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Antón Castro
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DIÁLOGOS: EL NOVELISTA JAVIER PLAZA

[Javier Plaza acaba de publicar ‘La urraca en la nieve’, una novela que transcurre en París en los tiempos del impresionismo, con un personaje capital, a veces observador, a veces artista fracasado: Camille. Javier ha llegado a la tercera edición, con el sello Hades. Aquí responde a algunas preguntas sobre el libro. Un amplio fragmento de la entrevista la publiqué en ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón.]

"LA NOVELA NACE DE MI PASIÓN POR EL IMPRESIONISMO"


¿De dónde viene Javier Plaza, cuáles son tus inicios como escritor? 

 Mis inicios como escritor surgen de la lectura, de leer mucho desde niño. A base de leer y leer un día piensas que te gustaría que una novela terminara de forma diferente, o se te ocurre una anécdota que da para un relato breve, y poco a poco te va enganchando la escritura. Cuando ya tenía escritos varios relatos breves me decidí a escribir esta novela y así además, al documentarme, aprendía mucho más sobre París y el impresionismo.

¿Cómo nació ’La urraca en la nieve’?

 La novela nace de una pasión. De mi pasión por esa época tan fascinante de finales del siglo XIX. Leyendo textos sobre aquellos años y disfrutando con las obras de los pintores impresionistas me fue surgiendo la idea de escribir una novela sobre aquel París. Y así, poco a poco, fui dando vida a Camille para que se paseara por sus calles.

¿Qué te atraen de París y del impresionismo?

Lo que me atrajo de cara a la novela fue la suma de varios factores: la belleza del impresionismo, la de la propia ciudad y, sobre todo, el hecho de que convivieran en las calles de Montmartre algunos pintores que ahora se valoran entre los más grandes de todos los tiempos, como Monet, Gauguin, Renoir, Van Gogh, Degás, Toulouse-Lautrec,… Creo que esta época es el único momento de la historia en que tantos genios convivieron, en mayor o menor medida, y trabajaron juntos, colaboraron en exposiciones, discutieron, se quisieron, y se odiaron. De todo hubo.

¿Cómo es Camille? A veces parece indiferente, casi un nihilista prematuro y a la vez un observador...

Camille tiene una personalidad débil. Ha llegado a París desde el sur y se siente deslumbrado por la ciudad y por sus habitantes. Olvida los encargos familiares que le llevaron hasta allí y se dedica a vivir el día y la noche parisinos.

 Ha viajado hasta la ciudad creyéndose un nuevo Rembrandt pero tan pronto como ingresa en la academia de Cormón toma conciencia de su escaso talento como pintor y se siente algo desengañado por la vida. Por otro lado sabe que es afortunado porque aquellos grandes artistas le permiten acompañarles y trabajar junto a ellos aunque lo hagan más por amistad que por la calidad de su pintura.

Camille es, como bien dices, un observador de la época que va rumiando sus pequeñas inquietudes al tiempo que vive el París más fascinante. Es un observador melancólico, desencantado, sabe que su pequeña estancia en el paraíso termina, ya que la novela narra su última semana en la ciudad, y añora Montmartre sin haberlo abandonado todavía.

¿Qué personajes le fascinan más?

 Los personajes de la novela que rodean a Camille están diseñados con la idea de mostrarnos diferentes ambientes de la ciudad. Su principal acompañante Yves es el artista bohemio, tiene rasgos de Toulouse-Lautrec. Vive por y para el arte, al margen del arte tan solo le interesan los cabarets. Conoce a todos los artistas y todos los locales nocturnos de París y guía a Camille por galerías, estudios, cafés nocturnos y prostíbulos. También está Víctor, un artista más sesudo y familiar que ha participado en revueltas sociales y estuvo implicado en la Comuna de Paris teniendo que exiliarse. Es el contrapunto ideológico del protagonista y su familia, lo que le lleva en ocasiones a chocar con Camille. Tiene rasgos de Pisarro y Coubert. Por otro lado está el tío Henry, senador, que nos muestra el París elitista, los altos círculos financieros y políticos así como la ópera y también las tradiciones y la historia de la alta burguesía y la nobleza. Es quien tira de Camille para reconducirlo al buen camino.

Por lo que respecta a las protagonistas femeninas hay que decir que las relaciones de Camille con ellas son algo lamentables como corresponde a su personalidad débil. En el sur le aguarda Therese, su prometida idealizada, de la que en ocasiones se olvida. En París convive un tiempo con Eloise, una bailarina de carácter independiente y poco dispuesta a enamorarse. También aparece bastante en la novela, Eleonore, la pareja de Yves, que trata de aportar algo de cordura a Yves y a Camille.

Se adivinan muchos amores, historias corales, pero parece que ninguna cristaliza del todo. ¿Por qué?

Lo hice así porque mi intención al escribir la novela era pasear por las calles del París de la época, vivir lo que allí se vivía, tan solo eso. También por ello “la urraca” transcurre casi en tiempo real, se relata prácticamente todo lo que ocurre en una semana. Creo que introducir un argumento sólido o historias concretas y estructuradas en la novela distraían la atención y por eso no lo hice. Trataba de describir una imagen, un cuadro de costumbres del París de la época salpicado con las pequeñas anécdotas de Camille. Por eso en la novela apenas ocurre nada.

¿Quiénes son tus personajes favoritos del impresionismo y por qué?

Me encanta Monet, tanto por la calidad de sus obras como por su constancia en el estudio de la pintura y de los efectos de la luz. Además fue él quien, sin proponérselo, dio nombre al movimiento con su lienzo “Impression soleil levant”. También Pisarro especialmente su serie de Boulevares de Montmartre. A Pisarro se le considera, junto con Manet, un poco los padres del movimiento, ya que pusieron en contacto entre sí a muchos de los pintores considerados impresionistas. El protagonista de “La urraca en la nieve” se llama Camille por él. Después de ellos, Degás, Renoir y Manet.

La novela es psicológica, de atmósferas. ¿Te interesaba más eso que la acción, por ejemplo?

En este caso sí, y en general es algo que me atrae mucho de las novelas. En “La urraca en la nieve” mi interés era recrear esa atmosfera, tanto en el plano artístico como social. Quería incluir las tensiones sociales, con las bombas en la cámara de diputados o las guerras coloniales. También los cambios en la ciudad, tanto los que había llevado a cabo el barón Haussmann como los posteriores: el alumbrado eléctrico, la demolición de la plaza de toros, la eterna promesa de desmontar la torre Eiffel, la ópera, el ferrocarril, los escritores que vivían en la ciudad,…..fue una época apasionante. Creo que más acción no hubiera aportado mucho a esa atmósfera, hubiera sido otra novela.

¿Cómo entiendes la novela, en general, qué tipo de libros te gustan?

Me gusta la novela bien escrita, la prosa trabajada, la descripción precisa que te hace visualizar los lugares y las personas, que te hace sentir el frío, la angustia o la alegría de sus personajes. Leo casi todo lo que cae en mis manos pero mis preferencias se inclinan por autores que escriben mimando las palabras y también por la novela histórica de la que siempre se aprende.

¿Quiénes son tus autores favoritos, por decirlo así?

Si tengo que enumerar algunos elegiría a Juan Marsé, con sus novelas de la Barcelona de postguerra, a Umbral con sus obras intimistas, Sanchez Ferlosio y su ambiente irrepetible de “El Jarama”, o su poesía de Alfanhuí, también Sholojov, Bolaño, García Márquez, las novelas de Tolstoi, especialmente “Resurrección”,… seguro que me dejo muchos, pero desde luego los que te he citado me parecen genios.

 

UN FRAGMENTO DEL LIBRO

Por Javier PLAZA. De ’La urraca en la nieve’.

Me centré ya en las paredes, en las tres paredes en las quese apiñaban los lienzos, casi peleando por el espacio con escasaelegancia. Uno de Cézanne sobre uno de Víctor, las bailarinas deToulouse-Lautrec borrachas como cubas junto a las de Degas,elegantes y sensuales, y que, seguramente, miraban a sus vecinascon gesto de desprecio. Había dos o tres lienzos del propio Yves,esquinas, retazos de paisaje de esos que a él le encantaban y queyo tardé tiempo en apreciar, aquel charco helado al amanecer, enVigneux, que mi pensamiento calificó de extraño en primavera yde irrepetible en otoño. También se escondía entre tanta calidaduna obra mía, entre unos remeros, estos de Caibellote, y un bosquetropical de Gauguin. Allí mi “Moulin de la Galette” defendíael puesto con cierto complejo de inferioridad entre aquellos colosos.El día en que Yves, para mi sorpresa, y después de agradecermeque intercambiara con él aquel lienzo, descolgó con indiferencia“El bebedor de ajenjo” de Manet para colocar mi obra ensu lugar sentí que estábamos cometiendo un sacrilegio que Ateneanos haría pagar fulminándonos al instante.—Pero, ¿qué haces? —fue lo único que acerté a decir.—Este lo tengo muy visto —me respondió mientras localizabala caja de madera en la que recluirlo—. Además el tuyo esmejor.Y mi lienzo quedó allí, a la vista, y el de Manet enclaustrado.Y no fue la causa de su reclusión otra que la de ser de idénticotamaño al mío, por lo que mi Moulin encajaba a la perfección ensu porción de pared. Si mi obra hubiese sido de mayor tamañoseguramente hubiera sido Toulouse-Lautrec el ofendido en su“Moulin de la Galette”, que yo no había copiado, ya que no conocíala obra cuando comencé a trabajar en la mía, y en poco separecían. Y si, como era mi intención primera, no hubiera dibujadolas sillas vacías de la parte derecha, el tamaño hubiera sidomenor y seguramente la exclusión habría recaído sobre el “Paisajecon pescador en La Ligne”, del aduanero, uno de mis favoritos.Aún me hubiera dolido más. Solamente aquellos lienzos colocadosen la porción de pared en la que el sol caía en la mañana resultabanintocables. Ellos lo sabían, se enorgullecían y lucían aúnmás. Eran pocos. Coubert, cómo no, y Víctor junto a él, cómo no.Del primero sus picapedreros, de nuestro amigo un trabajo titulado“Bodegón” en el que aparecía un huerto con decenas de brotesprimaverales surgiendo de entre la tierra oscura. Bajo estas dosobras y compartiendo con ellas tan privilegiado espacio el“Tiempo de primavera en Eragny”, de Pisarro, del que Yves mehabía dicho:—Este hombre es tonto perdido mira que cambiarme estajoya por una de mis basuras —en una especie de insulto-piropo, oalgo así, tan habitual en él.Quedé allí en pie observándolos. Aunque ya no caía el solsobre ellos la iluminación era suficiente, adecuada. Las pinceladasde Pisarro mezclaban los colores en mi cerebro. Era conscientede que debía separar mi mirada de los lienzos si deseaba aprovecharaunque fuera mínimamente la jornada para trabajar y enun impulso de cordura me forcé a abandonar el estudio a pesar derecordar de nuevo que no regresaría a aquella sala durante meses.Respiré hondo y caminé con paso firme, separándome de misamados. Logré con éxito franquear la puerta, no sin admirar antesde reojo la “Vista de Montmartre”, de Sisley, que custodiaba laentrada.En el estudio Yves no había notado su soledad como no notabaentonces mi compañía. Sabía que si no se le interrumpía abuen seguro no se despegaría del taburete hasta que el sol cayera.Entonces frotaría sus ojos cansados, colgaría la bata, cogeríaabrigo y gorra y me diría.—Vamos al Folies a comer algo.—Será a cenar.—Pues eso.

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