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UN RELATO DE MARÍA JOSÉ PAREJO: 'LA INMORTALIDAD'

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[María José Parejo llegó hace algunos años a Aragón para trabajar de realizadora en ZTV. Ahora lo hace, dentro de laproductora Chip, en Aragón Televisión. Escribe relatos tan deliciosos y trabajados como éste. Aquí está ‘Inmortalidad’. La foto es de Fabrizio Ferri.]

 

INMORTALIDAD

 

Me está pareciendo que todos eluden hablar del asunto. Esta mañana he llamado a mi nieta Valeria para contarle lo preocupada que estoy. Luqui está muy mal. Pero ella no estaba en ese momento y se ha puesto la pequeña, Gema.

-Abuela, que es un pez…

Carece por completo de eso a lo que llaman tacto. Es un poco bruta y un poco resabida. Cierto día me dijo que había consultado en Internet y que era imposible que un pececillo de esa especie viviera más de cincuenta años. Qué sabrá ella. A mí, Luqui me ha acompañado durante más de media vida.

-Pues si ves a tu hermana se lo dices, que tú no me haces ni caso.

 

No puedo imaginar qué haría sin él, siempre le he contado lo que me ha preocupado o alegrado a mi alrededor. Me es complicado recordar cuándo fue la primera vez que me senté junto a la pecera y le expliqué mis problemas, pero desde entonces he sentido como cualquier inquietud se diluía suave y lentamente al ritmo de esos paseos acuáticos suyos.

 

Ahora que vivo sola siento que dependo más aún de su compañía. No puede pasarle nada malo, Luqui siempre ha sido muy debilucho pero ha conseguido superar una y otra vez de todas las enfermedades. Entonces ¿por qué  por primera vez en todo este tiempo tengo miedo y no esperanza?

 

Sólo una vez temí por su vida, al poco de regalármelo. Julio y yo habíamos decidido irnos a vivir juntos a pesar de que a nuestros padres no les hacía mucha gracia.  Nos conocíamos hacía unos meses, vivíamos en distintas ciudades y nos veíamos poco, así que  en cuanto él consiguió un trabajo se trasladó y nos fuimos los dos a un piso de alquiler.

La mudanza le sentó fatal a mi pobre pez, que se quedó en el fondo de la pecera casi inmóvil desde que llegamos.

Estuve pendiente de él, le cuidé y le di ánimos, pero una mañana me levanté y lo encontré bastante inflado, con muy mal aspecto. Me dio mucha pena pero me tuve que ir a trabajar pensando que quizá a la vuelta tendría que enfrentarme con su pérdida.

 

Por la tarde, sin embargo, al llegar a casa, Luqui estaba como nuevo. Lo encontré más pequeño, pero más veloz que nunca, contento nadando entre las plantas con gran habilidad. Tan ágil se movía que apenas pude reparar en esas nuevas rayitas blancas que le habían salido debajo de los ojos.

Julio apareció en el salón y observó expectante. Miraba al pez, me miraba a mí, y volvía a mirar a Luqui.

- ¡Es increíble cómo se ha recuperado!- exclamé

Me alegré tanto que no había nada más que hablar.

 

De esa experiencia deduje que las cosas que le contaba le afectaban. Es un ser tan pequeño que quizá mi malestar provocaba en su hábitat unas turbulencias casi imperceptibles nocivas para su frágil salud. Por eso me acostumbré a compartir también las alegrías, y así se restablecía el equilibrio submarino que le ha permitido sobrevivir hasta estos días.

También saqué una segunda conclusión: Luqui siempre se curaba mutando. Enfermaba, encogía, o incluso flotaba prácticamente inerte; y de repente un día reaparecía sano y renovado. Algo diferente, pero sano.

 

Mi hijo mayor tendría unos siete años cuando me quedé en el paro. Fue una etapa complicada para todos, porque estuve buscando trabajo un montón de tiempo sin éxito y empecé a agobiarme en casa. Esa tristeza me impedía disfrutar del tiempo libre, y a esto se unió una grave crisis con Julio, que mantenía mi mente ocupada pero irresolutiva gran parte del día.

 

Una de esas tardes los niños estaban en casa jugando con varios amigos. Aunque armaban un enorme alboroto, yo apenas les oía, hasta que de repente se hizo un silencio sospechoso que me sacó de mis pensamientos. Fui a ver qué estaban haciendo y les encontré sentados hablando tranquilamente, incluida Marta, una niña que normalmente no puede permanecer en el mismo lugar ni diez segundos. Algo malo había ocurrido.

 

Miré a mi alrededor y por fin encontré la solución al misterio. La pecera estaba vacía.

Marta había intentado pescar a Luqui con sus propias manos, y lo consiguió, pero al sacarlo se le resbaló y cayó detrás del mueble, donde no podía alcanzarlo. Los demás no habían presenciado la jugada y ella, consciente hasta cierto punto de la gravedad del accidente, decidió ocultarlo.

Retiré el mueble y rescaté a Luqui, al que metí inmediatamente en el agua ante la atenta mirada de todos los amigos.

Al contemplar las dificultades del pez para desenvolverse de nuevo en su hogar tras el susto, Marta se puso a gimotear y los demás a gritar. Al final se solidarizaron y lloraron todos juntos, demasiada tensión acumulada. Sergio, el pequeño de mis hijos participaba en el drama sólo a medias, pues tenía puesta su atención en otra cosa. Me miraba de reojo preocupado por cómo yo pudiera sentirme, fue emocionante.   

Ya fuera por los gritos, los llantos o la estancia fuera del agua durante no sé cuánto tiempo, Luqui volvió a estar mal. Yo también estaba mal, pero no quería contarle nada, no quería que empeorase con mis problemas.

 

La tarde del día siguiente toda la familia confluyó en el portal. Yo regresaba a casa con los niños y nos encontramos con Julio, que llevaba una bolsa de plástico con un pez.

Él afirmó que no había tenido más remedio que llevar a Luqui al veterinario, allí lo habían reanimado.

-Pero papá, ese no es Luqui, ese pez es negro.

Julio me miró sonriendo nervioso como si mi hijo hubiese dicho una insensatez, pero era normal, ciertamente esta vez el cambio había sido notable en exceso.

 

Ya en casa deambulamos de un lado a otro con la excusa de las tareas domésticas, sin valor para coincidir.  Por la noche, al quedarnos solos, nos miramos a los ojos y decidimos hablar de ello. Demasiados años como para seguir ocultándolo, estaba claro que me había engañado. Yo le conozco y sabía perfectamente que cuando nos encontramos en el portal venía de estar con ella, y también descubrí por su forma de mirarme, que esa era la última vez que la veía, que quería volver a estar conmigo.

 

Hablamos durante horas en la habitación, hasta que todo se hizo reiterativo.

Era imposible poder dormir, así que me fui al salón y me senté junto a la pecera para desahogarme con Luqui.

 

17/01/2009 10:46 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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