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Antón Castro

Artistas

CANO: LOS GRIMM Y BLANCANIEVES

CANO: LOS GRIMM Y BLANCANIEVES

CANO: LOS HERMANOS GRIMM

SEGÚN BLANCANIEVES

Hacía días que no sabía nada de José Luis Cano, que ha vuelto de profesor a la Escuela de Bellas Artes. Me envía este dibujo: “Como adelanto a mi expo de abril en el palacio de los Morlanes, ahí va, en tan señaladas fechas, un retrato de los hermanos Grimm pintado por Blancanieves”.

BLANCA BK: UN DIÁLOGO

Así retrató el gran Vicente Almazán a Blanca BK.

 

 

La ilustradora Blanca BK Gimeno (Zaragoza, 1974) ha vivido en 2012 un año muy peculiar. Publicó medio docena de cuentos y álbumes ilustrados. En esta entrevista recorre su obra, su biografía, su manera de entender la ilustración.

 

 

¿Está de moda Blanca Bk o, sencillamente, el trabajo llama a tu puerta con insistencia?

Las dos cosas (risas). Creo que es suerte mezclada con tesón y constancia. Es cuestión de saber dónde buscar, de saber dónde encaja el tipo de trabajo que haces e insistir. Puede parecer que estoy de moda, pero ha sido casualidad que este año se hayan juntado publicaciones de 2011 con las de 2012 en muy poco tiempo.

 

¿Cómo se pasa del anonimato, de la búsqueda de textos para ilustrar y de proyectos, a la presencia constante, casi a la sobreabundancia?

Con mucho trabajo, constancia, y sobre todo con el apoyo de los que te quieren. Es una profesión muy dura, muy inestable y en la que hay que tener la cabeza muy bien amueblada para seguir adelante. Hay rachas de muchísimo trabajo y de repente hay meses que no hay nada. Es muy habitual recibir negativas por parte de editoriales y clientes, y hay que saber encajarlo. Por eso es muy importante el apoyo moral. No hay que rendirse, hay que seguir buscando, trabajando en proyectos propios, y seguir moviéndose. Conozco casos de ilustradores muy buenos que se han quedado en el camino porque no han soportado los periodos inactivos y han tirado la toalla. Aunque una editorial te diga que no encajas, no quiere decir que tu material no sea bueno. Por encima de todo hay que respetar y creer en el trabajo de uno mismo. No hay que compararse con los demás. No debes obsesionarte por seguir las modas y debes intentar superarte día a día, cada uno en su propio estilo. Es un aprendizaje continuo que nunca termina.

 

¿Cómo empezaste en este oficio?

De rebote. Nunca llegué a pensar que pudiese vivir de pintar e ilustrar. Fue lo que estudié, pero lo veía poco realista. Comencé a moverme a finales de 2006, cuando decidí que estaba muy quemada en el mundo de la publicidad donde llevaba trabajando 8 años. A los 6 meses me marché y comencé a tentar a la suerte. Viajé a la prestigiosa feria del libro infantil de Bolonia a ver cómo era este mundillo, hice cursos de especialización, conocí a mucha gente a la que admiro y de la que aprendí, comencé a comprar álbums ilustrados y seguí aprendiendo de modo autodidacta. Poco a poco me fui asentando y me sentí cómoda en la piel de ilustradora.

 

¿Quiénes han sido tus maestros?

Desde 2007 he tenido la suerte de asistir a los talleres de artistas como Rebecca Dautremer, Claudia Ranucci o Gabriel Pacheco. Ver trabajar a los grandes maestros, y que te enseñen sus pequeños trucos o que te den consejos no tiene precio. Ver que son gente tan sencilla como cualquier otro, te ayuda a ver el mundo de otra manera y eso se nota en la mano a la hora de dibujar, comunicar y pintar.

 

¿Qué te ha aportado el mundo del cómic, los tebeos japoneses, el mundo de Heidi y Marco, sobre todo?

Jajaja, siempre aborrecí los dibujos animados de Heidi y Marco. Mi adolescencia la llené de cómics porque me gustaban mucho más que las novelas. Leí muchísimo manga y mucho cómic surrealista como Sandman. No me gustan los superhéroes. Pero sobre todo veía muchos dibujos animados. Mis grandes influencias: La Pantera Rosa, y Ranma ½,. A día de hoy disfruto viendo películas y dibujos animados con mi hijo. Es un vicio. Me encantan series como Gumball y Hora de Aventuras.

 

 

Si tuvieras que definir tu obra, ¿qué dirías? ¿Qué buscas?                 

Me gusta pensar que las ilustraciones que realizo para libros infantiles transmiten ternura, delicadeza y dulzura. Los primeros lectores me inspiran de esa manera, para mí son algo exquisito y delicado. Estudio el texto con atención y pienso qué me transmite, cómo me apetece plasmarlo. Luego simplemente me dejo llevar. Al margen de la ilustración infantil, también disfruto mucho realizando otro tipo de encargos como retratos, ilustración juvenil o ilustración para carteles en los que plasmo otro tipo de emociones y sentimientos.

 

¿Qué tipo de relación se establece entre texto e ilustración, cómo te planteas eso?

Tiene que haber química. Ilustración y texto van cogidos de la mano para contar una historia, aunque a veces las ilustraciones cuentan una historia paralela al texto, sin ceñirse al detalle al mismo. Por otro lado, no todas las historias inspiran nada más leerlas pero hay que saber buscar trocitos que nos den un punto de partida y abran la imaginación.

 

Has colaborado con bastantes autores, pero pareces tener autor de cabecera: Jesús Aznar. ¿Cuántos libros habéis hecho juntos? ¿Cómo trabajáis?

Tenemos una fábrica de ideas en casa. Es muy fácil trabajar con Jesús, (se nota que es mi marido, jajajaja) Ahora en serio. Tiene muchas ideas, es muy creativo, y un excelente narrador. Las ideas surgen en cualquier lado y entre los dos le damos forma. A veces se me acerca y me dice con ojos brillantes: tengo una idea, ayúdame a perfilarla. El uno anima al otro y viceversa. A veces estamos tan enfrascados en un cuento que nos han dado las tantas de la madrugada, y nos hemos ido a dormir un par de hora antes de levantarnos. Sumando, sumando creo que son cuatro los que tenemos hasta ahora aunque próximamente puedo decir que habrá alguno más. Por su cuenta Jesús también sigue publicando para otras editoriales. Pero no es el único, otros escritores aragoneses que me fascinan son Pepe Serrano, Roberto Malo y Daniel Nesquens.

 

Acabas de ilustrar el tomo VIII de Caitú. ¿En qué consiste tu aportación?

Desde 2005 la CAI organiza un concurso para los niños, los socios del club Caitú. Un jurado profesional seleccionan los 10 mejores textos. Desde 2010 tengo la fortuna de ilustrarlos y maquetarlos, cosa que hago con todo el cariño del mundo. Es muy divertido. Son muy creativos y hay historias que realmente son geniales.

 

En blanco y negro, en dibujo más sencillo y sin color, has ilustrado ‘Amina quiere ser bruja’ (Nalvay). ¿Qué dificultades y qué limitaciones impone un trabajo así?

Para mi ninguna. Me lo he pasado realmente bien ilustrando a la pequeña traviesa que dio vida Sandra Araguás. Siempre me ha gustado dibujar con tinta., aunque hasta ahora no hubiese publicado nada con esa técnica. Cuando Isabel y David de Nalvay me dieron la oportunidad de hacer algo semejante, no me lo pensé dos veces. Me resulta muy cómodo y divertido dibujar así. Los trazos son mucho más dinámicos y espontáneos. De hecho esta experiencia ha dado pie a que el año que viene, se publique un libro-cómic de humor negro, escrito por Jesús. Les estoy muy agradecida por haber creído en mi.

 

Y a la vez, con todo lujo cromático, publicas “Minicuentos de vacas y jirafas para ir a dormir”. ¿Cómo es ese trabajo? ¿Qué significan los animales para ti, cómo los planteas? ¿Por qué tus animales parecen casi siempre personas?

Me fascinan los animales. Me viene de pequeña. Siempre quise tener mascota, pero nunca tuve la suerte de compartir mi tiempo con un perro o un gato, (mi obsesión). Creo que los animales dan mucho juego. Generalmente se les da un carácter por su físico. Al tigre se le ve fiero y luchador, al caballo se le ve noble, a la tortuga se le ve dulce y amable. Se les puede humanizar y jugar con personalidades dispares o contrarias. Ahí encuentras todavía más inspiración. Haber ilustrado dos tomos de la colección “Minicuentos” de Beascoa ha sido una grata experiencia. Fueron unos meses de mucho trabajo pero valió la pena. Han quedado muy coloristas y estupendos para los niños. De hecho ya está a la venta la 2ª edición del volumen de leones y ratones. No puedo estar más contenta y satisfecha.

 

También has publicado en bretón. ¿Qué significa? ¿Has abierto fronteras?

Estoy muy orgullosa y contenta por publicar en Francia. Para mi es algo muy importante. Es muy complicado abrir fronteras sin agente. Fuera valoran el trabajo de los ilustradores y escritores de su país antes que el de los extranjeros. En España en cambio, se compra mucho material de autores de fuera y se prefiere antes que el producto nacional siendo que hay mucho y muy bueno. Se debería tomar ejemplo. A pesar de todo, poco a poco voy consiguiendo pequeñas metas. En 2011 tuve el honor de ser entrevistada por la prestigiosa revista de ilustración taiwanesa “DPI Magazine”, y te adelanto ya que a finales del año que viene publico un nuevo álbum con una conocida editorial de los Emiratos Árabes.

 

¿Se puede vivir de la ilustración, es una actividad reconocida o está mal pagada?

Como la gran mayoría de ilustradores que conozco, no solo vivo del album ilustrado. La ilustración se puede aplicar a muchos otros medios como cartelería, packaging, y publicidad. Suelo impartir talleres, dar charlas e ilustrar libros de texto para colegios así como también me dedico a diseñar y maquetar.  

En España  hay un boom editorial muy grande. Hay muchísimas editoriales. Pero no todas las editoriales pagan igual de bien. Las hay muy pequeñas que pagan realmente bien o muy grandes que pagan realmente mal. Todo depende de para quién trabajes. Sin embargo donde se suele ganar dinero es con las ilustraciones para los libros de texto de los colegios.

 

¿Cuántas horas le dedicas, qué técnicas empleas, qué te inspira?

Disfruto mucho con lo que hago, por mi estaría pintando todo el día, de lunes a domingo, las 24 horas del día, pero por mi familia y amigos suelo echar el freno. Es un poco raro porque mezclo trabajo y hobby todo en uno y a veces, es difícil desconectar. Me relaja y me encanta la acuarela, me encanta su fluidez y ligereza. Suelo terminar las ilustraciones con lapicero de colores y photoshop para crear distintas texturas. Me inspira cualquier cosa. Si salgo a pasear, me fijo en lo que veo por la calle, si charlo con mi hijo, en lo que me cuenta, Me inspira casi todo, la música, el cine, las tiendas de juguetes, las  exposiciones de otros artistas. Me encanta perderme en las librerías: colecciono los álbumes ilustrados con obsesión. Todo da ideas, solo hay que estar receptiva.

 

¿Cómo está el mundo de la ilustración y de la LIJ en Aragón?

Una vez., hablando con un amigo me preguntó por qué en Aragón había tanto talento. ¡Llegamos a la conclusión que es el agua del Ebro! (risas). Creo que hay mucha creatividad en Aragón.  Desde Eva Armisén, pasando por Luis Grañena, Arturo Elena, o Jose Luis Cano e Isidro Ferrer, todos ellos y muchos más han dejado su impronta.

 

¿Hay editoriales, industria, demanda?

Actualmente hay mucho movimiento. Hay mucha editorial nueva, mucho autor, y mucho talento. Hay mucho que contar. Las maneras de comunicar son muchas, mediante charlas, autopublicación, webcomics, revistas, fanzines…. Los ilustradores nos las ingeniamos para seguir compartiendo nuestro mundo e historias a través de las redes sociales, las publicaciones online, aunque no haya posibilidad de publicar en papel. Si no surge la posibilidad (todos tenemos proyectos que se han quedado en el cajón) hay que buscar otras alternativas para transmitir toda la pasión y energía que llevas dentro.

 

¿A quién querrías parecerte, quiénes serían tus maestros, tus referentes: Dautremer, Lacombe, Ferrer?

Cuando comencé en esto hubiese dado una mano por hacer lo que hace Rebecca Dautremer pero a día de hoy después de casi 6 años en la profesión los gustos han cambiado. Me encanta lo que hace Oliver Jeffers o Margaux Motin. Pero no quiero parecerme a ellos. Cada uno va perfilando su propio estilo conforme a su modo de dibujar, experimentar y trabajar. No hay que imitar, hay que investigar. Se puede intentar copiar lo que hace Isidro Ferrer o Rebecca Dautremer, pero el resultado no tendría mérito alguno. Ellos llegaron a esos estilos por experimentar y por no conformarse con lo primero que les vino a la cabeza. Hay que ser sincero y aprender a superarse día a día dentro de tus límites mientras pintas, ilustras o dibujas, así es como se crece en la dirección correcta.

 

 

 

'AMORES FEOS': UN MONTAJE DE JOSÉ L. ESTEBAN Y JOSÉ JAVIER GRACIA

 [Me escribe el actor, escritor y rapsoda José Luis Esteban y dice: "Soy José L. Esteban. Te envío este mail para informarte de que presento el viernes que viene, 11 de Enero, un nuevo espectáculo de poesía y música en el Teatro del Mercado, con mi colega José Javier Gracia, como siempre. Ya sabes que la poesía forma parte esencial de los proyectos que hago de forma personal, al margen de los trabajos en teatro y tele con los que me gano la vida".] 

AMORES FEOS

Es un espectáculo poético musical creado por José L. Esteban y José Javier Gracia sobre textos de poetas españoles contemporáneos: Manuel Vilas, Carlos Salem, Pepe Ramos, Luis García Montero, Roger Wolfe,  David González,  Karmelo Iribarren, César Manzanos Bilbao, Inma Luna, Nuria Mezquita y algunos más.

 Hace tiempo que pudimos comprobar que la poesía también es un arte escénico.  Que la palabra y la música, hermanadas en un signo escénico integral, logran crear una temperatura óptima de cercanía con el espectador.

 Nos gusta entretener al espectador con poesía.  Divertirlo, emocionarlo, sorprenderlo.

Nos gusta la poesía urbana, reveladora, a veces caústica y a veces tierna; a veces violenta y a veces íntima; siempre reveladora, irónica y con su puntito desmitificador.  Una poesía que cuenta y que nos cuenta, que gusta hasta a los que no les gusta la poesía.

En este nuevo trabajo, la voz de José Luis Esteban y la guitarra eléctrica de José Javier Gracia se funden con el sonido arrebatador de un cuarteto de cuerda, en una mixtura  musical ecléctica  donde la tradición y la modernidad se dan la mano para llevar de viaje al espectador y devolverlo a su butaca; sano, sin duda, pero no del todo a salvo. 

AMORES FEOS. FICHA  ARTÍSTICA.

 

 

 

 

ACTOR:                               José L. Esteban

 

MÚSICOS:

 

GUITARRA ELÉCTRICA:             José Javier Gracia

VIOLINES:                                     Jaime Lapeña

                                                          Belén Estaje

VIOLONCELO:                             Zulaima Zboheto

VIOLA:                                           Miguel Zarazaga       

 

 

 

DRAMATURGIA.- José L. Esteban

COMPOSICIÓN Y DIRECCIÓN MUSICAL: José Javier Gracia.

SELECCIÓN  DE TEXTOS: José L. Esteban y Pilar Mayor.

AUDIOVISUALES: Javier Macipe

ILUMINACIÓN: Bucho Cariñena.

FOTOGRAFÍA: Víctor Jiménez.

 

EN LOS AUDIOVISUALES APARECEN:

 

 Ahmed, Aminetu, Salka, Mohamed Yumani, Moemina , Paco, Brahim , Jesús, Jandro, Maribel, Angela Rubio, Susana, Pilar, Pedro, Karim, Rut, Angela Roche, M. Vilas.

 

AGRADECIMENTOS:

 

Elvira, Bar El Páramo, Teatro del Temple, Escuela Municipal de Música, Javier Vallejo.

*La foto de José Luis Esteban es de un buen amigo como Álvaro Hernández.

LA MOV, EN EL PRINCIPAL, 4 Y 5

LA MOV, EN EL PRINCIPAL, 4 Y 5

Recibo esta nota de LA MOV. Actuará en el Teatro Principal el 4 y 5 de enero.

Te enviamos el cartel promocional de ‘La Cenicienta’ y una imagen del espectáculo. Estaremos el 4 y el 5 de enero en el Teatro Principal de Zaragoza con ‘La Cenicienta’. En este espectáculo se versiona el clásico desde una visión muy original, fusionando danza, pintura, música y literatura. La escenografía es del pintor Pepe Cerdá. Ya hemos recorrido con este espectáculo los principales teatros del país, y ahora volvemos a traerlo a Zaragoza con mucha ilusión. Creemos que es una buena oportunidad de acercar a los más pequeños al mundo de la danza y la música, y a las Humanidades en general.

 

ALBERTO CALVO: LA MUJER ÁRABE

ALBERTO CALVO: LA MUJER ÁRABE

ALBERTO CALVO: MEMORIA DE UN AMOR ORIENTAL. O CASI

Tengo debilidad por las moñas o moñacos de Alberto Calvo. Hoy, mientras recorría medio país bajo la niebla, me ha mandado este conjunto de mujeres que parecen orientales, como personajes de ‘Las mil y una noches’ o del pasado arábigo andaluz. Aquí están: Alberto Calvo, ese creador incesante, en toda su plenitud de color, de ingenio, en diálogo con la memoria visual de la pintura, del arte y quizá de la historia.

AVANCE DE 'CABARET POMPEYA'

AVANCE DE 'CABARET POMPEYA'

Primera parte

El Pompeya del Paralelo

 

Por Andreu MARTÍN. Editorial Alevosía. Avance.

(Dos primeros capítulos. Cortesía de Elena Palacios)

 

Era un domingo por la noche. Mediados del mes de noviembre de 1975.

Habíamos visto el partido de la selección española de fútbol de Kubala contra la selección de Rumanía, en Bucarest, por la Euroco­pa. Habían empatado a dos. Preludio de una tarde interminable y vacía. Yo me retiré a mi cuarto para mirar el techo, compadecerme de mí mismo, suspirar y dejarme llevar por el sueño, y mis padres, después de la siesta más o menos voluntaria, se fueron a dar un pa­seo por el centro, tal vez para tomar una horchata en La Valenciana o una merendola en la calle Petritxol.

A su regreso, me pillaron bebiendo mi tercera cerveza y contem­plando sin interés una película titulada Tráeme a Christy Love y, desde las nueve, estábamos soportando El torero, su soledad y destino, a la espera de las noticias de las diez.

Sólo había una cadena de televisión, en blanco y negro, y la re­cuerdo borrosa, nevada por la caspa.

Mi madre, con aquellos movimientos lentos y cansados, lastra­dos por el sobrepeso, había estado haciendo la cena tan concen­trada como si cada ingrediente fuera un explosivo de gran capaci­dad destructiva. Callada, ausente, siempre un poco triste. Ya hacía tiempo que no le preguntábamos: «¿No te encuentras bien, te pasa algo?». Ya nos habíamos acostumbrado. En lugar de eso, a veces, le decíamos: «¿Dónde estás ahora?», y suspiraba: «En el pasado, en otros tiempos, otros mundos». La nostalgia de quien empieza a tomar conciencia de que esto se acaba y de que la experiencia atesorada sólo son recuerdos, tan inconsistentes e inestables como el humo.

Ahora traía la sopera, las sardinas, la tortilla de alcachofas. Mi padre y yo poníamos la mesa. La jarra del agua, el pan, los cubiertos, los platos, las servilletas. Él siempre dinámico e infatigable. Era in­creíble cómo se conservaba a su edad. La gente le calculaba poco más de sesenta, quizá los setenta como mucho, pero nunca podían imagi­nar que ya tuviera setenta y cinco. Cada día daba una larga caminata por la ciudad, y estaba seguro de que era eso lo que le alargaba la vida. «Mientras tenga fuerza en las piernas, todo irá bien», decía.

Sacó del frigorífico el champán que había descorchado a medio­día e inició el debate sobre la ineficacia de meter el mango de una cucharilla de café en la boca de la botella para evitar que se pierda el gas (él, en catalán, decía que s’esbravi).

–Esto no sirve para nada –era la opinión de mi padre.

–Pues en casa lo hemos hecho así toda la vida –defendía mi madre.

–Tendré que abrir otra.

–Sí, hombre. A ver si ahora cada domingo te vas a beber dos bo­tellas de champán.

–Cada domingo, no. Sólo mientras dure la agonía de Su Excelen­cia el Jefe del Estado.

–Vamos, anda.

–Sólo con un poco de champán entre pecho y espalda puedo so­portar que me hablen de las heces en forma de melena –mi padre estaba obsesionado con las heces en forma de melena desde que las había mencionado el equipo médico habitual el último día de octu­bre, «se han apreciado heces hemorrágicas en forma de melena»–. ¿Cómo serán las heces en forma de melena? Desde que lo dijeron, cada vez que voy al váter, miro cómo son mis heces, y no me parece que sean en forma de melena. Claro que vete tú a saber.

Desde el 12 de octubre, Francisco Franco, el Generalísimo, se estaba muriendo. Y cada noche, cuando iban a dar el telediario, mi padre nos hacía callar para escuchar atentamente los partes del equi­po médico habitual.

«Las casas Civil y Militar comunican que la evolución de la enfer­medad de S. E. el Jefe del Estado, hospitalizado en la Ciudad Sanita­ria de La Paz es la siguiente:

»El curso postoperatorio continúa con constantes de presiones arterial, venosa, ritmo y frecuencia de pulso dentro de límites acep­tables.

»La situación pulmonar permanece estable. Sigue con respira­ción asistida, según las técnicas habituales de reanimación postope­ratoria. La sesión de hemodiálisis se realizó con buena tolerancia y eficacia. El pronóstico sigue siendo gravísimo.

»Firmado: El equipo médico habitual».

Y mi padre bebía el champán a sorbitos y se fumaba un puro habano, y mi madre lo reñía, porque el médico le había prohibido rotundamente tanto el alcohol como el tabaco.

–Son días muy especiales.

–Pues espérate al día en que se muera, que aún será más especial.

Yo lo miraba con antipatía.

No estábamos en buenas relaciones. Nunca lo habíamos estado, desde la época de mi rebeldía adolescente. Cuando me casé y escapé de casa, tuve una perversa sensación de liberación. Por fin, rompí las rejas que me encerraban y asfixiaban y descubrí el mundo real donde gente de verdad follaba y bebía, y se colocaba con todo, y se casaba de cualquier manera, y cometía adulterio, y se divorciaba, y lloraba por rincones solitarios y se daba de cabeza contra la pared hasta ha­cerse sangre, y se liaba con una de las jefas de la editorial donde tra­bajaba y, por fin, un día catastrófico, se peleaba con la amante-jefa, jefa-amante, llegaban a las manos, y abandonaba su puesto de trabajo para no tener que verla nunca más, y tenía que regresar, a mis treinta y un años, a casa de papá y mamá, con el rabo entre las piernas, de­rrotado, fracasado y humillado, para comprobar que papá y mamá, a sus setenta y pico, aún follaban como niñatos. Era yo quien me despreciaba, ahora ya lo sé, era yo quien me sentía inútil, patético e impotente, pero entonces creía que eran los otros quienes pensaban eso de mí. Mi ex primera, y la amante-jefa-cargo-importante de la editorial, y mis amigos, pero sobre todo mis padres, sobre todo mis padres, yo estaba seguro de que me despreciaban. Y esa sensación no me ayudaba precisamente a reconciliarme con el mundo. Como es natural, en justa reciprocidad, yo también los despreciaba a todos.

A mi padre, pequeño, delgado, manso y siempre sonriente y ami­go de todo el mundo. Y a mi madre gruesa, hinchada por suspiros derrotistas, con papada de tanto agachar la cabeza, piernas pesadas sobrecargadas por la resignación. Formaban la típica pareja de te­beo, él entrando en casa de madrugada, borracho, con los zapatos en la mano y de puntillas, y ella esperándolo con rulos y bata de boatiné, detrás de la puerta, con el rodillo de amasar en la mano. Una familia de puto chiste.

–¿A qué viene tanta celebración –le solté aquella noche, porque me había bebido unas cuantas cervezas y ahora me ayudaba con el champán–, si a ti Franco nunca te hizo nada, si siempre te la ha traí­do floja?

Se puso muy serio y me clavó una mirada furiosa como una bo­fetada.

–¿Que nunca me hizo nada? Pero ¿qué dices?

Supongo que aquella noche los dos habíamos bebido de más. Mi madre acababa de servir la sopa y suspiró ruidosamente.

–Bueno, vamos a cenar, que esto frío no vale nada.

–Más de una vez te he oído decir –insistí– que, antes de la gue­rra, esto era un caos de tiros y asesinatos y terrorismo y que alguien tenía que acabar con eso. Y que fue Franco quien puso orden.

–Antes de la guerra –reivindicó–, vivíamos muy bien. Había cul­tura y libertad. Libertad de pensamiento, palabra y obra.

–Tú lo recuerdas así porque eras joven –intervino mi madre es­céptica.

Y él levantaba la voz, como si se indignara:

–Vivíamos en el país que permitió que surgieran artistas de fama mundial, como Picasso, Dalí, Buñuel, Pau Casals, un país en que todos podíamos pensar, opinar y decir lo que queríamos.

–Había de todo –iba diciendo mi madre como acompañamiento de fondo–. También había tiros y bombas.

–... Antes de la guerra, éste era un país idealista, utópico, ge­neroso, donde se luchaba para que los hombres, algún día, fueran todos iguales, y para que desapareciera la miseria, la explotación y la esclavitud.

–Había de todo.

–... Y había desórdenes, y pistolas y anarquismo, también, sí, y alguien tenía que acabar con los tiroteos y las bombas, sí, y llegaron los señores del puñetazo en la mesa y dijeron: Basta ya. Y entonces nos aplastaron a todos, a todo el mundo, a todos los españoles. Y no se limitaron a apagar el fuego y volverse al cuartelillo. Apagaron el fuego y apagaron el fuego y apagaron el fuego y apagaron el fuego, y cuando ya no hubo fuego trituraron a los incendiarios y luego a las víctimas y luego a los que pasaban por ahí. Aplastaron las tertulias de intelectuales que se reunían en los cafés, aniquilaron la poca ilus­tración que había en este país, el respeto por la cultura. No acaba­ron con la anarquía: acabaron con Picasso, con Lorca, con Buñuel...

Se estaba congestionando mucho. Hasta mi madre se volvió hacia él alarmada. Tan poca cosa como era, huesudo, arrugado como una pasa, tanta energía parecía que tenía que romperlo en pedazos. Un infarto, una embolia, lo vi al borde de la muerte. O de la locura.

–... Jodieron a toda España. Jodieron a todos los españoles, a todos.

En ese momento, tuve que haber entendido que hablaba de per­sonas muy concretas, íntimamente relacionadas con él. Hablaba de heridas que no se habían cerrado todavía, que no se cerrarían jamás. Y yo estaba hurgando en esas heridas. A veces somos crueles y no podemos dejar de serlo aunque nos demos cuenta de ello.

–A ti poco te jodieron –me atreví todavía–. Tú estabas por ahí, en Grecia, Italia, Turquía, qué sé yo dónde.

Mi madre me disparó un dardo de recriminación.

–Jordi –avisó.

–Es verdad –insistí–. Tú poco sufriste a Franco.

–Jordi –repitió la matriarca conciliadora–. Tu padre estaba traba­jando para alimentarnos a ti y a mí.

Mi padre me miraba irritado. Hacía rato que yo movía la cabeza con lástima insultante.

–Franco nos jodió a todos –insistió, bajando la voz–. A los que protestaron y a los que callaron, y a los que se fueron a Sudaméri­ca, y a los que se escondieron en un sótano, y a los que murieron y a los que sobrevivimos. A todos. Incluso a los franquistas de toda la vida, que ahora lo llorarán y se rasgarán las vestiduras. A ellos también los jodió, aunque parezca que no.

Mi madre callaba y trataba de evadirse con la vida de los toreros en la tele gris. Yo encendí un cigarrillo. Fumaba y sorbía la sopa al mismo tiempo.

–Entonces, qué –continuó mi padre, provocador y belicoso–. ¿No lo celebro? ¿Hago como si nada?

–Yo sólo digo –replicaba mi madre, siempre fija en el televisor– que no tendrías que beber alcohol ni fumar. Eso es lo único que yo digo. ¿Qué pasa? ¿Que te quieres ir con Franco? ¿Os enterramos a los dos juntitos?

En ese momento, llamaron a la puerta.

Era Víctor Luys.

2

Fue a abrir mi padre. Porque estaba exacerbado y el sonido del timbre disparó todos los resortes de su cuerpo y lo proyectó fuera de la silla y del comedor con tanto ímpetu como si pensara partirle la cara al intruso que acababa de interrumpir su mitin. ¿Quién será a semejantes horas? Un vecino. A ver qué pasa.

El sonido de la puerta al abrirse fue seguido de un silencio tan denso que mi madre y yo, después de un instante de inquietud, nos dirigimos también al recibidor con la seguridad de que nos íbamos a encontrar con algo muy grave.

–¡Víctor!

El grito nos pilló por el pasillo y aceleró nuestros pasos.

Mi padre se encontraba ante un hombretón de tórax enorme, una gran mata de pelo blanco, gafas de gruesos cristales y nariz pro­minente, ganchuda y soberbia. Vestía con modestia, una camisa de cuadros, pantalones de trabajo anchos, bastos y manchados, y una cazadora de piel de carnero, con las solapas recubiertas de espeso pelo amarillento. Contemplaba con plácida ternura a mi padre, que estaba plantado ante él, le daba cachetes y decía: «Victorino, Victo­rino, la madre de Dios, me cago en la madre que te parió». Me fijé especialmente en los ojos del recién llegado. Pequeños, de mirada serena y firme, brillaban con lágrimas trémulas. Movía la cabeza afli­gido como un niño pillado en falta, había puesto sus manazas sobre los hombros de mi padre, y sólo atinaba a insertar palabras sueltas en su verborrea arrolladora. Le oí decir: «Lo siento. No pude. Ne­cesitaba otra vida».

–La Virgen, Victorino –decía mi padre–, estás vivo, si yo ya sabía que estabas vivo, cuando me lo dijo Miguel no me lo creí, por la manera como me lo dijo no me lo pude creer. Figúrate, si todos ha­bíamos pasado por muertos. A mí me disteis por muerto en el frente del Ebro; a Miguel creímos que le habían aplicado la ley de fugas, ¿te acuerdas? Ahora te tocaba a ti. Le dije a Miguel: «¿Dónde ha muer­to? ¿Cómo? Quiero ver el cuerpo», le dije. Y él: «Imposible». Digo: «No me lo creo, si no lo veo, no lo creo». Y aquí estás, la madre de Dios. Suerte que no sufro del corazón, cabrito, porque, si no, me matas, apareces aquí de pronto y me matas, cabrón... Siempre pensé que saldrías en el 69, ¿te acuerdas?, cuando prescribieron las respon­sabilidades políticas y los topos salían de sus escondites, ¿os acor­dáis?, todos aquellos que estuvieron escondidos en sótanos y cuevas durante treinta años y, de pronto, salieron a la luz. Entonces, pensé que saldrías tú y, cuando vi que no salías, me dije: «¡Malo!», en ese momento dudé. Pero aquí estás, que yo sabía que estabas vivo...

Se abrazaron. Uno tan grandote e imponente, el otro tan esmi­rriado, «Victorino, la madre que te parió», con la voz estrangulada por el llanto.

–¿Te acuerdas? La última vez que nos vimos fue en Ca l’Agustí, en la calle Bergara.

Mi madre también se había quedado de piedra al ver a aquel hom­bre. Se hizo oír entre las exclamaciones incongruentes de mi padre:

–¿Víctor? ¿Eres Víctor Luys?

Mi padre se volvió hacia ella, hacia nosotros. Entonces vi los la­grimones que caían por sus mejillas hundidas y mal afeitadas:

–¡Es Víctor! ¿Recuerdas que siempre te dije que estaba vivo? ¡Siempre dije que estaba vivo! Por la manera como me lo dijo Mi­guel. No le creí. Le dije: «No me lo creo, Víctor no está muerto».

El visitante se dirigió a mi madre contemplándola con franca ve­neración.

–Montse –dijo–. Qué ojos y qué boca. Eso no cambia, ¿eh? Siem­pre tan hermosa. Siempre mucha mujer –se soltó de mi padre, lo dejó atrás y, con gran delicadeza, como para no estropear nada, besó las mejillas de mi madre al tiempo que murmuraba en un catalán muy catalán–: Tranquila, Montse, que hoy ya no traigo pistola. Se acabaron las pistolas. Ya no tenemos edad.

Ella me miró de reojo, con aquella expresión tan suya de que no lo oiga el chico, y eso desvió la atención de Víctor Luys hacia mí. Me tendió la mano y, de la misma forma que, cuando había atendido a mi padre, no había nadie más en el recibidor y, cuando besó a mi madre, ella era la única protagonista en su vida, al acercarse a mí me sentí valorado, acogido, animado, vivo. El apretón fue calloso, de hierro, lleno de promesas y lealtad.

–Y tú eres el chaval. Coño, el chaval. Todo un hombre. ¿Qué edad tienes ahora?

–Treinta y uno.

–Òstima, treinta años. Cuando te conocí, acababas de nacer. Te­nías meses. Eras un renacuajo –dijo–. Te vi antes yo que tu padre. Òstima, òstima. ¿Cómo te llamas?

–Jordi. I ja pots parlar català, que en aquesta casa parlem català.

–Imposible –se rió él. Dio un paso atrás para abarcar a los tres a la vez con la mirada y el gesto y, como mi padre quedaba incluido en el ámbito de su auditorio, continuó hablando en su castellano acata­lanado–. Yo a tu padre lo conocí hablando en español. Qué digo es­pañol. En argentino. En auténtico lunfardo –parodiaba–: Este, vihte, que sos un sofica siempre con el camandulaje, che... –era una caricatura espantosa, pero él se reía de sí mismo y volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de mi padre, que había cerrado la puerta, y le daba un achuchón cómplice–: ¿Te acuerdas? Le llamábamos el Fueye, ¿te acuerdas? El Fueye.

Replicaba mi padre:

–Y tú Victorino.

–Los Tres del Pompeya –remataba el otro, orgulloso de su pasado.

Siguió un parpadeo simultáneo, significativo y doloroso. Yo me pregunté quién sería el tercero del Pompeya. Avanzábamos hacia el comedor.

–Bueno, ¿cuál es el último? –preguntó.

–¿El último?

–Coño, el último chiste.

–Huy –hizo mi padre, como avergonzado.

Víctor lo observaba con un brillo expectante en los ojillos y un anuncio de risa en la boca fruncida. Mi padre se animó:

–Dice que era un hombre tan pequeño, tan pequeño, tan peque­ño que no le cabía la menor duda.

Víctor estalló en una carcajada espléndida, un premio exagerado para un chiste tan viejo, pero tan generosa, limpia, espontánea y llena de vida que mi madre y yo permitimos que se nos contagiara, aunque me conste que, hasta aquel momento, nos habíamos estado resistiendo a la alegría.

–Tendremos que abrir una botella de champán, que esto hay que celebrarlo –dijo mi padre mientras nos sentábamos alrededor de la mesa–. Montse: saca otra botella de champán, que ésta está esbrava­da. ¿Has cenado?

–Bueno, me he tomado un bocadillo en el bar de abajo. No sabía si subir a estas horas. He visto que la portería estaba abierta y me he dicho: «Qué coño». Pero vosotros cenad, cenad.

–Qué joder. Íbamos por el primer plato y tú también comerás un poco. Ah, a las diez, dentro de un momento, van a dar el parte del equipo médico habitual. A ver si hoy hablan de las cacas en forma de melena... ¿Pero dónde coño te habías metido?

–En un pueblo de la sierra del Cadí, cerca de Andorra –respon­dió el visitante–. Tengo una casa, un terreno, cuatro vacas, cuatro ovejas, gallinas, conejos, una mujer, dos hijos... ¿Sabes quién se vino a vivir conmigo? Xavi, el hijo de Teresa.

Evocaciones de este tipo conseguían llenar de lágrimas los ojos otra vez. A mi padre se le curvaba la boca de ternura:

–Xavi... Javierito.

–Al final, lo encontré. Lo estuve buscando, lo localicé y, en fin, una vida nueva –resumía Víctor–. Ya te contaré.

–No te imagino de payés.

–Bah, no es difícil. Se trabaja de sol a sol, pero al menos come­mos bien. Y, mientras trabajas, no piensas.

–Pero, por fin, has venido.

–Son momentos muy importantes y tenía que pasarlos contigo. Como si hubiéramos llegado al último capítulo, ¿no te parece? No quería pasarlo allí solo. No tenemos tele y los chavales no han vivido nada. He venido a recordar los viejos tiempos. Que no se nos olviden.

–Cómo se nos van a olvidar.

–¿Cómo era aquel de la nena que llevaba la vaca al toro?

–Ah, sí. La niña que va con una vaca por el campo, y se encuentra con dos de ciudad que le dicen: «¿Dónde vas, nena?». Dice ella: «A llevar la vaca al toro». Y le dicen: «¿Y esto no puede hacerlo tu pa­dre?». Y la niña: «No: tiene que ser el toro».

–¡Ja ja ja ja ja!

Iniciaron una larga, larguísima, interminable conversación sobre los viejos tiempos.

Y yo escrutaba el rostro de mi madre como si fuera la prime­ra vez que lo veía, y descubrí que efectivamente tenía una mirada hermosa y poderosa y unos labios gruesos, de línea delicada. Y me preguntaba cómo podía haber vivido con aquella mujer toda mi vida sin darme cuenta de ello, fijándome únicamente en sus arrugas y su papada y en su cabello despeinado y su mueca despectiva que, si uno se fijaba bien, eran meros añadidos que no conseguían arrebatar la belleza al conjunto. De pronto, comprendía por qué mi padre podía haberse enamorado un día de ella.

En ese momento me dije que siempre debería estar agradecido a Víctor Luys por haberme ayudado a ver a mi madre de aquella manera.

 

*En la foto, Mary Garby, en el Argensola de Zaragoza. Foto cedida por Rafael Castillejo.

EDUARDO SALAVERA EN DECOR-ART

Me escribe Eduardo Salavera y me envía la invitación de su exposición de acuarelas en Decor-Art, ’Donde David mira’ y el texto que ha escrito:

Ese momento -enseguida cambiante- tengo que “apuntarlo” y guardarlo en abreviada memoria de tonos y gamas de color; igual que la impresión que me causó contemplarlo. Técnicamente, la acuarela pura responde por su calidad diáfana, la textura del papel y la exigida espontaneidad, a esos instantes suspendidos en el tiempo.

Siendo uno de tierra adentro en mayoritaria proporción de monte y secano en cuanto te alejas del río y su valle, contemplar nubes y celajes sobre un horizonte de la mar en calma, parece normal dejarse embelesar por lo mirado. Aunque ese lugar y ese espacio sean los mismos, no lo son los cielos y las olas, su color y sus formas.

Esta serie de 37 acuarelas, seleccionadas entre otras pintadas hace poco tiempo y teniendo por motivo un pedazo mínimo de la costa mediterránea, muestran y se exponen a la consideración de quién las mire. Por mi parte, decir que disfruté con la sorpresa pictórica y, como de costumbre, me sentí empequeñecido ante, como escribió Leonardo da Vinci: “... una experiencia inefable”.

Seguiremos hablando de la crisis económica como tema de actualidad, pero la naturaleza continuará ofreciéndonos sus mensajes de belleza más allá de convertirnos en miranubes o miraolas.

 

Eduardo Salavera

Noviembre 2012

LASALA, EN EL MUSEO CAMÓN AZNAR

LASALA, EN EL MUSEO CAMÓN AZNAR

[José Luis Lasala inaugura mañana jueves su exposición ’La memoria rota’, en homenaje a su mujer Angelines Royo. Pintura de color, de emoción, de intensidad: una elegía cromática.]

 

 

 

‘LA MEMORIA ROTA’: LASALA

 

O EL COLOR DE LA VIDA EN VILO

 

José Luis Lasala es un pintor de color.

Admirador de Rothko. Cómplice de José Guerrero.

Amigo del rebelde Santiago Lagunas.

La vida le ha puesto a prueba: se llevó demasiado pronto

a Angelines Royo. Su musa de años. Su compañera.

Y más tarde le sometió a otra dura incertidumbre:

entre el infarto de renacer y el dolor de vivir.

José Luis Lasala, que también era extremo en el fútbol,

viajero pertinaz, paseante del arte y sus misterios,

pudo volcarse en sus mejores impresiones.

Con el pincel en los labios y en el alma,

con la mano temblorosa en vilo.

Con todo el incendio del fuego

y de la memoria rota.

El día trece mostrará su gran elegía,

su declaración de amor, su cántico y su llanto.

Y se mostrará a sí mismo, como el pintor

que fue y que es, como el náufrago

que se salva, noche a noche, en la selva

de los mejores recuerdos. En la selva del amor insomne.

En pintura vuelta palabra imprescindible

que avanza entre la niebla del tiempo hacia el más allá

como un pájaro de cariño insondable.