Alicia Vela posa entre dos cuadros: al fondo su homenaje a Alicia Liddell y sus dibujos en la pared.Oliver Duch.MARÍA MOLINER. POR VÍCTOR JUAN BORROY
MARÍA MOLINER. DEL AÑO CERRO AL INFINITO DE LAS PALABRAS
Cuando se rompió el mundo
Por Víctor M. Juan Borroy.
Desde el punto de vista cultural y pedagógico, en España todo se acabó con la Guerra Civil. Es evidente que la Guerra Civil y la dictadura no terminaron con la pedagogía republicana. La República fue un tiempo breve y ni tuvo ocasión de elaborar una teoría propia ni de formar maestros, aunque nos gusta mucho hablar de «los maestros de la República». La Guerra Civil y la dictadura terminaron con cincuenta años de modernización, de progreso y de europeización de la cultura y de la educación española. Basta considerar las fechas de creación de algunas agencias de modernización, como las llamaba el profesor Julio Ruiz Berrio, para concluir que ninguna de ellas comenzó su andadura en la II República y todas fueron suprimidas con motivo de la Guerra Civil: Institución Libre de Enseñanza (1876), Boletín de la Institución (1877), Museo Pedagógico Nacional (1882), Junta para Ampliación de Estudios (1907), Residencia de Estudiantes (1910), Residencia de señoritas (1915), Revista de Pedagogía (1922).
Con el fin de la Guerra Civil, a María Moliner se le terminó el universo que daba sentido a su vida. Se terminó el tiempo de la gran ilusión que tanta importancia concedió a la educación, a las bibliotecas como un modo de emancipación, a la lectura pública, a los derechos del ciudadano, al aliento de la cultura, a la esperanza que representaba la Institución Libre de Enseñanza y al alma que Antonio Machado y Manuel Bartolomé Cossío decían que había que poner en la vida… Todo se rompió. Pero incluso cuando todo se rompe hay que seguir viviendo. Aún me pregunto cómo pudieron hacerlo. La vida siempre nos empuja hacia adelante.
Doña María quemó los recuerdos —como cuando les abandonó su padre o como cuando perdió a su primera hija—. El fuego en el que ardieron los recuerdos le permitió soportar la amargura de la depuración. Guardó silencio, apretó los puños, y siguió adelante mirando al futuro, con la firme voluntad de no mendigar favores… Es difícil imaginar el manto de odio, de dolor y de miedo que todo lo cubrió. Se extendió un miedo viscoso, paralizante, deshumanizador, un miedo que nos hace peores. Valencia, donde vivía doña María con su familia, fue el epicentro de la derrota, el último reducto republicano. A tan solo ciento ochenta kilómetros de la ciudad, se encontraba el puerto de Alicante, donde fueron traicionados decenas de miles de personas a quienes se les prometió que podrían salir de España. Nunca llegaron los barcos y allí murió la esperanza. También en Alicante, funcionaron los terribles campos de Albatera o de los almendros, donde los perdedores de la guerra fueron tratados como alimañas.
Luego se sucedió la humillación de los años de la victoria, el glorioso movimiento nacional, los uniformes, los desfiles… No, cuando terminó la guerra no llegó la paz, llegó la victoria, tal y como le anunció don Luis a su hijo Luisito, en Las bicicletas son para el verano. Y los perdedores tuvieron que aprender a vivir en el tiempo de la victoria.
¿Qué les quedaba? ¿A qué podían aferrarse para seguir viviendo una vida que no valía nada, una vida que en cualquier momento se la podían arrebatar? Les quedaban las palabras que son infinitas, frágiles y, al mismo tiempo, indestructibles. Las palabras que florecen. Las palabras que no se las lleva el viento. Las palabras que son amores. Las palabras de recordar, de estar vivos, de amarse contra viento y marea.… Les quedaban las palabras que no se pueden desterrar ni encerrar en una celda, que no se pueden fusilar en las tapias de un cementerio. Les quedaban las palabras que se pueden prohibir, pero que nadie puede evitar que se susurren al oído. Les quedaban las palabras que no pudieron robarle a doña María.
Siempre he pensado que el diccionario de María Moliner era una obra homérica, inabarcable, colosal. Ahora, mientras escribo, me parece que, si bien se piensa, no es extraño que María Moliner redactara un diccionario que es como construir un refugio para las palabras y un refugio para ella misma. María Moliner escribió un diccionario para ser dueña del mundo que podía nombrar. Cada ficha de cada palabra, una victoria. Cada palabra, un mundo. Quizá ahí reside la razón de quince años de trabajo, quince años de ilusión sostenida y de compromiso con ella misma.
Doña María pudo escribir en su diccionario palabras como libertad, justicia, democracia, memoria, depuración, guerra, dictadura, dictador, terror, fusilar, exilio, asesinato, fascismo… Difícilmente hubiera podido escribir un texto o un artículo en el periódico con esas palabras. En un diccionario sí, claro, porque en un diccionario unas palabras se protegen a otras, se hacen confidencias, y se encubren para pasar desapercibidas, para no levantar sospechas. Es imposible no imaginar la emoción de María Moliner al redactar la ficha de voces como educación, escuela, lectura, recuerdo, biblioteca, ilusión o felicidad.
Quiero pensar que doña María leyó en alguna ocasión a Blas de Otero. Porque en 1955 en el poema «En el principio» del poemario Pido la paz y la palabra, Blas de Otero resumió en unos pocos versos con precisión de francotirador, con pulcritud de diamantista, con exactitud de poeta, en definitiva, el valor de las palabras: cuando todo se acaba, nos queda la palabra.
En el principio1
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
1 Blas de Otero, Pido la paz y la palabra, Torrelavega, Editorial Cantalapiedra, 1955.



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