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Antón Castro

Artistas

BERNARDO SÁNCHEZ CUENTA A BORAU

BERNARDO SÁNCHEZ CUENTA A BORAU

Borau, el travieso

 

José Luis Borau (Zaragoza, 1929-Madrid, 2012) es uno de los personajes más poliédricos y sabios de la cultura español del último medio siglo. Un personaje que lo hizo casi todo sin voluntad ni vocación de exhaustividad. Le han dedicado biografías Agustín Sánchez Vidal, Carlos Heredero y Luis Martínez de Mingo, entre otros, y él mismo ha escrito a lo largo y a lo ancho de cine, de pintura, de la impregnación del séptimo arte en las palabras de la vida, y ha hecho una literatura valiosa y personal, oblicuamente autobiográfica, que le hizo merecedor del premio Tigre Juan y del Premio de las Letras Aragonesas.

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961), otro caballero del cine, estudioso de la figura de su paisano Rafael Azcona, le ha dedicado un libro muy personal: ‘La vida no da para más’ (Ediciones Pigmalión), que se presentó el pasado miércoles en el Aula Magna del Paraninfo, dentro del ciclo ‘La buena estrella’. Es un libro-crónica: un libro que se empieza a redactar en 2007 y que se alimenta de citas, de llamadas telefónicas, de cuestionarios y, también, de una mirada a esas más de 560 cajas –quizá más de 3.000 en realidad- que constituyen ese fondo de armario vital y creativo de un hombre que era “solícito y refunfuñón”, tal como lo define Soledad Puértolas, un personaje barojiano que sostenía que “jugar es una de las cosas más importantes de la vida”. Borau y Sánchez se citaron en Logroño, en Huesca, en Madrid, y el escritor riojano recoge como ha podido “los muchos y diversos Borau que andan por ahí”.

La fascinación por el personaje se remonta, o podría remontarse, a un 6 de noviembre de 1964 cuando Bernardo vio en el gallinero del Teatro Bretón de los Herreros la película ‘Brandy’, el western de Borau, que seguía a su primer proyecto, ‘En el río’, que contiene tantas claves. ‘La vida no da para más’ es una frase literal del actor, director (fue premio Goya por ‘Leo’), productor, guionista, historiador y crítico (empezó en HERALDO) de cine, escritor y unos cuantos empeños más que falleció inmediatamente después de la presentación de este volumen en la SGAE. Bernardo Sánchez recoge varias definiciones y autorretratos del autor de ‘Furtivos’ o ‘El amigo de invierno’. Recuerda que Borau solía decir que la vida es un buñuelo con nada en su interior, o que “la mejor película es aquella en la que no ves nada”. Borau “hubiera preferido ser un tercer hombre, un extraño de sí mismo” y que es “un mudéjar del cine español”, “un proscrito de sí mismo y académico del resto”, y recuerda que empezó así un cuento: “No soy mi tipo”. Otra confesión: “Soy displicente en el terreno de las ideas y afectivo en todo lo demás”.

En páginas sucesivas, Bernardo Sánchez Salas, que estudió en Zaragoza, explica cómo Borau descubrió y cómo vivió el cine en las salas y la mecedora (“la mecedora es el potro de mis sueños”) de su casa, donde se dedicaba a montar y remontar las películas y a recordar a sus amadas Madeleine Carroll, Sylvia Sidney o Deanna (Diana) Durbin, a la que escribió a Hollywood. Recuerda su pasión por Guillermo, los libros que compraba, e incluso dice que barajó titular su libro ‘Borau el travieso’. O ‘Borau, el hombre de la ribera’. Revela que fue un gran jugador de póker, que admiraba mucho al pintor Francis Bacon, y nos guía, con erudición y conocimiento, por las claves de sus películas y de sus libros de narrativa. Por ejemplo, en este volumen lleno de espléndidas fotografías y de detalles entrañables, hay uno muy bonito: recuerda que al joven Borau el portero del cine Doré o Dorado le regaló el programa de mano de ‘Nobleza baturra’. O que Borau le confesaba que “me conozco los muebles del cine español”. Su película favorita era ‘Pasión de los fuertes’ de John Ford, lo cual no deja de ser lógico en un “épico medroso” como él.

Hay una anécdota que revela la personalidad de José Luis Borau, lo mirado o imprevisible que podía llegar a ser. Acude al Museo Reina Sofía y sufre una caída. Y cuenta así su reacción: «¿Y qué me pongo a gritar yo ahora? ¿¡Socorro!? Pensé que no, que estaba muy visto gritar ¡Socorro!, que eso lo grita todo el mundo. Fijaos cómo me salió una especie de deformación profesional. Además, como era el día en que cerraba el museo tampoco me habría escuchado ningún visitante». Así era Borau, “un furtivo de su satisfacción, de sus emociones, de su obra, de su persona”.

JUAN VERÓN GORMAZ: UN DIÁLOGO

JUAN VERÓN GORMAZ: UN DIÁLOGO

Juan Verón Gormaz (Calatayud, 1960) es compositor e intérprete. Acaba de publicar su quinto álbum, ‘Signos en el tiempo’, que cierra una trilogía, con poemas de José Verón, Mariano Castro y Ángel Guinda.

 

 

“‘Signos en el tiempo’ es más fácil de oír”

 

“Hago una música muy personal

comprometida con la poesía”

 

Antón CASTRO. Zaragoza

¿Cuáles son las claves ‘Signos en el tiempo’, cómo ha hecho la elección de poemas y canciones?

En 2009, cuando publiqué ‘Itinerario’, ya tenía muy definido el contenido de ‘Signos en el tiempo’, digamos que por exceso: a falta de eliminar canciones sobrantes pues había nada menos que veintidós canciones, unos 75 minutos, con poemas de José Verón y Mariano Castro, además de algunos textos míos e instrumentales. Conforme fuimos perfilando la idea de ‘Signos en el tiempo’ fueron cayendo canciones, unas por no encajar y otras por contar con menos calidad que el resto. Al final dejamos el álbum en 54 minutos.

También ha incorporado a Ángel Guinda, premio de las Letras Aragonesas de 2010.

 Sí. Entre tanto seguía componiendo canciones para futuros trabajos; una de ellas, con poema de Ángel Guinda, se la dediqué a Jorge Sánchez Estarelles, un amigo que falleció en 2011, momento en el que decidí insertarla en este disco. El poema es ‘Escribir’, que renombré ‘Escribiré’ para la canción, y que abre precisamente este trabajo, con dieciséis poemas, catorce canciones cantadas y dos instrumentales (una de ellas con recitado de un breve poema).

Si tuviera que explicar la línea, el espíritu o el mensaje de los textos, las letras, ¿qué diría?

En principio no busco una línea específica en la elección de poemas. Busco la calidad y que me inspiren de alguna manera. En el fondo, ha sido como en anteriores trabajos, con la salvedad de que por primera vez he incluido obra no escrita por mi hermano Pepe Verón Gormaz. En 2007 hice una prueba con poemas de Mariano Castro. Recuerdo que el poeta quedó encantado y eso hizo que me plantease la posibilidad de ampliar la procedencia de mis letras, en principio con la poesía del citado Mariano Castro y de Ángel Guinda.

 

¿Cuál es espíritu de la música: rock, pop, sonidos experimentales?

En general me parece una música muy personal, concretamente en mis últimos trabajos ha sido música comprometida con la poesía a la que se realza. No resulta comercial, ni lo pretendo. Creo que podríamos definirla como ‘Música Veroniana’ o ‘Veronidades’, a veces te lleva al pop, al rock sinfónico, al rock más convencional e incluso recuerda en bastantes ocasiones a la música instrumental de mis primeros trabajos, cercana a la ‘new age’. ‘Signos en el tiempo’ resulta más fácil de oír, más cercano que los discos anteriores.

Voy a insistir un poco más: ¿cómo suena el disco?

Desde mi punto de vista (tal vez subjetivo, aunque espero no serlo), suena intenso, lleno, completo, transmite energía; creo que hasta en las partes más suaves, más lentas, en sus baladas, tiene fuerza, empuje y resulta más coherente, más nítido y más fresco que mis anteriores trabajos, en parte por las composiciones en sí, pero sin olvidar las colaboraciones externas -voces, guitarras y saxos- que creo que están impecables. Yo intento disfrutar con lo que hago, con la composición, con los arreglos, con la adaptación de los poemas. Hay que divertirse, pasarlo bien y también buscar que guste al público, que puedan sentir lo mismo que tú, transmitir mis sentimientos y, sin duda, los que nos cuentan las letras de las canciones.

Por cierto, su familia de creadores ha estado muy presente en todos los discos...

Es cierto. En los dos primeros había fotografías de mi hermano José y en los dos últimos con diseño de su hija Aurora Verón; ella, a su vez, ha contado con mi hija, Clara Verón Mérida, para las ilustraciones de ‘Signos en el tiempo’. Aquí hemos cambiado la fotografía por la ilustración, pero siempre dando importancia a la imagen y prestando mucha atención a la presencia de la carpeta, tanto como a la música y a la poesía.

¿Qué novedades serían las más objetivas del proyecto?

Tanto las colaboraciones, arreglos, trabajo de estudio, como la música en sí, han ido mejorando en cada trabajo, han sido más sutiles, más cuidados, y se nota como la experiencia hace que cada nuevo disco sea más “redondo”, más certero. También destacaría la colaboración de Rodrigo García Melero que hasta ahora no había cantado en los trabajos anteriores y me ha parecido estupendo.


Es un disco repleto de colaboraciones. ¿Cómo ha sido el proceso de gestación y esa labor de equipo?

Las colaboraciones han sido fantásticas. Una labor de mucho trabajo, mucho tiempo, de idas y venidas, de cambios, de decisiones, pero creo que acertadas finalmente. Destacaría las fabulosas guitarras de Javier Morte que interviene en la mayoría de las canciones, además de los saxos de Alejandro Doñágueda y las guitarras de Jesús Larriba. Las voces, en orden alfabético, han sido de Ángel Petisme, Conchi Mérida, José Manuel Bueno, Juan Manuel Lassa, Paco García Domingo, Pedro Elías Domínguez Coll y Rodrigo García Melero. Mano a mano, con Víctor Martín Martínez hemos hecho la producción artística, sonido y mezclas de todas las canciones, además de algunos arreglos. Paco Muñoz (de Estudios 2000) realizó la masterización y también colaboró en la presentación en directo en Calatayud.

 

También ha pedido ayuda a los amigos mediante el ‘crowdfounding’, ¿no?

Ha sido muy importante la colaboración de un buen puñado de amigos y simpatizantes que lo hicieron a través de ‘crowdfounding’, así como una pequeña subvención del Gobierno de Aragón y de la Diputación de Zaragoza.

UN 'AMOR' INOLVIDABLE DE M. HANEKE

UN 'AMOR' INOLVIDABLE DE M. HANEKE

CINE

 

Un ‘Amor’ inolvidable

 

[Michael Haneke explora, con precisión, desgarro y belleza, la relación de una pareja de octogenarios que une a dos leyendas del cine, Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant]

 

Michael Haneke es alemán, de Munich, donde nació en 1942, pero se considera un cineasta austriaco. Sus padres –Fritz, actor y director; Beatrix, actriz austriaca- se separaron pronto y se él se formó en Viena. Antes de ser cineasta, fue crítico de cine. En los años de su infancia y adolescencia tuvo una tía que puso fin a su vida y que inspiraría, muchos años después, su película ‘Amor’: una de esas piezas donde habla el silencio, el dolor, la enfermedad y el amor. Ese amor que da título a una película especial: dolorosa, casi insoportable en su minuciosidad, conmovedora en su ternura. Haneke tiene fama de director duro, incluso violento, capaz de abordar cualquier conflicto emocional de modo descarnado y a la vez con una lentitud estudiada. Intenta ser fiel a sí mismo, ser coherente, y su violencia tiene algo de violencia íntima que emerge de la conciencia. Entre otras películas firmó ‘Funny games’, ‘La pianista’ (con Isabelle Huppert, que trabaja en ‘Amor’) o ‘La cinta blanca’, con guión de Jean-Claude Carriére

‘Amor’ es un formidable poema visual. Todo está medido: el encuadre, que a veces parece registrar el friso de época de un apacible matrimonio parisino más o menos burgués, dedicado a la música; los objetos, los libros, los lienzos de paisajes que presentan el barrido del cielo, una amenaza de tormenta; la cocina, los sillones, las composiciones de Schubert (tocadas aquí por Alexandre Tharaut, que da vida a sí mismo), el juego de puertas, que tienen algo de escenografía vinculada a la día del  tránsito: ‘Amor’ es, en el fondo y en la superficie, la preparación del camino del adiós. Es el abismo que llega de súbito, la irrupción del sufrimiento. Y hay también una ventana abierta: a ella se asoma el esposo, por ella entra una enigmática y suavísima paloma que, según los títulos de crédito, ha contado con un adiestrador.

‘Amor’ es una película sobre la relación de dos octogenarios, vinculados a la música. Ambos asisten a un concierto de un alumno de ella, Anne, que es Alexandre Tharaut. Y poco después, al volver a casa, sufre un infarto, que le dejará inmovilizada la parte derecha de su cuerpo, aunque, de entrada, no su buen humor. La situación se agrava paulatinamente, y Haneke, con sosiego pero con intensidad, con esa mirada escrutadora y precisa, va contando qué ocurre. Cuenta una compleja historia sobre la pérdida de autonomía, sobre la memoria que se vuelve borrosa; narra cómo ella, una espléndida Emmanuelle Riva, va perdiendo los asideros con la vida y no se adapta a la silla de ruedas ni a las lagunas del olvido y de la inmovilidad. Y, a la vez, ‘Amor’ desarrolla como él, Georges, Jean Louis Trintignant, se vuelve cómplice, se entrega hasta el límite, hasta la desesperación y quiere ser fiel a una promesa que marca la evolución de la película. Le cuenta historias, es bonito pensar que dos personas no acaban de conocerse y nunca lo saben todo del otro; le da de comer, la limpia, la mira con los acuosos ojos del enamorado que se da cuenta de que aún no se lo ha dicho todo a su amada. El dolor, la piedad y el amor se alían de una manera casi inefable, hermosa y brutal a la vez.

Haneke se ha enfrentado al adiós a la vida y a la abrupta vecindad de la muerte con lucidez, con un enorme talento, con su manejo habitual del tiempo, que a veces parece el tiempo de un sueño, y con un respeto increíble que va más allá de la verosimilitud. Suele definirse como un realista que indaga en el lado oscuro del ser humano. ‘Amor’ es una película inolvidable que explica otro de los problemas acuciantes de nuestro tiempo: la dependencia. La película es candidata, con absoluto merecimiento, a cinco Oscars. Si pueden verla en versión original, en los Aragonia, mejor. Suena el francés suave y preciso de un guión muy trabajado.

 

JAVIER REBOLLO Y SU CINE

JAVIER REBOLLO Y SU CINE

A noche fui a ver, con Carmen y Daniel, la película ‘El muerto y ser feliz’ de Javier Rebollo. Una película insólita, que transcurre en un extraño clima de misterio constante y de alucinación. Cuenta la historia del español Santos que reside en Buenos Aires y tiene tres tumores, uno de los primeros detalles de humor negro. Es un asesino a sueldo que nunca ha matado a nadie y al que le encomiendan un crimen. Con un buen cargamento de morfina (para medicarse) huye en su coche Camborio, en compañía de una mujer de 40 años, de Salta. Recorren, desde Buenos Aires, distintos lugares: Tucumán, desiertos inacabables, o lugares que evocan ciudades sumergidas, y llegan a Salta. La película es insólita, de una estremecedora poesía, existencialista y desgarradora, y a la vez tiene una ternura nada sentimental, emoción, tránsito, perros al acecho. Está llena de bromas y de guiños, posee un color muy especial (que hace pensar en Gus Van Sant, en Wim Wenders, tal vez), y es, ante todo, un nuevo ejercicio de riesgo creador de Javier Rebollo, uno de los cineastas españoles más desconcertantes y subyugantes. A veces, me hace pensar en el mundo de Enrique Vila-Matas y, muy especialmente, en el Juan Carlos Onetti.

Todo parece discurrir en una atmósfera de espejismo y de mitología como si los personajes fueron extranjeros en el mundo que recorren. El cartel de esta película, realmente precioso, es de Riki Blanco. Los actores están estupendos: todos (me ha encantado volver a ver a Valeria Alonso, una de las chicas de ‘Todas las canciones hablan de mí’), pero Santos-José Sacristán se sale. Tiene más dignidad en pijama este ser marginal que muchos caballeros vestidos de Armani..., o algo así dice Javier Rebollo, que maneja una curiosa voz en off, como también lo hace su coguionista Lola Mayo; también ha trabajado en el guión Salvador Roselli.

Javier Rebollo es raro, original, insobornable, y posee un talento conmovedor, hecho de vivencias, de búsquedas, de conocimiento y quizá de locura. Nada fácil de definir. Es una película muy distinta que estrangula las leyes de la verosimilitud con toda la intención del mundo y apela, sin duda, a la pasión por el cine del espectador. Hay muchas maneras de hacer películas, y esta, tan telúrica, es una de ellas.

ISABEL BISCARRI: TODO ESTÁ EN LOS LIBROS PLEGADOS EN ARBOLÉ

ISABEL BISCARRI: TODO ESTÁ EN LOS LIBROS PLEGADOS EN ARBOLÉ

La artista y diseñadora expone una original instalación escultórica y fotográfica en la sala Arbolé

 

Isabel Biscarri (Zaragoza, 1960) ha desarrollado, durante tres años, una tarea titánica o una auténtica labor de chinos: plegar y plegar un montón de libros, más de 150, para construir una exposición tan sugerente como ‘Esto es libro’, que se expuso en la Biblioteca de Aragón, hace algún tiempo y ahora, desde el pasado nueve de enero, en la sala Arbolé. Lo ha hecho con tanto ahínco que casi ni salía a la calle para ver el sol. Se trata de una exposición que es y no es lo que parece: es una instalación, una ‘performance’ de páginas y páginas, un conjunto de columnas y de fotografías que revelan la pasión por el libro, por el diseño y por la creación artística. Y por el arte oriental, especialmente por las casas de papel de Japón. Afirma: “Yo creo que podríamos ‘Esto es libro’, frase que evoca a Cervantes, como una instalación escultórica y fotográfica que nace de toda una vida como lectora y constructora de libros raros y de diseñadora editorial. Lo que hago es cambiar de función el libro y lo convierto en escultura”.

“La mayor parte de los libros son míos, aunque también ha habido bibliotecarios que han colaborado con algunas donaciones para este proyecto. Los libros no están rotos ni pegados. Se pueden volver a leer. La mayor parte de los volúmenes corresponden a las cajas de un último traslado”, explica Biscarri.

Con esta muestra, Isabel Biscarri toma como elemento simbólico la columna, muchas columnas hechas de libros, de prismas de papel, de ejemplares ilustrados, columnas elaboradas a tamaño natural mediante montajes fotográficos. Señala: “Mis temas son siempre los mismos: el paso del tiempo y lo que tienes dentro y nadie conoce. Aquí hay muchos libros de mi infancia, y he comprobado qué mal se imprimía entonces. Hay libros que leía mi hermana, libros que me acompañaron en los viajes, hay muchos libros de arte y de diseño, de mi especialidad, hay libros de los 70 y 80 que ya están en internet y que son de deficiente calidad, sobre todo las reproducciones fotográficas –agrega-. Todos tenemos un mundo íntimo que no se conoce: lo que somos está en los libros. Somos los libros que hemos leído. Y empleo la columna como cimiento invisible de la personalidad, como una metáfora”. Le gusta contar que ha empleado el libro ‘Los rostros de Cristo en el arte español’: al plegarlo el texto desaparece y dialogan dos medios rostros, inquietantes y siempre distintos, de Cristo “que me gustan mucho”.

Isabel Biscarri ha recibido algunos reproches de amigos lectores y de bibliófilos. “Alguno ha dejado de hablarme. Me dicen que cómo me atrevo a hacer eso con los libros”, recuerda con una sonrisa. “Ahora ya no quiero comprar libros. No quiero más. Quiero guardar cosas que me conmuevan como ‘Moby Dick’ y sobre todo ese montón de libros estrambóticos de artista, amigos o no, que tanto me gustan, y que sigo coleccionando y buscando”. Profesora durante años en Escuela de Artes y en la Escuela Superior de Diseño de Aragón, le gustaba hacer proyectos específicos con sus alumnos con cuentos o con libros de autores aragoneses, sobre todo.

 

*Recupero este articulo que le dediqué a Isabel cuando presentó la muestra en la Biblioteca de Aragón. La foto es por cortesía suya.

JEFFREY HUNTER, POR R. CASTILLEJO

 

[El pasado mes de diciembre, Rafael Castillejo, ese hombre que casi todo lo sabe de Zaragoza, de las artes populares, de las variedades y de la amistad, y del cine, claro, escribía esta nota sobre un actor al que yo conocí, antes que nada, por sus películas del Oeste: Jeffrey Hunter. Guapo, rubio, ojiazulado. Era uno de mis ídolos del cine Real de Arteixo, aunque sus mejores películas fueron ‘Centauros del desierto’ y ‘Rey de Reyes’. Su historia es conmovedora. Así la cuenta Rafael Castillejo:]

 

JEFFREY HUNTER

 

Por Rafael CASTILLEJO

 

UNO DE LOS FINALES MÁS TRISTES que conozco es el del actor Jeffrey Hunter. Lo recordarían algunos ayer en la película "El Sargento Negro". Comenzaba la década prodigiosa de los 60 y él ya había rodado antes a las órdenes de John Ford una de las mejores películas de la historia del Cine: "Centauros del Desierto", cuyo título original es "The Searchers" (Los buscadores). En 1961 se puso en la piel del mismísimo Jesucristo en "Rey de Reyes", cinta que no reparó en gastos pero que no alcanzó ni de lejos el éxito de películas históricas como "Quo Vadis", "Los Diez Mandamientos" o "Ben-Hur". El guión tuvo la culpa. Después, llegaron vacas flacas y hasta tuvo que disparar en algún "spaguetti western" que ni de lejos se parecían a los grandes clásicos del oeste que años antes había rodado con el viejo maestro del parche negro en el ojo. Pero lo peor estaba por llegar e iba a hacerlo en forma de desgracias encadenadas que le ocurrieron en el año 1969. Se encontraba haciendo una película en España cuando, en el mismo set de rodaje, se produjo una fortuita explosión que le produjo diversas heridas y quemaduras. A las pocas semanas, jugando en broma con un compañero que le amagó con un golpe de kárate, Jeffrey echó bruscamente la cabeza hacia atrás golpeándose con una puerta. Regresando a los Estados Unidos junto a su esposa, sufrió una semiparalización en un brazo y perdió el habla. Al aterrizar en Los Ángeles, en un hospital se le diagnosticó que había padecido una hemorragia cerebral. En dos semanas se recuperó y le dieron el alta, pero en casa siguió padeciendo de dolores de cabeza y mareos. Volvió a sufrir otra hemorragia cerebral, justo cuando estaba subiendo un pequeño tramo de escaleras fracturándose el cráneo al caer. Cuando le encontraron no sabían cuánto tiempo llevaba inconsciente. Murió en el quirófano. Ese día el calendario marcaba el 27 de mayo de 1969 y Jeffrey Hunter tenía 42 años de edad. Rafael Castillejo, a 7 de diciembre de 2012.

'AMORES FEOS' EN EL T. DEL MERCADO

'AMORES FEOS' EN EL T. DEL MERCADO

‘AMORES FEOS’, CON J. L. ESTEBAN Y J. J. GRACIA,

MAÑANA EN EL TEATRO DEL MERCADO

 

 Mañana viernes, 11 de Enero, José Luis Esteban, rapsoda, actor y escritor, presenta un nuevo espectáculo de poesía y música en el Teatro del Mercado, con José Javier Gracia. Dice José Luis: “La poesía forma parte esencial de los proyectos que hago de forma personal, al margen de los trabajos en teatro y tele con los que me gano la vida. Hacía tiempo que queríamos probar cómo resultaría fundir la guitarra de José Javier con el sonido de un cuarteto de cuerda, y con la palabra de un grupo de poetas españoles que nos gustan mucho, con Manolo Vilas a la cabeza. Y de ahí surgen estos ‘Amores feos’”. Añade José Luis: “Incluimos también unos audiovisuales en los que un grupo de ciudadanos, un grupo de saharauis y el propio Manolo Vilas recitan a cámara pequeños poemas. He presentado un proyecto al Centro Dramático Nacional para ver si tienen valor de abrir una ventana a la poesía en el teatro de producción pública”.

 

Manuel Vilas, retratado por Vicente Almazán.

 

 ALGUNOS DATOS DEL ESPECTÁCULO

Es un espectáculo poético musical creado por José L. Esteban y José Javier Gracia sobre textos de poetas españoles contemporáneos: Manuel Vilas, Carlos Salem, Pepe Ramos, Luis García Montero, Roger Wolfe,  David González,  Karmelo Iribarren, César Manzanos Bilbao, Inma Luna, Nuria Mezquita y algunos más.

 Dicen los autores: “Hace tiempo que pudimos comprobar que la poesía también es un arte escénico.  Que la palabra y la música, hermanadas en un signo escénico integral, logran crear una temperatura óptima de cercanía con el espectador. Nos gusta entretener al espectador con poesía.  Divertirlo, emocionarlo, sorprenderlo.

Nos gusta la poesía urbana, reveladora, a veces caústica y a veces tierna; a veces violenta y a veces íntima; siempre reveladora, irónica y con su puntito desmitificador.  Una poesía que cuenta y que nos cuenta, que gusta hasta a los que no les gusta la poesía”.

 En este nuevo trabajo, la voz de José Luis Esteban y la guitarra eléctrica de José Javier Gracia se funden con el sonido arrebatador de un cuarteto de cuerda, en una mixtura  musical ecléctica  donde la tradición y la modernidad se dan la mano para llevar de viaje al espectador y devolverlo a su butaca; sano, sin duda, pero no del todo a salvo.

 

AMORES FEOS. FICHA  ARTÍSTICA.

ACTOR:                               José L. Esteban

 

MÚSICOS: 

 

GUITARRA ELÉCTRICA:             José Javier Gracia

VIOLINES:                                     Jaime Lapeña

                                                       Belén Estaje

VIOLONCELO:                             Zulaima Zboheto

VIOLA:                                           Miguel Zarazaga 

 

 

 

DRAMATURGIA.- José L. Esteban

COMPOSICIÓN Y DIRECCIÓN MUSICAL: José Javier Gracia.

SELECCIÓN  DE TEXTOS: José L. Esteban y Pilar Mayor.

AUDIOVISUALES: Javier Macipe

ILUMINACIÓN: Bucho Cariñena.

FOTOGRAFÍA: Víctor Jiménez.

 

EN LOS AUDIOVISUALES APARECEN:

 

Ahmed, Aminetu, Salka, Mohamed Yumani, Moemina , Paco, Brahim , Jesús, Jandro, Maribel, Angela Rubio, Susana, Pilar, Pedro, Karim, Rut, Angela Roche, Manuel Vilas.

 

AGRADECIMENTOS:

 

Elvira, Bar El Páramo, Teatro del Temple, Escuela Municipal de Música, Javier Vallejo.

 *En la foto superior, José Luis Esteban por Álvaro Hernández.

CUATRO VIDAS EXCESIVAS EN CÓMIC

Sexto Piso, 451 e Impedimenta publican la biografía gráfica de B. Traven, Hunter S. Thomson, Zelda Fitzgerald y Virginia Woolf

 

Algunos personajes nunca podrán vencer a su propio mito. Ni podrán huir de lo que se ha escrito de ellos, de lo que ellos han dicho, casi como un exabrupto, o de lo que han hecho.  Virginia Woolf (1882-1941) será siempre una gran escritora que creó la idea de un cuarto propio, pero también una mujer depresiva y bilateral, frígida, que nunca encontró su sitio en el mundo. Zelda Fitzgerald (1900-1948) encarna la ambición y la frívola manera de vivir de los años 20, que le condujo, entre otras cosas, a la autodestrucción. Hunter S. Thompson (1937-2005), ese gran maestro de periodistas que se opuso a las mentiras y al mismísimo Nixon, es el ‘Rey del Gonzo’, “un patán autodestructivo, profundamente deprimido, furioso y trastornado”, mucho antes que un “artista de la prosa innovadora y el periodismo de investigación”, su auténtica condición, tal como dice el editor Alan Rinzler. ¿Qué decir de B. Traven (1882 o 1890- 1969), que asumió hasta 30 identidades, fue ladrón y conoció la cárcel, y usó diversas nacionalidades? Los cuatro son objeto de recientes biografías en viñetas o de novelas gráficas que se leen y se ven con auténtica fascinación.

Michèle Gazier y Bernard Ciccolini retratan e ilustran la vida de Virginia Woolf, para el sello Impedimenta, que crea la colección ‘El chico amarillo’. Abordan su sensibilidad enfermiza, la temprana pérdida de su madre y la severidad de su padre, su formación, la relación con su hermana Nessie, el círculo de Bloomsbury, el encuentro con Leonard Woolf y la creación del sello Hogarth Press, su atracción hacia Katherine Mansfield y Vita Sackville-West, con quien hizo un viaje en coche por la campiña francesa. Y siempre, siempre, fue presa de sus fantasmas, de la incertidumbre, del dolor de existir, que culminó con su muerte en el río Ouse. El libro está lleno de sensibilidad y de detalles, y ofrece una interpretación, en tonos verdes, de su literatura y de sus terrores.

Zelda fue una inconformista y una mujer fatal. Segura de sí misma, seductora desde muy joven, halló en Scott Fitzgerald a su media naranja. Se amaron, se casaron, viajaron a París, a Italia, y juntos, tras el éxito, vivieron una espantosa decadencia. La derrota de los sueños, la esclavitud del alcohol y del desamor. Él falleció pronto y ella, que había querido ser bailarina, murió ocho años después víctima de un incendio. Tiziana lo Porto y Danielle Marotta le devuelven, en tonos claros y azules, la vida en ‘Superzelda’ (451. Traducción de Cuqui Weller) y la dibujan como una mujer fascinante, al borde del abismo y la locura. Dijo: “La muerte es la única verdadera elegancia”.

Golo (seudónimo de Guy Nadeau, Bayona, Francia, 1948) es el autor de la historia y los dibujos de ‘B. Traven. Retrato de un anónimo célebre’ (Sexto Piso. Traducción de Raquel Sevilla). Se trata de un personaje irreductible y moderno, que nació en Alemania en 1882 o en Chigago en 1890, no se sabe bien, y que murió en 1969. En ese instante empieza este tebeo, que es todo un ejercicio de colorido, de complejidad estructural e iconográfica, de técnicas mixtas y, sobre todo, es el compendio de una vida excesiva. Bruno Traven, enamoradizo y viajero, pareció estar en todas partes: en Berlín, en Estados Unidos, en México, con el arte maya o con el fotógrafo Edward Weston. A pesar de su accidentada vida, también trabajó para el cine, y firmó libros como ‘El tesoro de Sierra Madre’, ‘Macario’ y ‘El barco de la muerte’.

Wil Bingley y Anthony Hope-Smith firman ‘Gonzo. La historia gráfica de Hunter S. Thompson’ (451. Traducción de Santiago García), el autor de ‘Miedo y asco en las Vegas’ o ‘Los Ángeles del Infierno’, un tipo duro y maldito que defendió la libertad individual y que fue uno de los protagonistas de la contracultura y algo más que un compañero de viaje de la generación ‘beat’. Provocador, cínico y hedonista, este reportero que vivió peligrosamente también era frágil: entre otras cosas no pudo soportar el desamor.

 

*Este artículo se publicó el lunes en 'Heraldo de Aragón'.