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CRÓNICAS DE LA EXPO/ 14. UNA VISIÓN GENERAL

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*Estos textos han aparecido en el número 11-12 de la revista “Z Zaragoza”. Son visiones a vuela pluma sobre ese espacio del meandro de Ranillas que transformará Zaragoza. El cambio del texto inicial lo han decidido algunos responsables de la Expo, que financiaron cuatro números dobles de la publicación dedicados a la Expo. Las fotos de esta entrega pertenecen al fotógrafo catalán Enric Duch.

 

EL SOÑADOR Y EL SUEÑO

 

Antes que nada fue el sueño. Un arquitecto, Carlos Miret, en su estudio, con sus lápices y su imaginación, concibió una ciudad nueva en esa lengua de tierra y olvido que deja el río. Y empezó a darle forma: acondicionó la ribera, concibió paseos e imaginó edificios, torres, puentes y pasarelas. En medio del cauce situó algunas barcazas, a este lado un parque, aquí construcciones, volúmenes, prismas y lucernarios. Se le hacía la boca agua: Zaragoza se le volvía universal de golpe, la república de una cita para el mundo. Luego, con sus planos y su entusiasmo, llamó a los amigos, convenció a los incrédulos, hizo soñar a los pragmáticos. Ahora, se asoma a Ranillas, y contempla ese paisaje inverosímil. Y piensa: “Soñemos. Soñemos el agua”.

 

[*Por razones que ignoro (siempre había pensado que había sido Carlos Miret el primero en pensar en este proyecto y por eso me habría parecido justo que le hubiesen dedicado una plaza, una fuente o que tuviesen un gesto con su hijo fallecido), el texto que aparece en la revista es éste:

 

Antes que nada fue el sueño. Un grupo de soñadores concibieron una ciudad nueva en esa lengua de tierra y olvido que deja el río. Y empezaron a darle forma: acondicionando las riberas, concibieron paseos e imaginaron edificios, torres, puentes y pasarelas. En medio del cauce situaron algunas barcazas, a este lado un parque, aquí construcciones, volúmenes, prismas y lucernarios. Se les hacía la boca agua: Zaragoza se les volvía universal de golpe, la república de una cita para el mundo. Luego, con sus planos y su entusiasmo, llamaron a los amigos, convencieron a los incrédulos, hicieron soñar a los pragmáticos. Ahora, se asoman a Ranillas, y contemplan ese paisaje inverosímil. Y piensan: “Soñemos. Soñemos el agua”.]

 

PROFECÍA DEL AGUA

 

El agua lo es todo. El agua es la vida, límpida, en cascada, en remanso de luz. El agua es como el aire: el pan del mundo. El agua es necesaria en cada casa, en los campos, en los bosques, en cualquier sitio y a todas horas, y es un emblema de pureza. Encarna lo imprescindible, lo que urge. El agua es la razón de la sed: bebemos porque somos agua y ansiedad. Bebemos porque vivimos. El agua, como el aire, la dignidad o el amor, nos iguala a todos. Y ese gran sueño que es la Expo meditará sobre el agua en todas sus variaciones. El agua nos fecunda y nos sostiene: es la materia central de todas las regiones y todos los hombres, el corazón del porvenir. El agua, acaso más que nada, sí somos todos. Por eso resulta inconcebible que 1.100 millones de personas no tengan agua potable.

El PASEANTE

 

He nacido a la orilla del río. He paseado por aquí toda mi vida. Éste, con sus ruidos y las avenidas de la corriente, ha sido mi paraíso: me he bañado, he cruzado los puentes, he conversado bajo la arboleda, y ahí siempre estaba el río, como una culebra caudalosa, como una tentación, como una compañía sigilosa. En pocos meses, todo esto ha cambiado. Veo pasarelas, torres y edificios de cristal, anfiteatros y hoteles, veo la noche iluminada. Y están ahí, en el horizonte de mis ojos, como si este paisaje, de súbito, hubiera sufrido una metamorfosis. No me han quitado nada mío: me han dado otras luces, otras calles, han ensanchado la ciudad y yo me siento partícipe de ella. Ciudadano. Es otro mundo y el mundo de ayer. 

 

EL FOTÓGRAFO: MIRAR PARA VER

 

La primera vez que me asomé a este gran recinto pensé: “Qué universo tan irregular de volúmenes, de formas y de materiales”. Cogí el coche y di una vuelta por sus callejas lodosas. Había caído una intensa lluvia durante días. Me fijé en todo: en el cristal estricto de los edificios, en la tensión de los puentes, en el gran parque de aire tropical, en la cascada del acuario, en el pliegue y repliegue de algunos muros, en la complejidad de las estructuras. Todo era una obra en marcha que promete orden, conmoción, elegancia, puertas al futuro. No quise disparar: miré para ver, capté texturas, ventanales, paredes. En cuanto cesaron las lluvias, empecé mi trabajo. En la Torre del Agua resplandecía la luz tamizada del alba como un pájaro de fuego.

 

EL PABELLÓN PUENTE

 

Lo leí casi todo sobre el Pabellón Puente. Lo imaginé antes de verlo: es una pieza de Zaha Hadid que, en su estructura, invita a pensar en las escamas de los tiburones pero también en la piel encendida de un gladiolo. Ese envoltorio no es caprichoso: quiere dialogar con los elementos del entorno y con el cambiante lenguaje de las estaciones. Esa piel es un poema gráfico de fibra de vidrio reforzado con hormigón: es un pasadizo de luz, un enjambre de miradores hacia el río. Está dividido en cuatro cuerpos o vainas que cumplen una doble función: dos de ellos sirven de pasarelas, y otros dos de espacios para la muestra “Agua. Recurso único”. Lo leí casi todo y luego encerré sus curvas, centímetro a centímetro, en el vientre de mi cámara Nikon. Y aquí está: cosido al aire y a la ribera, como una armoniosa y cimbreante aparición de la belleza.

 

LA TORRE DEL AGUA

 

Podría ser una catedral gótica del mar en tierra firme. Podría ser el faro que se abre a todos los vientos y alumbra la senda de todos los pasajeros. Podría ser la torre de Babel del futuro que trepa en espiral hacia el cielo y se queda, expectante y con un centelleo irreductible, a 76 metros de altura en un umbral indeciso, tan cerca y tan lejos de las nubes. Es la Torre del Agua, la obra magna de Enrique de Teresa, el corpus vertical que corona una vida, una estética, un modo de trabajo. El arquitecto, que ha contado con la colaboración del proyectista e ingeniero Julio Martínez Calzón, ha bautizado el edificio como Soledad sonora. Es transparente y se enrosca en el vacío como una escultura. Albergará en su interior algo más que una ambiciosa exposición, todo un manifiesto o una sentencia inapelable: “Agua para la vida”. 

 

PABELLÓN DE ESPAÑA

 

Dicen que el edificio más deslumbrante de la Expo quizá sea el Pabellón de España que ha concebido Francisco Mangado. ¿Quién no ha estado alguna vez en el interior del bosque, donde el silencio es inefable y penetra un diluvio de luz a través de la copa de los árboles? El arquitecto arrancó de una experiencia semejante, de puro éxtasis de claridad en una chopera de ribera, y ha desarrollado este espacio donde se aúnan el asombro, la plasticidad, la utilidad y la renovación científica y medioambiental. En esta pieza todo ha sido estudiado al detalle: ofrece un microclima especial, está diseñado con criterios de ahorro energético, integra las energías renovables. Y no sólo eso: en el interior de sus bloques de cerámica, esos árboles de piedra que sueñan, se desliza la luz y se oye la lenta melodía del agua.

 

EL PABELLÓN DE ARAGÓN

 

La arquitectura tiene una especial relación con la luz. Igual que la pintura o la fotografía. Casi podría decirse que la arquitectura también es el arte de la luz que incide sobre los cuerpos, en las moles, en los volúmenes. La arquitectura debe resolver el diálogo de la luz y el espacio. Tal vez como homenaje al pasado de Ranillas, a su vinculación con la huerta feraz de la margen izquierda, el Pabellón de Aragón de Daniel Olano y Alberto Mendo es un osado edificio que emula una cesta de mimbre con frutas y hortalizas. Tiene algo de urdimbre de claroscuros, de juncos trenzados, de arabesco cromático. Desde afuera, alzado sobre el suelo, parece un edificio dadaísta de ciencia ficción. Cuando llega la noche, adquiere la extraña identidad de los raros sueños y parece que de un momento a otro se fuese a escapar por los aires.

 

 

INVENTARIO DE MATERIALES

 

La Expo es también un gran inventario de materiales. De nuevos materiales de construcción. Es un laboratorio de pruebas y matices y lisuras. Hay de todo: fibrocemento, esos paneles de hormigón con fibras de vidrio; aluminio; murocortinas; estructuras de acero visibles e invisibles; hormigones vistos y hormigones prefabricados; revestimientos de cerámica; soleras de hormigón fratasadas, madera e incluso la paja, que es la piel externa del Faro, el pabellón de Iniciativas Ciudadanas, acaso el mayor foro de libertad de la Expo, que ha diseñado Ricardo Higueras. En esa diversidad siempre hay una aspiración última: la culminación de la belleza, de la utilidad y de la emoción, la artesanía elaborada de una atmósfera.

 

 

 

EL CIUDADANO ASOMBRADO

 

Tengo la sensación de que ni estoy en Zaragoza. Primero fue la pasarela de Manterola, me gusta llamarla paserola, tan levísima y aleteante sobre el río, tan estilizada que desafía la ley de la gravedad. Es como si se columpiase al pasar, como si flotase en los dedos del viento como floto yo. Es una pasarela con vistas hacia la ciudad eterna y hacia la ciudad nueva. Dentro está todo: el embarcadero, el anfiteatro, los pabellones y esos telones de Isidro Ferrer, que caligrafían los poemas del agua en el suelo; dentro están el palacio de Congresos con su silueta de dientes de sierra, el arte de la ribera, el infinito parque metropolitano, los canales, el inacabable fulgor del cristal… Tengo la sensación de que contemplo un puro espejismo. ¿Debo llamar felicidad a esto? Es y es Zaragoza. Es y no es la certeza de un delirio.

  *Esta foto del pabellón de España corresponde a José Antonio Melendo, que acaba de hacer un espléndido reportaje sobre el incendio de Zuera.

 

 

 

 

 

 

 

 

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