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Antón Castro

Artistas

JOSÉ ORNA Y SUS LATAS DE CARTÓN

JOSÉ ORNA: ESCRITOR, EDITOR E ILUSTRADOR DE LATAS DE CARTÓN

En la Feria del Libro Aragonés, José Orna –escritor, ilustrador, editor, artista- presentó algunas novedades de su editorial: Latas de Cartón. ‘Jorge y el dragón’, la historia de un chico apocado al que le gusta mucho tender la ropa y ver a su vecina Princesa, que le encomienda que acabe con una de las obsesiones de Dragón, al que le gusta mucho estar en la cama, con ilustraciones Rosa Blanca Miguel, y ‘Marianela no quiere ir a la escuela’, con ilustraciones de Laura Pastor. A José no le fue tan bien la feria como a otros, pero él es un trabajador incansable, un artista y escritor imaginativo que invierte cuánto gana en su pasión: los libros, las ediciones, los bellos cuentos. He aquí una foto de José Orna –que tuvo un gran éxito con ‘Me gustan los abrazos’, dibujado por Rosa Blanca Miguel: vendió alrededor de 4.000 ejemplares- en el ‘stand’ de Latas de Cartón en Monzón.

*La foto es de Vicente Almazán y la cede para esta nota.

¡BRAVO!, DE BERNA, BERNAD Y LOS OTROS

¡Bravo!, de Berna, Bernad y los otros

 

El bailarín crea un espectáculo coral, ‘Con los grandes de la jota’, basado en la música española, que conmueve al público del Auditorio. Hoy, a las 19.00, se despide el montaje.

 

 

Berna, en una imagen de archivo, con Josué Barrés.

 

 

Miguel Ángel Berna cree en sí mismo y en sus empeños. Es un artista que se atreve, que se arriesga, que emprende continuos desafíos desde una convicción: el arte, como mejor sale, es en equipo. Y él es más que un bailarín educado en el flamenco y en la jota: es un aglutinador. Alguien que creen en los valores del espectáculo con todos los detalles: la música en directo, el canto, el baile, la coreografía, el vestuario, la iluminación. Cada uno de sus montajes, más o menos equilibrado, es una fiesta coral de entrada. Un proyecto de muchos para, como poco, la inmensa minoría. Y a veces, como sucede con ‘Con los grandes de la jota’, para todos los públicos. Miguel Ángel Berna une, mezcla, armoniza disciplinas. Pone a la gente en movimiento, se emociona con el trabajo de los demás y lo mima, y los demás lo miman a él, establecen un hilo de complicidad y de respeto, de pasión recíproca por el escenario.

‘Con los grandes de la jota’ es un paseo por muchos de los grandes momentos de la música por excelencia de Aragón. Berna, y Alberto Artigas (que es como su ‘alter ego’ musical) y Miguel Ángel Tapia (que aquí, en gran noche de entrega y oficio, toca el piano y dirige al Coro Amici Musicae con pequeños gestos de manos, de cabeza y de cejas), elaboran una función que tiene algo de compendio musical español en torno a la jota: se tocan piezas de Falla, Chapí, Albéniz, Guerrero, Bretón, Pérez Soriano o, entre otros, del propio Artigas, que ofrece toda una exhibición instrumental de laúd y bandurria. Toño Bernal alterna el contrabajo y la guitarra eléctrica con enorme solvencia, y Josué Barrés está inmenso de nuevo con la percusión: sus manos en los cajones emulan una orquesta o el sonido mismo del mar.

A esa música, con piezas específicas o situadas entre ellas para lo ocasión, le ponen voz Nacho del Río, Beatriz Bernad, dos joteros muy reconocidos aunque jóvenes, y la mezzosoprano Beatriz Gimeno, que deslumbra en tres fragmentos de ‘Gigantes y cabezudos’, especialmente en ‘Si las mujeres mandasen’. Nacho del Río y Beatriz Bernad han cantado muchas veces juntos, han grabado varios discos y se compenetran a la perfección. Del Río posee una voz honda y muy bien educada, no es un vozarrón, que logró momentos maravillosos, con ecos del Oto más melancólico, me ha parecido; Beatriz estuvo pletórica, arrolladora, con una fuerza indecible y un inventario de matices que hacen de ella la voz femenina más inspirada de la jota.

Miguel Ángel Berna, con su cuadro de bailarines, puso la danza (el arte del punta, tacón, punta y otros meneos), y el ritmo de las castañuelas. Empezó con el vértigo flamenco en la sangre e hizo una especie de homenaje a su formación, a sus raíces del sur, a su impronta islámica y jazzística. Y luego, dosificando muy bien sus apariciones, con el grupo, en pareja o en solitario, demostró qué lleva dentro, cómo siente la jota, cómo esta vibración antigua y casi enigmática le tiembla en los músculos y en la cabeza.

Baila la jota como se le antoja y acabó muy arriba, sudoroso y exultante, con los últimos acordes de ‘Gran Jota’. Si Beatriz Bernad y Nacho del Río cosecharon muchos “bravos”, él no les fue a la zaga; ni él ni su cuerpo de baile. ‘Con los grandes de la jota’ tiene otra virtud: más allá de la pureza o no de la propuesta, que tiene mucho de mestizaje y de experimentación, es la constatación de aquí se puede trabajar en equipo con el viento a favor o con el cierzo en contra. La jota, dosificada y digna, es, puede ser un espectáculo inolvidable. Berna y los suyos así lo entienden. Y el público aceptó la dádiva: les premió con más de cinco minutos de aplausos.

 

FICHA:

‘Con los grandes de la jota’. Director y coreógrafo: Miguel Ángel Berna. Músicos: Alberto Artigas, Miguel Ángel Tapia, Toño Bernal y Josué Barrés. Intérpretes: Beatriz Bernad, Nacho del Río, Beatriz Gimeno. Auditorio de Zaragoza. Lleno. Hasta el domingo.

CESC GAY: LOS HOMBRES PATÉTICOS

CESC GAY: LOS HOMBRES PATÉTICOS

Acabo de ir a ver la película de Cesc Gay ‘Una pistola en cada mano’. Tenía un magnífico recuerdo, sobre todo, de ‘En la ciudad’: la he vuelto a ver dos veces en poco tiempo. Esta nueva película se le parece en algunas cosas: son historias urbanas que se unen al final, en una fiesta. Historias fragmentarias unidas por una idea, por un tema, por una preocupación y una mirada general. Una poética de conjunto. La película aborda la historia de ocho hombres, vinculados por lo regular por lazos de amistad, que se enfrentan a distintos problemas: uno sufre diversos  problemas físicos, otro se ha ido quedando por el camino en una situación próxima al desamparo; otro intenta reconstruir su matrimonio sin saber cuántas vueltas da la vida; dos, en un parque, comparten un secreto tremendo que les atañe; otro quiere seducir a una compañera de trabajo con un resultado inesperado; otros dos viven conflictos de diversa índole (de orden amoroso y sexual), pero jamás entran en ese terreno de las confidencias necesarias.

La película, trazada con pulso seguro, precisa, con un gran sentido del humor y de la ironía, presenta a una serie de hombres demasiado humanos quizá a los que les pasan cosas bastante cotidianas y a la vez jocosas y conmovedoras. El reparto es excepcional: hacía algunos años que no veía en el cine español (o que no he tenido esa sensación tan plena) un trabajo coral tan redondo, tan extraordinario. Es difícil saber quién está mejor que quién. Trabajan Leonardo Sbaraglia y Eduard Fernández, maravillosos los dos; Javier Cámara, estupendo en su papel de hombre que quiere recuperar el norte de su vida ante una espléndida Clara Segura. Luis Tosar y Ricardo Darín se encuentran en el parque, cerca del perro Ako, y bordan su trabajo. He ahí una actuación deslumbrante, llena de contención, de matices, de ironía, de humor y de paradoja. Noriega, algo afeado y deliberadamente rígido, clava su papel ante una Candela Peña que está muy bien. Y Alberto Sanjuán y Jordi Mollá están soberbios. Sus papeles tienen instantes increíbles: el diálogo y la miradas entre Sanjuán y Leonor Watling creo que están entre lo mejor de sus carreras.

‘Una pistola en cada mano’ –frase que le dice Candela Peña a su seductor más o menos burlado, Eduardo Noriega- es una película ingeniosa, muy bien escrita, intensa, vitalista, interesante, sobre un asunto ferozmente humano: qué patéticos podemos llegar a ser los hombres. Por amor. Por cobardía. Por miedo. Por pudor. Por una mujer a la que hemos perdido por nuestra mala cabeza.

ISIDRO FERRER EN LA ALJAFERÍA

ISIDRO FERRER EN LA ALJAFERÍA

[Isidro Ferrer es un artista en estado de gracia. Artista, diseñador, ilustrador, agitador de conciencia, un poeta de la imagen y un amanuense de diversas suertes. Ahora expone en el Palacio de la Aljafería (qué lástima que hayan prescindido de la capilla de San Martín: era un lugar maravilloso y acogedor) la muestra ‘Plantar cara’, una selección de sus carteles: carteles que parecen vivos y que han sido realizados en forma de rostro. Uno de mis escritores más queridos, y más invisibles también, Adolfo Ayuso, le ha escrito este texto. Fernando Sanmartín, responsable y animador del proyecto, me ha mandado el material.]

 

 

Foto de Vicente Almazán.

 

 

PLANTAR CARA

 

 

Por Adolfo AYUSO ROYO

 

Desde que conocí su obra, Isidro Ferrer (Madrid, 1963) me ha parecido un escultor de humo. Esta curiosa especie la conocí en los años que yo aprendía a leer en casa de mis abuelos a través del escritor más feo y católico del mundo, el italiano Giovanni Papini. El arte volátil produ­ce perturbación. También perturbó a Gog, aquel hombre rico y desalmado, protagonista y título de aquella novela, cuando visita a Matiegka, un artista imposible cuya obra solo dura lo que el humo tarda en dispersarse: “¡Mire! ¡Deprisa! ¡Im­prima la forma en su memoria! ¡Dentro de pocos segundos la estatua se desvanecerá como una melodía que acaba!”. En la larga polémica que tras la revolución soviética mantuvieron los teó­ricos del arte sobre la creación, la propiedad de lo creado y el comercio que se creó, el triunfo moral lo consiguieron los cartelistas, pero para mí, lo más excelso serían ya por siempre los es­cultores de humo.  

Tiene también Isidro un componente de artista de varietés. Varía de ilustrar en potentes editoriales a editoriales menores, a veces mi­núsculas, como la valenciana Mediavaca. Dise­ña para grandes marcas de coches o para las portadas de revistas ínfimas como Attonitus o La Expedición. Le gusta disfrazarse y lo hace tras enormes embudos o sonrientes cajas de cartón. Tiene mucho pelo en los brazos, por eso lo descubro cuando se fotografía enmascarado. Quizá aprendió a transformarse en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza (1982-1985), donde dio rienda suelta a la puesta en escena de sí mismo. Estudió mimo y pantomima en la Es­cuela Lecoq de París. Tras girar con varias com­pañías, su camino se centrará en la ilustración y el diseño. Aprendió los rudimentos de la diagra­mación y la tipografía en los talleres de Heraldo de Aragón (1988) y luego aprendió todo lo demás en el estudio barcelonés de su maestro y amigo Peret (1989).  

Si en algo coinciden los analistas de la obra de Ferrer es que posee cierto carácter má­gico que trasciende y pervierte la aparente in­genuidad. Los objetos, las líneas y la tipografía se cruzan en el aire como si fueran trapecistas. Mundos de magia y circo que también subyuga­ron al poeta catalán Joan Brossa que, si pudiera escapar del sagrado panteón donde lo han ente­rrado, acudiría a uno de los muchos cursos que Isidro Ferrer imparte por todo el mundo para dis­frutar como el niño sabio y alborotador que fue.

Su obra también se puede leer en muchos libros. Y digo leer, y no solo ver, porque el traba­jo visual de Isidro Ferrer siempre posee una o varias lecturas. Trasciende la estética pura a la que muchos grafistas actuales nos tienen acos­tumbrados. Se puede leer, se puede interpretar e incluso representar. Muchos de esos libros han contado con la rebeldía literaria y vital de su amigo Carlos Grasa. Desde aquella primera obra para títeres de Yo me lo guiso, yo me lo como (Za­ragoza,1995), dedicada al titiritero argentino Ja­vier Villafañe (Premio Laus de Ilustración), hasta Una casa para el abuelo (París, 2001), donde se tocaba en una publicación infantil el tema de la muerte, lo que ocasionó una larga resistencia de las editoriales españolas a su publicación. Pese a todo recibió el Premio Nacional de Ilustración Infantil y Juvenil en 2006. Y muchos más, como Exilios (París, 1999) o Vladimir & Estragón (Za­ragoza, 2010). También son notables los libros publicados con extractos de sus cuadernos de viaje, diarios visuales que reflejan su particular visión del mundo y laberinto inspirador de algu­nos de sus diseños más relevantes. Destacamos entre ellos la Galería Legítima (Xordica, 2005), epilogado por Félix Romeo, vislumbrando un interesante viaje por los diarios de escritores, y Open every day (Estudio Versus, 2009), un íntimo y sensacional recorrido por Nueva York.

Isidro Ferrer planta cara a muchas cosas. Cuando recibió el Premio Nacional de Diseño 2002 recitó ante el Rey un poema antibelicista de Gloria Fuertes. Y el Rey aplaudió. Aunque ni aquellos aplausos ni aquel poema pudieran evi­tar la guerra de Irak, que comenzó solo unos días después.

En esta exposición planta cara a la pro­gramación del Centro Dramático Nacional para la temporada 2011-2012, la última y quizá la más brillante del período bajo la dirección de Gerardo Vera, la persona que desde la temporada 2006-2007 confía a Isidro Ferrer la imagen y el carte­lismo del CDN.

Muchos años antes ya había diseñado Isidro carteles para eventos teatrales más mo­destos, como las Muestras de Teatro Universi­tario o los Festivales Internacionales de Títeres y Marionetas de Zaragoza. El encargo del CDN llena de gozo al diseñador, que buceará en cada espectáculo propuesto, buscando también para cada temporada una línea de esencia y continui­dad. Con la colaboración de Nicolás Sánchez y Sean Mackaoui, afronta cinco temporadas, en­cargándose su amigo Peret de la de 2010-2011.

En las anteriores, Isidro cultiva sobre todo las transformaciones, algunas de las cuales se ex­pusieron bajo el título No es esto en el Monas­terio Nuevo de San Juan de la Peña (2008): sie­rras que se convierten en escaleras de peldaños amenazadores (Sí, pero no lo soy, de Alfredo Sanzol), muletas que son un kalashnikov (Ante la jubilación, de mi admirado Thomas Bernhard) o fonendoscopios cuya membrana se transmuta en mantis (Idaho y Utah, de Albert Espinosa). Un cartel que reza y pica.

En la que se expone en La Aljafería, Isidro Ferrer pone cara a cada una de las obras que se van a representar. Caras palestinas, calavéricas, cunícolas o que lloran tiras de periódico con las peores noticias del mundo. Primero materializa y luego desmaterializa. Junta briznas, clavos, huesos, cortezas, clips, telas, tipos de imprenta, huecos de yeso, saetas de reloj, hojas de fres­no. Manufactura en su mesa de trabajo. Recorta, pega, clava. Materializa un rostro. Luego lo fo­tografía. Lo desmaterializa. Lo convierte en im­palpable, en magma de bits. Retoca estructuras virtuales que acabarán viviendo en la web del Centro Dramático Nacional, en un programa de papel que manosea el espectador de Luces de bohemia o en un cartel que la humedad y el vien­to acabarán despegando del mobiliario urbano. Estructuras todas muy frágiles, casi de humo.

Con humo ha levantado Isidro Ferrer una obra muy sólida, que sugiere, inspira y que hasta es copiada con descaro o ingenuidad. “Pobres de los diseñadores que solo aprenden de los di­señadores”, dijo Felipe Hernández Cava −histo­rietista que fundó el grupo El Cubri en 1970−, en el catálogo que describía una importante expo­sición de su obra más temprana (Huesca, 1999: La Voz Ajena). La obra de Isidro Ferrer es tan peculiar porque es una persona que se interesa por todo. Por la anatomía, por la atmósfera, por la cerveza, por la política, por la sonrisa, por el póquer del tiempo y por la aventura intelectual.

El teatro pone su cara delante del espec­tador. Levanten la cara del telón. Y busquen lo que hay detrás. Siempre es lo más interesante.

'EL PALACIO DE LIRIA' DE ATALANTA

'EL PALACIO DE LIRIA' DE ATALANTA

HISTORIA Y ARTES DEL PALACIO DE LIRIA

Me gustan mucho los libros de Atalanta, el sello de Jacobo Siruela y de Inka Martí. He disfrutado mucho con alguno de sus títulos: los cuentos de Felisberto Hernández, tan reciente, los de Francisco Tario, tan desconocido, los de Salvador Elizondo. Son muchos libros, muchos géneros, con inclinación al híbrido, cuentos, novelas, confesiones, sueños (es muy sugerente el ‘Cuaderno de noche’ de Inka Martí), libros de viajes (como el de Jordi Esteva: ‘Socotra, la isla de los genios’), etc. Y ayer cuando llegué a casa me había llegado ‘El palacio de Liria’, uno de esos libros con los que difícilmente podrá competir el libro electrónico. Lo tiene todo: elegancia, olor, sabor, abre un inmediato laberinto para el viaje y el extravío. Jacobo Siruela invita a conocer mejor a sus antepasados, y luego Carlos Sambricio revela los secretos de la Arquitectura del palacio; Mónica Luengo habla de jardines, un tema muy hermoso, sin duda; Fernando Checa, ex director del Museo Prado, aborda la pinacoteca, aunque hay que decir que todo el libro es como una pinacoteca en sí misma (Tiziano, Rembrandt, Rubes, Ribera, Murillo, Goya, Velázquez, Zuloaga, Franz Xavier Winterhalter), José Manuel Calderón aborda la biblioteca y el archivo, Javier Sala se acerca a los Salones y José Francisco Yvars se centra en el tema de la Memoria, donde se unen la colección y las historias de familia. El libro es una maravilla. El palacio fue terminado en 1785 y poco después, el escritor y viajero William Beckford lo definió como “el más espléndido de Madrid”.

ALEJANDRO MONGE, PREMIADO

ALEJANDRO MONGE, PREMIADO

ALEJANDRO MONGE, EL ESCULTOR DE RETRATOS, GANA EL X PREMIO BIENAL DE PINTURA ’DELEGACIÓN DEL GOBIERNO EN ARAGÓN’ EL MISMO DÍA QUE INAUGURA SU PRIMERA EXPOSICIÓN EN SOLITARIO

 

[Nota de Eugenia Aragonés]El artista zaragozano Alejandro Monge inauguró el pasado jueves su primera exposición en solitario a las 19:30, en la Galería Carlos Gil de la Parra, Ps. Constitución, 28. La inauguración fue doblemente satisfactoria para el artista que pocas horas antes recibía la llamada en la que se le comunicaba que su obra había resultado galardonada con el X Premio Bienal de Pintura “Delegación del Gobierno de Aragón”.

El jurado, que emitió ayer su fallo, estuvo compuesto por el delegado del Gobierno en Aragón, Gustavo Alcalde; la directora del Área de Alta Inspección de Educación y la jefa de sección de la Alta Inspección de Educación de la Delegación del Gobierno en Aragón, Ana Grande y María Isabel San Román, respectivamente; la responsable del Programa de Educación y Cultura de la Obra Social de IberCaja, Magdalena Lasala; la directora del Museo IberCaja Camón Aznar, María Rosario Añaños, la catedrática de Instituto de dibujo y pintora, Esperanza Altuzarra; el comisario de Exposiciones y crítico de arte, Ricardo García; y la ganadora del primer premio de pintura Delegación del Gobierno en Aragón 2010, María José Laplana. El fallo se emitió tras valorar las 88 obras presentadas este año.

Alrededor de 150 personas se acercaron a lo largo de la tarde por la Galería Carlos Gil de la Parra para celebrar la primera exposición de Alejandro Monge en solitario y para felicitarlo por el premio. A lo largo de las dos horas que duró la inauguración pasaron por la Galería amigos de la Escuela de Artes donde el artista se formó como escultor, familiares, clientes, coleccionistas así como rostros conocidos del mundo del arte. La exposición que estará abierta al público hasta el 10 de enero del 2013 recoge un total de 34 obras del artista que se exponen por primera vez en Zaragoza.

La obra de Alejandro Monge, especialmente los retratos de gran formato, despierta admiración por su técnica, perfección y realismo. Ayer además se pudo ver, tocar y examinar su escultura de los billetes que se convirtió en lo más comentado; está hecha de papel petrificado con resinas,  pintada y modelada a mano, no se ha utilizado el fuego en ningún momento.

Alejandro Monge, nacido en 1988, es técnico superior de artes plásticas y diseño con la especialidad de escultura en la Escuela de Artes de Zaragoza. Escultor vocacional, hace tres años cogió los pinceles por primera vez y descubrió en el retrato una nueva vía de expresión.

 

Los retratos de Alejandro Monge trascienden del lienzo, el volumen y profundidad que crea los convierte casi en esculturas que pugnan por liberarse de las dos dimensiones. Los claroscuros recuerdan a Caravaggio; la estética a los impresionistas, principalmente a Sargent, el pintor que más le ha influido.

Como el mismo pintor afirma sus retratos son realistas. Cada obra de gran formato le lleva meses en los que se vuelca en cuerpo y alma hasta que la da por concluida produciéndose un feedback emocional y psicológico entre el artista y el retrato.

Su siguiente proyecto “Micara Enunmuseo” ha arrancado ya en facebook; el artista busca a una zaragozana menor de 27 años para convertirla en protagonista, durante año y medio, de su próxima obra en la que también estará muy presente la escultura.

Como escribe Antón Castro en el catálogo de la exposición: Alejandro Monge intenta ser un artista libre. Abierto al propio ritmo de pintura. Lento y seguro. Busca la contundencia y la belleza. No pretende ser amable. Y no pone títulos a los cuadros porque no quiere que el espectador se sienta condicionado. Al contrario: el cuadro se completa en el corazón y en los ojos del espectador a través de la ciencia de la observación y de la libertad del pensamiento.

 

*En la foto de Eugenia Aragonés, Alejandro Monge con Carlos Gil de la Parra y Pepe Cerdá.

ALEJANDRO MONGE, PRIMERA INDIVIDUAL, EN GIL DE LA PARRA

ALEJANDRO MONGE, PRIMERA INDIVIDUAL, EN GIL DE LA PARRA

[Esta tarde, en la sala de Carlos Gil de la Parra, en el Paseo de la Constitución, el pintor y escultor Alejandro Monge presenta su primera muestra individual: retratos, paisajes, alguna escultura, dibujos. Obra en gran formato, donde manda el claroscuro, de pequeño y de medio; a veces pasa de ese hiperrealismo tan trabajado al óleo a un estampa romántica. La inauguración será entre las 19.30 y las 20.00.]

 

ALEJANDRO MONGE O LA OBSESIÓN DEL CONTRASTE

 

Alejandro Monge lleva a una carrera fulgurante: ha logrado, en muy poco tiempo, crear un puñado de imágenes que lo definen: rostros poderosos, turbadores, inscritos sobre un fondo negro. El conjunto, de entrada, hace pensar en el barroco y se aproxima a un hiperrealismo que no excluye lo sombrío: a veces sus cuadros, resueltos en óleo sobre lienzo, hacen pensar en la fotografía de Pierre Gonnord, por citar un icono que muchos empezamos a reconocer, aunque sus fuentes hay que buscarlas en la pintura, en Zurbarán, por ejemplo, en Francisco Pradilla e incluso en maestros más contemporáneos como Antonio López.

A veces, la obra de Alejandro Monge tiene algo de trampantojo: aparenta ser una fotografía, trabajada hasta sus últimas consecuencias en la textura y en el contraste (dice Alejandro: “uno de mis vicios es el contraste. Me gusta mucho, lo busco, me define”), pero en realidad es una pieza al óleo, meditada, de ejecución parsimoniosa que puede prolongarse hasta los dos meses. Es una pintura con tiempo que aspira a la perfección, a crear una nueva imagen de la realidad, y que pretende crear un auténtico ‘artefacto’ pictórico, con las cualidades de la pintura.

Alejandro Monge lleva en el arte poco más de tres años. Un día le dijeron –quizá fuera su propio padre, Jesús Monge, decorador y aficionado en otros tiempos a los tonos obsesivos del negro- que debería abrazar los pinceles: darse una oportunidad. Medirse consigo mismo. Desplegar los talentos naturales. “Déjalo todo y ponte a pintar”, le dijo. Y lo ha hecho: ha asistido a clases de dibujo con Mariángeles Cañada durante seis meses y luego ha trabajado en su estudio. En este tiempo ha hecho muchas cosas: un autorretrato paterno, una serie de fumadores o de volutas de humo que avanzan y se enredan y se expanden en el aire, y ha hecho algunos experimentos con la escultura. En todo este tiempo, su obra no ha pasado inadvertida: ha sido valorada, seleccionada y expuesta, y ha llamado la atención por su personalidad. Por sus investigación, por su  búsqueda. Y por el torrente del negro, que es cuna, refugio y laboratorio de formas. Alejandro dice que es su color favorito: durante algún tiempo vivió en habitaciones pintadas de negro, a pesar de que no le atrae lo siniestro ni pertenece a ningún grupo gótico.

Un retrato siempre es un ejercicio complejo: trascender un rostro y transformarlo en materia artística, sujeta al modelo y a la vez independiente de él, no es nada fácil. Alejandro lo logra. Y he aquí la prueba: cuida los detalles, los gestos, los rasgos, cualquier matiz: desde una ceja que se enarca bruscamente hasta el intenso carmín de unos labios, desde la fuerza de unos ojos a la caída, hilo a hilo de oro, del cabello. Sus rostros tienen belleza y energía, pero también pueden ser desdeñosos, desafiantes; pueden expresar estupor, desgarro o pérdida. En su obra no hay nada complaciente: por ejemplo, la pureza y el candor de una niña pugnan con el instinto de los doberman, tan amenazantes, sobre una atmósfera oscura, que resalta los ojos de los protagonistas; las miradas parecen de acero o de hielo, hay como una contracción, una perplejidad, ira contenida. O puede haber también, cuando el rostro parece algo más ensimismado, un rasgo místico con la concentración y el tránsito inefable de un monje. La luz moldea el rostro en el centro del cuadro, lo moldea y lo ciñe, resalta su personalidad y su energía, que parece indómita. Ni en sus retratos de mujeres asistimos a un manifiesto de suavidad. Quizá haya una mayor contención de la inquietud, pero siempre hay algo desapacible. Que hiere, que inquiere o que duele.

Además de esos retratos, expresivos y turbadores, Alejandro Monge ha hecho otras series: paisajes. Paisajes de cielos, más bien tenebrosos o crepusculares, como de un romanticismo tan misterioso como sombrío, y paisajes de bosques tras la nieve. Paisajes de nieve pintada. Los primeros, casi en formato panorámico, aluden a la pintura del siglo XIX, a Caspar David Fiedrich, quizá, a esos mundos de tinieblas donde todo es posible: el miedo, el sueño, la fantasmagoría, la irrupción de criaturas de pesadilla, el pausado movimiento de la luna entre dramáticas nubes. Y también evocan algo que Alejandro desarrolla con más énfasis en la escultura: la fragilidad, la fugacidad, la penumbra. La estación otoñal y anímica de la incertidumbre. En los segundos paisajes, que parecen realizados como a carboncillo, el pintor busca la depuración formal: elabora lo máximo con lo mínimo. Sugiere. Y abre la puerta hacia el más allá, hacia un mundo desconocido, que acaba de ser visitado por el temporal o por la nieve. Y luego, tras las inclemencias, recupera la serenidad. En ese territorio tan literario, casi de cuento de hadas, Alejandro se mueve a su antojo. Parece preguntarse: ¿qué habrá allá, en el interior, después del claro del bosque? ¿Cómo sonarán las pisadas del paseante sobre la alfombra de hojas y matojos? Casi da la sensación de que invita a entrar con el lobo, con las inconcretas alimañas, con la melodía del silencio sibilante. A Alejandro Monge le encanta contraponer la oscuridad con el fulgor de la nieve sobre los pinos. E incluso le encanta sugerir otra idea: el bosque, varado tras el temporal, está muerto. Inmóvil. Inerte. Encadenado a la región del sortilegio.

He aquí un artista con un gran porvenir. El retrato es más exigente y demanda un ejercicio plástico de abstracción y de matices expresivos; el propio artista señala que el retrato coarta, despierta una tensión especial que va más allá de la dificultad. En el paisaje el pintor parece reposar. Experimenta, juega, evoluciona casi sin percatarse. Se divierte. Y eso también se ve en sus desnudos de mujer, que abren otra veta de inspiración y de búsqueda.

Alejandro Monge intenta ser un artista libre. Abierto al propio ritmo de pintura. Lento y seguro. Busca la contundencia y la belleza. No pretende ser amable. Y no pone títulos a los cuadros porque no quiere que el espectador se sienta condicionado. Al contrario: el cuadro se completa en el corazón y en los ojos del espectador a través de la ciencia de la observación y de la libertad del pensamiento.

 

 

 

EL CLARO DEL BOSQUE

El pintor llegó a las seis. O a las seis y media. El otoño acababa de llegar y lo hacía a su modo con un viento impregnado de música. O de silbos. El pintor plantó su caballete en la entrada del bosque. En un cruce de caminos: hacia allá estaba el mar y su furioso oleaje, y hacia aquí la umbría. La última luz se colaba entre los pinos y alumbraba un claro. El pintor empezó a pintar; hubo un momento en que se concentró solo en un pino. Y cuando la oscuridad pugnaba con la claridad taciturna, vio o creyó ver una mirada: el brillo azul de unos ojos. Y oyó una voz que dijo: “Sígueme ahí dentro, en la espesura. Aquí nunca es de noche: toda la luz llega del cielo”. El pintor cogió sus bártulos y avanzó hasta que dejó de ver nada. Una mano se alzó para derribarle...

 

EVA ARMISÉN, HOY, EN A DEL ARTE

[Esta tarde, a las 20.00 horas, en la galería A del Arte, se inaugura la exposición ’Un día especial’ de Eva Armisén. Le he escrito este texto para la web de la galería.]

UNA INVITACIÓN A LA FELICIDAD

 

Antón CASTRO

 

Eva Armisén (Zaragoza, 1969) defiende la alegría. Como el poeta Mario Benedetti está empeñada en “defender la alegría como un destino / defenderla del fuego y de los bomberos / de los suicidas y los homicidas / de las vacaciones y del agobio”, y hace de su pintura un laboratorio permanente de emociones que derivan de las cosas sencillas, de las pequeños gestos que nos pautan las horas. Su pintura es esencialmente narrativa, una pintura con historia y con personajes, matizados con una palabra o un mensaje: andando, leyendo, ideas, enamorada; a veces va un poco más allá y pone ‘para ti’. O ‘un día especial’. Es así como se titula esta muestra: ‘Un día especial’. A menudo, en sus mensajes arroja una confidencia, una poética o un aforismo autobiográfico: “seré más mala que el lobo feroz”, “cada día un poco de magia”.

Eva Armisén tiene la facultad de convertir, a través del arte, cada día en una jornada particular: le concede gracia, encanto, desinhibición, candor; le otorga algo casi indefinible: afirmación de la vida contra cualquier forma de agresividad. Como Luis Buñuel debe pensar que un día sin risa es un día perdido, y llena sus cuadros de sonrisas: el espectador se acerca a uno de sus cuadros y lo primero que le asoma al rostro es una sonrisa. La sonrisa es una forma de empatía. Un estado perfecto de comunicación. La de Eva Armisén es una pintura con sonrisa. Los que sonríen ven el mundo de otro modo: menos ceremonioso, más antojadizo, con la frescura del aire, incontenible en su libertad. Cotidiano y fluido en su expansión. Y ella, que es moderna y que posee un desparpajo radical, se inclina casi siempre hacia esos estados de ánimo que tienden a la felicidad.

Eva Armisén juega con muchos elementos. Desde el punto de vista iconográfico parece buscar en su interior la niña perdida. La niña soñadora que resumía el mundo mediante trazos sencillos, la niña que carecía de límites, la niña-mujer que se atrevía a lanzarse por los aires, con su vestido de lunares o un paraguas contra la tempestad. Esa niña-mujer ha sido afianzándose y creciendo en contención y en firmeza. Sabe lo que quiere. Sabe dialogar con los objetos y su representación más simplificada. Eva conoce las claves de su oficio: una curva hacia arriba o hacia abajo lo dice todo. Habla de la exultación o revela el drama. Los ojillos chisporrotean con una mancha sabiamente administrada.

En su obra son muy importantes la atmósfera, el contexto y el color. La atmósfera, cabría decir, abraza la ingenuidad: no hay estridencias, ni dolor, propone con sencillez un universo que tiene algo de aleteante y de artesanal. Un mundo liviano y muy femenino: la pintora suele decir que su obra “es una declaración de amor permanente” y que las mujeres poseen una certidumbre, una disposición y un instinto que les lleva a cambiar el mundo a cualquier hora. La vida llega como un pájaro o una nube y nos envuelve. El amor vuela con su corazón desarbolado y nos inunda. Eva Armisén huye de cualquier forma del desgarro. El dolor existe, anda por ahí, nos estremece a todos, pero Eva busca otros estados ánimos y otra forma de contagio: realiza una pintura optimista. Una pintura de luz entusiasta. Contra la noche y sus cuchillos de tiniebla, el fulgor.

En esta exposición, Eva Armisén, que también es una potente ilustradora, combina el dibujo y la pintura. Uno de sus dibujos se titula ‘Amor’: representa a un hombre con los ojos cerrados, los ojos de alguien que sueña e interioriza la energía de su pasión, al que le sale el corazón por la boca. Así de elemental y directa puede llegar a ser la artista. Todo está resuelto con un esquematismo próximo al primer trazo infantil: ella sabe que una buena parte del arte contemporáneo ha pugnado por recuperar la fuerza primitiva de la niñez, aquella espontaneidad indomable, y eso lo hicieron Miró, Picasso, Antonio Fernández Molina, el García Lorca dibujante, y muchos artistas surrealistas.

Eva desnuda al máximo su trazo y logra lo que quería: una emoción inmediata, un impacto que alegra, un temblor sin afectación. A menudo el contexto es más complejo y sitúa a sus personajes en su habitación, al aire libre, en la cocina o en el baño, en un circo o en el salón de casa, donde una mujer lee a la luz de una lámpara. El contexto también tiene mucho que ver con la actitud de sus criaturas: parecen poseídas por el goce, por la inocencia, por sensaciones inefables; a veces parecen vivir en un trance ligero, nada místico, como si la vida fuera un cuento de hadas. Y la pintura un puro sortilegio o la varita de un mago.

El arte de Eva Armisén está repleto de detalles. De sutileza. Las mujeres del cuadro pueden llevar bata de cola, moño o cabellos al viento, en controlado desorden, pueden llevar vestidos floreados o con lunares. Las mujeres del cuadro exhiben una rosa o un clavel en el pelo, pasean por la calle con un ramo entre las manos y poseen una determinación especial. Hay algo en sus rostros, apenas bosquejados, que vence la frontalidad y el hieratismo. Hay algo que les confiere embeleso, simpatía, ternura. El color no es estridente: está ahí, muy elaborado, dialoga en cada elemento y se reparte con ritmo y equilibrio, y con un punto de humor. El humor es importante en la obra de Eva Armisén: fíjense en los gestos, en los zapatos, en la tensión entre las flores y la ropa, en el tratamiento de los fondos, en ocasiones, como si fueran papeles pintados.

No vamos a descubrir aquí la trayectoria de Eva Armisén. Su capacidad para investigar, para asumir retos (pintar tazas, abanicos, diseñar portadas de discos o ilustrar libros de su compañero Marc Parrot...), sus viajes alrededor del mundo con sus lienzos y dibujos, la creación de esa familia tan particular que son los Armisén, con sus animales y todo. Ella lo dijo alguna vez: tiene la cabeza llena de pájaros. Y eso le permite desplegar su combate incesante contra las sombras y nos que enseña que la vida, tan vulnerable y tan pendiente de un hilo, puede ser bella, amorosa y alegre. Si nos afanamos en ello, todos podemos tener en cualquier instante un día especial.