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Antón Castro

JAVIER TOMEO CON JAVIER GURRUCHAGA EN LA CASA DEL LIBRO

JAVIER TOMEO CON JAVIER GURRUCHAGA EN LA CASA DEL LIBRO

Mañana viernes, a las 20 horas, el escritor oscense Javier Tomeo presenta su última novela, “Los amantes de silicona” (Anagrama, 2008), en la Casa del Libro de la calle San Miguel, número 4. Javier estará acompañado de uno de sus grandes admiradores, Javier Gurruchaga, que hará una presentación-espectáculo, y también por Hermelo Delgado, responsable de la Casa del Libro. 

Leí la novela hace unos días. Reproduzco aquí el texto que publiqué en Heraldo de Huesca.

LA REBELIÓN DE LOS AMANTES DE SILICONA    

Acabo de adquirir un delicioso libro: “Escribir” (Pre-Textos) de Henry David Thoreau, que es una selección de su diario de 16 tomos sobre la escritura y la creación literaria. El volumen, de apenas un centenar de páginas, no tiene desperdicio. De repente, en una de sus páginas, encuentro esta frase: “Un libro habría de ser una veta de oro, igual que la frase es una diamante encontrado en la arena o una perla sacada del mar”. De inmediato le aplico el párrafo al último libro del oscense de Quicena Javier Tomeo, cuya inventiva no cesa. Tomeo tiene algo de paseante cansino por su ciudad, de pasajero inadvertido en el parque o en el Coso Alto, y de invitado perpetuo al Festival de Cine. Cuando llega la primavera, retorna con un mohín de fastidio o quizá de fatalidad, pero con también con la felicidad del niño gigante que vuelve a casa por vacaciones. Tomeo va por aquí y por allá, ensimismado y tierno, delirante y gruñón. Entre ceja y ceja lleva sus sueños, sus ideas, sus imágenes, y en un bolsillo de la chaqueta algún libro raro que él lee. Uno de sus libros herramienta sobre historia, cocina, animales o criminales.

La nueva novela de Javier Tomeo se titula “Los amantes de silicona” (Anagrama, 2008) y es, como casi todos sus libros, un tratado de pensamiento, un análisis de la vida cotidiana y de las relaciones de pareja desde el prisma más verdadero: el del absurdo. Javier Tomeo es pura intuición. Tiene un extraño olfato para captar los problemas básicos de la existencia: la incomunicación, el silencio, la incapacidad de ser feliz, la soledad más pugnaz, la hipocresía... Aquí, con ingenio y con su proverbial sentido del humor, con su inclinación al disparate sin énfasis, cuenta la historia de un apacible matrimonio que ha perdido el deseo y también el amor (cuando menos el deseo del otro, el intenso amor por el otro; poseen, por cierto, una tienda de lencería) y deciden hacerse con dos muñecos hinchables, ampliamente sofisticados, capaces de hablar y de cantar ópera, entre otras virtudes, para así satisfacer su lánguida vida sexual por separado. De esa manera, Basilio compra la muñeca Marilyn, que pesa diez kilos; Lucrecia adquiere el muñeco Big John, que tiene una erección permanente y puede alcanzar, cuidadosamente estimulado, una dureza excepcional y suplementaria en su pene. La historia evoluciona de una manera inesperada. Marilyn y Big John cobran vida y se rebelan, y su rebelión consiste en que se enamoran y consuman su atracción.

A partir de ahí, Tomeo pone ante los ojos del lector el hilo de otra madeja: los personajes dialogan sobre la pasión, el hábito sexual de los animales, la fidelidad, la traición,  el tamaño de los genitales o sobre un poeta turco que fornicó con una leoparda. Incluso para la muñeca Marilyn, el tamaño también importa. Lo más curioso es que todo este mundo, delirante, próximo a Kafka de nuevo, a Beckett, a Boris Vian, a Luis García Berlanga (y a su película “Tamaño natural”), a Luis Buñuel y Georges Bataille, pero también a los mundos de anticipación de E. T. A. Hoffmann, todo ese universo en realidad forma parte de una novela erótica que escribe un amigo del narrador, Ramón M.; el narrador, que se parece un poco a Javier Tomeo -se dedica “a la distribución y venta de frutos tropicales, especialmente chirimoyas y mangos”-, interfiere, corrige, apunta y sugiere a su amigo el novelista.
Así Javier Tomeo crea un artefacto estupendo de metaficción, divertido y preñado de intenciones, en el que están sus obsesiones y objetos: las relaciones viciadas, el podrido amor, la televisión, la pornografía, la irreparable crisis conyugal, la ópera, los bestiarios, la ciencia y la zoología, el surrealismo. En Tomeo siempre hay intuiciones fulgurantes. Con alguna ironía debe leerse ésta: “El nivel cultural de este país mejora cada vez más por obra y gracia de los consultorios sexológicos de la televisión”.

Curiosamente, esta novela tan desternillante como corrosiva llega al mercado cuando quitan el “Aquí no hay tomate”. ¿Habrán leído en Telecinco “Los amantes de silicona”? 

Los amantes de silicona. Javier Tomeo. Anagrama: Narrativas Hispánicas. Barcelona, 2008. 144 páginas.  

*La foto me la cedió esta tarde una de mis libreras favoritas, Julia Millán. Apareció en un libro de viejo. El original ahora obra en poder del poeta y lector de novela negra Gerardo Alquézar. 

ESTA NOCHE, BORRADORES, A LA UNA DE LA MAÑANA*

ESTA NOCHE, BORRADORES, A LA UNA DE LA MAÑANA*

Hoy, Borradores llega un poco después de la medianoche: a la una de la mañana. Tiene como invitado a Ariel Prat, el cantante argentino afincado en Aragón, que interpreta dos temas de su nuevo disco: “Negro y murguero”. Acompañado del guitarrista e intérprete Hernán Filipini, Prat toca dos temas: “Sr. Pamela”, un tango donde narra la historia de un travesti, y “El zurdito”, una canción en homenaje al futbolista Lionel Messi. 

 Acuden al plató de Borradores, el fotógrafo y periodista Kike Calvo, que habla de su padre Enrique Calvo, periodista y Consejero de Cultura a finales de los años 80, y de los álbumes familiares que conservaba, y de su propia obra, del libro “Hábitats”, de sus retratos a gentes del cine (Denzel Washington, Georges Clooney, Jennifer López, Julia Roberts…), y de sus proyectos. Y los ilustradores María Felices y Daniel Viñuales explican la historia del relato “El hada de las estrellas. Cuento para Víctor escrito por mamá”, una obra póstuma de Charo García Velilla que desarrolló en secreto mientras pugnaba con un cáncer de pecho. Se emite un pequeño montaje con las ilustraciones de María Felices. 

Además, Borradores ofrece varios reportajes más. El historiador José María Azpíroz habla de su libro “La voz del olvido. La Guerra Civil en Huesca y en La Hoya”, editado por la Diputación de Huesca y lleno de fotografías y documentos. Luis Auserón expone la muestra “De quién es la ciudad” en el Centro de Historia y explica su interés por el arte desde hace muchos años. Auserón sostiene: "La libertad noe  suna manía de radicales pesados que siempre quieren llevar la contraria, es una necesidad objetiva para que el cuerpo de todos funcione mejor". José Ángel Mañas acaba de publicar “El secreto del Oráculo” (Destino, 2007) y explica qué le atrajo de Alejandro Magno, protagonista principal de esta obra. Y el escritor portugués Possidónio Cachapa habla de su trayectoria, de las ciudades en qué ha vivido, de los autores que le interesan, con motivo de la publicación de su volumen de relatos: “Agárrate a mi pecho en llamas”, que ha publicado Xordica.

*Charo García Velilla y su hijo Víctor. La foto me la manda Daniel Viñuales; aparece en el libro.

 Borradores. Aragón Televisión [Canal Satélite Digital, 97]. A la 1de la madrugada. Redacción: Ana Catalá Roca. Producción: Mamen Delpón y César Quílez. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Realización: Teresa Lázaro Chicharro. Presentación y dirección: Antón Castro.

CARLOS CASTÁN, ESTA TARDE EN LA FNAC

CARLOS CASTÁN, ESTA TARDE EN LA FNAC

"SOLO DE LO PERDIDO": CASTÁN

 Y LAS CICATRICES DEL TIEMPO

Llevaba Carlos Castán algunos años sin publicar un ambicioso libro de ficciones. Entre otras pequeñas joyas, publicó un “Cuaderno de Tournefeuille” (Ayuntamiento de Huesca, 2007), en un volumen escrito a dos manos con Hélène Duffau, autora de la otra mitad, “Zarza ou huit tours à Huesca”, y algunos cuentos sueltos, construidos con esa maestría que él posee, con esa sentimentalidad herida, con ese barniz de melancolía y de tormento íntimo. Carlos Castán, autor de “Frío de vivir” y “Museo de la soledad” (reeditado estos días por Tropo), es un estupendo cuentista: crea atmósferas, evoca el pasado, parte en pos de los amores perdidos, narra conflictos de pasión y pérdida, reconstruye los pasos y las huellas de la memoria con un lenguaje poético, repleto de belleza, de intensidad y de sorpresa.  

Esta tarde, a las 19.30, en la FNAC, en compañía de Pilar Lucas, responsable de comunicación del sello Destino, e Ismael Grasa, presentará su nuevo libro: “Sólo de lo perdido” (Destino), una colección de 18 relatos cuyo tema central serían las cicatrices del alma de un sinfín de personajes errabundos, fuera de sitio, que van y vienen por la soledad y los sueños, por el agrio y a la vez gozoso tránsito de los amores perdidos. Y también de un adolescente (que da la sensación de parecerse mucho al autor) de los 70 que descubre el mundo, la política, el sexo.

Carlos Castán, ahijado en la técnica del relato de Cortázar, habla de la pasión, del miedo, de las sombras del ayer, de la imposibilidad de prolongar los afectos, de la permanente idea del otro, que es sombra turbadora y enemigo que acosa.
 En casi todas las narraciones hay un misterio, un asombro, una perplejidad, el trallazo de un escalofrío: pensemos en “La visitas”, en el maravilloso relato “El aire que me espía”, que propone una mitomanía en torno a Ellen Barkin y otras mujeres reales con un trasfondo dramático; hay un homenaje a Cervantes y a su pastora Marcela. Uno de los textos más inquietantes, cotidiano y a la vez mágico, casi de pesadilla, es “El pozo”, esa peripecia de amor imposible en una noche en el castillo de Loarre. Por distintas razones, me ha encantado “La noche y el verano”, una historia que hace pensar en la película “Verano del 42”, con muchas sorpresas, casi irónicas y grotescas, y una admirable tensión narrativa y léxica. Y, entre otros, el último cuento, “Hasta siempre” recrea, a propósito de la muerte de Gades en Cuba, un tiempo de sueños, de militancia, de esperanzas, de febriles amores, con una banda sonora de fondo que, en el fondo, quizá sea la de todo el libro: algunas canciones de Silvio Rodríguez. 

“Sólo de lo perdido” (Destino: Áncora y Delfín), que debe su título al verso de García Calvo, habla de pérdidas, de imágenes que parecían idas y que vuelven una y otra vez como el oleaje de la conciencia, habla de espectros, de dolores, de muertes y de variados paisajes, en Madrid, en Barcelona, en Huesca, en el pantanoso territorio de los delirios y las quimeras. 

Sólo de lo perdido. Carlos Castán. Destino: Colección Áncora y Delfín. Barcelona, 2008. 192 páginas. [Presentación, esta tarde, a las 19.30, en la FNAC. Con Pilar Lucas e Ismael Grasa.]

MUJERES.6 / DOROTHEA LANGE

MUJERES.6 / DOROTHEA LANGE

Me encontré con esta sugerente foto de Dorothea Lange, una de las grandes reporteras norteamericanas de los años 50.

FERMÍN AGUAYO: RECUERDO Y RECUENTO BREVE

FERMÍN AGUAYO: RECUERDO Y RECUENTO BREVE

Fermín Aguayo (Sotillo de la Ribera, Burgos, 1926-París, 1977) era callado, tímido, delgado, parecía envuelto en un continuo misterio y en el humo huidizo del cigarrillo. Llegó a Zaragoza a finales de la Guerra Civil, su padre y sus hermanos habían sido ejecutados en Burgos, y participó en una de las aventuras más apasionantes del arte contemporáneo: fue uno de los impulsores del origen del arte abstracto en España con el grupo Pórtico, que al principio fue un colectivo de doce artistas y finalmente, a partir de 1948, quedó reducido a tres: Santiago Lagunas, arquitecto, activista intelectual y magnífico pintor, y sus jóvenes y talentosos arquitectos: Eloy Laguardia y él. Este grupo realizó, entre 1947 y 1951, una pintura un tanto tenebrista, rica en signos y símbolos, en geometría y en riesgo, que había bebido en las fuentes de las vanguardias y, en particular, en artistas como Joan Miró y Picasso.

Uno de los grandes momentos de este colectivo, contemporáneo del grupo catalán Dau al Set, fue la remodelación del cine Dorado: en 104 días del verano de 1949 pintaron aquel espacio, con claros ecos de Dalí, de los surrealistas y acaso de Poliakov. El crítico José Ayllón retrató así a Aguayo, recordando aquellos días: “Su periodo zaragozano, en particular su obra abstracta de estos últimos años, se circunscribe más a una realidad presentida, palpitante y trémula a un tiempo. Su gama acordada de color, sus libres construcciones formales, consiguen un dramatismo pocas veces igualado. Son testimonio de un pasado que nunca debe volver”. Aguayo confesaría que “la primera reproducción que vi de un cuadro cubista me pareció más natural, más lógica que un cuadro clásico”, y su inclinación hacia la abstracción surgió “como una especie de pequeño desafío”.

En 1952, Fermín Aguayo se trasladó a París y muy pronto fue contratado por la galería Jeanne Bucher de París. Cambió paulatinamente su estética: abrazó una figuración con ecos de la pintura de Nicolas de Stäel, y evolucionó hacia un universo intimista, marcado por un cromatismo luminoso, por la hondura y la plasticidad, y una elegante sutileza, que reemplazó el dramatismo de la producción anterior por la suavidad y la melancolía, por las presencias entrevistas. Pintó rostros, figuras (entre ellas, la de su propia compañera Marguerite) y pájaros, bañistas y paseantes y autorretratos del artista en su estudio,  y convirtió a Velázquez en su artista de referencia, con homenajes explícitos. Falleció en 1977. Casi treinta años después, el Museo Reina Sofía le haría una ambiciosa antológica.

*La obra "El pintor", fechada en 1968.   

MUJERES. 5 / OTRO POEMA DE SYLVIA SOLÉ (Y 2)

MUJERES. 5 / OTRO POEMA DE SYLVIA SOLÉ (Y 2)

LUCIFER

Tengo que escribir de ti, R.,
aunque nunca me leas,
de tus manos en la piel de mi vientre,
de la primera vez que me hiciste perseguir tu boca
y te besé
en “El Sol”, tan asustada,
de la fingida dulzura con la que me taladrabas,
del incomprensible fuego que me llevaba, con prisa
y necesidad,
una y otra vez a mendigarte esa mínima ocupación,
del olor a hombre que me dejabas en el cuello. 

Pero tengo que escribir de ti, R.,
porque me miró el verdor irrepetible
de tus ojos innombrables,
egoístas, ególatras,
infernales. 

Y porque si escribo de ti seguiré con la piel quemada.  

*Otro poema de Sylvia Solé, de su libro Diacronía del miedo (Prensas Universitarias: La Gruta de las Palabras. Zaragoza, 2008. 56 páginas).

MUJERES .5 / UN POEMA DE SYLVIA SOLÉ

MUJERES .5 / UN POEMA DE SYLVIA SOLÉ

Fernando Sanmartín, a quien hace semanas que no veo (no tiene móvil, y siempre da pudor molestar a alguien que trabaja tanto en los salones y el jardín encantado de La Aljafería), poeta, ciclista con una greguería bajo el brazo y narrador parsimonioso de viajes a París o al Sahara, es el director de la colección La Gruta de la Palabras, de Prensas Universitarias.  Su último descubrimiento es la poetisa Sylvia Solé (Madrid, 1978), que realizó estudios de Historia del Arte en la Universidad de Zaragoza y ahora estudia Filología Inglesa en Zaragoza. Debuta en la lírica con el libro, en prosa y en verso (más prosa que verso), Diacronía del miedo, un volumen que dedica a su padre y que habla de amor y de la identificación con otra piel, de viajes, del deslumbramiento que puede producir una profesora como Isabel H., del paso por los hospitales, de otros lugares que recuerdan un encuentro, una charla o a uno de esos amantes que tantas veces vuelven a la cabeza para ponernos la piel de gallina.

Copio aquí uno de sus poemas:  

SOLÉ 

Ya te he perdonado. Ya he dejado de odiarte. He dejado, a ratos, de extrañarte. Pero no puedo olvidar un olor. Porque del recuerdo de tu olor me vienen los 18 años que me quisiste, y el conocimiento de que estás en mi corazón, en la forma de mis piernas y en el dedo gordo de mis pies. Se que estás, para mí, más que para nadie. Como siempre estuviste.

*La foto es de la fotógrafa holandesa Ellen Kooi.

MUJERCITAS 4 / VEGA Y LUNA, HIJAS DE PAULA Y CHEMA

MUJERCITAS 4 / VEGA Y LUNA, HIJAS DE PAULA Y CHEMA

La gran periodista de Heraldo Paula Figols ha sido mamá de dos niñas: Vega y Luna. Aquí están, felices, minúsculas, casi idénticas y dormidas tan ricamente.

 

Enhorabuena para Paula y para Chema González.