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IN MEMORIAM JAVIER TOMEO

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[Ayer, antes del entierro de Javier Tomeo en su tierra mítica de Quicena, escribí este texto en su recuerdo. Javier fallecía el pasado sábado en Barcelona, donde vivió desde la posguerra, aunque jamás se olvidó de Aragón, ni de Huesca ni de los pájaros, los grajos o ‘grallas’, que sobrevolaban La Cobertera, como le contó a Ismael Grasa. La foto de Javier es de Aloma Rodríguez.]

 

 

IN MEMORIAM JAVIER TOMEO

 

En mi principio está mi fin, dijo el poeta.

En mi final está mi origen: la luz de Quicena,

el castillo altivo y melancólico de Montearagón,

el majestuoso vuelo de los buitres insomnes,

 la tierra y sus fósiles de mi memoria,

podría haber dicho nuestro poeta en prosa.

Javier Tomeo era un misterio de la química,

la intuición que disparaba con bala,

la lucidez que desarma las contradicciones del mundo.

Javier Tomeo era obsesivo: le gustaba el silencio,

tener una vida oculta, convivir con los monstruos,

oír las voces cotidianas y su fogonazo de asombro.

Miraba como si nadie lo hubiera hecho antes,

miraba como si nadie lo volviese a hacer después.

Observaba. Caminaba con calma y a trompicones,

con una ansiedad furiosa, desde la lentitud

del que tiene una prisa definitiva.

Hablaba de la extravagancia, de la soledad,

del vacío, de las heridas del cuerpo y del alma,

de lo raros que somos sin darnos cuenta,

de lo lunáticos que seremos algún día.

Javier era un visionario desde la terraza de un bar.

Un ciclón varado en la penumbra de su mesilla de noche.

Javier amaba los paisajes, la raíz del canto,

el silbo de las fuentes, el eco de los niños con un mauser,

los paisajes peinados por el sol que veía desde La Cobertera.

Javier tenía miedo de perderse en un teatro.

Y a la vez no tenía miedo a nada. Ni a los aviones.

De golpe pasaba una mujer y recobraba una alegría

auroral: el desorden de los sentidos, el arrebato,

la promesa de felicidad. Toda la belleza del sueño

se concentra en los gestos de un cuerpo femenino.

Su inspiración esencial. “La mujer es para mí expresión

terrestre de la inmortalidad”, dijo una vez.

Javier Tomeo era así. Un loco de atar, un cuerdo

invencible, el amigo de los insensatos y los soñadores.

El escritor que regresa a casa para soñar la mejor siesta.

¡Cuidado! Buitres, grajos, insectos, paisanos del atardecer:

los aleteos, la caricia en el suelo, todo lo que digáis,

lo seguirá escribiendo y contando hasta el fin de los tiempos,

en silencio, sombra y limo, en Quicena. Su Quicena.

Su paraíso irreemplazable. El último refugio.

 

Zaragoza, 27.06.2013

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