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POEMAS DE IBN GABIROL

SOLOMON IBN GABIROL (1021-1058)

 

Versión de Rosa BURILLO

El poeta, huérfano desde muy niño, llega a Zaragoza, ciudad donde crece y desarrolla su sensibilidad artística bajo la protección de su mecenas Yekuti’el ben Isaac, visir judío del rey Mundir II, de la taifa de Zaragoza, a quién dedica sus versos laudatorios.

 

Los poemas que aquí se recogen son una muestra de su sensibilidad exquisita. Es como si el tiempo se hubiera detenido para deleitarnos con detalles del mundo natural que, cuidadosamente seleccionados, aparecen tocados de un halo de pureza poco frecuente.

 

 

UNA MANZANA PARA ISAAC

 

Toma en tu mano esta fruta delicada.

Percibe su fragancia. Olvida tus anhelos.

Por ambos lados se sonroja, como una joven

Al primer roce de mi mano en su pecho.

Es una huérfana sin padre ni hermana,

Y lejos de su hogar frondoso.

Cuando pendía del tallo, sus compañeras sentían celos,

Envidiaban su viaje y gritaron:

‘¡Saluda a tu dueño, Isaac.

Qué afortunada eres al ser besada por sus labios!’

 

 

DE LUTO POR YEKUTIEL

 

Mira el sol rojizo de la tarde

Como si se hubiera vestido de escarlata.

Despoja de color el norte y el sur,

Y reviste de púrpura el occidente.

Y la tierra la deja desnuda,

Acobardada en la sombra de la noche.

Los cielos se oscurecen, vestidos de negro,

De luto por Yekutiel.

 

 

 

ROSAS

 

Mensajero, saluda a mi hermano,

Cuyo semblante no tiene parangón en esta tierra,

Cuyas numerosas cualidades mi corazón siempre recordará,

Nunca olvidará mientras viva.

Me ha enviado una frasca llena de fragancias

(Dios colme su mano de gratos dones).

Cada una como de verde y oro

Una joven lánguida hecha a jirones,

Y de las rojas la mirada del hombre capta

Todo lo que su corazón ansía.

Comparo su cuerpo insinuado

A la tierra limitada por muros y empalizadas,

O al hijo burlón al que el padre riñe

Y retrocede acongojado su mejilla ruborosa.

Están las que el hombre ha conocido; y algunas

Todavía no conocidas completamente selladas,

Sus rostros cubiertos de finos velos de lino,

Como mujeres que se esconden de los hombres,

Y cuando sus velos descorren

Parecen al hombre iracundo y vengativo

Como si hubieran pecado contra él,

Su semblante, sin mácula, lleno de vergüenza.

Una luz ilumina su rostro como el brillo del día

Esplendor de carros fustigados todavía.

Y muestran prodigios de sabiduría y conocimiento

A todos los que las ven, sin ser realmente sabias.

El ojo mortal que mira su belleza es como

El corazón del príncipe en medio de la intriga palaciega,

O como la mente del hombre aterrado por un sueño,

O los postrados que buscan levantarse de nuevo,

O el pájaro de presa atento que termina atrapado en el cepo,

O el estudiante, igualmente, del tratado Yevamot[1].

Cuando veo su majestad las reconozco,

Pero no sé describirlas o encontrar las metáforas adecuadas.

Son como los hombres cuya forma conozco bien,

Pero cuyos nombres no me han dejado huella.

El tiempo ha revestido sus cuerpos de verde y oro,

Y dibujado sus adornos de un halo vermellón,

Y una llama sale de ellas, como si

Estuvieran tejidas de púrpura y escarlata.

Luego el Tiempo desgasta su piel hasta hacerlas de papel,

Y les arrebata los huesos de la carne,

Que se yergue purificada sin mancha,

Como alma absuelta de todos sus pecados.

Las recorre una brisa especiada,

Y una nube de verano teje sus contornos.

Se sonrojan ante los ojos ávidos del hombre,

Y se solidarizan con las almas abatidas por la pena.

El espíritu del hombre disfruta su fragancia

Como la mente que descubre los misterios de la refriega.

Y también el insomne, si las pusieran junto a él,

No daría crédito a los placeres del sueño.

Ofrecidas a un muerto, se asiría a ellas,

Y con ellas en el ataúd disfrutaría después de muerto.

Si entraran en la casa de Hegai serían

Distinguidas por su belleza entre todas las jóvenes de allí.

Las cortaron de un arriate del jardín,  pero no podían venir

A pie, tan delicados son sus tallos.

Y cuando el patrón me las envió

Pensé que eran cartas reales atadas con un sello.

Cuando las cortaron y las pusieron en la frasca,

Rivalizaban unas contra las otras en el ramo,

Como si cada una de ellas estuviera celosa de las otras,

Y quisiera exponer sus quejas ante mí.

Altura de belleza y gloria, no les falta,

Perfectas como tus propios actos,

Puras, sólo como tu corazón es puro,

Y limpias de toda decepción y todo tinte,

Testifican que tu mano, elevada como las estrellas

Del cielo en lo alto, da campanadas de seguridad,

Que tu excelencia golpee a las hijas del Destino

En la mejilla, y las manche de sangre.

 

Que Dios te otorgue su generosidad

Y aumente tu coral y tu cristal.

Que destruya a tus enemigos ante ti,

Exaltando tu posición por encima de todos los otros.



[1] Se refiere al tratado que incluye preceptos como el de que el hermano del marido muerto sin descendencia, debe casarse con su viuda para así perpetuar el apellido familiar, siempre que éste haya muerto sin descendencia. Hablamos de sociedades donde hay un fuerte sentido del clan familiar.

 

*Todas las fotos de estos textos corresponden a Zhang Jingna.

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antoncastro

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