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JOHN HUSTON: MEMORIAS DE UN PÍCARO

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Un genio incontestable como Orson Welles dijo que la obra maestra John Huston era su propia vida. Huston, un hombre demasiado grande a la luz de su autobiografía, “A libro abierto. Memorias” (Espasa), afirmó: "Cuando hago una película es simplemente porque creo que la historia es digna de ser contada". Una estética sencilla que sirve también para justificar este volumen. Su existencia está llena de películas, de planos y contraplanos, de esbozos de magníficos guiones, y la resumió a los 73 años, hacia 1980, desde su retiro de Puerto Vallarta: en su casa aparecían cada noche animales salvajes que dejaban en el césped un inquietante rastro y desde el jardín se veían las gaviotas, las olas exasperadas y las ballenas.        

En este libro, Huston cuenta y no para. En cada página aparece siempre una sorpresa. Por ejemplo, sabemos que de adolescente asistió en directo a la pelea de Jack Dempsey y Luis Firpo, el Toro de la Pampa, o que conoció al gran Jack Johnson, el primer campeón de color de los pesos pesados. En una de las escenas más bellas del libro, el propio Charles Chaplin, cuando ya era un héroe, fue a visitarlo al hotel Alexandre en una época en que era enclenque y enfermizo y su madre, la periodista Rhea Jaure, estaba preocupadísima de su salud. Avanzamos y en cualquier recodo de estas memorias sabemos muchas cosas de personajes tan importantes como Tom Wolfe, amigo de su madre, Bob Capa, con quien coincidió en la II Guerra Mundial en Nápoles (y también las razones que llevaron a Hemingway a alejarse del magnífico documentalista húngaro) o James Agee, el autor de Hablemos ahora de hombres famosos, el libro del hondo sur americano y de la desolación que retrató Walker Evans. Las páginas que le dedica al poeta, narrador y guionista, que trabajó con Huston en La reina de África, son escalofriantes: Agee --"el mejor crítico de cine que ha tenido este país", anota Huston-- trabajaba hasta altas horas de la noche, acumulaba folios y folios, tomaba sedantes y alcohol, se sentía culpable porque no había podido trabajar su trabajo y no pudo resistir su segundo derrame cerebral en 1955. Moría un genio.
        

Hay muchos detalles que rescatar en la biografía de un hombre que batalló tantas veces con el fracaso y con la violencia. Y con las ganas de vivir peligrosamente. Los antecedentes son bastante curiosos: su abuelo Gore era un borracho eterno que abandonaba de vez en cuando a su mujer y acabó como había soñado, al lado de una botella de whisky; un detalle sentimental revela su postrera desdicha: llevaba encima las seis corbatas horrorosas y malas que le había enviado su hija con las etiquetas del precio pegadas a modo de venganza por haber acogido de nuevo en su casa a su ex--marido. La familia paterna es interesante: Margaret será una soprano importantísima, debutó en El Cid con Caruso, y acabará siendo profesora de dicción de Lilian Gish, John Barrymore y Orson Welles. Alec será toda su vida un excéntrico, Nan parecía la tía más convencional y su padre, Walter Huston, era increíble: fue amigo de Roosevelt, Toscanini y el propio Spencer Tracy le reconoció que fue un buen actor de cine y teatro.
  

      
No caben aquí los excesos de Huston ni siquiera la nómina de sus amigos de infancia. Nos quedaremos con Sherman, con el cual fabricó nitroglicerina, robó lo que pudo y voló embarcaderos. Charlie, "un joven dios griego", y Harold fueron decisivos, sobre todo éste que le introdujo en el boxeo y le llevó a participar en clubs pequeños en combates de cinco dólares. Subió muy arriba en el escalafón, y siempre se sintió inclinado a las peleas: el cineasta narra una memorable con Errol Flynn que duró una hora y acabaron los dos en el hospital. El propio Humphrey Bogart, muy presente en el libro, supo de la fuerza de Huston hasta el punto que le retorció la nariz y amenazó con arrancársela durante un rodaje ante el pavor de Betty Bacall.

         No se trata de que el anecdotario chispeante ahogue todo lo demás, pero resulta increíble. Pasan cosas siempre, ocurren hechos vertiginososos, en cascada. Los matrimonios, los desencuentros en los rodajes, la caza de brujas, las opiniones sobre actores y actrices (Bette Davis, que llevaba un demonio dentro, Tyrone Power, Clark Gable o Gary Cooper, entre otros), los guiones y la historia interna de las películas, la afición por la pintura, que le persiguió siempre. Huston amaba tanto el arte colombino como los cuadros de de Picasso, Duchamp o Matisse. Hubo un momento en que se matriculó en la Escuela de Arte y fue un excelente pintor. En realidad este hombre, este tipo lo hizo todo: fue cazador, aventurero (de muy joven conoció a Hitchcock en Inglaterra, donde hubo de apaciguar la locura y la ebriedad de su primera esposa), escritor de talento, guionista, púgil, jugador de badminton y póquer y ajedrez, y sobre todo un cineasta incomparable, algunos dicen que sin estilo, de títulos como El tesoro de Sierra Madre, Cayo Largo, La noche de la iguana, La reina de áfrica, El hombre que pudo reinar, siempre con una idea que le transmitió unos de sus primeros productores: "John, ten presente que cada escena, cuando la ruedes, es la escena más importante de la película".

*John Huston y su  padre Walter Huston.   

26/08/2007 09:51 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: rafa

Hola,
Es un libro estupendo, ¿sabes dónde se puede comprar? He consultado en varios sitios y parece imposible.
Un saludo!!

Fecha: 22/07/2009 10:44.


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