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Antón Castro
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JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL:

 

EL GALANTEADOR DE LA ISLA DE LAS MUJERES

 

[El próximo mes de septiembre Javier Ruibal celebra sus 35 años en la música con tres conciertos. Recupero este texto que le dediqué hace algún tiempo para un libro del escritor y experto en música Luis García Gil.]

 

Por Antón CASTRO

“Javier Ruibal no ha llegado a las plazas de toros o ha llegado a muy pocas y, sin embargo, toca por todo el mundo, tiene un prestigio inmenso. Yo llegué un día en Santo Domingo a casa de Juan Luis Guerra y me sacó un disco de Javier Ruibal como si fuera oro. Es magnífico y para serlo no tiene necesidad de llenar el Bernabéu”. Así ha definido en una larga entrevista Joaquín Sabina a Javier Ruibal (Puerto de Santa María, Cádiz, 1955). Este tipo de elogios son frecuentes hacia este trovador sensual y lírico que se afirma en los sonidos negros del flamenco y abraza en cántico apasionado y galante el jazz, el rock o infinidad de sonidos magrebíes, judíos, turcos y caribeños.


Javier Ruibal es un cantante con magia; y la magia vibra en su voz, en su melodía, en su inspiración arrebatada que habla de seres marginados, de prostitutas, de enamorados irremediables, de los gitanos, de la pasión y del mar, ese mar que va y viene y adormece en la bahía con furia tranquila. Paisano de Rafael Alberti, el rumor del oleaje habita en el temblor de su voz y en el corazón salino de sus versos. Para muchos, Ruibal encarna “el músico de culto” (no hay más que entrar en su página web para comprobar el volumen de “ruibalanos” del mundo), y tal vez sea en los conciertos en directo donde mejor llegue su sensualidad. A veces, el público tiene la impresión de que con sus canciones se adentra en un vergel oriental, en un huerto florido de mujeres, de ebriedad, de erotismo y de alegría.
Autor de seis discos (el último de ellos es “Las damas primero”) y de un recopilatorio como “Sahara”, ha escrito canciones para otros como Mónica Molina o Ana Belén, y son muchos los artistas que han popularizado piezas de su repertorio. Además de cantante y letrista, también es un excelente compositor que investiga, que se arriesga, de ahí que en ocasiones haya sido calificado de “heterodoxo”. Igual se atreve con una versión de una canción de García Lorca que se inspira en una composición de Erik Satie. Es, como ha dicho él mismo en alguna ocasión, un trovador montaraz que hunde la fuerza de su canto en la raíz, en el Mediterráneo.
Admiro a Javier Ruibal desde hace muchos años. La primera vez que lo oí en director fue en Zaragoza, hacia 1988 ó 1989, en la Facultad de Ciencias, en un concierto organizado sobre la canción de autor, del que hablé en otro momento a propósito de la muerte de Imanol, con quien tanto quería. Javier Ruibal dio un recital impresionante: hondo, delicado, intenso, con su guitarra que mezclaba el flamenco, la rumba, la música árabe, los sones del Mediterráneo y la voluptuosidad del que absorbe el mundo con luminosos ojos de asombro y de gozo. Entonces ya, Javier Ruibal me pareció un cantante que salía de “Las mil y una noches” o de una noche del sur con fragua y fuego y bandoleros en la serranía y odaliscas. Fue increíble: talento, calidez, energía, llanto y beso, todo a la vez, administrado con belleza, rigor y profesionalidad. Sufrí un deslumbramiento. Y hacia las dos o las tres de la mañana, en un bar que se llamaba La Avenida de la Ópera, conversé con Javier Ruibal. Más que conversar, le hice una entrevista con otros sonidos y voces de fondo. Sus orígenes, sus raíces, las letras, el gusto por el embrujo que te coloca en el umbral de un precipicio de viajes, paisajes o amores locos...


Ruibal entraba en mi modesta discoteca cada vez que publicaba un disco. Y a finales de los 90 estuve con él en el Puerto de Santa María. No sólo era un magnífico cantante, admirado y querido por otros cantantes, venerado por un público quizá no demasiado mayoritario pero muy atento y sensible a su talento, un guitarrista estupendo, sino que también era, es, un tipo extraordinario. Tuvo el detalle de ser uno de los presentadores de mi libro de cuentos “Los seres imposibles” (Destino, 1998), y lo hizo con canciones. Narró nuestro encuentro en Zaragoza, contó a los asistentes aquella loca noche de copas y palabras, y luego hizo lo que mejor sabe hacer: cantó dos canciones “a capella”. Temblaba el salón de actos de aquel colegio. Y un estremecimiento unánime recorrió a los asistentes, un temblor de estrellas, un fogonazo de emoción. Yo me quedé literalmente pasmado y agradecido... Había ido al Puerto de Santa María sólo a eso, a verlo de nuevo, a oírlo en dos temas prodigiosos. Al salir, un paisano me dijo: “Se habrá dado cuenta: esa voz ya lleva la música dentro...”

 

*Este texto apareció en un libro de Luis García Gil, escritor gaditano, especializado en asuntos musicales.

 

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