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ENGTREVISTA CON ISIDRO FERRER*

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Isidro Ferrer (Madrid, 1963) es uno de los artistas más importantes de Aragón: es diseñador e ilustrador y también "un fabricante de quimeras", como se definió una vez. Premio Nacional de Diseño de 2002, ayer recibió el Premio Nacional de Ilustración Infantil por "Una casa para el abuelo"
Acaba de recibir en Madrid el Premio Nacional de Ilustración. ¿Con qué ánimo?
Con una sensación extraña, entre la incredulidad y la satisfacción. Este galardón, como el Premio Nacional de Diseño, es una distinción inesperada. No la he buscado. No deja de sorprenderme la envergadura y repercusión que adquiere mi trabajo. Soy un trabajador de taller, parto de una concepción humilde y casi íntima, y estos premios, que agradezco, están en otro contexto.

El premio le ha llegado por el libro infantil "Una casa para el abuelo", el cuento que escribió Carlos Grassa Toro, su colaborador literario más constante.
Tenemos una sintonía absoluta en la forma de pensar y de entender el arte y la literatura, sin aspavientos, y a los dos nos gusta la experimentación. Es un escritor que me da mucho, que invita a internarse en otros territorios.

Estamos en vísperas de la Expo 2008. Usted participó en la de Sevilla de 1992. ¿Qué recuerdos tiene?
Aquella era una época muy distinta, con demasiada agitación. Yo tenía una visión grandilocuente de las cosas y de lo que debía ser el diseño. Zaragoza estaba en un momento álgido, egocéntrico, subido en el aspecto cultural. El diseño estaba sobrevalorado, inflado, ocupaba un lugar que no le correspondía. Yo trabajaba con Camaleón, era joven, y a mí aquello me venía un poco grande. Sentí la necesidad de reescribirme a mí mismo, y me fui a Huesca.

¿Por qué se marchó a Huesca?
Por amor. Mi compañera Elena aprobó allí unas oposiciones y decidimos trasladarnos por comodidad. Nuestros dos hijos eran pequeños. Me llevó a la ciudad el amor. El primer año fue duro, difícil, de mucha soledad.

¿Cómo logró convertirse en una parte esencial del paisaje artístico y humano del Altoaragón?
Huesca es una ciudad abierta. Es pequeña pero nada provinciana, y logré integrarme en su importante actividad artística y cultural. Es una ciudad acogedora y muy generosa, y cuenta con una serie de personas que realiza un gran despliegue cultural.

Estará pensando, por ejemplo, en el Festival de Cine.
Me encargaron un conjunto de trabajos y, posteriormente, me convertí en un colaborador asiduo. Es un certamen que me encanta por su entusiasmo, por la entrega, por el aire familiar. Se ha convertido en un festival importante. Pero, además, me encontré con artistas como Eduardo Cajal, Fernando Mallén o Jesús Benito, que me abrieron las puertas al mundo y, sobre todo, me abrieron las puertas de su casa. Con ellos he colaborado y colaboro, y he establecido una amistad fructífera.

¿Qué le enamora de Huesca?
El Parque es un lugar muy especial. Me gustan las salidas de la ciudad en cualquier dirección: hacia la ermita de Salas, la ermita de Loreto, y las vistas de Sierra de Guara, que a veces te recuerda al monte Fujiyama cuando las cumbres están cubiertas de nieve, el salto de Roldán o la sierra de Gratal. Y el castillo de Montearagón. Ese horizonte es impresionante. Sigue siendo una gozada pasear en bicicleta por la ciudad.

¿Cuál es su vínculo con Aragón? Vive y trabaja aquí, y sospecho que se siente poco nacionalista.
Creo que el nacionalismo ha sido extirpado de la esencia aragonesa. Nosotros no tenemos una visión del sentimiento patrio. A los aragoneses, y yo me siento muy aragonés, a veces nos falta un poco de sentido de la patria, del territorio, un poco de chovinismo, pero estamos muy abiertos, somos tolerantes y hospitalarios.

Por cierto, usted fue ilustrador y maquetador de “Heraldo de Aragón”, ¿no?
Le debo mucho a mi paso por la prensa, al aprendizaje en “Heraldo”. Yo era un ignorante total de lo que era un periódico. Tenía unas ciertas cualidades para dibujar, y por puro azar entré en el diario. Al principio hacía una página semanal para "Heraldín"; luego Luis García Bandrés creó una sección específica de diseño y maquetación, y pasé a formar equipo con él, con Cristina Salvador y con Genoveva Crespo.

¿Qué aprendió exactamente?

Fue un año y medio de un aprendizaje absoluto y casi épico. Mi abuelo Juan era tipógrafo en un periódico de Albacete. Trabajaba con los plomos, las cajas, con las galeradas. Se componía al revés, como si se tuviera el cerebro invertido. Yo le mandaba cartas, y él me contestaba y devolvía mi carta llena de correcciones.

*Isidro Ferrer acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Ilustración Infantil por su trabajo "Una casa para el abuelo", un cuento de Carlos Grassa Toro, que publicó la editorial Sins Entido.

 

11/10/2006 14:13 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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