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Antón Castro

Artistas

DIÁLOGO CON MARIO MUCHNIK SOBRE FOTOGRAFÍA

DIÁLOGO CON MARIO MUCHNIK SOBRE FOTOGRAFÍA

“CONOZCO MEJOR EL MUNDO

GRACIAS A LA FOTOGRAFÍA”

 

“La foto ha sido un método de conocimiento”

 

“Sin la foto, me habría sentido incompleto”

 

[Mario Muchnik inauguró el pasado lunes en la Biblioteca de Aragón la muestra “Retratos literarios”, donde recopila 58 fotos de escritores realizadas a lo largo de casi medio siglo detrás de una Leica]

 

“Descubrí la fotografía cuando tenía siete años. Mi padre me regaló una cámara Kodak de cajón. Era como un cubo más alto que ancho que tenía el visor por arriba. Y así empecé a realizar instantáneas”, dice Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931), el físico, editor, escritor y fotógrafo. Ayer inauguraba la muestra ‘Retratos literarios’ en la Biblioteca de Aragón.

-¿Cuándo sintió la llamada de la fotografía?

-Cuando estudiaba Física en Nueva York. Allí había pequeños clubes de casi todo, y vi que anunciaban un club de fotografía. Me apunté. Tenían un laboratorio inmenso con una cámara oscura de cien metros cuadros. Disfrutaba  con el positivado. Me encantaba salir con mi cámara: tomé fotos del puente de Brooklyn, que luego fue una y mil veces retratado y se convirtió en un clásico, y de la universidad de noche. Allí había estudiado Lorca hacia 1929, y alguien me dijo que me había tocado en suerte la habitación que él había utilizado más de veinte atrás. Nunca lo tuve claro.

-¿Qué pasó luego?

-Me trasladé a Europa, donde continué mis estudios y donde sería profesor. Adquirí una Rollei Flex y alquilé una casa grande con dos baños. Como vivía solo, convertí uno de ellos en mi habitación oscura. Ya hacía mis propios experimentos: buscaba una fotografía con grano muy fino. En aquellos tiempos tomé muchas fotos que permanecen en secreto: en particular, una colección de desnudos de Nicole, que ella no quiere que enseñe. Realizaba fotos en las que el blanco no tenía ese tono lechoso ni el negro tenía el color tinto, parecían huecograbados, en la línea de las fotos que había hecho años atrás la revista ‘Camera Work’, con Alfred Stieglitz y Edward Steichen.

-¿Cuándo empezó a fotografiar escritores?

-Nunca he fotografiado escritores.

-Viendo sus ‘retratos literarios’, una selección de 58 fotos entre algunos miles, nadie lo diría…

-Quiero decir que no he fotografía escritores específicamente. Fotografiaba todo tipo de cosas, sin un objetivo concreto claro. Una de las primeras fotos que hay en la muestra es la del poeta Marcos Ana, al que conocí en Roma gracias a Rafael Alberti, al que también retraté y edité. Alberti me dijo que había ido a verlo, tras haber permanecido 23 años en la cárcel.

-No tardaría en adquirir una cámara Leica, ¿no?

-Una tarde, en una reunión multitudinaria en Nápoles, estuve con un físico norteamericano que llevaba colgada una cámara. ‘¿Qué llevas ahí?’, le pregunté. Era una cámara Leica, probablemente una M-3 que no tenía fotómetro, como la que usaba Henri Cartier-Bresson. Me dejó probar, me enseñó a manejarla. Disparé un rollo completo, y el físico me dijo: ‘Te lo llevas’. Lo revelé: me salieron unas fotos espléndidas.

-Creo que colaboró usted en la revista ‘Life’.

-Después de vivir en Roma y en Nápoles, donde estuve doce años, dejó la Física hacia 1966. Me trasladé a París, donde cubrí como fotógrafo el mayo del 68. Ahora tengo una exposición de esa época en la Diputación de Córdoba. Conocí a Enrico Sarsini, un fotógrafo profesional de ‘Life’. Me invitó a su apartamento, y al cabo de un rato volvió cargado de cámaras Leica y de objetivos. Cogió dos M-3. ‘Necesitas un objetivo de 35 mm., uno de 50 y otro de 80. Creo que eso te bastará’, dijo. Eran auténticas virguerías de profesional. ‘¿Así que me los prestas?’. ‘Es tuyo, es tuyo’. Me quedé estupefacto. Pero además falsificó de inmediato un carné antiguo suyo y pasé a tener mi propio carné de ‘Life’. ‘Cuando te vean con las Leicas al cuello nadie pondrá en duda que perteneces a la revista’, aventuró. Hice todo el mayo francés, le mandaba a los rollos a la revista ‘Life’, cientos de fotos, pero solo me publicaron una. Estuve en reuniones de los comunistas y los socialistas, capté a un joven François Miterrand, en las barricadas…

¿La foto de André Malraux es de entonces?

-Es posterior, la tomé en 1969 en la campaña de De Gaulle. No llegué a hablar con Malraux. También retrataría a Simone de Beauvoir y a Jean Paul Sastre en La Sorbona.

¿Y el retrato de Jorge Luis Borges?

Esa foto está datada hacia 1971, en tiempos del general Lanusse, cuando le devolvieron a su puesto en al Biblioteca de Buenos Aires. Lo había conocido con mi padre y mis tíos, a los 19 años, en el restaurante Mogador. Entró, parecía apoyarse en las sillas, saludó a todo el mundo. Entonces aún veía. Mi tío le dijo: “Es mi sobrino Mario y estudia Física en Nueva York”.  Borges comentó: “Qué bien”.

La nómina de sus amigos escritores es interminable…

Mi gran amigo español ha sido Isaac Montero. A Elias Canetti le hice un carrete completo cuando recibió el Nobel en Estocolmo, pero estaba mal colocado en la cámara y no salió nada. El editor y escritor Roberto Calasso y su esposa de entonces Fleur Jaeggy, también escritora, me dijeron, entre carcajadas: ‘Oh, oh, Mario. Esas son las mejores fotos de Elias Canetti”. De Italo Calvino fui vecino y le propuse editar ‘El barón rampante’ con una colección mía de fotos de árboles, de hojas y de flores. Cada una de mis fotos, como cada uno de los objetos que tengo en mi casa, tiene una historia.

-¿Qué ha significado la fotografía para usted?

Me habría sentido como un impotente e incompleto sin ella. La fotografía es un instrumento de vida, es un método de conocimiento. Creo que es la disciplina a la que le he dedicado más tiempo. A lo largo de mi vida me ha interesado la ciencia, la música, los libros y la fotografía. Me recuerdo toda la vida haciendo fotos. Conozco mejor el mundo gracias a la fotografía, y he llorado en muchas ocasiones ante la belleza ajena. La belleza me conmueve y Cartier-Bresson atrapa mejor que nadie la belleza de un momento único.

-Por cierto, David Duncan Douglas, el gran fotógrafo de Picasso, dijo que usted era “el exacto igual de Cartier-Breson”.

Tenemos algunas semejanzas: la preocupación por el encuadre, la obsesión por la composición y el contenido humano. Y también el significado irónico de muchas fotos. Creo que aún hay otro rasgo común: no nos gustan ni la violencia ni el sufrimiento ajeno.

Usted es y ha sido editor. ¿Cuál es el balance que hace de más d 40 años en esa profesión?

No tengo quejas. Solo le encuentro el defecto de que me ha alejado más de lo que yo quisiera de la fotografía. Y ahí sigo aún: reedito estos días la monumental ‘Guerra y paz’ de Leon Tolstoi, que es la mejor novela de todos los tiempos.

 

E. LABORDA: MEMORIA DE LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA

E. LABORDA: MEMORIA DE LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA

 

Memoria de la ciudad de la alegría

 

 

El pintor, realizador e investigador Eduardo Laborda publica ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ (Onagro, 2008), un inventario íntimo de su colección de cuadros, fotos, carteles, postales y juguetes

 

Eduardo Laborda (Zaragoza, 1952), pintor, realizador de cine y coleccionista de mil y un objetos, quiere dejar las cosas claras desde el principio. “No hay amor sin dolor –señala-. He sufrido Zaragoza, que es una ciudad destructiva con los que estamos aquí, y a la vez siento una atracción especial, un inmenso cariño por ella, por eso la pinto tanto. En mi relación con Zaragoza hay una porción de dolor y placer, pero es mi ciudad. Vivo aquí. Es más: cuando empiezas en la pintura sueñas con ser famoso, alcanzar un prestigio nacional, rebasar fronteras con tu obra, pero ahora solo deseo pasar a la historia como un pintor local, como un pintor de Zaragoza. Sería mi mayor triunfo”. Eduardo Laborda acaba de publicar ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ (Onagro ediciones, 2008) que es un homenaje personalísimo a la ciudad a través de los objetos, las fotografías, los juguetes, los carteles, las postales y los cuadros que ha ido acumulando a lo largo del tiempo.

“Siempre me ha preocupado la destrucción y la desaparición de edificios, elementos, calles y personas que han conformado tu vida, el universo de tus afectos. La ciudad a menudo se transforma vertiginosamente y quieres retener lo que desaparece, lo que se vuelve efímero, lo que cae en el olvido. Con ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ yo quise hacer como un guión cinematográfico, un tebeo, cuyo ‘story board’ son las fotos, las ilustraciones, todo el universo visual que se ve aquí”. El pintor aún matiza más sus intenciones: ha querido rescatar un conjunto de figuras de primer orden, como el pintor Francisco Marín Bagüés, los ilustradores Guillermo y Bayo Marín, a los cuales dedica capítulos completos, pero también a personajes “necesarios, que han trabajado mucho sin darse importancia alguna, y que forman parte de la historia no escrita de esa segunda línea decisiva para todo. Pienso, entre otros, en artistas como los dibujantes Luis Germán o Marcial Buj ‘Chas’, el pintor Ángel Rael, los escenógrafos Codín o el escultor Armando Ruiz Lorda”.

Bayo Marín y Marín Bagüés son dos mitos de Eduardo Laborda: de Bayo Marín, cuya obra ha recuperado en buena parte, le encanta su vitalidad, la convicción de que “la vida es para vivirla y para quemarla, era un cachondo que cerró una sala de fiestas completa para todos sus amigos”, y dejó una gran cantidad de obra. De Marín Bagüés dice que “es un personaje que nos fascina a casi todos los pintores. Era auténtico, no quiso vender su obra, era un fundamentalista del arte que llegó a sacrificar por ello su prestigio y sus estatus económico, y eso me parece admirable. Lo admiro por su propia obra y por esa honestidad de radical de la pintura”. En el libro, se exhibe un autorretrato de Marín Bagüés, fechado en 1927, un año en el que apenas pintó debido a sus depresiones, una obra que tiene un paralelismo rotundo con el último autorretrato del creador.

         La pasión por el coleccionismo de Eduardo Laborda se remonta a la niñez: empezó con las cajas de cerillas con caricaturas de futbolistas, luego se pasó a los ciclistas de las chapas de las botellas de gaseosa y de ahí a los cromos de animales. Ese afán por atesorar cosas sufrió un parón cuando se dedicó al deporte, fue corredor de medio fondo y de velocidad, hasta que descubrió la pintura y las casas y los estudios de los pintores (entre ellos el del olvidado Alfonso Ribero), “que trabajaban rodeados de fetiches, de piezas, de objetos para montar sus bodegones. Me gustaban mucho los estudios de artistas, rodeados de la belleza de su tiempo y de la del pasado, y de la que ellos mismos podían generar”. Al poco tiempo, empezó a buscar en almonedas, rastros y rastrillos, chalamerías, librerías de viejo y anticuarios. De todo ese rastreo de casi treinta años ha nacido este libro repleto de imágenes inéditas, de sorpresas y de novedades. Cada pieza tiene una historia detrás, un copioso anecdotario.

Una de las aportaciones más singulares es la de la fotografía. Eduardo posee formidables colecciones de los pioneros de la fotografía en la ciudad, entre ellos la espléndida obra de estudio de Gustavo Freudenthal, el cónsul alemán que recibió a Albert Einstein, o instantáneas de Lucas Escolá, autor de un delicado retrato de María Portolés, la madre de Luis Buñuel, que encontraron Eduardo y su mujer Iris Lázaro, también pintora, en la basura en la calle Costa. En Sagasta hallaron un formidable y completo álbum militar. También hay piezas de Juan Mora Insa, Mariano Carrato, Justo Kortés, Skogler, Mariano Pescador, los Coyne, Júdez o Jalón Ángel, que retrató impecablemente a Irene López de Heredia. Una de las series más curiosas corresponde a artistas de las variedades todas ellas dedicadas. Entre las colecciones más insólitas figuran dos grupos de postales, uno de Berlín y otro con proyectos y edificios del arquitecto de Hitler Albert Speer. Junto a ese lote, Laborda adquirió “varios muñequitos de proporciones clásicas de diferentes tqamaño, con el sello del fabricante: la imagen de una tortuga y la inscripción ‘Shutz Marque Germany’. A Zaragoza vinieron muchos alemanes, a consecuencia de las dos guerras, y yo creo que pertenecían a alguien que pasó la niñez en Alemania”.

‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ está repleto de curiosidades, de secretos, de historias menudas, de pasión por la vida. Se recuerdan cafés como el Ambos Mundos, el Salduba, el Alaska, y las aventuras de la bohemia artística de los 70, en la que tanto Eduardo Laborda como Iris Lázaro tuvieron gran importancia; se evoca la llegada de los gramolas y la música enlatada con los americanos; se recuerdan grupos como Los Napoli y su vocalista Lola Laborda, hermana del pintor y fallecida demasiado pronto, cuando ya la consideraban una versión aragonesa de Gloria Lasso; se recrean los gloriosos días del Casino Mercantil. Todo ese pasado reciente le lleva a decir a Eduardo Laborda: “Zaragoza ha sido una ciudad de ocio, una ciudad de alegría, una ciudad de creación, y el libro lo reivindica”.

 

*Este artículo aparecía ayer en Heraldo de Aragón. El libro de Eduardo Laborda Zaragoza. La ciudad sumergida (Onagro, 2008) ya está distribuido en librerías. El otro día le oí decir a Pepe Fernández Moreno de Antígona que la gente ya lo pide mucho ya. El libro se presenta en El Cortes Inglés el 10 de diciembre; Eduardo Laborda estará acompañado de su editor Fernando Jiménez Ocaña y del profesor y poeta Alfredo Saldaña. Una de las fotos de Lola Laborda y Los Nápoli que incorpora a su libro Eduardo Laborda.

WHYNDHAM LEWIS: UNAS APOSTILLAS REVELADORAS

WHYNDHAM LEWIS: UNAS APOSTILLAS REVELADORAS

[El pasado 20 de septiembre, en La Opinión de Tenerife, la traductora Yolanda Morató y Enrique Redel hablaban de Estallidos y bombardeos. Recojo aquí ese artículo, realmente interesante, que confeccionó la agencia EFE, no sé quién es el redactor, cuyo nombre estaría encantado de poner aquí.]

 

La joven traductora onubense Yolanda Morató, de 31 años, que ha vertido al español las hasta ahora inéditas en este idioma memorias del británico Wyndham Lewis (1882-1957), "Estallidos y bombardeos" (Impedimenta), ha dicho a Efe que el idealismo de este pintor y escritor "no conoció límites".

AGENCIA EFE

Según Morató, Wyndham Lewis "no se parece a nadie y lo que escribe tampoco tiene nada que ver con lo que se ha hecho antes ni durante; con sus obras innovó en gran variedad de géneros, creó un estilo pictórico e incluso se inventó cosas como el complejo de Peter Pan", además de ser autor de más de mil obras pictóricas y de cuarenta volúmenes de ficción, ensayo, filosofía, poesía y teatro.

"McLuhan reconoce que se inspiró en un concepto de Wyndham Lewis para su célebre 'aldea global' y el propio Martin Amis explica que el título de su último libro, 'El infierno imbécil', procede de Wyndham Lewis", añadió Morató, para asegurar que este autor "destacó entre sus contemporáneos por la audacia con la que diseccionó a la sociedad de su época, se atrevió con los más poderosos y fue tajante en sus ideas sobre la cultura moderna." Wyndham Lewis atacó a personalidades de la época como James Joyce, Marinetti, Gertrude Stein, Virginia Woolf, y su propio mecenas y amigo Ezra Pound, mientras que sus obras abordaron sin pudor y muy arriesgadamente temas políticos y sociológicos demasiado delicados para esos años.

 

Morató explicó el hecho de que en España se haya tardado tanto en traducir y publicar su obra: "basta con mirar las apuestas editoriales y observar los programas de las carreras de Filología, donde siempre se estudia el consabido canon: Woolf, Joyce y Eliot, o lo que es lo mismo, sota, caballo y rey".


El desconocimiento sobre este autor en España ha sido tal que su traductora ha detectado cómo una universidad madrileña que lo incluía en sus programas se equivocaba, sin embargo, en la bibliografía, incluyendo libros que no eran de Wyndham Lewis Lewis, sino de un contemporáneo casi homónimo, el periodista D.B. Wyndham Lewis.

Pese a lo cual, Wyndham Lewis fue considerado por Eliot como "el mejor prosista de su generación" y mereció alabanzas de Joyce, Pound, Orwell y Burguess, mientras que el editor de Impedimenta, Enrique Redel, lo tilda del "quinto Beatle" de los cuatro "abanderados" que fueron Joyce, Pound, Eliot y Woolf.

Sobre las páginas de "Estallidos y bombardeos", Morató señaló que "quizás la anécdota más famosa sea el viaje de Wyndham Lewis en compañía de Eliot, cuando pasaron por París durante unas vacaciones para llevarle a Joyce un regalo de Pound, un par de viejos zapatos marrones."
Esta obra, buena parte de la cual transcurre en la Primera Guerra Mundial, "no es un libro sobre la guerra, sino sobre la inutilidad de cualquier conflicto armado", según su traductora, mientras que el escritor Juan Bonilla, en su introducción a esta edición, afirma que la guerra "convierte a Wyndham Lewis en animal político, no en el político consumado que será luego, pero sí en alguien con una conciencia que le ha ido brotando mientras esquivaba balas."
Morató señaló que Wyndham Lewis también muestra "otras batallas, las que se declaran en el terreno del arte y de la literatura; nos habla de su experiencia como editor de la revista vanguardista 'Blast' y como autor de 'Tarr', una de las pocas novelas de la vanguardia histórica escritas en inglés."


Sobre su traducción añadió que "quien lea a Wyndham Lewis debe saber que la experiencia es similar a pasear por Roma o por Sevilla, ya en su superficie son magníficas ciudades pero, si se excava un poco, nos encontramos con otras civilizaciones no menos atractivas."
Del idealismo del autor añadió que le acarreó "numerosos desengaños que lo sumieron en una situación económica difícil; vivió gran parte de su vida pidiendo dinero a las personalidades que lo rodeaban pero, a pesar de todo, y con unos poderosos enemigos a las espaldas, nunca perdió el aliento crítico."

 

BORAU VINDICÓ EL 'LANDISMO' EN SU INGRESO EN LA RAE

BORAU VINDICÓ EL 'LANDISMO' EN SU INGRESO EN LA RAE

Agencias / El País

El escritor y cineasta José Luis Borau (Zaragoza, 1929) ingresó ayee por la tarde en la Real Academia Española sin ánimo de ser "el malo de la película" ni de sentirse "solo ante el peligro". En su discurso de ingreso en la Academia, donde ocupará el sillón ’B’ que dejó vacío la muerte de Fernando Fernán-Gómez, colega de profesión, Borau ha rastreado la profunda huella que el cine ha dejado en la forma de hablar y de escribir de la gente.

Borau ha reivindicado el cine como "arma de expresión, omnipresente en el habla y la literatura". Así ha insistido en incluir en el diccionario términos como landismo o berlanguiano y expresiones como ’ser un Tarzán’, ’tener una casa de cine’ o ’estar solo ante el peligro’.

"¿Quién puede pretender a estas alturas que sustituyamos play-back por sonido pregrabado, flash-back por salto atrás o analepsis, y que a un sheriff del Oeste se le llame comisario?", se ha preguntado el nuevo académico. Borau ha circunscrito su discurso, titulado El Cine en nuestro lenguaje, a España "por limitaciones de tiempo y bagaje" para comprobar la influencia del Séptimo Arte en el habla de Hispanoamérica.

Para poner de relieve la fuerza del lenguaje salido del cine, Borau ha trufado su discurso de frases inmortalizadas por el séptimo arte como ’siempre nos quedará París’ y comparaciones con mucha sorna con protagonistas cinematográficos como ’pega menos que la Grace Kelly en un andamio’, ’No te enrolles, Charles Boyer’ o la tan popular ’La cagaste, Burt Lancaster’. "Todos forman parte del día a día", ha dicho.

Con sus palabras, Borau ha colado en la Academia, "por exigencias del guión", a "el bueno y el malo" de la película, a las vampiresas, a los "frikis", a Tarzán y su inseparable mona Chita, y a Bambi, el cervatillo que "por azares de la política, ha dado un vuelco guiñolesco para verse reducido a la triste condición de mote".

Además de hacer reír a los centenares de asistentes al acto, el cineasta ha movido a la reflexión. El cine, ha dicho, "puede trastocar -de hecho, lo está haciendo ya- el camino tradicional de conocer y darse a entender" que hasta hace poco tenía el ser humano.

Sillón B

Las primeras palabras de Borau en la Real Academia han estado dedicadas a su antecesor en el sillón B, Fernando Fernán-Gómez, un hombre de "talento poliédrico", que triunfó en el cine, el teatro, la televisión y la literatura.

La personalidad de Fernán-Gómez estaba centrada en "la interpretación", pero no sólo porque dominara "el oficio de fingir", ha señalado Borau, sino porque en todo cuanto hacía "se propuso indagar y explicarnos el caldo de cultivo donde alienta la condición humana: el espectáculo y la razón o sinrazón de la vida, en suma".

El director aragonés ha subrayado cuánto le deben al cine expresiones como "pasarlo de cine", "corre menos que el caballo del malo", "no te enrolles, Charles Boyer" o "la cagaste, Burt Lancaster". Sin embargo, ha advertido, no conviene abusar de frases de películas como "siempre nos quedará París" o "solo ante el peligro", ni hay que confundir "decir algo con retintín" con "decirlo con Rin-Tin-Tin". La última parte del discurso ha estado dedicada a analizar la influencia del cine en la literatura.

Bienvenida de Vargas Llosa

El escritor Mario Vargas Llosa ha sido el encargado de dar la bienvenida al nuevo académico, a quien ha definido como "un magnífico contador de historias con la cámara y la pluma". Vargas Llosa ha revelado que conoce a Borau desde principios de los setenta, cuando el director intentó producir Pantaleón y las visitadoras, una de las novelas más populares del escritor peruano.

Ya en Perú, Borau "cometió la temeridad de pedir permiso para rodarla" a la dictadura militar del general Juan Velasco Alvarado, y el coronel "que se dignó recibirlo lo despachó con esta frase viril: ’agradezca usted que no lo despido de un balazo’".

Anécdotas aparte, el autor de Conversación en la catedral ha subrayado que fue Furtivos (1975) la película que dio a Borau "una proyección nacional e internacional" y ha destacado que el nuevo académico ha conseguido que sus historias tengan "una fuerza contagiosa" y transpiren "autenticidad y vida".

 

NACE EN ZARAGOZA LA MOV, COMPAÑÍA DE DANZA

NACE EN ZARAGOZA LA MOV, COMPAÑÍA DE DANZA

[Elena Parra, responsable de comuncicación del proyecto El Trovador de danza, me escribe y me anuncia que la compañía ya tiene un nombre definitivo, más proyectos y nuevos elencos. He aquí su nota:]

 

Tenemos ya nombre: La Mov, compañía de danza.

 

Rut Miró no está con nosotros, pero tenemos a una estupendísima bailarina (que fue otro ojo derecho de Maurice Béjart en Lyon), llamada Luciana Croatto.

Es argentina, muy joven, y estupenda.

 

Hemos incorporado a nuestro programa tres nuevas coreografías, que estrenamos el 25 (y 26, 27 y 28) de diciembre, en el Principal. Son de estilo muy diferente al de El Trovador: danza pura, poca escenografía, vestuario cuidado y trabajo de luces.

 

El año que viene incorporamos una coreografía de Jiri Kylian. el director de la Fundación Kylian en Nueva York, Ulf Esse, viene el día 22 de noviembre a conocernos a Zaragoza.

 

Y nada más. Tenemos un grupo estable y muy profesional, mezcla de bailarines de Bejart, del Nacional, y de otras compañías europeas. Tenemos mucho trabajo, y muchas ganas.

 

*La foto de Luciana Croatto pertenece al archivo del Ballet de Maurice Bejart.

 

EL CINE REAL, MI MADRE, IRÁN EORY Y OTROS RECUERDOS

EL CINE REAL, MI MADRE, IRÁN EORY Y OTROS RECUERDOS

El próximo día 6 de diciembre, viernes, a las 20 horas, se celebra en Arteixo el funeral de aniversario por la muerte de mi padre. Iba a celebrarse el sábado a las doce de la mañana cerca del río y entre los árboles, pero el sacerdote ha cambiado de idea en el último segundo. Por esos días llevaré a mi madre a Galicia: ya la veo intranquila, dándole vueltas a las cosas, pensando si se queda en Arteixo o si regresa a Zaragoza. Hoy me ha dicho: “Si le pusiéramos una nota en el periódico recordando el funeral, ¿crees que murmurarían de mí?” Está por aquí desde finales de agosto, con su pequeña cojera en la pierna izquierda y con sus infinitas ganas de hacer muchas cosas: barre, tiende, les da de comer a los perros y a los gatos, aconseja a los niños de pequeñas minucias, aunque por lo regular es una mujer envuelta en un continente de silencio.

 

Hoy, tras el partido del Garrapinillos y mientras jugaba el Real Zaragoza (aprovechaba la publicidad para verlo, aunque pareció que no había mucho que ver), vimos juntos la película Entre dos amores, que fue una de las últimas que vi en el Cine Real de Arteixo. Una película para el lucimiento de Manolo Escobar, respaldado por Isabel Garcés, y dos mujeres estupendas: la niña entonces, o adolescente ya, Inma de Santis, mito de este blog, e Irán Eory. Siempre he sido un incondicional de Inma de Santis, fallecida en un accidente de coche tras haber debutado como realizadora de cortos, y aún recuerdo cuánto me impresionó aquella belleza rubia de Irán Eory. Creo que fue una de las mujeres que me perturbó de veras en mi adolescencia. Lo que más ilusión me hizo fue ver la cara de felicidad de mi madre, que siempre ha sido una entusiasta de Manolo Escobar. En un determinado momento, me dijo: “Fíjate, qué guapo era de joven”. Para ella era guapo de joven y lo era de algo más maduro. Lo era siempre. Ni parpadeó. A mí la película me pareció todo un pastelazo lleno de buenas intenciones, muy propia de la época. La veía con mi madre, y recordaba muchas cosas, y esa compañía hacía la película más llevadera. Y le cogía las manos. Y bailaba María Antonia tú serás mi vida para que mi madre se riera... Irán Eory era excepcionalmente bella; esta actriz nacida en Teherán en 1938 y fallecida en México en 2002 me hacía pensar a menudo en otra bella mujer: Analía Gadé.

 

Lola Martín, del gabinete de prensa de la cuidadísima editorial Trea, me ha hecho llegar varios poemarios de su sello, entre ellos Casa de paredes abiertas. Antología poética (1974-2006) del escritor polaco Jósef Baran, y allí me encuentro con este poema que me lleva a pensar en una experiencia que viví hace ahora un año más o menos. Volví a casa convencido de que un día, tarde o temprano, mi padre vendría a ver la piscina, el pequeño jardín y las tres higueras de mi casa. No fue así.

 

MI PADRE EN EL HOSPITAL

 

 

padre mío marchito

qué pequeño te has vuelto

te acercas por el blanco pasillo

apoyándote en las paredes

 

quisiera poder cogerte en mis brazos

y acunarte con el cuento

de que aún vas

a vivir y a vivir

de que volverás a crecer

y de que te pondrás fuerte y sano

 

para que siendo de nuevo tu niño pequeño

puedas volver a llevarme de la mano

por algún sendero del campo

mientras murmuran a nuestro alrededor

los infinitos trigales de la vida

MARÍA IZQUIERDO: RETRATO DE MARÍA ASÚNSOLO

MARÍA IZQUIERDO: RETRATO DE MARÍA ASÚNSOLO

María Asúnsolo (1916-1999) fue una prominente mecenas de las artes y miembro de una familia que incluía al escultor Ignacio Asúnsolo y a la actriz Dolores de Río. En las décadas de los treinta y cuarenta, su departamento de la avenida Reforma sirvió como galería de arte para promover la obra de sus amigos, incluyendo a María Izquierdo. Al parecer, la administró de manera muy informal, como observó una vez un visitante, ya que debido a la falta de espacio, almacenaba en la tina del baño varias obras de Izquierdo, Orozco, Rivera y Siqueiros. Asúnsolo encargó numerosos retratos a los artistas importantes de su época, que ahora se encuentran en su mayoría en el Museo Nacional de Arte. Izquierdo la pintó al menos tres veces, incluyendo esta imagen vibrante y honesta. Los críticos del momento se sorprendieron con estos retratos de Izquierdo, tal vez por su gran diferencia de las visiones explícitamente eróticas de Asúnsolo que aparecen en los retratos de ella por Siqueiros, Juan Soriano y Raúl Anguiano, donde destacan los contornos de su cuerpo y su personal glamour mundano. En vez de esto, este retrato de Izquierdo ofrece un testimonio sencillo y afectuoso de la estrecha amistad entre las dos mujeres. Colocada contra un cálido fondo terracota, Asúnsolo lleva una blusa roja de campesina adornada con encaje blanco y un listón negro; su collar de plata y coral es idéntico al que acostumbraba usar Izquierdo y que ella lucía en otros cuadros. Atípicamente, esta obra se parece mucho al estilo de la artista en sus propios autorretratos, a los que imprime una clara atmósfera de afecto y familiaridad. Asúnsolo no fue sólo la mecenas de Izquierdo sino una amiga leal cuando a finales de los años cuarenta la artista pasó por graves problemas. Firmó peticiones en defensa de Izquierdo tras la cancelación de su proyecto mural en 1945 y ayudó a organizar una subasta de su obra para recaudar fondos después de que la pintora sufrió una embolia en 1948.

Terri Geis, Arte Moderno de México. Colección Andrés Blaisten, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005. [He tomado este retrato de María Izquierdo (1902-1955) del Museo Blaisten, y la nota, como se ve, es de Terri Geis. Me fascinó el retrato de soñadora de María Asúnsolo, tomado por Manuel Álvarez Bravo.] 

BORAU, ACADÉMICO EN SOLEDAD. Por JUAN CRUZ

BORAU, ACADÉMICO EN SOLEDAD. Por JUAN CRUZ

[Ese escritor y periodista infatigable que es Juan Cruz publicaba en El País un estupendo reportaje-entrevista con José Luis  Borau (Zaragoza, 1929), que el domingo tomará posesión del sillón B de la Real Academia de la Lengua. Copio aquí esa entrevista… Hace muy poco tiempo, entrevistábamos a Borau por extenso en Borradores. El domingo, esa estupenda y eficaz periodista que es Rebeca Cartagena publicará una extensa entrevista con el realizador de Tata mía, La sabina o Leo, entre otras, en Heraldo.]

 

Luis Borau cumplirá 80 años en 2009, este domingo ingresa en la Real Academia Española y sigue siendo un niño y sigue sintiendo miedo. Le fuimos a ver a la Sociedad General de Autores, que él preside, y le pusimos ante una palabra, infancia, y por el tobogán de un torbellino de recuerdos halló un símbolo de ese tiempo suyo que se prolonga hasta hoy: una mecedora en la que se refugiaba siempre que su padre le hacía algún reproche, y en la que se sentaba, durante horas, rumiando su rabia y también su "menosprecio por las

La mecedora sigue existiendo, y sigue siendo su amuleto. Ya no se sienta en ella, "podría no resistir mi peso", pero está en su casa, cada día la ve. Es parte del niño que sigue siendo. "Un niñoide, más bien", dice él.

Borau es grande, camina a zancadas, como escapándose, aunque ande con muletas, y las necesitó hace poco. Ese "menosprecio por las personas mayores" arranca desde la infancia más tierna, "cuando mis padres y sus visitantes se dirigían a mí cambiando el tono de voz, como si yo no fuera una persona normal". La primera vez que explotó no tenía aún tres años. "Mi madre me bajó a la calle, a ver los gigantes y cabezudos, y no me pude aguantar: 'Pero, mamá, ¿no ves que son hombres metidos en muñecos de cartón?".

Era muy crítico y muy aislado, y eso va con él. Eligió el cine, desde que era un chiquillo de nueve años, que es un trabajo que obliga a las aglomeraciones, pero es un solitario absoluto, militante. Y en esa soledad rumiaba de chico su rabia, que se parece a la de ahora. La guerra aún lo hizo más reconcentrado: "Durante la guerra no fui al colegio; hubo un bombardeo y mi padre dijo 'ni hablar, hasta que esto no acabe no sales de casa', y allí me quedé. Y esa mecedora que guardo como una reliquia fue el sitio en el que me pasaba las horas".

Era hijo único, "y todos alrededor eran mayores, muy mayores, y además mis padres hablaban como si fueran del siglo XVII, de modo que cuando fui al colegio, después de la guerra, yo no entendía lo que decían los chicos. Me decían: '¡Chívate, no seas tonto!', y yo no sabía qué significaba chivarse. Un día compré en la Cuesta de Moyano un diccionario de aragonesismos del siglo XVII, y ahí entendí cómo hablaban mis padres; fue como recuperar aquel ambiente".

¿Y qué le pareció, Borau, la gente cuando ya salió y la vio en la calle? "Yo tenía tres primos, uno de ellos fue un escritor del exilio, José Ramón Arana, mucho mayor que yo, y estaban mis tías, que también eran mayores, y vivían en casa, así que yo sí sabía cómo eran las personas mayores. ¿Ya en la calle? Ya te digo que en general la gente me parecía tonta. Yo me crié de niño pensando que no tenía (y perdona porque es muy petulante decirlo) interlocutor". ¿Y le ha seguido pasando? "Sí, la verdad es que no debiera decirlo, pero me sigue pasando de alguna manera. Puedo estar amable con todo el mundo, y cariñoso con el que se lo merece, pero hay siempre dentro de mí como ese menosprecio que yo sentía por mis mayores; luego los quería muchísimo, y siguen presentes en mi vida, sigo soñando con ellos, acordándome de lo que mis padres hacían... No debía contarte estas cosas, ¡pero ya que me preguntas por la infancia! Y he mantenido todas mis amistades de niño, todas, y qué lástima que ya van quedando pocos, y algunas viudas".

Los amigos. "Yo escuchaba mucho esa frase, 'ya no me quedan amigos', y pensé que nunca me iba a pasar. Los he conservado siempre, hasta que se han muerto, y en Madrid tengo amigos estupendos, e hice muchos en Los Ángeles, cuando viví allí nueve años; con los estadounidenses tener amigos es tener un trabajo, porque tardas en escribirles, y cuando lo haces te responden enseguida. ¡Estás siempre en deuda!".

¿Y por dónde se coló el cine, en medio de esa soledad? "Yo vi con mis padres, antes de la guerra, Nobleza baturra y otras películas; mi padre era muy aficionado, y le gustaban cosas horrendas... Y tengo la vaga impresión de haber visto una película, creo que alemana, que ocurría en un circo y que me produjo, a los seis años, una sensación erótico-aventurera: el chico de la película se va a quemar, y la chica de la película le va a socorrer, y se arranca un jirón de su especie de enagua, y eso me pareció maravilloso y me conmocionó... Yo iba a ver las películas del Gordo y el Flaco, unas películas tremendas, como las de fieras... Pero fue a los nueve años cuando me di cuenta de que las películas no las hacían los que salían en pantalla, sino que detrás había un director. Y yo dije: 'Yo quiero ser ése', el director".

Claro, los amigos se rieron. "Y se hubieran reído más si yo les hubiera enseñado la revista Primer Plano, que compraba cada semana con el dinero que ahorraba de los 10 céntimos del transporte escolar. Como me daba mucha vergüenza que en el colegio me vieran con una revista de cine, la compraba y me la metía bajo el jersey y me iba a casa a leerla a escondidas".

De ese niño queda todo; "por eso siempre me califico, con bastante desconsuelo, de niñoide, de ser un hombre niñoide, porque de aquel niño queda todo. ¿Y qué me ha mantenido en esa edad? El carácter reconcentrado. Yo no le hago confidencias a nadie, aunque no por guardar secretos, sino porque no me gusta hacer confidencias... Y la verdad es que no sé por qué te estoy contando todo esto". Pero se ha hecho usted mayor, Borau. "Hombre, la vida me ha hecho mayor a la fuerza, pero me han quedado cosas del niño que soy: la manera de ensimismarme, de guardar cosas que no sirven para nada... Ser mayor no sé lo que es; ser mayor a lo mejor es ser peor, porque a pesar de lo malo que fui de niño entonces era un niño. La pena que tengo es que mis padres murieron sin verme hacer una película, pensando quizá que habían hecho mal el muñeco. Yo era malo en el colegio, falsificaba las notas... ¿Un golfo? Hasta cierto punto sí".

Un solitario. "Por vocación. Pero soy un solitario frustrado, siempre hay gente alrededor, pero mi afán es la soledad. Tengo amigos, me invitan, me agasajan, y yo siempre estoy con una reserva: 'A ver si me dejan en paz'. No, para volver a la mecedora no, la tengo en casa, es un amuleto, pero no me siento en ella por si la rompo. Pero, sí, lo que me gusta hacer es lo que hacía en la mecedora: darle vueltas a todo, a la vida, a mis amigos, a la familia de entonces".