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GOLPES DE MAR / 3

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UNA LECCIÓN DE FOTOGRAFÍA (Fragmento)*

[Patricio Julve le dijo que volvía a su tierra, pero que quería contar conmigo en nuevos proyectos. Incrementó levemente mi sueldo, le dijo que le enviaría una parte a él y otra que me la daría a mí, y que no me iba a faltar de nada. Como así fue. Nunca había salido del entorno de mi casa, pero a las pocas horas me vi montado en un tren con destino a Zaragoza. Mi padre, además, había recibido otro obsequio: la burra Agustina de Aragón.        

Querréis saber qué había aprendido con aquel hombre. De todo. Cuándo se utiliza una cámara de cajón, una de fuelles o una de mano; que no es lo mismo captar un paisaje que un rostro; que existían otras posibilidades de trabajo como, por ejemplo, aprovechar una instantánea más o menos pintoresca. Y aprendí, sobre todo, que la fotografía es el arte de la luz, caracterizado por el encuadre, el foco, la atmósfera y la agudeza de la mirada. Comprobé que una buena foto exige su tiempo, igual que el revelado. Patricio Julve insistía en que el agua no estuviese demasiado fría y que fuera preciso en la medición de los tiempos. Lo que más me sorprendió de aquellas semanas de colaboración fue que a veces encendía varias hogueras, colocaba una sábana y situaba a la gente ante la tela. Cuando veía que había una iluminación bonita, casi mágica, de oro y sombra, disparaba. Aquel mes constituyó una experiencia preciosa. Son esas cosas que ya nunca podrás olvidar. Me parece que os he dicho que había sido mal estudiante. Con Patricio Julve recuperé uno de mis cuadernos e iba tomando notas de lo que él decía, como hacéis vosotros ahora. Recuerdo perfectamente algunas de mis notas. Julve me decía: “La vida entera merece nuestra atención, y por lo tanto una foto. Todo es fotografiable, pero no debemos fotografiarlo todo. El pudor y el respeto son armas del fotógrafo”. O “el fotógrafo siempre está en guardia. Sabe esperar la luz, que es un don, y busca temas, lo insólito, los contrastes, la sorpresa. Somos artesanos del arte de mirar, no lo olvides. La cámara es nuestro tercer ojo. Primero está el ojo físico de nuestro rostro, luego está el ojo de la sensibilidad, que es el ojo del alma, y luego está el de la cámara, que debe ser el instrumento que copia la verdad”. Aunque quizá la frase que más me impactó fue otra: “La foto da una segunda vida. Es un antídoto contra la muerte”. Me gustó tanto que la ponía al principio de cada página, como un lema. Pensé que era cierto.

Me gustaría contaros una pequeña historia de amor. Os he hablado de la iluminación con hogueras. Yo mismo recogía la leña y la esparcía en las eras en diversos montones, y le prendía fuego. Patricio Julve me dijo que había aprendido esa técnica “rudimentaria pero efectiva” de una mujer que se llamaba Julia Margaret Cameron, inglesa, que descubrió la foto muy tarde. Así, pese al temor de la joven, retrató a Marica Doce, que venía a pasar los veranos a la casa de Arnedo. Hacía tiempo que me había entrado por el ojo derecho. Yo mismo fui a llevarle los retratos. Estaba más guapa que nunca. Se mostró tan sorprendida como yo con aquella luz en el pelo y en las mejillas, con aquel brillo de lumbre en la mirada, con la lustrosa textura de la piel. Textura: otra palabra que me enseñó mi maestro. También le llevé un membrillo y una manzana, que era una forma de decirle que la quería. Desde aquel día nos hicimos novios. Eso también se lo debo a Patricio Julve: el amor de Marica Doce, que es mi mujer, mi colaboradora, la pintora de mis fondos, la mujer que confecciona mis álbumes con auténtico primor y la que lleva las cuentas.]

*Aquéllos que conozcáis un poco mi obra, sabéis que uno de mis personajes favoritos es el fotógrafo Patricio Julve, que protagoniza muchas de las piezas de "El testamento de amor de Patricio Julve" (Destino, 1995; 2000). Es un personaje que me acompaña siempre y que sigue por ahí, vivo y enigmático en mis ficciones. Aquí reaparece en uno de los cuentos más optimistas y felices del libro: "Una lección de fotografía", que es un nuevo fragmento de su biografía, en la que trabajo poco a poco, cuento a cuento. Por otra parte, en "El álbum del solitario" se hablaba, y mucho, de un fotógrafo gallego, Manuel Seara de Castro, que reaparece aquí y narra su historia y su relación con el artista aragonés, que tuvo su estudio, o uno de sus estudios, en un piso de las Murallas Romanas. La foto pertenece al fotógrafo de Muxía y Corcubión y Cee Ramón Caamaño, que tiene su importancia en este texto. La joven, de la Costa de la Muerte, bien podría parecerse a Marica Doce.

10/11/2006 20:15 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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