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CUATRO ESCULTORES EN HUESCA*: DIÁLOGOS DE VOLUMEN

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[“El volumen apropiado. Pablo Gargallo, Ramón Acín, Honorio García Condoy y Pablo Serrano” es una muestra sobre estos cuatro escultores fundamentales que se exhibe en el palacio de Villahermosa. ]  

Esta misma semana llegaba al palacio de Villahermosa que dirige Julia Lera la exposición “El volumen apropiado”, un proyecto de Lola Durán e Ibercaja en torno a los cuatro artistas más importantes de la escultura aragonesa, cuatro clásicos y modernos: Pablo Gargallo (1881-1934), Ramón Acín (1888-1936), Honorio García Condoy (1900-1953) y Pablo Serrano (1908-1985). Gargallo y Acín tienen trayectorias semejantes en algunos instantes: arrancan del clasicismo, atraviesan el cubismo, operan sobre chapa y se aproximan a un esquematismo esencial, a una extremada delgadez en el acabado final, aunque su obra es muy diferente: Gargallo es un maestro universal con grandes logros, con piezas impresionantes, de una alada belleza y de una novedosa poética del vacío y del volumen, y Acín es el artista de  los materiales  pobres, de las intuiciones, que alcanza su máxima expresividad en piezas como “Bailarina”, “El crucificado” y “El agarrotado”.

Ambos coinciden también en algo muy particular: la belleza, la capacidad de sugerencia, la línea nítida de sus composiciones. Gargallo entendía el dibujo como un arte mayor y como una disciplina de apoyo esencial de sus esculturas. Y Acín igual: algunas de sus mejores obras, cargadas de sutileza y de trazos excelsos, son dibujos. Ambos tuvieron una vida llena de dificultades, ambos fueron soñadores, ambos batallaron contra la falta de materiales. Gargallo se atrevió a vivir y crear en París, muchas veces en talleres desconchados, donde caían auténticos goterones; Acín fue a París para conocer la ciudad y el arte nuevo, pero él sintió que Huesca, su ciudad, era el laboratorio de su creación y de sus vastos intereses. Mientras Gargallo encarna al artesano escultor, al hombre de esfuerzo permanente y al artista en estado puro, Acín fue un hombre de acción, inmerso en la política, en el periodistmo (tanto literario como gráfico), en la pedagogía, en la pintura y en la escultura, en las artes populares. Fue, sobre todo, un ciudadano del mundo desde Huesca, donde sería ejecutado.        

Honorio García Condoy también tuvo una formación clásica, pero pronto abrazó las vanguardias y conoció París, y aún conocería bien Checoslovaquia. Era un hombre un tanto pintoresco, si hacemos caso de lo que nos decía de él González Ruano, lo llamó “el galápago” por su lentitud, fue amigo de Lorca y desarrolló una obra muy particular. Honorio García Condoy, que procedía de familia de artistas, tenía algo de “Giacometti aragonés”, obsesionado por esos desnudos femeninos interminables, por esas ninfas o Venus juncales, por un aire de virgen gótica estirada y melancólica. Sus creaciones en madera de boj son delicadísimas, primitivas, evocan a ondinas escurridas del Ebro. La plasticidad de sus dibujos no admite discusión.

Y Pablo Serrano es el escultor del hombre, el creador que vindica un humanismo integral, tocado de vestigios místicos, de metafísica e incluso de desgarro. En Pablo Serrano había un temperamento borrascoso, una incertidumbre unamuniana y un afán constante de que el ser humano hallase una morada de paz, un refugio para su desconcierto. Toda su escultura busca soluciones, remansos, propone un diálogo entre el alma y el cuerpo, entre el sueño y la razón, entre la piel erizada de sarpullidos y de texturas y la imaginación. Y en esa parte de adentro, halla la superficie bruñida, el oro del pensamiento, de la sensibilidad, del temblor y el deseo. Eso se refleja perfectamente en series como las “Unidades-yunta”.

         He aquí una espléndida exposición y un valioso catálogo. Una aproximación a cuatro artistas y a sus estéticas complementarias. Un acercamiento a uno de las disciplinas creativas capitales de Aragón, la escultura, en un espacio que rezuma arte, ecos del tiempo, hermosura que envuelve y abraza. 

*La ilustración es del José Luis Cano: interpretación al  retrato de Ramón Acín.  Figura en uno de mis libros favoritos, por muchos motivos: "Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados" (Gobierno de Aragón, 1992) de Antón Castro y José Luis Cano.

14/07/2007 02:31 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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