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ERICH ARENDT: DE 'LOS PAPELES DE ESPAÑA'

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[Cuando está a punto de acabar el día recibo esta carta de Óscar Sipán, con espléndidas y frescas noticias. Está encantado de la reseña a su libro ‘Avisos de derrota’ (Onagro), que le hizo el otro día José Domingo Dueñas.]

 

Querido, Antón

 

Vamos a editar Los papeles de España, del alemán Erich Arendt, traducido por Teresa Abad. En el libro aparecen numerosos personajes aragoneses, en muchas ocasiones con nombres y apellidos, héroes anónimos y situaciones históricas narradas desde la óptica de un alemán implicado en el conflicto y con una visión limpia. Textos como El chófer de Almudevar, Banastás, Fraga se alista, El pueblo de Robres y la Brigada 123, Ofensiva al sur de Huesca, En las trincheras de la Sierra de Alcubierre, Pueblos liberados del Alto Aragón o De cómo fue bombardeada la estación de Caldearenas nos permiten acercarnos a una época triste que en 2009 celebra su aniversario.

 

En el epílogo, Silvia Schlenstedt, editora de Los Papeles de España en la antigua Alemania Oriental, cuenta lo siguiente:

 

“Había una vez un montón de papeles entre los que se encontraba lo que Erich Arendt había escrito en España. Se guardaron en una ambulancia durante la huida hacia la frontera – Katja Arendt, su mujer, estaba enferma, y con esfuerzo se consiguió un sitio en la ambulancia- y después fueron olvidados. Ya en suelo francés, a resguardo de los bombardeos, se descubre la pérdida. Arendt regresa, le pide al oficial francés que le permita pasar de nuevo al lado español, obviando las advertencias, y se hace con el montón de papeles.  Sin embargo, esos papeles no pudieron ser salvados: un año y medio más tarde, las tropas alemanas han ocupado París y avanzaban hacia el sur. Katja se encontraba en la masa de evacuados que buscaban huir de las tropas alemanas, “los nazis fueron más rápidos que ella, y en Tours Katja tiró las poesías por el inodoro.”

 

Después de la guerra Arendt pasó por tierras aragonesas, plasmando la desolación que encontró en este poema:

Zaragoza 1941

 

Fantasmales se despliegan las oscuras sombras otoñales

de los árboles de la ribera sobre el río negro.

Sobre mí amenaza el helador reflejo

de la ciudad, que descansa pétrea:  tumba devastada por el miedo.

  Sin embargo, el Ebro murmulla...

                 

Voy a través del campo enemigo.  Las cercanas paredes

me agreden con sus huecas miradas.

Las calles huyen.  Una huida sin fin

por el campo y la noche bajo la dura luz de las estrellas.

   Sin embargo, el Ebro murmulla...

 

Su eco llena los muros con un canto lastimero.

En el polvo del camino, dos mujeres se ovillan mudas

por largas noches en el silencio.

Mataron a sus maridos en los calabozos

   Sin embargo, el Ebro murmulla...

 

Las mendigas alargan sus brazos

desesperadas. Se agazapan como proscritas.

A la orilla del río cruje el psao guardián de los gendarmes.

Caen los brazos cansados de vivir, ateridos por el miedo

   Sin embargo, el Ebro murmulla...

 

De la amenaza mortal y el miedo surge

en la pálida bóveda de la noche un torso gigantesco:

la pétrea violencia de la catedral.

Y ancianos relojes  golpean sordos por encima de las cumbreras

   Sin embargo, el Ebro murmulla...

 

                                                           Traducción Teresa Abad.

 

II

 

Pesadamente se alzan desde el suelo las torres

que antaño veíamos inalcanzables ante nosotros,

pues nos desangramos en el acero de las torres blindadas,

cuando herido el cielo lloraba por el hombre miserable

Sin embargo el  Ebro  gritaba...

 

Nos arrastramos hacia la corriente.  Las olas fluían enemigas.

Las férreas alas de la muerte se agitaban cerca

Del cielo caían llamas hacia nosotros

La ciudad a lo lejos! La ciudad allí esperando.

 Rojo sangre crecía el Ebro.

 

Ella esperaba a nuestro ejército de libertad;

nosotros, casi sin armas, luchábamos contra la superioridad

de la ola blindada que nos arrastraba hacia el mar.

Un llanto recorrió el río por la polvorienta pendiente de la noche

El Ebro  descendía...

 

En el agua nadaban nuestros muertos en silencio

abriendo los ojos al pasar a las afueras de Zaragoza,

donde estaban mujeres y hombres, inclinándose en el dolor

y sabiendo, que su saludo estaba prohibido

El Ebro fluía.

 

 

III

 

                      El Ebro murmulla...

 Murmulla a través de la tierra el enorme lamento de los héroes

de nuestro tiempo;  murmulla lleno de rabia y poder.

Murmulla por el vacío espacio de los días muertos.

En miles de corazones se oye su llamada al combate.

 

                       El Ebro murmulla...

hasta colmar la inmensidad de la pena,

hasta que sus aguas crecientes detengan su marcha,

cuando todos los ojos se agranden en dureza,

y los invisibles salgan todos de la noche.

 

                        El Ebro murmulla...

Visibles al pueblo, aparecen en la claridad.

Y calles, ríos y bosques sólo escuchan sus palabras.

Los seres van, abarcados por una ola alta como el destino.

La ola los lleva.  También arrastra a los débiles.

 

                        El Ebro murmulla...

Manos desesperadas se han encontrado en el coraje

Silenciosa derriba la cólera de los verdugos los portales.

Las mendigas del camino han desaparecido.

Están en pie en la montaña; ¡y no están solas!

 

                          El Ebro murmulla...

Acuden con las armas y el ejército de los campesinos

para ayudar al pueblo  de la ciudad que allí lucha.

La plaza del Pilar no abarca a la gente entre  sus muros,

en la que con henchido pecho canta la libertad, pues libre

                           el Ebro murmulla y murmulla.

 

 

 

 

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