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'LA FUENTE DE LA BELLEZA'. FRAGMENTO

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LA FUENTE DE LA BELLEZA. Diario del balneario de Panticosa.

Mira editores, 2009.

De Alejandro Salvador Zazurca.

 

FRAGMENTOS extraídos del diario del balneario de Panticosa:

 

Hemos llegado al balneario a la hora de comer, después de dos largas jornadas de tren y de autobús. Ayer salimos de Madrid rumbo a Zaragoza en el tren de la tarde y hoy hemos cogido el enlace ferroviario hasta Sabiñánigo, con larga parada en Huesca; después, en autobús de la compañía Hispano-Tensina, hasta el balneario, en el corazón de los Pirineos. La subida por el barranco de El Escalar es una de esas atroces bellezas románticas de la Naturaleza que no dejan indiferente a nadie.

En cada revuelta, la pericia del conductor se pone a prueba en giros imposibles, asomando el morro del vehículo sobre el vacío del precipicio, ante el suspiro de los sufridos viajeros que cierran los ojos para no ver el riesgo que les acecha o juntan sus manos en sentida oración. La entrada al balneario es lo más sorprendente que una se pueda imaginar. Un remanso de paz se abre ante nuestros ojos: un lago azul, como una turquesa engarzada en una corona pétrea. Es el ibón de Baños.

Por repetidas veces que subas, nadie puede sospechar, antes de entrar en el recinto, que pueda existir un edén como este aquí arriba, a más de 1.600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Regresar nunca es regresar. Aquí menos que en ningún otro lugar. Hoteles, restaurantes, fuentes, tiendas, casino… conservan un sabor de lujo decimonónico. El tiempo retrocede de golpe y te transporta a otra época.

                                                                                           

 Balneario, 14 de julio de 1979

 

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Cuando llegas al balneario, parece que has alcanzado el fin del mundo, que nada pueda existir más allá, que termina el camino y en estas paredes pétreas finaliza la vida. Pero pronto descubres que es aquí donde realmente comienza el sendero, donde rebrota la vida y los sueños. Despertar dormidas pasiones, revivir sus ramilletes de emociones… Regresar al balneario y nunca repetir.

 

Balneario, 23 de junio de 1973

 

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… Un anciano, con el rostro oculto por una bufanda roja, permanecía de pie, apoyando las rodillas en el murete de piedra del mirador de casa Belío.

-Tratan de hacer un nuevo balneario, como tantas otras veces a lo largo de la historia.

Alberto permanecía en silencio, sentado en el viejo sillón de mimbre, mientras el señor mayor hablaba como si lo conociera de toda la vida.

-Un grupo de personas entusiastas han subido hasta este lugar para rescatarlo del pasado y proyectarlo hacia el futuro –mascullaba el longevo personaje-. Pretenden erigir un paraíso sobre las nubes, un sueño a mitad de camino entre el cielo y la tierra, un lujo de siglos rescatado del olvido, un lugar para disfrutar del eterno poder del agua, un lugar para encontrarse con…

Los ojos encendidos de fuego de aquel hombre iluminaban la penumbra del atardecer. Pasados unos segundos, siguió farfullando.

-¿Con Dios? ¿Con su alma? ¿Con el diablo? ¿Con quién? –rugían los sentimientos del anciano, ahora con voz enérgica-. ¡Cómo es posible que nadie levante la voz, una pluma o su puño contra la destrucción de una historia de siglos! No se derriban simples casas viejas, hoteles vetustos, fuentes secas… Se destruye parte de nuestra historia. Parte de la vida de muchas vidas.

 

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Procuré seguir los consejos de mi madre, pero la vida me enseñó pronto su lado más amargo. En el colegio, no me gustaba que me separaran de los alumnos oyentes, pero siempre lo hacían. Me sentaba en un pupitre doble, sin compañero, solitario y desolado, en una esquina del aula. Algunos niños pintaban en la pizarra un monigote sin orejas con mi nombre debajo. Yo lo miraba con rabia contenida, mordiéndome los labios, y me aguantaba; así día tras día. Durante el recreo, en el patio, los niños también se burlaban de mí: decían que hablaba de una forma rara. Saltaban los insultos de unas bocas a otras. Yo giraba la cabeza tras ellos, pero los sonidos eran más rápidos y se escapaban. Los niños se reían. Yo no dejaba de girar la cabeza. Y me sentía solo, muy solo, en medio de aquella multitud de niños riendo. Por eso, me sumergía en la oscuridad del silencio. Traspasaba las cavidades más profundas de la mente y guardaba las palabras en un saco repleto de sentimientos callados y emociones mudas. Apretaba puños y labios, con rabia, para no dejarlos salir. Luego, arrastrando los pies por el patio, me dirigía hacia el lugar donde la maestra tocaba el timbre, tratando de sentir las vibraciones en la pared. Por la mejilla corría una lágrima furtiva y recordaba a mi madre, mi querida madre Isabel, y a Mariví.

En La Purísima, con Mariví, todo era diferente. Ella me animaba a utilizar los diferentes matices de la voz, aunque mi habla no fuera comprensible.

 

-Mi voz está rota -expresaba Alberto a la logopeda con tristeza.

-No está rota, mi niño. Tu voz es la más hermosa del Universo –le contestaba Mariví.

 

A medida que fui creciendo, iba  asumiendo mi deficiencia, aunque nunca llegué a comprender la injusticia que el destino me había deparado. Ni me servía de consuelo que otros niños sordos no pudieran siquiera hablar. Ni las niñas sordociegas del colegio. Ni los niños que se morían de hambre en el mundo.

Todo formaba parte de la misma ignominia, similar putada de los dioses.

Para mí, ser sordo no significaba el hecho físico de carecer del sentido del oído, sino haber comprendido que soy sordo, diferente a los demás.

 

 

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… Desde que desapareció su madre en 1979, Alberto subía hasta aquel paraje todos los días. Sentía una atracción irresistible. Estaba convencido de que allí se encerraba el misterio de su muerte. Se asomó al pozo del manantial. No había sirenas, ni oía sus sublimes cantos, solo veía aquellas misteriosas pompas de aire que surgían desde la profunda sima. Hipnotizado por el flujo ascendente de miles de burbujas y los efluvios del agua sulfurosa, Alberto quedó sumergido en una profunda ensoñación. Entre el ramillete de burbujas apareció la sombra de una bella sirena. Cuando emergió a la luz, comprobó que se trataba de una hermosa mujer, con larga y dorada cabellera, torso desnudo fascinador y desarrollada cola de pez. Alberto quedó absorto con aquella aparición.

-¿Quién eres?

-La hija del agua.

-¿Una sirena?

-Una ondina de agua dulce.

-¿Puedes cantar como las sirenas?

-¿Acaso no temes oír mi canto?

-No. Mi madre me decía que no debía temer percibir el canto de una sirena. Más temible era sentir su silencio.

-Tu madre tenía razón. La historia habla de la peligrosidad de oír nuestro canto: hipnotiza a los hombres y los arrastra a la muerte. Los humanos se pueblan de temores y de blindajes para defenderse de sí mismos, de sus miedos, de sus limitaciones. ¡Nada existe en el universo más sublime que el canto de una sirena!

-Siempre soñé con traspasar la barrera del silencio y sentir la vibración de las baladas de una sirena. Pero soy sordo. Nunca podré oírte.

-¿Lo ves? Ya te has puesto una coraza. Solo tienes que cerrar los ojos y abrir el corazón…

Alberto cerró los ojos. Escuchó una canción…

 

“Cierra los ojos. Abre el corazón.

Que tu mente fluya por el universo infinito.

La dorada aguja comienza a tejer tus sueños.”

 

 

*Hace unos días, hablaba de la nueva novela de Alejandro Salvador Zazurca, que ha escrito una interesante saga sobre el palacio de la Lonja. Ayer me mandó un fragmento de ‘La fuente de la Belleza’, libro que aparecerá en breve en el sello Mira Editores de Joaquín Casanova y que se presentará en Panticosa. La foto es de Nina Leen.

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