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DIANE ARBUS: LA LUZ DE LOS INFIERNOS*

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El siglo XX no se entendería sin la fotografía. Siglo de la luz lo llamó Agustín Sánchez Vidal, y se refería sobre todo al cine, pero no cabe duda de que la foto se ha convertido en un arte mayor, en un arte excelso que posee un sexto sentido de evocación, exactitud y eternidad. Hace no demasiado tiempo se nos iba una de las grandes artistas del siglo: Giselle Freund, la mujer que retrató las manos de James Joyce, la soledad de Virginia Woolf, abrazada a un cigarrillo con boquilla. Y casi simultáneamente, aparecía en las librerías la biografía de la misteriosa e inquietante Diane Arbus, una mujer diminuta y poética, lunática también, que hizo de la foto no sólo su pasión sino su mejor autorretrato, pero no a la manera de Cindy Shermann, con ella como centro de sus tomas, sino oblicuamente: en su mirada perturbadora e íntima estaba ella, en su estética de disparo frontal, sin contemplaciones. Al parecer solía decirles a sus personajes: “Tenéis que aprender a no ser cuidadosos”.   El trabajo de Patricia Bosworth es admirable; apareció inicialmente en Circe, y hace poco ha sido reeditado, con revisiones y ampliaciones, por Lumen. No es una hagiografía al uso: bucea y cuenta como si de una novelista se tratase, exhuma hasta el dolor y documenta las contradicciones de esta mujer que acabó sus días por ingestión aguda por barbitúricos en julio de 1971.  Jamás fue una muchacha convencional, ni siquiera en su niñez. Nació en Nueva York en 1923, su padre David Nemorov se dedicaba al comercio de pieles y tuvo una actividad próspera, con varios establecimientos, hasta que su nombre apareció en una lista de famosos en medio del escándalo de prostitución de Pat Ward. Sugiere la biógrafa que la joven alimentó una inclinación incestuosa hacia su progenitor que le regalaba caros libros de arte (acabaría sus días como pintor de flores); en la infancia no le faltó nada y fue profundamente curiosa: se consideraba terriblemente tonta en la escuela, salía de expedición con una de sus amigas por los subterráneos del metro, sentía una gran atracción por los exhibicionistas. Ella a su modo lo fue. Revela su biógrafa que por las noches, cuando Nueva York era una multitud de luces al acecho, se desnudaba en el baño y comenzaba a masturbarse ante los ojos insomnes que quisieran mirarla.

         Quiso dedicarse al teatro, pero el encuentro con Allan Arbus, aprendiz de actor y empleado de su padre, le marcó para siempre. Se convertiría pronto en un humilde fotógrafo de modas y juntos formaron una sociedad que se mantenía firme en la creación y en el amor. Contrataron a un ayudante japonés, Tod Yamashiro, que les ha recordado así: "Eran personas cultas y bondadosas en extremo. Yo aprendí mucho con Allan en el cuarto oscuro". Diane -"desorganizada, ambigua e imprecisa, con un atractivo sexual increíble", como la definió una amiga-- paseaba descalza, con los pies sucios y hacía fotos compulsivamente con su pequeña Leica, que cambiaría en los 60 por una Rolleiflex. Años atrás, ya había dado muestra de sus rarezas, de su inclinación a la depresión y de su sensibilidad: en 1951, en un viaje por Europa (estuvieron en Barcelona y Toledo) se concentró ante todo en el arte de observar: los espacios vacíos y silenciosos, las tumbas, la muda belleza de Italia.

         Los inicios de los 50 fueron excelentes para los Arbus. Diane alumbró dos niñas, e incrementaron su prestigio publicando sus reportajes en las revistas más importantes: Glamour, Seventeen, Vogue. A Allan le era fácil aceptar que su esposa poseía más talento, que transmitía una gran fuerza psíquica. Pero a partir del año 1956, Diane empezó a notarse incómoda en el mundo de la moda e inició su revolución personal. Asistió a diversos cursos de fotografía con Alexey Brodovitch, el director artístico de Harpers's Bazaar, quien le dio un consejo imprescindible: "Si ves algo que has visto antes, no aprietes el gatillo". Aquel fue un momento muy productivo de esfuerzo y estudio. Se zambulló en la historia de la fotografía por completo y se apuntó a las clases de una de las grandes maestras de su tiempo: Lisette Model, que encarnaba a la artista de lo grotesco, de la frialdad clínica, una mujer deslenguada y un tanto mística cuya máxima era: "Detesto las fotos de factura impecable". Ese consejo  y éste, "no disparéis hasta que el sujeto que enfocáis os provoque dolor en la boca del estómago", marcaron definitivamente la inquietante aventura personal de Diane Arbus, quien dijo ya entonces: "Quiero fotografiar lo que es maligno".

         Y lo hizo: presos condenados a muerte, putas en la calle, la soledad más absoluta que atisbaba en la sociedad americana de su época. Con una gelidez de entomóloga, no exenta de morbo y de elevada concentración, captó excéntricos y marginados, seres anormales o miserables (ancianos exóticos, empleados de circo, príncipes vagabundos, malabaristas místicos a lo Uri Geller, ciegos o proxenetas) a los que encontraba por las calles y seguía de ciudad en ciudad con una devoción que parece casi enfermedad. En cierto modo, su obra guarda un evidente semejanza con Freaks, La parada de los monstruos de Tod Browning. La separación definitiva de Allan --enamorado de una joven actriz-- la aisló en su obsesivo y casi patológico universo de creación.            Era ya una fotógrafa desconcertante, de estilo instantáneo, que igual se manejaba en el lujo que en la sordidez y que parecía desnudarlo todo para dejarlo en carne viva. Colaboraba en revistas como Esquire, y sus fotos aparecían al lado de autores como Tom Wolfe, Truman Capote, John Cheever o Gay Talese; frecuentaba de tarde en tarde las orgías de Andy Warhol y su banda. La sexualidad le atraía con abyecta curiosidad: igual se acostaba con jóvenes que con viejos, presumía de ello y de lo mucho que le atraían los negros. Su fama fue creciendo y también su importancia en el campo de la fotografía, y culminó una producción que nos conmueve y a la par nos resulta repulsiva, o un descenso a los infiernos, en esa proliferación de orgías y transexualidad, obesidad, infancia nada candorosa, enanos y gigantes o retrasados mentales de Vineland. Para entonces ya era todo un mito y había departido con Robert Frank, Richard Avedon o con el alcohólico y genial Walker Evans, al cual veneraba. Norman Mailer, a quien le hizo un retrato, resumió así su transgresora mirada y tal vez su existencia al límite: "Darle una cámara a Diane Arbus es como darle una granada de mano a un bebé".  

[Pronto se  estrenará una película sobre Diane Arbus, interpretada por Nicole Kidman, nada menos, inspirada en el texto de Patricia Bosworth]

  

 

18/11/2006 21:56 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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