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Antón Castro

Artistas

DEANNA DURBIN: EL AMOR DE BORAU

DEANNA DURBIN: EL AMOR DE BORAU

POSTAL DE BORAU PARA LA ACTRIZ DEANNA DURBIN

José Luis Borau (1929-2012: fallecía ayer en Madrid) era solitario y mitómano. Solía ir al cine Actualidades con su padre, aficionado a las películas de animales y de circo. Él también vio otro tipo de películas de factura sentimental. En ella aparecía Deanna Durbin (nació en Winnipeg en 1921), que se convirtió en un mito íntimo, en un amor imposible. Hizo cuanto pudo para saber la dirección de sus los estudios donde trabajaba aquella joven guapa y dulce, con buena voz, y le mandó una carta, dos o tres cartas. De admiración, de cariño, de indecible amor. No es invención: José Luis Borau me lo contó varias veces; una de ellas en las oficinas de El Imán.

HOY, ESTRENO DE 'TRANSICIÓN'

Hoy miércoles a las 20.30 h se estrena la obra TRANSICIÓN en el Teatro de las Esquinas, que permanecerá en cartel hasta el día 25 de noviembre.

TRANSICIÓN es una de las producciones más importantes a nivel nacional de la temporada en que estamos, 2012-13. Por la envergadura de la producción y por el interés que suscita el tema. Está coproducida por el Centro Dramático Nacional, Teatro Meridional, L’Om Imprebis y nosotros, Teatro del Temple. Después hará gira por la comunidad Valenciana, la Comunidad de Madrid y en marzo la llevaremos al Teatro María Guerrero, sede del Centro Dramático Nacional. El reparto de ocho actores está encabezado por Antonio Valero, y cuenta entre otros con José Luis Esteban y Balbino Lacosta, dos de los mejores actores de Aragón.

‘Transición’  

Un paciente llamado Adolfo es ingresado en una clínica. Convencido de que pudo ser el presidente del Gobierno, recreará los principales episodios históricos de la Transición y su repercusión en nuestra realidad actual.

Humor, sátira y reflexión se alternan en este espectáculo en el que la Historia se encuentra con la humanidad. Reconstruyendo un lugar, un espacio y un tiempo desde el que entender lo que somos a partir de lo que fuimos. Ocho actores encabezados por Antonio Valero encarnan a los personajes de este proyecto coproducido por el Centro Dramático Nacional y las compañías L’Om-Imprebís, Teatro Meridional y Teatro del Temple. Los autores Julio Salvatierra y Alfonso Plou y los directores Santiago Sánchez y Carlos Martín levantan una ficción en la que pasado, presente y futuro se solapan.

 [Una sociedad para existir debe contarse a sí misma, y la Transición es un período trascendental de nuestra historia cuya revisión, desde la ficción escénica, puede ayudarnos a comprenderla y a comprendernos mejor...]

 

Por qué ‘Transición...’

Todas las manifestaciones culturales sobre la Transición interesan. Y es normal. Las sociedades forman y educan a los individuos que luego crean los textos y los espectáculos que retratan a esas sociedades. Es cierto que hoy, en una cultura cada vez más global, los textos dramáticos sobre nuestro pasado reciente no llegan fácilmente a los escenarios.

Este es un intento de demostrar que esto no tiene por qué ser así. Creemos que el binomio individuo y sociedad, persona y Estado, configura una de las ecuaciones fundamentales del ser humano, uno de sus grandes temas. De ahí el interés de un período en el que toda una sociedad cambia, transformándose política, individual y culturalmente.

Para entender cómo somos ahora tenemos que entender cómo fuimos.

Sabemos que entrar a valorar la Transición puede generar aún un encendido debate político. Sin embargo, creemos que el teatro que ha llegado a volar alto en el discurso de ideas, lo ha hecho siempre a través de la humanidad de sus personajes. Es a través de esa humanidad por donde se orienta nuestra búsqueda de la lógica, la razón o la justicia.

Alfonso Plou y Julio Salvatierra

 

 

 

JOSÉ MARÍA PEMÁN RECUERDA SUS 17 AÑOS DE CINE EN LA ALMUNIA

JOSÉ MARÍA PEMÁN RECUERDA SUS 17 AÑOS DE CINE EN LA ALMUNIA

José María Pemán, profesor y cinéfilo, abandonaba hace una semana la dirección de las Jornadas de Cine de La Almunia, tras 17 años al frente. Aquí hace balance.

 

 

Siempre se ha dicho que La Almunia es tierra de cine. ¿Podrías recordarnos por qué?

La Almunia ha sido la cuna de dos grandes cineastas, Florián Rey y Adolfo Aznar. El primero de ellos mucho más popular que el segundo, sin embargo a mí me gusta siempre decir que de Aznar tenemos la mayor parte de su legado: fotos de rodaje, guiones, esculturas… En cualquier caso, el cine siempre ha tenido una gran presencia en La Almunia. En los años 60 y 70 del pasado siglo había dos salas de cine, El Salón Blanco y el cine Costa, eso es un indicador de la afición al cine de una población que apenas rebasaba los cinco mil habitantes.

 

¿Cómo nacieron las Jornadas? ¿Qué pasó, qué debates hubo?

En 1994 se cumplió el centenario del nacimiento de Florián Rey. Invitamos a Agustín Sánchez Vidal a presentar la película “Nobleza baturra” y su intervención nos entusiasmó. Dos años después, en 1996, aprovechando la conmemoración de los cien años del nacimiento del cine español, un grupo de docentes nos empeñamos en organizar las primeras Jornadas de Cine porque teníamos muy claro que La Almunia debía estar vinculada al cine a través de una actividad que se perpetuara en el tiempo. Y así ha sido.

 

¿Cuál era el caldo de cultivo que había ahí, existía una vivencia especial de la cinefilia, fue importante el clima cultural que se vive?

Los antecedentes más importantes fueron dos. Por un lado, con el advenimiento de la democracia y la efervescente participación ciudadana en actividades culturales, se creó el cineclub “Florián Rey” que, aunque tuvo una vida efímera, dio respuesta a las inquietudes cinéfilas de una buena parte de la población. Por otra parte, en 1980, el entonces concejal de cultura Paco Gracia organizó un homenaje a Florián Rey en su pueblo natal al que asistieron personajes tan importantes como José María Forqué, Antonio Artero, o Pascual Cebollada. Con ocasión de este homenaje, se colocó una cerámica en la casa natal de Florián y se le dedicó una calle. El camino estaba preparado para que nacieran la Asociación y las Jornadas.

 

Empezáis y tenéis como primer invitado e Santiago Segura. ¿Os queríais meter a los jóvenes en el bolsillo, apostabais por el éxito inmediato?

Queríamos llamar la atención. Santiago Segura acababa de ganar un Goya por la película “El día de la bestia” y se había convertido en un icono para los jóvenes. Desde la primera edición queríamos atraer a la juventud y a fe que lo conseguimos. El cine tuvo un llenazo histórico con una media de edad de los asistentes por debajo de los treinta años, ya que como se sabe La Almunia tiene una población estudiantil muy elevada.

 

Por cierto, empezasteis con el año del primer centenario del cine en Aragón...

 En efecto, fue una inmejorable excusa. Y fíjate lo que son las cosas. Zaragoza y Fuentes de Ebro hicieron lo mismo. Sin conocernos de nada, tres proyectos nacieron al mismo tiempo. Debo decir que a partir de la segunda o tercera edición hemos sido festivales no solo paralelos sino hermanos. Tenemos una magnífica relación y una estrecha amistad.

 

En el segundo año tuvisteis, entre otros, a un mito: Imperio Argentina. ¿Cómo fue ese homenaje, cómo lo vivió la población? ¿Cómo lo vivió ella?

Malena, como así le gustaba que se la llamara, había sido invitada al homenaje a Florián Rey en 1980 y no había podido asistir. Era una espinita clavada tanto en su corazón como en el de los almunienses. Su visita en 1997 quedará para siempre en la memoria colectiva del pueblo que vio nacer al que fue su marido. Fue uno de los momentos más emotivos y uno de los recuerdos más gratos. Ella lo disfrutó enormemente, tanto que pocos meses después repitió visita y en plenas fiestas locales nos regaló un inolvidable recital de coplas en una de sus últimas actuaciones en público. Lástima que no tengamos imágenes de aquel acto.

 

¿Cómo fue vuestra relación, qué fue lo que más  te conmovió de ella, el mejor recuerdo?

Recordaré siempre la cena del día de su llegada, junto al entonces y ahora alcalde Victoriano Herráiz, en un restaurante en el que permanecimos hasta bien entrada la madrugada. Era una mujer de una vitalidad fuera de lo común a sus 86 años, una verdadera enciclopedia que había conocido a Carlos Gardel, Jacinto Benavente, García Lorca o al mismísimo Hitler.

Al día siguiente, recuerdo también otro momento inolvidable. Llamó por teléfono Tomás Marco, el jotero de Cetina apodado “El canario de Aragón”, que cantaba las jotas a dúo con Malena en “Nobleza baturra”. Marco estaba muy enfermo y no pudo desplazarse a La Almunia pero pude comprobar la emoción que experimentó cuando habló con la gran Imperio.

 

 

Por ahí también pasaron, nada menos, José Luis Borau y Luis García Berlanga, entre los clásicos. ¿Cómo vivieron su homenaje?

Borau fue el primer premio Florián que se instituyó en la tercera edición. Era entonces el Presidente de la Academia de Cine y fue para nosotros un espaldarazo su presencia en La Almunia. Estuvo encantador. Desde La Almunia se desplazó a su pueblo natal, Monegrillo, donde inauguró la biblioteca que lleva su nombre.

Berlanga vino con Alfredo Landa y el tándem fue para enmarcar. Vivimos el surrealismo que destilaba constantemente el maestro y conservo una fotografía que Luis Alegre nos hizo echando la siesta en una habitación del hotel “El Patio” desde la que todos contestamos “al alimón” a una entrevista de RNE que en principio solo iba destinada al cineasta.

 

Otra homenajeada, y fallecida este año, fue Aurora Bautista: una señora del cine a la que has querido recordar muy entrañablemente...

Aurora fue otra mujer que me dejó huella. Era muy afectiva y también tenía tras de sí una trayectoria fílmica y vital impresionante. Tuve una gran relación de amistad con ella. Todos los años el 15 de octubre, día de su cumpleaños, la llamaba para felicitarla y siempre me recordaba siempre lo bien que lo había pasado en La Almunia. Fue una gran mujer.

 

No podemos recordarlo todo, pero por ejemplo, hubo un homenaje a siete actrices aragonesas. ¿Fue un momento especial?

Fueron ocho: Luisa Gavasa, María José Moreno, Natalia Moreno, Itziar Miranda, Ana Labordeta, Ana Gracia, Alexandra Jiménez y Nerea Barrios. Vinieron pensando que se trataba de una mesa redonda y se encontraron con un homenaje. Fue precioso. Jamás en el escenario hubo una conjunción tal de belleza y talento femenino. La cena posterior fue antológica. Cantamos y nos reímos hasta bien entrada la noche. Con todas ellas mantenemos una relación excelente.

 

 

¿Cómo se concretaría vuestro apoyo al cine aragonés?

Procuramos que el cine aragonés tenga su espacio en la programación. Hay un premio específico tanto en el concurso de cortos como en el de guiones para trabajos aragoneses. Hace algunos años creamos el premio “Villa de La Almunia de las Artes Cinematográficas” para distinguir, entre otras personas, a destacadas figuras del cine aragonés como han sido por ejemplo Itziar Miranda o Paula Ortiz.

 

Has estado en permanente contacto con el cine español. ¿Qué has aprendido de él, de la industria? ¿Es tan malo como suele decirse?

Yo he sido siempre un defensor de la calidad del cine español. Me parece que está a la altura de otras industrias europeas e incluso de la estadounidense. Creo que no se apoya lo suficiente y, pese a eso, hay todos los años media docena de películas que pueden competir con dignidad con otras filmografías. Puede que una de las claves sea la promoción. Un ejemplo claro de esto es el reciente éxito de “Lo imposible” o de “Las aventuras de Tadeo Jones”. En cine de animación, España es una potencia mundial.

 

¿Qué han aportado las Jornadas al imaginario de la localidad, en qué sois más ricos?

Sobre todo, ilusión. En el mes de la mayo, ahora el cine y la fruta se dan la mano. Hemos convertido las Jornadas en un acontecimiento estacional.

 

Al margen del relumbrón, ¿qué actos paralelos han sido los destacados?

Sin duda, los recitales de música, poesía y cine que tú bien conoces y apadrinas. Pero también el acto comarcal al que hacía referencia antes, las mesas redondas, las exposiciones, la cena de cine… Esta pasada edición fuimos capaces de organizar un espectáculo precioso combinando imágenes de la película “Gigantes y cabezudos” de Florián Rey con la Escuela de Jota de La Almunia, la comparsa de gigantes y cabezudos, los gaiteros del Brazal Hondo y parte de la banda de música. Toda una conjunción de asociaciones para un acto que llenó el cine de la Almunia como si nos hubiera visitado una estrella del cine. Un auténtico lujo.

 

¿Cómo ha influido el cine en la comarca, no solo en La Almunia? ¿Cómo ha incidido en otros ámbitos: la educación, la música, la literatura, el teatro popular...?

Las Jornadas constituyen hoy por hoy un hito en la Comarca de Valdejalón. No en vano, cada año nos desplazamos a un municipio diferente para hacer partícipes del programa a los habitantes de cada uno de los diecisiete municipios. Por otra parte, la interrelación con otras asociaciones culturales es una de las notas de identidad de las Jornadas. La música, la poesía, el teatro y los centros educativos participan cada año en la programación enriqueciendo notablemente la oferta.

 

¿Han surgido realizadores, operadores de cámara, guionistas, nuevos públicos?

Sin duda. La siembra está dando sus frutos. Hay numerosos alumnos que ya se han estrenado en la escritura de guiones, la dirección de cortometrajes, la producción audiovisual, etc. La Almunia es ahora más tierra de cine que nunca.

 

¿Ha habido algún eco especial en la población inmigrante?

Lamentablemente, no. Quizás sea este un reto que tendremos que plantearnos. Y eso que en alguna edición hemos programado cine marroquí o rumano. Supongo que se necesitará algún tiempo para que los inmigrantes acaben de integrarse también en la cultura que se ofrece a través del año en La Almunia que por otra parte es muy diversa.

 

¿Es consciente la gente de lo que mucho que ha visto y ha podido ver?

Supongo que sí. Aunque a veces suelo decir que me gustaría una mayor presencia del público en los actos de menos relumbrón: charlas, exposiciones, proyección de cortometrajes… En todo caso, creo que las Jornadas de Cine tiene ya un arraigo local notable.

 

Íntimamente, casi a modo de confesión, ¿qué te han dado estos 17 años, con qué te quedas?

Son muchas más las luces que las sombras. Te confesaré una cosa: me encanta que el cine se haya convertido en una nota de identidad local y que muchos jóvenes hayan enfocado su vida, o al menos parte de ella, al mundo del séptimo arte. Me enorgullezco de que la Asociación Florián Rey esté más viva y joven que nunca y de que los almunienses tengan cada año la oportunidad de asomarse al mundo a través de la ventana abierta que les ofrecemos. Pero por encima de todo, me quedo con la gran cantidad de amigos que he ganado. Ese es el mejor patrimonio porque permanecerá más allá de las veleidades económicas o de los vaivenes políticos.

 

No sé en qué medida eres mitómano, pero te pregunto: ¿has cumplido alguna fantasía antigua?

He de confesar una vez más que mi musa particular ha sido y es Maribel Verdú. Nada original porque creo que comparto ese sentimiento con mucha gente. Ha estado en La Almunia dos veces, en 2000 y en 2006. Hay quien piensa que este invento de las Jornadas de Cine fue una burda excusa para llegar a conocerla. Quizás no les falte razón.

 ¿Cómo ves el futuro? ¿Habrá futuro y dignidad para el cine en La Almunia?

Soy muy optimista porque el futuro está en las personas. Podrá faltar el dinero, pero la dignidad y el entusiasmo no. Quiero pensar sin temor a equivocarme que están sentadas las bases para que este sueño dure muchos años. Falta mucho por hacer. En ese sueño me gustaría llegar a conocer aquí un museo del cine. Sería un modo estupendo de que La Almunia fuera un escaparate permanente de todo lo que hemos ido acumulando a lo largo de estos años

 

¿Cuál es el estado real del cine en Aragón?

Creo que estamos viviendo un momento dulce. Hay ejemplos más que suficientes para pensar que en Aragón hay talento suficiente para ser pionera del cine español. Basta ver los últimos trabajos de la SCIFE, recientemente celebrada, para darse cuenta de ello. Sin embargo, sería necesario un mayor apoyo por parte de la instituciones para evitar el éxodo, que ha sido una de la lacras en las última décadas.

 

Después de un proyecto así, ¿cuál es la lección que has recibido sobre la cultura, cuál sería su lugar en la sociedad?

Estoy convencido de que la cultura es el mejor de los asideros a los que uno ha de agarrarse especialmente en tiempo difíciles como los que estamos viviendo. Sin cultura el hombre se empobrece y es mucho menos libre. Debería ser una de las prioridades de los gobiernos, pero no parece que sea así.

 

¿A quién querrías darles las gracias?

En cuanto a los agradecimientos, la lista tendría que ser muy larga; pero no puedo dejar de nombrar a Luis Alegre que nos ha acompañado siempre -desde la primera edición-, al cine aragonés, en especial a los dos festivales hermanos de Fuentes y Zaragoza, a todos mis compañeros de la Asociación que han estado siempre conmigo, a mi mujer -Conchi Canela- que me ha ayudado tanto y tanto me quiere y en general a un sinfín de amigos que he ganado en estos años y que me han enriquecido tanto.

JAVIER EGEA, UN POEMA DE AMOR

JAVIER EGEA, UN POEMA DE AMOR

JAVIER EGEA, CASI ENAMORADO DE UNA JOVEN

Javier Egea nació en Granada en 1952 y murió en 1999. La poesía fue la tarea de su vida: la tarea, la emoción, la vocación, el afán, la quimera, la práctica cotidiana. Escribió como vivió, escribió contra la sombra de la muerte y del dolor. Ayer me llegó el segundo volumen de su ‘Poesía completa’, que edita Bartleby, con prólogo de Jairo García Jaramillo, y edición de José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García. Me gustan muchos poemas, pero especialmente este, que no sé si es revolucionario o adecuado para un día como hoy, como ayer. Aquí la joven es Jean Seberg y la foto es de Henry Dauman.

 

 A UNA JOVEN DORMIDA, CASI ENAMORÁNDOME

 

Ojos distintos, turbia, inesperada,

con veinte años ya de tempestad.

Sueña donde concluye la ciudad

y se espigan deseo y madrugada.

 

Y parece feliz. O desplegada

en el mapa de ajena soledad

por donde habrá que navegar. Mirad:

ella pone sentido a mi jornada.

 

Ella es un cuerpo largo que se inquieta,

que lleva sombra y luz en su camisa,

anticipando libertad y meta.

 

Ella es rumbo que siempre se improvisa,

mueve esa carne vasta de planeta

y se despierta aún con la sonrisa.

RAFAEL MONEO: UN DIÁLOGO

RAFAEL MONEO: UN DIÁLOGO

«La arquitectura de calidad no se hace sentir mucho»

«Procuro que mis obras se disfruten con una construcción ajustada y pulcra»

«Querría mantener el espíritu inquieto y atento con el que hice la Fábrica Diestre»

«La vida y la evolución de un arquitecto están ligadas al viaje»

 

Rafael Moneo fue el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de 2012, que ha sido definido como «un arquitecto español de dimensión universal». Aquí hace un viaje por su trayectoria y explica su labor en Fábrica Diestre, su primer proyecto, o en el complejo Aragonia. Dio, ante varios centenares de alumnos, la conferencia de inauguración del curso en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura. Javier Monclús y Carmen Díez hicieron de anfitriones.

[Retrato fotográfico: El maestro. Rafael Moneo es un pensador: intenta conjugar la limpidez con el pragmatismo, la belleza de las líneas netas, casi austeras, con la funcionalidad. Lo hace, conmueve y no se da importancia.]

ANTÓN CASTRO / Zaragoza

Rafael Moneo (Tudela, 1937) es un ’Nobel’ (fue Pritzker en 1996) de la arquitectura: un Nobel y un noble, humilde y reflexivo. Ha inaugurado el Curso de la Escuela de Arquitectura y de Ingeniería, y ha reflexionado sobre tres edificios: Aragonia, la Universidad de Columbia y la iglesia de San Sebastián.

¿En qué consiste ser arquitecto?

Yo creo que casi todo el mundo se siente próximo al trabajo que hace un arquitecto, seguramente porque hay algo que lleva pensar en tiempos muy, muy remotos en los que construir era también sobrevivir. Después de eso, el proceso de especialización que se ha producido en la especie humana ha dado lugar a que el arquitecto haya estado ligado a la construcción. Y a medida que ha ido avanzando y abonando esta especialización, el arquitecto ha ido siendo, cada vez más, el responsable de dar las directrices de aquello que se construía. Luego el término arquitecto ha servido, qué sé yo, para definir metafóricamente a un entrenador que conduce a un equipo a la victoria; el término ha adquirido más hondura y ha convertido al arquitecto en estratega. Pero a mí me gustaría verlo ligado sobre todo a este papel del arquitecto como constructor.

¿Solo constructor?

Creo, también, que desde el Renacimiento el término de arquitecto ha pasado a diluirse y desdibujarse a medida que la diversidad de trabajos que se dan cita en un edificio ha hecho que esos saberes no estén todos en manos de una sola persona, y ha quedado ese aspecto más ligado a definir y establecer los componentes lingüísticos. Por eso la apariencia del edificio es lo que parece pertenecer más al arquitecto, pero, insisto, a mí me gustaría que siguiese vigente esa condición primera ligada a un trabajo, el del arquitecto que se afirma en la construcción.

Javier Monclús le presentó diciendo que usted era un arquitecto de ideas. ¿Qué cree que quiere decir?

La profesión de arquitecto se produce no lejos del terreno de la enseñanza donde lo que se discute es cuál es el posible sentido de lo que construimos hoy. Esa proximidad con el mundo de la enseñanza hace que la discusión teórica acerca de los problemas que preocupan al constructor y a la arquitectura hayan estado presentes en mi trabajo... Creo que Javier Monclús se refiere a eso. Espero que no me haga escribir un manual...

No se preocupe. Me gusta que cierre los ojos tan intensamente y que busque las respuestas como si las pensara por primera vez. ¿Tiene o no tiene estilo un arquitecto?

Yo creo que sí. El estilo seguramente -hablamos de estilo o de lenguaje- es como una categoría difusa de la cual participan todos quienes vivimos y trabajamos en determinado momento. En realidad, si uno mira en la Zaragoza de los años 30 vería que esa arquitectura que se desprendía del ornamento y que está presente en muchas obras primeras de los Borobio era un estilo, que luego adquiere otros matices más personales o locales... Hoy el estilo es menos claro. Por el modo en que se construye se han introducido tantos aspectos diversos que, seguramente, quienes hagan la historia de estos años también verán las cosas mucho más próximas de lo que las vemos nosotros ahora. En el caso de mi trabajo no hay tanto un recrearse en el lenguaje como en entender las condiciones muy precisas y peculiares de un proyecto. Lo que caracteriza mis proyectos es la lógica con que se afrontan.

¿La lógica? Cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, que recibía el viernes, le adjudicaron dos términos: serenidad y pulcritud. ¿Considera que esos dos sustantivos definen su quehacer?

Me gustaría que fuese verdad lo que ha dicho el jurado. Los años 80, 90 y después de ese periodo que se llamó posmodernidad han venido marcados por una exageración y exuberancia a las que yo siempre me he resistido. En ese aspecto, he buscado más la calma o entiendo que alguien pueda ver mi trabajo como más sereno, si serenidad significa no recrearse en la exageración o la desmesura. Podría ser una característica, sí.

¿Y la pulcritud?

Respeto a pulcritud, intento tener toda aquella que me permite una práctica de la construcción hoy que, poco a poco, va perdiendo los valores que le daba el artesonado y se ha dado entrada a la industria. Y en uno y en otro, el lado artesano y el industrial, cabe la pulcritud. En la medida de lo posible procuro que mis obras se disfruten con una construcción ajustada y, en último término, exageradamente pulcra. O entendida como pulcritud por el jurado.

¿Qué queda en usted de aquel joven arquitecto que concibió la Fábrica Diestre, en Zaragoza?

Seguro que he cambiado, pero a mí me gustaría que aquel arquitecto inquieto y atento -que intentaba ver si era capaz de replicar la arquitectura de aquellos profesionales que admiraba-, mantuviese el mismo espíritu en el de hoy. Quizá no miro ya tan claramente al trabajo de otros colegas, pero sí me gustaría que esa inquietud trasladada o reflejada en términos de exigencia se mantuviera hoy.

¿Cuál sería la clave de ese proyecto que parece casi una pequeña ciudad en Zaragoza o, como también, dijo un barco inmenso con su sala de máquinas: Aragonia?

Es una obra, de entrada, importante por el tamaño. Hay veces que el tamaño cuenta y entender que aquello que se pone en tus manos puede cambiar la faz, no me atrevería a decir de un barrio, pero sí de un área de la ciudad suficientemente amplia como englobar esos dos parques, hace que yo valore el Aragonia en lo que tiene de importancia en el medio en que se inscribe. Es más difícil para un arquitecto la obra de dimensiones amplias que la obra más menuda. La obra más menuda puede controlarse más, pero en la más grande los aspectos estructurales tratan de apropiarse del edificio. En el Aragonia nos hemos movido en el filo de la navaja: sin perder lo que pueda haber de personal en mi trabajo, hay que reconocer y asimilar también la obligación instrumental que un edificio como ese tiene. Ha sido difícil por esa superposición de usos y funciones, pero en ningún caso considero este proyecto una obra menor en absoluto dentro de mi trayectoria. Aragonia es un trabajo importante, muy valioso para mí.

Para la gente que quizá no domine en exceso la arquitectura... ¿cuáles serían o deberían ser los baremos de percepción? ¿Qué les diría usted qué y cómo es ese edificio?

La buena arquitectura, de calidad, no se hace sentir mucho. Si Aragonia está absorbida por las gentes que lo usan sin que les reclame continuamente pensar que hay un arquitecto que ha volcado en ella intenciones de alcance intelectual, que a ellos quizá no les interesen, me parece muy bien; a mí me gustaría que estas gentes se moviesen con naturalidad por sus espacios. Si las gentes se mueven con naturalidad en ese espacio y con esa nueva visión de un edificio que concilia los dos parques, yo creo que eso determinará el acierto en lo que ha sido mi trabajo. Cuando voy al Aragonia ahora me gusta ver a la gente moviéndose por esos corredores que se han convertido en colectores de movimiento que antes, de algún modo, ya existían.

¿Cabe hablar de armonía, de diálogo entre los edificios?

Sí, claro. También es importante ver cómo en un barrio con una construcción un poco indiscriminada, o desordenada, prevalece una construcción en la que lo que significan los metros cuadrados cuenta y acepta incorporar una arquitectura un poco más esbelta, afilada, más permeable. Frente a los dos grandes bloques que se producen o que ahí había, hemos introducido una arquitectura un poco más vibrante y alegre, por el color, con materiales de aquí, con sus texturas. El edificio Aragonia incorpora un nuevo orden y una nueva estructura que, en cierto modo, se transparenta.

En estos tiempos de crisis, ¿qué arquitectura se tiene que hacer?

Volviendo a la pulcritud y serenidad de la que hablábamos antes, yo creo que la buena arquitectura que hay que hacer ahora es la buena arquitectura que se hacía antes. Los nuevos tiempos seguramente introducirán una vuelta a una racionalidad que parecía haber desaparecido en los tiempos de esa exuberancia de la que hablaban los economistas y que se traducía, si se quiere, a una arquitectura más próxima a los excesos desde el Barroco, aunque en medio también había todo ese minimalismo. Volveremos a una arquitectura que recupere escalas más manejables y que permita a los arquitectos, jóvenes y no jóvenes, el cultivo de la intensidad.

¿Qué es lo que da valor a una obra?

El tamaño puede ser la medida del riesgo, pero considero que la adecuación no es un mal término para definir a aquello que puede dar valor a una obra. Adecuación.

¿De qué se alimenta un arquitecto como Rafael Moneo?

Si algo no he perdido es la curiosidad. Realmente yo creo que la vida y la evolución de un arquitecto -creo que lo ha dicho en alguna ocasión Siza- están ligadas al viaje. Y el viaje está ligado a esa sensación de apertura, de dejarse invadir por toda una serie de realidades que pueden parecer ajenas pero que están en todos los campos. Pienso que lo que ayuda a la inspiración o la soporta, lo que alimenta al arquitecto pueden ser disciplinas ajenas a la arquitectura: la música, la literatura, el arte... A mí no me gusta limitar mi trabajo a la disciplina en la que profeso.

 

PERFIL DEL ARQUITECTO

El maestro. Rafael Moneo es un pensador: intenta conjugar la limpidez con el pragmatismo, la belleza de las líneas netas, casi austeras, con la funcionalidad. Lo hace, conmueve y no se da importancia.

Retrato de un profesional cercano, detallista y libre

Parece que todos los años son buenos para Rafael Moneo: es un hombre cálido, cercano, detallista. Como quien no pierde pie en ningún instante; recuerda sus clases y sus alumnos, le gusta escribir de lo que hace y aún le gusta más hablarle a los alumnos. Dice que el territorio de la máxima libertad para el arquitecto es el de exigencia: ahí, con condiciones, con demandas de uso y de funcionalidad, el profesional despliega su imaginación, sus conocimientos y la necesidad de construir una arquitectura a la medida del hombre. Hace unos días, arropado por profesionales -Basilio Tobías, Carmen Díez, Javier Monclús, Ricardo Marco, crítico de HERALDO, Iñaki Bergera, Luis Franco y Carlos Labarta, entre otros-, impartió una clase magistral a los alumnos: en el salón de actos atiborrado se oía su voz tenue, había que aguzar los oídos y mitigar todos los carraspeos para entender la dimensión de Aragonia o la pasión que tiene por las catedrales e iglesias, porque allí se dilucidan asuntos como el cosmos y el hombre, la divinidad y el rezo. Los alumnos oyen de sus labios nombres de escultores como Oteyza y Chillida, de músicos como Stravinski y de numerosos arquitectos: Le Corbusier, Mies van der Rohe, Koolhass, Sáenz de Oiza, que fue su maestro y su amigo. Su obra es vastísima, y ha sido ratificada con muchos premios: el Nacional de Arquitectura, en 1961; la Medalla de Oro de las Bellas Artes, 1992; el Pritzker, en 1996; o el Mies van der Rohe, 2001. Su última distinción ha sido el Premio Príncipe de Asturias de las Artes de este mismo 2012 y que recogía el viernes en Oviedo. En Aragón ha hecho la Fábrica Diestre, su primer proyecto; el Aragonia, la Fundación Beulas o ha trabajado, entre otros lugares, en Panticosa.

 

JOSÉ MARÍA PEMÁN DA PASO...

[Recibo esta carta de los amigos de las Jornadas de Cine de la Almunia. Tras 17 años al frente, José María Pemán, el joven maestro republicano anuncia su despedida. Raquel Viejo y Carmen Pemán escriben:]

 

[Hola amigos,

Os escribimos porque ayer renovamos la Junta Directiva de la Asociación Florián Rey, que organiza las Jornadas de Cine Villa de La Almunia y ha habido cambios importantes. José María Pemán, que llevaba 17 años como presidente, ha dado un paso atrás con el objetivo de que las nuevas generaciones lo diésemos hacia delante, y así ha sido.

Os adjuntamos la nota de prensa con la información y una carta al director que os agradeceríamos mucho que difundieseis.

Seguiremos en contacto y en unos meses os convocaremos para presentaros la nueva imagen de marca y denominación del festival en la que llevamos trabajando un tiempo de cara a tenerla lista en la edición número 18, la de nuestra "mayoría de edad".

Un fuerte abrazo,

Carmen Pemán y Raquel Viejo

Presidenta y Vicepresidenta de la Asociación Florián Rey]

 

 

GRACIAS JOSÉ MARI

 

En estos días en que se despide como presidente de la Asociación Florián Rey, y como sucesoras en el cargo, queremos rendir un pequeño homenaje a la dedicación y esfuerzo de José María Pemán, a su empeño por conseguir que las Jornadas de Cine Villa de La Almunia se hayan convertido en un referente aragonés cuando se habla del séptimo arte.

Después de dieciocho años al frente de esta asociación, José Mari ha decidido retirarse a una segunda fila para dejar paso a una nueva generación de personas que, como él, aman el cine y están dispuestas a asumir la responsabilidad que este trabajo conlleva. Como representantes de esta nueva generación, no tenemos palabras para agradecerle todo lo que desinteresadamente y, casi sin darse cuenta, nos ha enseñado.

Las Jornadas de Cine nacieron como un pequeño proyecto local que pretendía acercar a los vecinos de La Almunia a la figura de Florián Rey en el centenario del nacimiento del cine español. Poco podían imaginarse los artífices de esta primera edición, la exitosa trayectoria del festival, que no hubiera sido posible sin el trabajo y el esfuerzo de muchas personas. Siempre a la cabeza de todos ellos ha estado José Mari.

En sus años como presidente, ha sabido dirigir a un grupo numeroso y muy diverso, y enseñar a trabajar en equipo, a asumir funciones y responsabilidades e incluso a aceptar los fallos para seguir aprendiendo y mejorando año tras año. Su pasión por el cine es contagiosa, como han podido comprobar todos (muchos, muchísimos) los amigos que han pasado por La Almunia en todas las ediciones. También nosotros, los miembros de la asociación, hemos aprendido a amar el cine a través del corazón de José Mari. Porque no es posible estar a su lado y no sentirse atrapado por la magia del séptimo arte.

Gracias, José Mari. No estaríamos aquí sin ti. Las Jornadas de Cine no estarían aquí sin ti. Aquella pequeña mecha que tú encendiste se ha convertido en un gran fuego que sigue creciendo, más fuerte cada día, y que seguiremos avivando, siempre contigo a nuestro lado. GRACIAS.

 

 

Carmen Pemán Canela y Raquel Viejo Orna

Presidenta y Vicepresidenta de la Asociación Florián Rey

 

Renovación en la junta directiva de las

Jornadas de Cine “Villa de La Almunia”

 

 

Después de 17 años al frente de la Asociación Florián Rey, que organiza el festival almuniense, José María Pemán decidió no presentarse a la reelección “para asegurar el futuro de las jornadas”. La nueva junta, elegida por unanimidad en la asamblea general anual de ayer sábado, está encabezada por Camen Pemán como presidenta y Raquel Viejo como vicepresidenta.

 

“Mi intención al no presentarme es asegurar el futuro de las Jornadas de Cine y la Asociación, y ahora contamos con un equipo joven y preparado que puede asumir la responsabilidad de dirigir el festival, y todos los cambios que se van a acometer en este año de la mayoría de edad”, explicó José María Pemán, ya expresidente de la Asociación Florián Rey, y ex-director de las Jornadas de Cine “Villa de La Almunia”, que él mismo creó hace 17 años con motivo del centenario del nacimiento del cine español.

Desde esas primeras Jornadas de 1996, Pemán ha dirigido el festival y presidido la asociación hasta que ayer la candidatura encabezada por Carmen Pemán y Raquel Viejo fue elegida por unanimidad de todos los asistentes a las Asamblea General Anual. La nueva presidenta, hija del presidente saliente, aseguró que la intención es “continuar con la esencia de lo que han sido las Jornadas de Cine Villa de La Almunia durante estas 17 ediciones pasadas”.

Carmen Pemán es Licenciada en Historia y Raquel Viejo es periodista. Ambas llevan años formando parte del comité de dirección de las Jornadas de cine. La junta se completa con armando Roy como secretario, Concha Canela y Elena Tamargo en Tesorería y Amado Martínez, Ana Alonso, Ana Pemán, Arturo Fuertes, Mari Carmen Potoc, Paula Gracia y Toño Soria como vocales.

En la Asamblea general también se ratificó el tema monográfico de la 18ª edición de la Jornadas, que será “El malo de la película”.

ANTONIO ARTERO: UNA CONVERSACIÓN

ANTONIO ARTERO: UNA CONVERSACIÓN

[Antonio Artero (Zaragoza, 1936-Madrid, 2004) es objeto de un homenaje en ProyectAragón. Conversé en su casa en 1996; esta entrevista se publicó en ’Vidas de Cine’ (Ibercaja, BArc). La rescató ahora.]

 

 

Antonio Artero fue de niño el hijo de la repartidora del pan. Su padre murió un poco antes de su nacimiento y él nunca conoció los secretos de una familia convencional. Ni siquiera estaba bautizado, lo que lo llevó a vivir con cierto disimulo. “Ella era republicana y muy antifranquista, claro”. De ahí brota su primer recuerdo: cuando tenía tres o cuatro años iba –con una familia de verduleros que lo había recogido- a visitar a su madre que estuvo presa durante seis meses en la cárcel de mujeres de la calle Manifestación y siempre le llevaban naranjas. El verdadero tesoro de su niñez, además del libro Corazón de Edmundo de Amicis que le regaló una profesora a los siete u ocho años, era aquel cine que Artero hacía con sus amigos en casa o en la calle, con tiras de los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín o El guerrero del antifaz.
-Cogíamos un tebeo, lo recortábamos y lo íbamos pegando en tiras, a veces incluso por atrás. Y luego lo enrollábamos en dos palos de polo de helado. Y a la caja le hacíamos un rectángulo, a modo de pantalla. Metíamos los palos por el interior de la caja y los íbamos haciendo rodar. Así le podíamos dar continuidad a la aventura. Al final, mi madre viendo mi gran afición, con diez u once años me compró un cine Nic con proyector y un buen puñado de películas más bien absurdas.
La vocación cinéfila de Antonio Artero había nacido en las tardes del Iris o del Monumental, en aquellas sesiones infantiles de cine del oeste.
-Vinieron unos amigos republicanos de mi madre de Barcelona, que habían sido represaliados y desterrados en Zaragoza, y el día de Navidad nos llevaron a mí y a mis amigos al elegante El Dorado a ver la primera película de Walt Disney, Blancanieves y los siete enanitos, a mediados de los años 40. Aquella cinta me golpeó mucho: era una película de terror absoluto que me provocó pesadillas. Por su color, por aquella madrastra tan mala. Pero en realidad, yo llegué al cine más bien por los tebeos porque el cine estaba muy lejano, luego aquel lío de las toleradas y no toleradas, y sobre todo por el juego de la caja de zapatos.
Una vez acabado el bachillerato, trabajó de botones en una oficina, luego en laboratorios Ártica de papillas y finalmente en el Banco de Bilbao. Sus inquietudes artísticas iban en aumento, de tal forma que frecuentaba una tertulia en el café Baviera con otros amigos como Ángel Azpeitia.

-Éramos víctimas de las ironías de Miguel Labordeta, que nos llamaba La Deposición. Nosotros surgimos por oposición al café Niké, del que decíamos que lo formaba un grupo de dinosaurios. Fundamos un teatro de cámara, el Cigarral. A Niké lo considerábamos lo establecido, el orden. En esa época estrené mi primer corto, La Herradura, sobre la Base Aérea Americana y lo presentó con valentía Guillermo Fatás Ojuel en el Cineclub de Zaragoza.



Artero acabaría pasándose a la tertulia DEL Niké, pero por aquellos días, en que ya se empezaba a pedir en la taberna la botella de vino con cacahuetes, veía a José Luis Borau que hacía peña vespertina en Casa Félix con José Pérez Gállego y Eduardo Fauquié, o iniciaba su amistad con José Luis Pomarón.
-Pomarón fue esencial para mí. De él aprendí técnica, aprendí a manipular una cámara. Era un técnico estupendo y un gran artesano. Yo creo que es el Hombre del cine en Zaragoza y apostó muy fuerte con Moncayo Films. ¿Víctor Monreal? Creo que son incomparables. Era un buen fotógrafo, un excelente profesional, pero no tenía el talento creador de Pomarón. Yo trabajé con éste como actor en El deseo de cristal. Algo más tarde, gané el premio de guiones Club Cinemundo. Te daban un dinero con el que podías hacer tu primera película, que fue Lunes, donde abordaba un timo de pisos que había vivido muy de cerca en la Zaragoza de los 50. En esa época ya me había pasado a Niké.

-Agregue su particular visión a la leyenda del café.
-Niké era un lugar de encuentro sin declaración alguna, sin programa. Los que andábamos por allí teníamos el estigma del marginado. Éramos sospechosos: sospechosos políticos, sospechosos poéticos, sospechosos sexuales, sospechosos pictóricos. Todos estábamos bajo sospecha. Y no es que el Niké fuera unitario, salvo en lo que concernía al rechazo al régimen. ¿Cuál fue la suerte del Niké? Pues que hasta el actual Rey, que también era un sospechoso iba allí casi todas las tardes a tomarse su té con pastas. Iba y se sentaba en la misma silla en que lo hacía Julio Antonio Gómez. Siempre nos lo contaba el camarero Ernesto, que era muy entrañable y muy alcahuete, “ha estado esta tarde con su hermana la ciega”, nos decía.

-Ha hablado de Julio Antonio Gómez...
-Sí. Qué puedo decirle. Murió de amor. Era la inmensidad, un hombre muy inefable. Todos conocemos su vida exterior; su vida íntima era infinita, era como una zambullida en el abismo.

-¿Qué relación mantuvo con Miguel Labordeta?
-Miguel Labordeta era cualquier cosa menos el poeta provinciano que algunos creen. Él nos traía esos poetas desconocidos y despreciados como Vladimir Maiakovski o César Vallejo. Sabía antes que nadie lo que estaba pasando en Europa o en el mundo en la poesía. Fue un magisterio continuo para mí, como lo fueron Manuel Rotellar, el citado Pomarón o Eduardo Faquié. Le dediqué a finales de los 80 una Biografía interior en TVE en la que intervenían su hermano José Antonio Labordeta, su hija y sobrina de Miguel Ana.

Artero ya estaba inmerso en la vorágine de la curiosidad, de las artes y del compromiso. Y eso le llevaba a frecuentar París siempre que podía. Visitaba a los exilados o la Cinemateca.
-Yo quería cambiar el mundo. Son esas cosas absurdas y maravillosas de los 18 años, aunque sigo pensando lo mismo. Empecé escribiendo una obra de teatro que envié al premio Lope de Vega, pero pensé que el cine podía llegar a más gente y ser más eficaz. Mi madre solía decirme: “Hijo mío, juegas contra los americanos y no tienes nada que hacer. Vas a perder”. Pero el cine me apasionaba cada vez más y me había propuesto estar en el mundo a través del cine.
El paso siguiente, en los primeros 60, fue dejar el Banco y trasladarse a Madrid, a la Escuela Oficial de Cine. Allí coincidió con Berlanga, Saura, Borau, Claudio Guerín, Pilar Miró. Volvió a dar muestras de su inconformismo, de su heterodoxia pertinaz.
-Realicé, entre otros trabajos, el corto Doña Rosita la soltera, que me cortó Fraga. Yo quise meter unas cuñas que situasen aquel drama, una crítica de la educación sentimental condicionada por la I Guerra Mundial, las famosas huelgas, la Semana Trágica de Barcelona. La obra es muy necrofílica. Pues bien, quise meterle unos apuntes del No-Do y de un documental de Fernández Cuesta, Vivir en Madrid, realizado por oposición al de Fredéric Rossif Morir en Madrid, pero Fraga cercenó esas cuñas.

-Borau tuvo un detalle muy hermoso con usted...
-Tengo una muy buena relación con él. Él mandaba una crítica para la última página del Heraldo de Aragón y a veces me encargaba a mí que la hiciese yo y firmaba Interino. Pero no sólo eso: cuando iba a pagar mi matrícula en la Escuela, siempre me decían: “Su matrícula ya la ha pagado el Señor Borau”. Él sabía de mis apuros económicos. Borau es una persona muy delicada y exquisita, de una bondad indescriptible. Siempre he sentido agradecimiento. Ni siquiera tienes que humillarte ni él deja que te humilles. Hay una cosa curiosa: Borau y yo fuimos los únicos que terminamos la carrera en tres años en la Escuela, que por otra parte era como una especie de espejo deformado del Niké, otro lugar de encuentro de marginados y sospechosos que solían cometer barbaridades. Y terminé la carrera porque necesitaba méritos para empezar a trabajar y ganar algún dinero. Estaba acuciado por el hambre, esa es la verdad.

Y para que no faltase la polémica que siempre acompañó su trayectoria, Artero era vigilado de cerca por el coronel Fernández Posada, del Servicio de Investigación Militar, quien descubrió que al joven cineasta le habían falsificado (y regalado) en Zaragoza el certificado de Reválida. Le hicieron un juicio en Zaragoza y fue expulsado, aunque cuando se hizo efectiva la sentencia ya había terminado los tres años de estudios en la Escuela, con espléndido aprovechamiento. Paradojas de la vida: su buen rendimiento académico le hizo acreedor de una beca para ir al festival de Cannes. Serrano de Osma, que era el decano, lo llamó al despacho y le dijo: “Con mucho dolor de corazón, no nos queda más remedio que darle la beca a usted, Artero. Pero no diga usted nada, que lo conocemos”. Y él, dulce e iconoclasta, lo decía todo.
-¿Cómo iban a amordazarme? Me preguntaban en Cannes cómo estaba el cine en España. “¿Cómo va a estar?”, les contestaba. “Está fatal, terrible. ¿Qué puede dar el franquismo en cine o en nada? La gente está luchando contra eso. Y lo que hay es el producto de la lucha a muerte contra el franquismo”. Claro, ya la había armado. Pero había muchos compañeros que me apoyaban. En la Escuela iba haciendo cosas: Trabajos de adolescente con una referencia explícita al fusilamiento de Grimau, que fue por entonces, Viaje de bodas, basado en un texto de Cesare Pavese. Yo creo que era un terrorista conceptual y sigo siéndolo todavía. Y empezaron a llamarme los productores y así pude hacer mi primera película, El tesoro del capitán Tornado, que me estropeó la censura. Era un filme infantil de gánsters y piratas. Ya no existe porque el Ministerio, con un aragonés al frente, Pascual Cebollada, lo destrozó. Cebollada ejercía el terrorismo de estado, era el censor máximo sobre todo del cine infantil. Ordenó un remontaje y yo saqué mi firma del filme. Al final hubo una pequeña traición de otro aragonés, Raúl Artigot, y él asumió la cinta como suya. Hizo mal en colocar su firma y no decirme nada, pero eso ya pasó hace años y no tiene importancia.
Unos meses más tarde, en la reunión de los Clubs de Cine que se celebró en Sitges, Artero insistió en su apuesta por un cine más radical –de allí saldría una especie de manifiesto “por un cine más independiente, al margen de las estructuras sindicales, estatales e incluso industriales, y por la absoluta libertad en la expresión cinematográfica”- que iba a cristalizar en Blanco sobre blanco (una proyección sin película en una pantalla completamente blanca) y en Del tres al once, un cortometraje hecho con las guías de proyección de dos rollos que le había regalado Pablo del Amo.
-El primero era una reflexión del cine, qué son las sombras chinescas y también sobre la destrucción del discurso representativo del cine. El segundo era una meditación sobre lo que no se ve, lo que se escamotea al espectador. Yo recuerdo que en el viejo Iris daba saltos de alegría cuando veía aquellos inicios de la película con colas, con números, con rayas. Decía: ¡Qué bonito! Esa experiencia cristalizó en el documental Monegros, cuando se decía aquello de “Atención, atención”.

-Monegros fue muy elogiado. ¿Qué pretendió hacer?
-El documental no es un documento. Siempre hay una mediación, que es la cámara. Yo cogí una realidad arquetipada y, a diferencia de lo que hizo Buñuel en Las Hurdes, quise ofrecer una negación de la realidad. Yo creo que al cineasta le es imposible dar la realidad. Con Monegros quise negar la existencia del documental.
Pero desde entonces, Artero ha seguido trabajando con pausas, con problemas de producción y con la misma osadía. Ahí están Trágala perro (1981) con Amparo Muñoz, un filme acerca de la apariencia y la superchería a través de la figura de Sor Sulpicio, y su última cinta, Cartas desde Huesca, con Fernando Fernán Gómez y Myriam Mezieres.
-Es una película que partió de Los papeles de Aspern de Henry James, en el que quise expresar el rechazo a la cultura como mercancía. El viejo anarquista se suicida antes de entregar los poemas póstumos al editor y después de haberlos quemado. Fue un homenaje a los viejos anarquistas y quise ofrecer una visión anarquista de la cultura, de la que me siento muy cerca. Odio la cultura como escaparate.



-Lo habíamos detectado. ¿Qué le queda por hacer?
-Mi gran sueño es el ‘Pedro Saputo’ de Foz, del que ya hice un fragmento en fabla en Pleito a lo sol. Es un libro que me emociona y que me descubrió Rafael Gastón, el padre de Emilio, el abogado, político y ex Justicia de Aragón. Y compañero de las noches del Niké.

--Celebramos un siglo de cine. ¿Cuál es el balance de un heterodoxo?
-Yo creo que hace cien años que se murió el cine. Cuando nació el cine hubo dos fenómenos: los Lumière, que eran el documento, la realidad. Y Méliès, que era la magia, el discurso destructivo. Ya ve quién ha ganado: los Lumière.

--¿Por qué es Aragón tierra de cineastas?
-Yo creo que Aragón es más rabelesiana que cervantina, más de imágenes que conceptual.¿Quiere decir eso que el aragonés tenga un ojo especial? Hombre, sería un ojo muy terrible.

-Sin embargo, usted parece que ha rodado poco y que se ajusta al cliché de vanguardista y maldito.
-No creo que haya rodado poco. Estoy contento en la medida de lo posible con lo que he hecho. Ahora bien, en los últimos años ha surgido la figura del director-productor, y yo intento aprovechar las pocas rendijas que me deja el sistema. No me queda más remedio que aceptar esos epítetos, muy a mi pesar. Pero yo no sé porque el cine ha tenido que desarrollar el discurso de la novela del siglo XIX: chico encuentra chica, chico pasa dificultades, chico se enamora de la chica. ¿Es que todo tiene que ser asó? El cine es específicamente un cine más temporal que narrativo. Y yo cuanto más narrativo veo el discurso, menos cine encuentro en la película.

--¿Cuál es su camino o su sueño de cine?
He tenido mis dudas acerca del cine que quiero realizar. A mí me encantaría que el cine fuese como el big bang: todo es según el lugar que ocupa el observador en el espacio y en el tiempo. Me encantaría hacer una película que fuese al revés, que empezase en la tumba y que terminase en el vientre de la madre del protagonista.

PASIONES PRIVADAS
--Háblenos de sus pasiones privadas: de películas y directores.
-Carl T. Dreyer, Tarkovski. Arthur Ripstein, de los de ahora; Bresson, Godard, que me ha enseñado mucho cine, Sträub, y Rosellini, por supuesto. ¿Mis películas? Francesco, juglar de Dios de Rosellini, La Gertrud de Dreyer, Crónica de Ana Magdalena Bach de Staüb o La zona de Tarkovski.

-¿Actores?
No he pensado nunca en ello. Quizá, por mitología, me quedaría con Michel Simon de El Atalante de Jean Vigo, el joven Marlon Brando y Louise Brooks.

--¿Cuál es su película ideal?
-La película que me hubiera gustado hacer es Crónica de Ana Magdalena Bach, de Staüb, porque es de lo más cinematográfico. Son las fugas de Bach contadas por su hija. No hay estructura narrativa, tiene una estructura temporal más cercana a la música que a la literatura.

 

*La foto grande es de José Luis Pomarón.

EL REALISMO DE ANTONIO CAZORLA

EL REALISMO DE ANTONIO CAZORLA

[Nota de José Enrique González] Galería artelibre organiza por sexto año consecutivo la Exposición de Arte Contemporáneo Realista e Hiperrealista con titulo "Algo más que realismo..." Nos conplace informarle sobre el evento, una de las Exposiciones de mayor calidad que se realiza en España y deseamos invitarle a su inauguración que será el próximo 15 de Noviembre a las 20 horas en la Sala de Exposiciones de la Agrupación Artística Aragonesa, al acto de inauguración entre otras personas, participara el director de la Fundación de las Artes y Director del Museo MEAM (Museo Europeo de arte Moderno) de Barcelona. 

 

En el mismo acto se presentara el Libro-Anuario "Arte y Libertad VII", un anuario de artistas donde participan 110 artistas de primerísimo nivel, con una calidad y encuadernación extraordinaria.