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Antón Castro

ELKE WEHR: UNA TRADUCTORA INFINITA

ELKE WEHR: UNA TRADUCTORA INFINITA

[En este blog, en varios textos, he hablado de la admiración que siento hacia los traductores. Muchos de ellos son auténticos héroes para mí, han sido los primeros ojos y las palabras más definitivas de autores a los que admiro: pienso en Crespo y veo a Pessoa, Dante, Petrarca; pienso en Emma Calatayud y me acuerdo de inmediato de Marguerite Yourcenar, a la que también tradujo Cortázar o Genoveva Dieterich; pienso en Eloísa Álvarez y recuerdo de inmediato a Miguel Torga. La lista sería infinita: Miguel Martínez Lage, Jordi Fibla, José Luis López Muñoz, Xoán Abeleira, Carmen Martín Gaite, Esther Benítez, Mercedes Corral, Jorge Luis Borges, Mario Merlino, Basilio Losada, Ángel Guinda… Los traductores han sido decisivos en nuestras vidas, tejedores de exactitud y de belleza, intérpretes y lectores que nos han acercado grandes libros, autores, estéticas, otros mundos, otros lenguas. El pasado sábado, Javier Marías –un excelente traductor, entre otros, de Faulkner o de Isak Dinesen, jamás olvidaré mi primer encuentro con aquel libro delicioso llamado “Ehrengard”- rendía tributo a una traductora, Elke Wehr, que ha sido la mujer que ha trasladado a un sinfín de escritores castellanos al alemán. Mi hijo Daniel Gascón, que acaba de regresar a Zaragoza tras una experiencia de cuatro meses en Madrid, es traductor del inglés y del francés: le he visto trabajar con su portátil, con diccionarios, con el gran apoyo de Google y de otros libros complementarios, con auténtico placer. Sentía envidia de su disfrute, de la meticulosidad, de la variedad de pequeños detalles y significados. Seguro que retoma este oficio parsimonioso e íntimo, de invisible corredor de fondo. Por todas estas cosas, cuelgo en este blog el texto de Javier Marías, con la foto que él cuelga en el suyo: http://www.javiermarias.es/blog]

 

Fallecimiento de Elke Wehr. Viscountess Luther

 

El viernes 27 de junio murió en Berlín Elke Wehr, una de las personas que más ha hecho por la literatura en lengua española durante los últimos decenios. Como correspondía a su oficio de traductora al alemán, su nombre no dirá nada a los lectores de nuestro país.


Lo normal sería que tampoco dijera mucho a los del suyo, tan extendida en todas partes está la costumbre de silenciar la incomparable y fundamental tarea de los traductores en general. Su caso, sin embargo, fue excepcional, y rara era la ocasión en que los críticos alemanes, austriacos o suizos no destacaban su labor, al reseñar alguna obra vertida por ella al alemán. En 2006 recibió el Premio Paul Celan por su obra completa, que incluía -inverosímilmente- títulos de Clarín, Vargas Llosa, Cortázar, Roa Bastos, Octavio Paz, Roberto Arlt, Bryce Echenique, Cunqueiro, Semprún, Manuel Rivas, Fernando Vallejo, Borges, Pombo, Chirbes, Carpentier, Piglia y otros, incluyendo a quien esto firma.


Vivió en Madrid durante algunos años, en un piso de la calle Marqués de Urquijo, y muchas personas del mundo literario la recordarán de aquella época, con su pelo rubio corto, su rostro inequívocamente alemán -yo solía decirle que casi parecía una caricatura- y su voz recia. Luego se trasladó a Polop, y en los últimos años pasaba parte de su tiempo en esta población alicantina y parte en Berlín, trabajando siempre sin parar, embarcada en "la tarea infinita", como llamó a la traducción en un escrito de 2004 que subtituló así: "Cómo todo tiene que cambiar para que todo quede igual". Intentaba resolver por su cuenta las dificultades de los textos, y sólo antes de darles el toque final se dirigía al autor vivo -hablo por mí- para consultarle escasísimas dudas. Prestaba tanta atención que una vez me señaló una frase de una novela mía diciéndome: "Esto es una aporía, esto no puede ser". Yo no había caído en la cuenta, y tampoco vi manera de cambiarla. "No importa", me tranquilizó; "si la aporía está en español, mi deber es conservarla en alemán, y es un desafío con el que hasta ahora no me había encontrado: me divertirá". De todos los lectores de esa novela, sólo ella reparó en la enigmática frase. Ni siquiera lo había hecho su autor.

Cuando el 18 de junio supe de su enfermedad, la llamé por teléfono. Estaba en el hospital, pero sonaba bien de voz. Se sabía sin esperanza y lo aceptaba. "Mis amigos me admiran mucho por esto; la verdad es que no sé por qué. ¿Qué otra cosa se puede hacer?". Y añadió: "He tenido sesenta y dos años buenos, no me puedo quejar". No sabía cuánto iba a durar, añadió, pero me quiso "tranquilizar": "He entregado el primer tercio del último volumen de Tu rostro mañana, y espero entregar el segundo de aquí a no mucho. Es lo que más me ayuda y me anima, trabajar". Espero que la editorial alemana conserve lo que llegó a poner en alemán, de ese volumen que carecerá de su voz. No leo alemán, pero todas las críticas de mi novela Corazón tan blanco destacaron lo maravilloso que sonaba su texto en esa lengua. Como sé que no suena así en la mía, estoy convencido de que Elke Wehr lo mejoró. Y los más de 1.200.000 lectores que tuvo esa novela en alemán la leyeron sobre todo a ella, en realidad. No me cabe la menor duda, y por ello mi agradecimiento a Elke Wehr será tan infinito como lo fue su tarea y su gran pasión. Nuestra literatura -y aquí me atrevo a incluir a los demás autores a los que prestó su voz- habría sido sin ella mucho peor.

JAVIER MARÍAS

El País, 5 de julio de 2008

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