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EL CENTENARIO DE UN POETA: ILDEFONSO-MANUEL GIL (1912-2003)

ILDEFONSO-MANUEL GIL

El poeta de la autenticidad cumple un siglo

 

 

[Hace cien años, nacía en Paniza el humanista y escritor de la Generación de 1936, que fue condenado a muerte y dirigió la Institución Fernando el Católico]

 

ANTÓN CASTRO / Zaragoza

Tal día como hoy, hace exactamente un siglo, en Paniza, Zaragoza, nacía el humanista, escritor y profesor Ildefonso-Manuel Gil. Poco después, se trasladaría a Daroca. Diría años después Ildefonso: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Recreó su infancia en ‘Un caballito de cartón’ (Xordica, 1996), donde habla de la revelación de la literatura, de sus paseos por las colinas al ocaso con su padre y del clima de amistad y creatividad incesante que vivía con su hermana Victoria, que tocaba el piano y murió joven: hacían juegos de palabras, construían diccionarios de casi todo y leían los poemas de Bécquer.

Pronto se inclinaría hacia las letras. Estudió el bachillerato y decidió matricularse en Derecho, entre otras cosas porque veía que “muchos escritores habían hecho esa carrera”. Se trasladó a Madrid con su madre, que le financiaría su primer libro: ‘Borradores’ (1931), que nacía del deslumbramiento por el poeta sevillano, por Gabriel y Galán, y Campoamor. Madrid fue determinante para él: conoció a Benjamín Jarnés, al que traería de excursión a Daroca, a José Antonio Maravall, a Francisco Ayala, a Ricardo Gullón, que serían sus grandes amigos. Y en 1934, tras haber pasado muchas horas en la Biblioteca Nacional y haber asimilado la lírica de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27, publicó un poemario mucho más maduro: ‘La voz cálida’. El escritor y bibliófilo José Luis Melero, uno de sus grandes amigos de sus últimos años, dice: “Me gustaba mucho hablar con él, porque no quedaba ya nadie en Zaragoza que pudiera hablarnos, no de oídas, sino de primera mano, por haberlos conocido o mantenido amistad, de escritores como Jarnés, Sender, Juan Ramón, los Machado, García Lorca (a quien conoció con la Argentinita en el Teatro Español de Madrid), Pedro Luis de Gálvez (de quien no se libró del consabido sablazo), Seral y Casas, el vanguardista aragonés Antonio Cano...”

Poco más tarde, obtuvo una plaza de funcionario en Teruel y allí le cogería la Guerra Civil. Fue denunciado, detenido y condenado a muerte, y pasó siete meses y diez días en el Seminario, esperando que le viniesen a buscar para ser ejecutado. Esa sensación de terror diario y de pesadilla la narró en su novela testimonial, ‘Concierto al atardecer’ (DGA, Crónica del Alba, 1992). Al terminar la contienda se trasladó a Zaragoza y trabajó en el colegio Santo Tomás de la familia Labordeta, en Sagrada Familia, en HERALDO de administrador, en los tiempos de su gran amigo Pascual Martín Triep, y en la Universidad de Zaragoza, como ayudante de Francisco Ynduráin. Recuerda Eloy Fernández Clemente, primer premio de las Letras Aragonesas: “Había sido profesor mío en Letras, a comienzos de los sesenta; luego nos escribimos cuando estaba en los Estados Unidos, y el reencuentro fue para siempre, y de tú a tú, pues daba y pedía mucho cariño: muchos miércoles, a media mañana, tomábamos café al que solía acudir Pilar, su esposa. Y volaban mil asuntos, proyectos, ideas... Me gustaron mucho su primeriza novela ‘La moneda en el suelo’ y el tardío ‘Concierto al atardecer’, sobre la espera de la muerte, en el Teruel en guerra. Cuidaba muchísimo los textos, los poemas. Era un artista de la palabra”.  

Entonces, redactaba poemas y escribía ensayos en el café Ambos Mundos o en el Niké, colaboraba con un yugoslavo en la traducción de Lorca, tenía un sastre en la calle San Miguel que le habló de Pessoa, y celebraba distintas tertulias con amigos tan entrañables para él como José Manuel Blecua, José Orús, José Alcrudo o Manuel Alvar. En 1945 publicó el que algunos consideran su mejor libro de versos: ‘Poemas del dolor antiguo’. Señala Antonio Pérez, estudioso de la poesía aragonesa contemporánea: “Se trata de uno de los mayores esfuerzos por la recuperación en la poesía española de una voz personal y sincera. El poeta alcanza un tono comedido pero profundo desde el que poder apenas insinuar las causas de tanto sufrimiento; el poema nace, así, desde el temblor íntimo. Supone, al mismo tiempo, una apuesta por la vida, por la felicidad que radica en las cosas pequeñas y cercanas (la naturaleza, la familia)”. Al año siguiente apareció ‘Homenaje a Goya’.

En aquellos años de posguerra alternó la lírica con la novela: firmó textos en prosa como ‘La moneda en el suelo’ y ‘Juan Pedro el dallador’. En 1962, casado ya con Pilar Carasol, que había sido alumna suya, y padre de cuatro hijos, aceptó una invitación de Francisco Ayala para dar clases en Nueva Jersey. Permaneció más de veinte años como profesor y ensanchando su obra literaria. Y allí nacería su quinta hija, Victoria.

En 1985, regresó definitivamente a Zaragoza; se instaló en la calle Costa, fue nombrado director de la Institución Fernando el Católico. “A mí me emocionaba mucho entrar en su despacho y ver enmarcado y colgado en la pared el sobre de una carta de Juan Ramón a Ildefonso, escrito con su letra picuda e inconfundible, y en el que se leía el nombre y la dirección del poeta en Daroca. Eso no podías verlo en ninguna otra casa de Zaragoza. Eso era un signo de distinción incomparable”, recuerda Pepe Melero.

Ildefonso fallecía en 2003 a los 91 años de edad. Narrador, ensayista, traductor de Camaoens, se había sentido esencialmente poeta. Poeta de la vida y del amor, del paisaje y de la muerte, de la familia. Insiste Pérez Lasheras: “El rasgo más destacado de su poesía es la autenticidad: Ildefonso fue un poeta auténtico en toda su larga trayectoria, lo que supone escribir solo cuando se tiene algo que expresar y hacerlo desde la coherencia vital y estética, personal e intelectual”. Él y Melero coinciden en su importancia: “Escribió mucho y bien. Fue con Miguel Labordeta el más importante poeta aragonés del siglo XX, el de mayor obra y el que más eco ha tenido”. La Fundación Comarca de Daroca le recordó este fin de semana; al siguiente será objeto de otro homenaje en Paniza.

 

*Este texto apareció ayer en Heraldo de Aragón.

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antoncastro

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