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CALVOMOÑACO / 4. AL MODO DE CONSTANTIN

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Me pongo las mejores galas para el desayuno. El vestido azul, el vestido con el que me casé. Mi madre era modista y bordadora. Echó la casa por la ventana: quiero decir que me dedicó muchas horas de sus días, muchas horas de mis hermanos, noches de desvelo mientras entraban por la ventana los olores del campo y una luna cobriza.

Después me siento a la mesa. Mi consuegra Isabel ha preparado el desayuno. Me gusta lo ordenada que es: siempre pone tostadas para la mantequilla y mermelada, tostadas con aceite y sal, gallegas y magdalenas, y algo de fruta. Me gusta ese ritual apacible. Yo jamás he sido capaz de hacer algo así. Me ha faltado sosiego: soy y fui un puro hervor de ansiedades.

 

Pero lo mejor viene después. En la casa vive un lector solitario que se sienta con nosotras y nos lee poemas. Varios. Cada día de un poeta diferente. Hoy de un tal Manuel Rico, de su libro ‘De viejas estaciones invernales’. Leyó al menos cinco poemas.

 

A mi consuegra le gusta mucho la poesía. Estoy segura. A veces cierra los ojos y se le encabritan los recuerdos. Yo suelo despistarme y siempre se me escapa la mano para matar una mosca. O dos. Hasta media docena a veces. Ya lo he dicho: soy un manojo de nervios.

 

Hoy, de nuevo, el lector se ha enfadado un poco. No soporta bien mis cacerías. Eso sí, me resultó conmovedor el poema ‘Academia de corte y confección’. No sé si porque me recordaba a mi madre o porque emocionaba a Isabel. Creí que iba a llorar. Ella, como mi madre, fue y es modista.

 

*Alberto Calvo me envía otro ‘Calvomoñaco’, dedicado a Cosntantin.

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