportable”. Una semana más tarde, llamó a la puerta mi ex novia, ahora ya puedo decir su nombre: Elisa Serena. “La vida es corta y nuestro amor demasiado apasionado. No perdamos ni un minuto más”, me rogó. Nos casamos a los pocos meses. Si queréis saber cómo es no tenéis más que mirar mis cuadros.

 

*Este  texto figura en el libro-catálogo que acaban de publicar Cajalón y Aqua: "Eduardo Laborda. Simbolismo barroco". La foto corresponde al diario "20 minutos", que dirige José Joaquín Berdún.

06/05/2006 13:49 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Pepe Cerdá

Magnífico texto. Si señor.
Un abrazo.
Pepe

Fecha: 11/06/2006 19:15.


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