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CUERPOS EN LA PLAYA 12 / UNA LECTURA DE CAMUS

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Aquel verano el mar de Barrañán se llenaba de delfines al atardecer. Y cerraron el cine Real de nuestra infancia: aquel lugar mítico y sombrío donde habíamos descubierto la fascinación de la oscuridad asociada a actores, películas y sueños eróticos. Una de las mujeres de mi vida de entonces era una actriz italiana de filmes pícaros, de ligero atrevimiento sexual y mucha lencería fina, llamada Edwige Fenech; también estaba enamoriscado de una chica de voz aguardentosa que se le parecía un poco y que salía en Un dos tres: una tal Yolanda Ríos. Estaba en uno de esos momentos en que no sabía qué hacer. Mi padre me insistía en que fuese un buen técnico de electrónica y me pedía que volviese a montar la radio Marconi que había desmontado para conocer su estructura íntima, los circuitos, las viejas válvulas. Fue imposible y mi padre jamás pudo contener la decepción: aquel hecho marcó de alguna manera nuestra relación durante años: fue un pretexto, un punto oscuro y, ante sus ojos, la medida de mi fracaso.

Por entonces cayó en mis manos El extranjero de Albert Camus. He conservado hasta hoy aquella edición azul, minúscula y cuidada de Círculo de Lectores. No sé si el volumen y el autor me lo recomendó uno de los profesores claves de mi juventud: José Toba Quintáns, oriundo de Muxía, la villa de A Costa da Morte donde Rosalía de Castro pasó una larga temporada que dio lugar a su novela exacerbada y romántica de La hija del mar, de la cual por aquellos días hicieron una serie para televisión interpretada por la medio aragonesa Amparo Pamplona. Toba, que estrenaba su licenciatura y exhibía sus ajustados jerseis con codera de empollón a la fuerza, me recomendó toda la literatura sudamericana del “boom”, su novela favorita era Abadón el exterminador de Ernesto Sábato, y algunos autores sueltos a los que había leído con cierta intensidad parcialmente: Francisco Ayala y Muertes de perro, Camilo José Cela y La familia de Pascual Duarte, Rafael Sánchez Ferlosio y El Jarama, Balzac, Dostoievski, Scott Fitzgerald y Albert Camus. Del argelino, hijo de padre español fallecido en 1914, durante la I Guerra Mundial, justo un año después del nacimiento de su hijo, nos dijo más bien poco: nos habló del absurdo de vivir, de la perplejidad y del vacío, y de su sino aciago: él, que detestaba los automóviles, falleció en un accidente en dirección a Marsella; se dejó convencer en el último minuto por un amigo a pesar de que ya había adquirido el billete del tren. 

El texto me dejó sin aliento. Me asombró la ausencia de dolor del protagonista ante la madre muerta, la indiferencia, la frialdad ante su propia novia, pero lo que me dejó completamente estupefacto fue la escena de la playa bajo aquel sol de reyerta, que le ciega los ojos, la sangre y la inteligencia. Aquella playa me recordaba a mis mares: Barrañán, Valcobo, Area da Salsa, Caión. Veía aquella película del crimen bajo la araña de oro del sol como si fuese un apéndice de mi vida, de tantos veranos que había pasado sobre la blanquísima arena esperando un gesto de auténtico afecto de Pamela Garfias (o Carmen Arias, que era su verdadero nombre), la morena de Madrid. “Del mar llegó un soplo espeso y ardiente. Me parecía que el cielo se abría en toda su extensión para vomitar fuego”, leía. Y más adelante: “Entonces, disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese. Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia”.

Me hechizó, y me perturbó, aquel texto irreverente, que se abría luego hacia la rebeldía, hacia la crítica de una sociedad atropellada e injusta; el héroe, kafkiano en muchos aspectos, absurdo, me dejó patidifuso. El extranjero son dos como dos libros: uno, más narrativo, aborda el extrañamiento de un hombre ante el mundo que le toca vivir; otro, más denso, más teórico, expone las claves del pensamiento de Camus: la muerte heroica, la aceptación del destino, el existencialismo, el arrepentimiento, la soledad de Mersault, que representa cada soledad humana y cada individuo condenado a morir por el hecho de nacer. Y entre todos los párrafos, subrayé aquel en que el padre, del cual el protagonista recuerda poco, va a ver una ejecución y vomita. Escribe el condenado a muerte: “Mi padre me causaba un poco de asco entonces”. No era mi caso. Mi padre y yo vivíamos dos soledades bien distintas: él, sin saberlo acaso, era un solitario que lo daba todo por una conversación, y yo un joven sin hado que se ocultaba día tras día, cuando caía la tarde, en una playa atestada de delfines, una playa donde alguna vez alguien pudo matar a un árabe insolente con un cuchillo en la mano.

El extranjero me cambió la existencia. Su prosa exacta, las frases cortas y poéticas, el mundo doliente, desesperanzado, que puso ante mis ojos. Luego indagué más sobre Camus, premio Nobel en 1957, dramaturgo, filósofo, ensayista. Creo que la última cinta que vi en el Cine Real fue Easy rider (Busca tu destino). Una mañana, harto de mí mismo, con el dolor en el costado, enamorado de una de esas sombras que amaba e idolatraba (Marie, la novia de El extranjero; Camus había vivido una gran pasión con la actriz gallega María Casares), decidí irme de casa. Llené una mochila con un par de camisas blancas, dos vaqueros, ropa interior y dos únicos libros: Crimen y castigo de Dostoievski, y El extranjero de Albert Camus.

Salí a la carretera y me puse a hacer autostop con destino a Zaragoza. Tenía 18 años y no sabía hacer nada en la vida. Nada. En aquel instante, como Meursault, desconocía la esperanza.

[Ayer escuché durante todo el día a una de mis pianistas favoritas, Maria Joao Pires, que interpreta los "Nocturnos" de Chopin. Me escribe Marta Navarro desde Belfast y pongo mi disco melancólico favorito: "Cinema do mar" (con él me ocurre como con los fados: me desgarra el corazón de gozo, dolor y añoranza, todo amasado con un orujo de masoquismo) y copio este texto sobre el fogoso mar de Albert Camus. Y coloco esta foto de torso masculino, de Jerry Ueslmann.]  

19/08/2007 14:52 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Entrenomadas

Vaya historia. Lo de hacer autostop al estilo Antón Castro debería ser recomendado por el Ministerio de Cultura y de Trabajo. Dos camisas blancas, una mochila, Dostoievski, Camus y de destino: Zaragoza.
Oye, lo siento por tus compatriotas gallegos que dejaste, pero aquí en Zaragoza nos ha venido muy bien tu huida hacia adelante. Y tanto!
Aquí hay guión para una peli, que lo veo yo en colores.
Y por cierto, vaya pedazo de foto. Si tienes hipo te lo quita y si no lo tienes te lo da.
Me quedo con la foto un rato...

M

Fecha: 19/08/2007 15:45.


gravatar.comAutor: Magda

Qué cosas decide el destino, Antón. Ya vemos a Camus que se deja convencer a pesar de que ya había adquirido el billete del tren... Y tú, pienso que este momento trascendente en tu vida debió de implicar muchas cosas...
Ahora viene a mi mente algo que une, además, a Camus y a ti, el gusto por el futbol. Él dijo: "Lo que más se a la larga acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol". Albert Camus jugaba de arquero en la Universidad de Argel, y el fútbol para él era un elemento fundamental.

Qué cosas...

(Le diré a Marta que si me presta tantito la foto).

Fecha: 19/08/2007 18:12.


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