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MARCHAMALO, VIRGINIA Y SOLEDAD

Cuentos de domingo* 

 

Virginia y Soledad

 

Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) ofrece cada fin de año un delicioso librito ilustrado por el oscense Antonio Santos. En ‘Virginia Woolf, las olas’ (Nórdica) narra la vida de esta escritora enferma, hipersensible, que anduvo de luna miel en Zaragoza. Su muerte fue terrible: se ahogó en el río Ouse y su cadáver tardó varios días en aparecer. Marchamalo y Santos retratan a una mujer llena de fantasmas, marcada por el desamparo existencial y por la enfermedad que buscó un cuarto propio en su intimidad y en el mundo, y rara vez lo logró. Si Marchamalo es el capitán de los bellos adjetivos, Santos con sus grabados crea un universo preciso que retrata el genio y la locura.

Marchamalo es, con Nando López, el coordinador de un proyecto que quizá llegue a Aragón: ‘Pasando página’ en la Biblioteca Nacional, una invitación a la lectura que incorpora un fondo con doce libros de 45 editoriales españolas. Se explican todos los secretos de un libro, con un montaje novedoso de nuevas tecnologías. Diez autores recuerdan un título muy especial en su vida: entre ellos, Care Santos habla de ‘Crónica del alba’ de Ramón J. Sender, Lorenzo Silva recuerda ‘Imán’, del propio Sender, y Ana Alcolea, la única aragonesa, dice que el libro de su vida es ‘Cumbres borrascosas’ de Emily Brönte.

Por la tarde me cito en la RAE con Soledad Puértolas. Publica ‘Lúcida melancolía’ en la colección Baroja (& yo) de Ipso. Conversamos en la biblioteca de Rodríguez Moñino y María Rey. Soledad cuenta cuánto le marcó Baroja, al que leyó de adolescente en Pamplona, cuando iba a pasar tres meses de verano a casa de la tía Sole, que le regaló algunos títulos y, “con un poco de dinero que no sé de dónde me salía”, logró adquirir sus ‘Obras completas’ de Biblioteca Nueva. Soledad se identificaba con el estilo, con los personajes barojianos, con su pasión por la aventura. Soledad, como Virginia Woolf, también es una mujer enfermiza desde que tuvo tifus de niña. “Me tengo que rebelar siempre contra la enfermedad para venir aquí, para salir de mi casa. Soy escritora y soy una solitaria”.

Voy al Museo del Prado a ver la muestra de Mariano Fortuny. Fue un artista excepcional que murió a los 36 años y que poseía el don de la luz. Cuadros como ‘En la vicaría’ o ‘La elección de la modelo’ definen una formar de pintar y de entender la lentitud de la belleza.

 

*Este texto ha aparecido hoy en mi secció ’Cuentos de domingo’ de Heraldo.

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