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ARTE EN DAROCA PARA ILDEFONSO

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MIRADAS AL LUGAR DEL POETA*

 

EL POETA Y SU MUNDO

Ildefonso-Manuel Gil (Paniza, Zaragoza, 1912-Zaragoza, 2003) era un enamorado del arte y de Daroca. La ciudad de las siete puertas y de las siete fuentes era para él un espacio de encantamiento, un solanar de invenciones, de fábulas, de cuentos maravillosos como el de la morica prisionera, que tantas veces le habían contado. Crecer entre sus murallas suponía vivir en un lugar repleto de creación, de memoria, de leyenda, de arquitectura. A Daroca se trasladó muy pronto desde Paniza, y en Daroca conoció la música, el teatro, el cine, la literatura y a un sinfín de personajes que le llenaron la infancia de sueños, como narra en ‘El caballito de cartón’, uno de esos libros donde el anciano recrea, con embelesamiento, los dones de la niñez y la adolescencia, sajada esta de golpe con la muerte de Victoria, aquella hermana con la que dibujaba, confeccionaba diccionarios y se asomaba a la lírica.

Daroca también era silencio, fuerza de la piedra y su misterio, impresionantes celajes. Daroca era una atalaya del paisaje y al paisaje: a Ildefonso-Manuel Gil le gustaba contar cómo le fascinaban las colinas al atardecer. Parecían convocarle a la meditación y al silencio; le evocaban la música de las esferas y las melodías de su paisano Pablo Bruna.

A Ildefonso-Manuel Gil siempre le apasionó el arte. Conoció, durante su estancia en Madrid, el Museo del Prado. Goya era su pintor favorito y fue también el personaje que eligió para contar, por la vía de la alegoría poética y del monólogo dramático, la tragedia de España y su propia tragedia. Ildefonso, con Benjamín Jarnés, había saludado la llegada de la II República desde el balcón del ayuntamiento de Daroca y se sintió cómodo en ese tiempo nuevo que traería esperanza, justicia social e ilustración. La guerra civil lo cogió en Teruel y muy pronto fue enviado al Seminario: allí, con el espanto recorriéndole cada poro de su piel, convivió con la muerte.

Le contaban qué estaba pasando fuera, veía a compañeros suyos que eran sacados y que ya no volvían, y esperaba que, de un momento a otro, corriese idéntica suerte. Se libró de la ejecución milagrosamente, pero jamás pudo olvidar aquellos meses, el rostro de los amigos que partían hacia el paredón, el frío, el miedo, el estupor, la vecindad de la tiniebla, la desmesura del odio. El testimonio de aquellos días y su interminable sombra fue ‘Concierto al atardecer’ (Gobierno de Aragón, 1992); en la novela, el escritor quiso ajustar cuentas con sus pesadillas y con su propia condición de narrador que aspiraba a la novela escrita con el espíritu de la poesía, con el alma del estilo.

Ya en la posguerra, mientras intentaba encontrar un horizonte para él y para su familia en Zaragoza y escribía avanzada la noche en los cafés, redactó ‘Homenaje a Goya’ (Los libros del Pórtico, 1946). Ese poemario es un viaje por la obra de Francisco de Goya, es una metáfora del fratricidio y una crónica de su propio dolor. Y es una mirada hacia un artista visionario, precursor, un documentalista a pie de calle de la violencia entre hermanos. Ildefonso-Manuel Gil solía decir que él era un poeta del amor y de la vida, un poeta del paisaje y de la familia, y un poeta de la muerte. Con el primer ejemplar de ‘Homenaje a Goya’ en las manos, Ildefonso fue encargando a un puñado de artistas de diversas generaciones que le hicieran una obra para ese libro, que le ayudasen a convertirlo en un Libro de Poeta entre artistas. O en un libro de un pintor magistral con poeta y otros artistas. En ese ejemplar hicieron obras originales Fermín Aguayo, Santiago Lagunas, Eloy F. Laguardia, Alberto Duce, Torcal, José Luis Cano, etc., y pegó el original de un retrato que le había hecho en 1942 Antonio Mingote, hijo de darocense. Ese volumen lo acompañó siempre: en él se unían pasiones y pulsiones decisivas de su biografía.

ARTISTAS PARA UN POETA

Media docena de creadores, vinculados a Daroca, han decidido rendirle un homenaje en el año del centenario de su nacimiento: lo hacen en la villa murada y lo hacen desde una perspectiva amplia. Pintura, escultura, fotografía, cerámica y música; ellos son María José García Froj, Carlos Pardos, José Miguel Fuertes, Víctor del Molino, Miguel Gil y Laura Teruel Agustín. Y eso sí, lo han hecho después de un acercamiento minucioso a su obra, a su universo, a su percepción del paisaje. En cierto modo, los seis artistas recrean con libertad, y a la luz de su poesía, el universo personal del poeta. Todos han viajado por el corazón de sus palabras, y hay uno, el pintor Carlos Pardos, que confiesa que antes de empezar a trabajar leyó la poesía completa del autor de ‘Las colinas’ o ‘Por no decir adiós’. Esa actitud de respeto, de admiración, de búsqueda está en todos los creadores.

María José García Froj opta por realizar pintura de paisaje. La obra de Ildefonso está impregnada de naturaleza, del lenguaje de las estaciones, de pájaros que surcan el cielo, de árboles, de follaje, de perfumes. La pintora, de entrada, crea un espacio abierto y a la vez íntimo: capta la majestuosidad de la naturaleza y selecciona detalles, atmósferas casi románticas, y resuelve con un pulso realista, muy elaborado y lleno de colorido. No se olvida de algo que a Ildefonso le fascinaba: la serena melodía del río, el espejo que copia el cielo y los edificios. Vincula sus obras con poemas concretos, pero también con estados de ánimo y con períodos específicos: el sol de agosto, la llegada de la primavera, el recuerdo y la tierra. Ildefonso se elevaba desde el plantío, desde los cerros, desde la memoria estremecida de la naturaleza y su fronda. “Ahora sé que soy como un río”, escribió.

El otro pintor de la colectiva es Carlos Pardos. Considera que Ildefonso era un poeta obsesionado por la muerte. Quizá fuese ‘Los fusilamientos de La Moncloa’ el cuadro que más le hacía pensar en tantos y tantos compañeros abatidos en Teruel. Lejos de explorar las tinieblas y el llanto, Carlos Pardos ha elegido la senda de la paradoja. Contra la noche el día; contra la tristeza, la exaltación de la felicidad. Sus cuadros son luminosos, una explosión de cromatismo, un incendio inmediato de sensaciones desde la energía del color que se expande y que crece entre figuras y caras. Son cuadros con latido y con una leyenda: un fragmento de sus composiciones e incluso un poema completo como sucede en ‘Programa’, casi un rescate del artista. Con lucidez y voluntad de introspección, Pardos ofrece el envés de la muerte. De la oscuridad irrumpe la esperanza, la claridad, el futuro, el amor a la vida. El pintor elige varias vías de diálogo con Ildefonso: en su obra está el expresionismo, está el propio Goya, está Miró en un cuadro tan divertido y feliz como ‘Aire sin esquinas’ e incluso está el arte oriental.

José Miguel Fuertes es un escultor clásico y moderno, un artista marcado por el rigor y la pulcritud y el dominio de la materia. Su obra es tan amplia como variada. Busca la perfección de la forma, la precisión del concepto. Él ha optado por un trabajo sutil: la atalaya o la torre, el lugar de contemplación donde el poeta se asoma al día y a la noche, al horizonte de Daroca o de la creación. Construye unas piezas -en DM policromado, en cartón y pigmentos, y en alabastro-, que llevan el título de algunos poemarios de Ildefonso: ‘De persona a persona’, ‘Luz sonreída, Goya, amarga luz’, ‘Las colinas’ o, entre otras, ‘El tiempo recobrado’. En cierto modo, dialogan los libros entre sí, vibra la palabra poética, alienta el crepitar de llama de la escritura de Ildefonso-Manuel Gil. La propuesta está llena de matices: las letras culminan la pieza, pero también se extienden por ella. Son el libro y las páginas del libro, y son una escala hacia la cumbre de la creación. Y son, claro, la torre almenada desde la que se puede leer al poeta o ver el paso de su sombra sigilosa y perennal.

Víctor del Molino presenta varias fotografías. Una de ellas, de formato panorámico, ‘Colinas del ocaso y del silencio’, lo dice casi todo: Ildefonso siempre quiso ser el poeta de las colinas y del silencio, un poeta solidario y un  poeta en soledad. Su obra trasciende la poesía: es narrador en corto y en largo, ensayista, memorialista, traductor, y en cierto modo esta foto, en un amplio sentido polisémico, también aludiría a eso: a los horizontes del hombre, a su refugio. Era ciudadano del mundo desde Paniza, desde Daroca, desde Zaragoza. El mundo inagotable de Daroca, de aroma medieval, se resume en ‘Cancioncilla de Pinarillo’: es una composición de veinte piezas donde están las ventanas, las columnas, las inscripciones en la piedra, los recodos de sombra, los cielos, los árboles, los girasoles, las murallas. El mundo simbólico del poeta. Del Molino incorpora otra pieza: ‘Metáfora’: un espacio abierto (“Lo universal es lo local sin paredes”, dijo Miguel Torga), una casa, el árbol, el cielo, la instantánea de la belleza de la calma. El laberinto del origen al que siempre se retorna.

Cuenta Miguel Gil, el ceramista, que siempre tuvo una relación especial con Ildefonso. Él también se ha centrado en esa dura experiencia de la guerra civil. Ildefonso la contaba a menudo para hacer exorcismo del miedo y para ahuyentar fantasmas y pesadillas que le perseguían todas las noches. Miguel Gil ha basado su trabajo en una serie de términos que lo dicen todo: cerrojo, cerraja, prisión, celda, aislamiento, castigo, encierro... Y todo ello lo representa con distintas piezas que son como cerrajas que están esperando la llave de la libertad que las abra. Cada obra tiene muchos detalles, incisiones, líneas, todas son muy distintas dentro de una estética general de variaciones sobre un tema. Las cerrajas poseen un aire intemporal, una escritura de la memoria y de la creación: podrían ser de los palacios, de las casas o de las prisiones de Daroca o del Seminario.

Laura Teruel Agustín, con un amplio bagaje a sus espaldas (es compositora, intérprete y productora musical), ha decidido incorporar los sonidos a un proyecto coral en honor de un vate que escribía con música. Ha hecho una lectura y un ejercicio de abstracción para conocer las claves del poeta: los escenarios, los personajes, los estados anímicos, los grandes temas, el clima, la atmósfera o la filosofía, porque detrás de un gran poeta siempre hay un pensador. Aún no hemos podido oír las piezas, pero sí conocemos sus ambiciones: “Utilizando la plástica del sonido y la música del ruido, desde los rumores más cotidianos hasta las canciones de moda, describo lugares y pasiones, decoro abstracciones y anonimatos. Me dirijo así al inconsciente del espectador, situándolo en un espacio/tiempo compartido con el poeta y los artistas”.

Ildefonso-Manuel Gil nos dejó un legado extraordinario. El valor inefable de su palabra, la calidez infinita de su amistad, la humanidad de su magisterio, las heridas de su memoria y su compromiso más íntimo con el hombre y el territorio. Esta exposición, promovida por la Comarca de Daroca y por la Diputación de Zaragoza, quiere resaltar el temblor de sus huellas.

 

*Este texto mío figura, entre otros, en el catálogo de la exposición que se inaugura mañana en Daroca a las 19.30.

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