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Antón Castro

Artistas

GOYA Y SU NIETO MARIANITO GOYA

HISTORIA DE TRES LIENZOS DE GOYA A SU NIETO MARIANO GOYA

 

[El retrato de Mariano Goya, que habría realizado Francisco de Goya en 1827, fue subastado ayer por Sotheby’s en Nueva York pero no ha podido ser vendido. Sobre él, como sobre él de 1813-1815 pesan “las dudas fundadas” del Prado acerca de su atribución]

 

Francisco de Goya (Fuendetodos, 1746-Burdeos, 1828) siempre tuvo una gran debilidad por su nieto Marianito, hijo de Javier Goya y de Gumersinda Goicoechea, que nació en 1806 y falleció en 1874. Lo retrató, según se ha considerado siempre, en tres ocasiones: hacia 1810, cuando contaba entre cuatro años (una estudiosa como Jesusa Vega cree que en realidad era más pequeño, de apenas tres años); entre 1813-1815, en uno de los cuadros que durante mucho tiempo se consideró “una de las obras más genuinas del artista”, y en 1827, en su último viaje a Madrid, cuando había rebasado los 80 años.

Ese cuadro salió ayer a subasta en Nueva York en la galería Sotheby’s, con un precio de partida que rondaba los cinco millones de euros pero no se vendió. Curiosamente, dentro esa rueda de atribuciones y desatribuciones en la que se ha sumergido el Museo del Prado en los últimos años, a través de la conservadora de la pintura del siglo XVIII Manuela B. Mena, la Pinacoteca Nacional solo ve como «seguro» el primero como original del pintor aragonés.

Con declaraciones e informes más o menos explícitas, los dos han sido descartados: el ‘Mariano Goya’ de 1813-1815 lleva una inscripción, «Goya a su nieto», y pertenece al Duque de Alburquerque, que lo tuvo en depósito en El Prado durante dieciocho años; el Museo lo expuso y lo prestó para algunas exposiciones específicas. Distintos expertos lo defendieron como una de las obras más logradas de Goya, sobre todo en el campo del retrato infantil. Por ejemplo, el profesor zaragozano Julián Gállego dijo: «Se trata, en mi opinión, de uno de los retratos infantiles más hermosos de toda la pintura europea (…) No puede ser sino de Goya, en su mejor momento». Lafuente Ferrari dijo que en ese cuadro «Goya puso lo mejor de sí mismo» y otro experto como Nigel Glendinning aseguraba que «es un retrato de familia. Íntimo, espontáneo y personal. Hay rasgos muy típicos del estilo de Goya en esta obra».

El entonces Director del Museo del Prado Alfonso Pérez Sánchez logró que se le considerase BIC (Bien de Interés Cultural) y promovió su adquisición. Hacia 1993, cuando el Prado recibió un importante legado, se hizo una oferta formal por él de algo más de cuatro millones de euros. Manuela B. Mena dijo entonces que tenía  «dudas muy fundadas» de que fuese de Goya. Se paró el proceso de compra, en medio de la perplejidad y de la sorpresa de sus dueños y de los propios consejeros del Prado, y con la ambigüedad del propio Pérez Sánchez, que había cambiado de postura.

Ante ese estado de cosas, el nuevo director, Felipe Garín le pidió a Mena un informe minucioso; lo entregó tres años después, en julio de 1996, y constaba de algo más de una veintena de folios, donde cuestionaba «la procedencia, el soporte y su inscripción, la composición y la técnica» del lienzo.

Mena contó, además, con el apoyo inmediato de Juliet Wilson-Bureau, que por entonces organizaba con ella la muestra ‘El capricho y la invención’. Afirmó también que el retrato del niño, con la partitura de música, no era de Goya. El nuevo Duque de Albuquerque Ioannes Osorio (el anterior, Beltrán de Osorio, falleció en 1994) lo retiró del Prado y lo dejó en la caja fuerte de un banco. Algún tiempo después, casi una década, en 2003, la Academia de Bellas Artes de San Fernando se propuso adquirirlo y ofreció 600.000 euros, según contaba el domingo el diario ABC en una exhaustiva información. La Academia contaba con el apoyo de informes y escritos muy favorables de Sánchez Cantón, Gassier, Jeannine Baticle, Jesusa Vega o los ya citados Lafuente Ferrari, Gállego o Glendinning. Entonces el ducado rehusó la operación. Y ahora el cuadro se encuentra en el limbo. Es un cuadro BIC y sin embargo dicen que no es de Goya. No puede salir de España. Eso sí, los propietarios del lienzo no han recibido el informe de Manuela B. Mena ni tampoco una carta formal que niegue la autoría de Goya.

Algún tiempo después, Manuela Mena deslizaría otra descorazonadora observación en el catálogo de la exposición ‘Goya en tiempos de guerra’ de 2008. Allí sostiene que el primer retrato, el de 1810, que pertenece al marqués de Larios, «es el único retrato seguro que se conoce de Mariano Goya». Lo cual también arrojaba algunas dudas sobre la puja de ayer. El cuadro ‘Mariano Goya’ (1827) que subastó Sotheby’s, y que perteneció al coleccionista griego George Embiricos (lo adquirió en 1954), tampoco sería del pintor aragonés, aunque hubiera escrito el artista: «Goya a su nieto en 1827 a los 81 años de edad». Al respecto, por ahora, no existe un informe exhaustivo o conocido que explique por qué este lienzo de 52 x 41 -que representa a un joven elegante y apuesto, de aspecto romántico que tiene una cicatriz en la mejilla- no lo pintó Goya.

La vida fue generosa con el nieto más amado de Goya, pero parece que Mariano Goya no supo aprovechar todas las oportunidades que le había dado la suerte. Su abuelo hizo un duro y último viaje para retratarlo, y murió poco después. Tras diversos negocios de minas y de bancas, intentó adquirir un título nobiliario, el de marqués del Espinar, y se casó dos veces. Se caracterizó por la frivolidad, la inconsciencia y el despilfarro. Ahora, tanto años después de muerto, Marianito Goya “debe” remontar otra incómoda disyuntiva: ¿quién podría haber pintado esos dos cuadros que siempre habíamos pensado, con aparente fundamento, que eran de Goya, su abuelo tan amado?

 

AGNES DAROCA ILUSTRA A POE

AGNES DAROCA ILUSTRA A POE

La artista y diseñadora gráfica presenta una exposición sobre ‘La caída de la Casa Usher’ en la Universidad de San Jorge

 

 

Agnes Daroca (Zaragoza, 1978) vive un gran momento de creatividad en el campo de la ilustración y el diseño gráfico. Comparte con Susana Villacama el estudio Dos Cuartos y la editorial Los Imaginantes. Es autora de ‘El niño cabeza cubito de hielo’ (2012), un cuento fantástico; ha ilustrado un poemario de boxeo de Pedro Flores, ‘El último gancho de Kid Fracaso’ (2012), y hace pocas semanas presentaba el libro de artista ‘Lupanar de Greenwich’, donde ilustra unos textos sobre personajes literarios, entre ninfas pecaminosas y sueños femeninos (Morelia, Alicia, Lolita...), que ha recreado el poeta y cantautor Ángel Petisme.

A la vez, en medio de nuevos proyectos y talleres, ha inaugurado una exposición en la Universidad San Jorge alrededor de ‘La caída de la Casa Usher’ de Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore 1849), uno de sus mejores cuentos: de terror, de atmósferas inquietantes, de incesto más o menos sugerido, de reclusión morbosa. El texto, el preferido con ‘Ligeia’ del autor, fue publicado en 1839 y narra la visita de un amigo de infancia a dos hermanos que viven aislados: Roderick y Lady Madeleine, víctima de una misteriosa enfermedad que la llevará a la muerte.

Explica la artista: “Entrar en el mundo de Poe no es fácil, hay una oscuridad más profunda que el negro. Es una oscuridad psicológica que te enreda mucho más. ‘La caída de la casa Usher’ tiene esa parte del interior de las personas que hace que tengas que adentrarte en ellas para conseguir que la ilustración no se quede en una representación básica del relato. Adentrarte supone, incluso, cambiar de registro en tu propia forma de ilustrar”.

Hacer eso, cambiar de registrado, experimentar, buscar un estilo nuevo, “es algo que me encanta. Trato cada relato y cada escena como un proyecto único con los materiales, trazos y colores que le corresponden”. Realizar un trabajo así conlleva acercarse a un material sensible, donde conviven la fragilidad, el miedo y lo inefable, lo que no es fácil expresarse con palabras, aunque Poe fuese un narrador y poeta que sabía acercarse como pocos a la enfermedad y a la muerte. Agnes Daroca define así este cuento: “El cuento me sugiere algo así: la tristeza, la que come desde el corazón y mata en vida. La unión de hermanos para morir juntos y hacer que su propia tumba muera. Esa tristeza que puede hacer que todo lo reflejado en un lago sea cierto y se hunda cuando todo muere”.

Agnes Daroca emprende ese viaje a la oscuridad en busca de la luz a través de la imaginación y la intensidad cromática, y por todo ello esta exposición es algo muy especial para la ilustradora:Ha sido maravilloso y agotador este proyecto. Cuando terminas con satisfacción es que algo anda bien, el relato ha sido entendido y vivido”. Edgar Allan Poe ha sido pintado, ilustrado y llevado a los tebeos o al cine en un sinfín de ocasiones. Próximamente la obra de Agnes será publicada por El Ángel Caído ediciones. Las ilustraciones permanecerán en el Espacio en blanco hasta el quince de febrero.

 

 

SUSANA SANCHO: PINTURA Y VIDA

SUSANA SANCHO: PINTURA Y VIDA

“Me gustan las ciudades y las pinto”

 

Susana Sancho expone sus ‘Paisajes urbanos’ en la sala Barbasán-CAI, pintura figurativa, narrativa y llena de color

 

 

 

Susana Sancho realiza una pintura figurativa, de carácter eminentemente urbano. Expone en la sala Barbasán-CAI una colección de sus cuadros llenos de vida y de energía, muy narrativos, de seres humanos e instantáneas que fijan el tiempo y los distintos modos de vida de la ciudad. De una ciudad que se parece a Zaragoza. La muestra se titula ‘Paisajes urbanos’, y recoge tres series: ‘Fútbol callejero’, ‘Terrazas’ y ‘Paisaje urbano’. La pintora, licenciada en Económicas y Empresariales, explica aquí, casi a modo de estética, su trabajo, su forma de entender la creación, su relación con el espacio y con la luz. La muestra permanecerá abierta hasta el 16 de febrero.

 

 

¿Cómo pinta?

Plasmo lo que me llama la atención, no es algo premeditado. Por ejemplo, llevo varios años que cuando llega el invierno (solamente en el invierno) me llaman mucho la atención los paisajes urbanos al atardecer, en el ocaso del día, cuando empiezan a surgir las luces y se adueñan de todo.



 

¿Por qué hace siempre ciudades?

En principio, pinto lo que me rodea, no busco la inspiración en temas lejanos, idílicos ni exóticos. Yo soy muy urbanita. Vivo en una ciudad. Me gustan las ciudades. No es que no me guste el campo o los pueblos, pero yo no pertenezco a ellos.


¿Qué relación existe entre el paisaje urbano y los seres humanos en su obra?

Trabajo paisajes urbanos. Me gusta que intervengan personas, hasta el punto en que llegan a convertirse en protagonistas de la obra. De ahí que yo los trate como ‘paisajes humanos’. Paisajes humanos sobre personas en un día cualquiera de su vida: esperando el autobús, en un bar, sentados en una terraza, paseando el perro...
Igual que a muchas personas les encanta observar la naturaleza, para mí las personas en su entorno de la ciudad me parece algo fascinante. Son hombres, mujeres y niños en los que cada uno de nosotros nos reflejamos: en aquel gesto, en la manera de caminar, en el café que nos tomamos en una terraza, ese partido de fútbol que juegan nuestros hijos o que, quizás, jugamos nosotros cuando éramos niños... Todos estos anónimos personajes transformarán luego, de alguna manera,  al espectador en el protagonista de la obra.
 
¿Cuál es su método de trabajo?

Suelo llevar una cámara fotográfica en el bolso y cuando algo me llama la atención (por su luz, por la situación, por su composición, por lo que sea....) le hago alguna fotografía. Luego, si la fotografía me gusta y me parece que ha recogido bien el momento, parto de ella para empezar el cuadro. A partir de ahí, ya manda el cuadro y hasta donde él diga. A veces me dicen que me examino demasiado en cada cuadro.

 

¿Por qué se lo dicen?

Tengo mi propia liturgia a la hora de terminarlo. Tiene que gustarme cada parte y además, cada parte tiene que contribuir al conjunto, tiene que funcionar. Si no, no está acabado. Antes de darlo por terminado me gusta ponerlo en un sitio transitado de mi casa. La vista se posa un segundo cuando paso por ahí. En unos días ya sabes si te gusta y está acabado o no.


¿Qué le pide a una obra?

Para mí un cuadro tiene que darte unos microsegundos de felicidad y bienestar cuando posas un segundo la vista en él. Tiene que ser sugerente. Esa es mi concepción del arte o de ‘mi arte’.

*La primera foto de Susana con su hijo me la mandó ella; la segunda es de Vicente Almazán.

ARTISTAS DE MONSTRUOS EN EL ECAD

David Vela, Ángel Laín y CSViñuales, en una foto de Vicente Almazán.

 

ARTE

El lenguaje de las bestias

 

Cuatro artistas - David Vela, Óscar Sanmartín Vargas, CSViñuales y Ángel Laín- interpretan el bestiario fantástico en ‘Portentos, Ostentos, Monstruos y Prodigios’ en Espacio Adolfo Domínguez

 

 

Sin hacer mucho ruido y en un lugar muy especial, con alusión a las murallas y a las piedras antiguas de la ciudad, en Puerta Cinegia existe un Espacio Cultural Adolfo Domínguez muy activo y constante en su programación artística. Desde hace unos días se expone una muestra colectiva que combina diversos formatos y técnicas de artistas muy distintos - David Vela, Óscar Sanmartín Vargas, CSViñuales y Ángel Laín- que han trabajado sobre ‘Portentos, Ostentos, Monstruos y Prodigios’, obras inspiradas en las ‘Etimologías’ de Isidoro de Sevilla, quien escribió: “El portento no se realiza en contra de la naturaleza conocida. Y se conocen con el nombre de portentos, ostentos, monstruos y prodigios, porque anuncian (portendere), manifiestan (ostendere), muestran (mostrare) y predicen (praedicare) algo futuro”.

David Vela es un ilustrador, pintor y humorista gráfico, galardonado en distintos certámenes y vinculado a la obra de Ramón Gómez de la Serna, al que ha ilustrado en varias ocasiones, tanto sus greguerías, como sus bestiarios o sus sirenas. Aquí presenta varias series de témperas: una interpretación de ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, en una de las piezas sustituye el tradicional caballo por la bicicleta; un conjunto de figuras (la sirena, el cíclope, la esfinge...) o el apartado ‘El fin del mundo’, más épico. El trabajo de David Vela está caracterizado por la presencia de figuras, un gran sentido del color y de la composición, la huella narrativa y el uso de la ironía y el humor, a menudo auténticamente humor negro. Destaca su aproximación al universo de la guerra, donde se percibe el silencio, la desolación y las huellas de la barbarie. Cierra su apartado con un espectacular ‘Juego de la Oca’.

Óscar Sanmartín Vargas, ilustrador y diseñador, es el alma gráfica del sello Tropo editores, pero además hace composiciones escultóricas muy originales, como se ve aquí en dos de sus dioramas: uno de ellos evoca el mundo del circo y otro el universo latino, como ocurre en esa inscripción SPQR que era el emblema de las legiones romanas, cuya traducción sería «Senado y Pueblo Romano». Además, Sanmartín expone algunos de sus dibujos, que tiene algo de secuencias narrativas, de esos monstruos con extrañas cabezas que evocan un mundo intemporal, de inquietud y sombra, y los bestiarios fabulosos y decrépitos del grabador José Hernández.

CSViñuales es diseñadora gráfica y una pintora muy expresiva que trabaja, muy especialmente, los paisajes tempestuosos y enérgicos. Aquí son casi todos marinas, pero no marinas amables o suaves, sino más bien violentas. Bajo el oleaje o la oscilación de las mareas, en ocasiones, parecen asomar criaturas terribles o no tan terribles, peces informes, peces sugeridos, saurios. Monstruos. Y entre sus animales, en uno de los cuadros más vigorosos, parece intuirse un toro que se desmelena.

Ángel Laín, pintor y escultor y experto en maquillaje, combina el dibujo con las esculturas y con la instalación. Por ejemplo, es muy atractivo ese montaje de un tarot sobre arpillera distribuido sobre una columna y resuelto con dibujos muy originales, emparentados con esas deslumbrantes esculturas móviles de figuras y símbolos que cuelgan del techo como pájaros gigantescos. Impacta la instalación ‘Troceadora’, o guillotina, y la videoinstalación ‘Holocausto vegetal’, de aroma apocalíptico.

La exposición es muy sugerente y variada. Fluctúa entre la imaginación, la fantasía, el horror y la deformación. Y por supuesto no es ajena a la inquietud ni a la belleza. Es la primera muestra del año. El Espacio Cultural Adolfo Domínguez (ECAD) es un lugar acogedor y evocador, y cuenta con la coordinación del poeta y pintor Eugenio Mateo, quien, día a día, ensancha sus propuestas y da cabida a todo: a pintura, escultura, fotografía, grabado, o ahora a esta colectiva tan llena de matices.

 

 

Óscar Sanmartín Vargas por Vicente Almazán.

 

‘Portentos, Ostentos, Monstruos y Prodigios’. David Vela, CSViñules, Óscar Sanmartín y Ángel Laín. Espacio Cultural Adolfo Domínguez (ECAD). Hasta el tres de febrero. [Las fotos de David Vela, 'El Juego de la Oca', y el Tarot de Ángel Laín, las he tomado del blog del librepensador.com.]

FLOJICO, FLOJICO, POR LUIS ALEGRE

[Luis Alegre, que estuvo en Laluenga conversando con los paisanos y contando historias de cine, de amistad, de pueblos y de fútbol -quería ser santo y delantero centro del Real Zaragoza- publica hoy este artículo sobre aquello 'flojico, flojico, lo tuyo don Luis', y desmiente el lugar común... Arriba Buñuel retratado por Man Ray, abajo una foto de Forqué de su web.]

 

UNA ANÉCDOTA FALSAMENTE ATRIBUIDA A LUIS BUÑUEL VUELVE A INSINUAR QUE LA ESTRICTA VERDAD, A VECES, ESTÁ MUY SOBREVALORADA.

 

Otra leyenda aragonesa

 Por Luis ALEGRE

La anécdota me la contó, hace muchos años, José Antonio Labordeta. La estrella de la historia era Luis Buñuel. Acababa de estrenar una de sus obras maestras y el mundo se había rendido a su inmenso talento. Un día vino a Zaragoza a ver a su madre. Vivía en el Paseo de la Independencia 29, en el mismo edificio de HERALDO. Entonces, al lado de esa casa, Buñuel se encontró con un antiguo compañero de los jesuitas, al que hacía siglos que no veía. Su amigo le saludó, eufórico: “¡¡Hombre Luis, qué alegría verte¡¡ ¿Pero qué haces por aquí?. Oye, que me he enterado de lo de tu película. Ya la he visto: mu flojica ¿eh?”

José Antonio acabó el relato y se partió de risa conmigo. El chascarrillo era un retrato muy divertido de algunos rasgos que se suelen asociar a la personalidad aragonesa: la simpatía, la “autenticidad”, la franqueza a bocajarro pero cariñosa y esa tendencia irreprimible a quitarle importancia, abaratar o, directamente, despreciar, a las cosas y personas más valiosas que nos rodean. Además, esa historieta nos permitía reírnos de nosotros mismos, algo muy saludable que había que hacer a las primeras de cambio. Al contarla resultaba imprescindible emplear, con la entonación precisa, la expresión “mu flojica”, tan castiza: si en lugar de “mu flojica” se decía “muy floja”, la historia perdía buena parte de su encanto.

La anécdota se jaleó mucho en algunos restringidos ambientes. Pero José Luis Borau me reveló que la figura de ese episodio no era Luis Buñuel sino José María Forqué, el director zaragozano responsable, entre otras muchas películas, de un clásico, “Atraco a las tres”. En una cena, Forqué le dijo a José Luis: “Vuelvo poco a Zaragoza y no sé para qué. El otro día que fui me paró un amigo por la calle para decirme que mi última película era muy mala”.

Una tarde, en una charla, coincidí con Borau y Labordeta. Borau le aclaró al Abuelo que el rey de la anécdota era Forqué. Labordeta se echó a reír: “Ya lo sé, José Luis. Pero es que con Buñuel tiene mucha más gracia”. La travesura de Labordeta me pareció inofensiva y genial. Forqué era un buen cineasta pero no tenía, ni de lejos, el glamour de Buñuel. Si la historia se hubiera contado con Forqué no habría tenido gracia ni alcance, no hubiera quedado. Esa historia funcionaba de maravilla como espejo de algunos de nuestros más cacareados clichés porque su protagonista era alguien tan potente, indiscutible e icónico como Luis Buñuel.

A Borau, niño grande y deslumbrante, le encantaba sobreactuar sus cabreos y fingía que se subía por las paredes si alguien en su presencia contaba la anécdota con Buñuel. Un día le sugerí que si esa historia había triunfado era también porque nos parece muy verosímil que le sucediera a Buñuel, al margen de que realmente le hubiera sucedido o no: la inmensa mayoría de los ilustres aragoneses había sufrido su momento “muflojicaeh?”. Entonces, Borau me dijo: “Ah, ahora que caigo, a mí también me pasó algo parecido. En la cafetería Las Vegas de Zaragoza un señor me preguntó si yo era el productor de `Camada negra´. Cuando le dije que sí, el señor me soltó: `Pues vaya película tan fea´. Y se fue”. Me reí bien a gusto: Borau acababa de reivindicar la grandeza de la anécdota. Es verdad que, en los últimos tiempos, a Borau se le ha celebrado mucho desde las instituciones aragonesas. Pero cómo olvidar algunos pequeños detalles: la crítica tal vez más dura que padeció “Furtivos” –la obra por la que quizá será recordado- se publicó en Zaragoza; José Luis se enteró por casualidad de que le habían dedicado una calle en su ciudad; y “Leo”, con la que ganó el Goya, estuvo a punto de no estrenarse en Zaragoza –él, incluso, se mostró dispuesto a alquilar la sala- y, cuando lo hizo en un cine próximo a la calle de la infancia de Borau, no fue a verla casi nadie.

Yo, por descontado, sigo recreando la historia con Buñuel, aunque, como tributo a Forqué y a Borau, la completo con sus propias anécdotas. A veces desvirtúo la narración por mi cuenta y en lugar de con “Muy flojica, ¿eh?” la acabo con un “Muy flojico lo suyo, don Luis”. Incluso, entre mis amigos, llamamos “muyflojicodonluisismo” al síndrome vinculado a ese chascarrillo, primo hermano, por cierto, del “paquetantismo”: “¡¡ Pa qué tanto¡¡” es lo que exclamó el tío Romualdo de Alloza cuando Joaquín Carbonell le presentó en el pueblo a Miguel Pardeza y se dedicó a enumerar los múltiples méritos del futbolista.

En Aragón no somos los únicos entusiastas de esa especie de chovinismo inverso que, sin estar reñido con la exaltación desaforada de muchas de nuestras cosas, resulta muy llamativo. El vicio está muy pegado, en general, a la idiosincrasia española y de otros muchos lugares. Lo que ocurre es que esa displicencia hacia la excelencia, ese afán por bajar los humos y poner los pies en la tierra y esa cercanía desmitificadora parecen enquistados en un lugar donde somos tan pocos, en el que buena parte tenemos raíces en un pueblo y donde resulta tan fácil reconocernos las costuras. Agustín Sánchez Vidal lo clavó cuando una vez me dijo: “En Zaragoza se piensa que no puede ser realmente importante alguien a quien te puedas encontrar en cualquier momento por el Paseo de la Independencia”.

La historia maquillada originalmente por José Antonio Labordeta insinúa una vez más que las mentiras o las medias verdades no solo pueden ser más emocionantes y divertidas que la estricta verdad sino, también, más esenciales, más hondas, más poderosas, más sugerentes, más de verdad. Y, sobre todo, pueden provocar en mucha mayor medida la identificación de la gente. Esa es la raíz de los mitos, de las leyendas, de la ficción. John Ford lo deslizaba en “El hombre que mató a Liberty Valance”: “Cuando la leyenda supera a la realidad, publica la leyenda”. Qué nos van a contar en Aragón, la tierra de La Dolores de Calatayud, Los amantes de Teruel y la mismísima Virgen del Pilar.

GUILLÉN: ARTE, VIDA Y POLÍTICA

GUILLÉN: ARTE, VIDA Y POLÍTICA

RECUERDO DE FERNANDO GUILLÉN DESDE URREA DE GAÉN

[Acaba de fallecer un actor de carácter, áspero y suave a la vez, Fernando Guillén (Barcelona, 1932-Madrid 2013) que pasó algunas temporadas en Urrea de Gaén, Teruel. Su adiós coincide con uno de los periodos más lamentables de la política española.]

Un actor necesario ante la realidad inverosímil

 

Como en las canciones de Serrat hace de casi todo veinte años, no en vano volvemos a mirar hacia atrás porque a veces resulta insoportable mirar hacia los lados, vivir el presente, y resulta casi inconcebible imaginarse el futuro. Hace veinte años, o quizá algo más, la vida y la aventura nos llevaron a Urrea de Gaén, una localidad del Bajo Aragón, cuna de Pedro Laín, del carlista Cabañero y, en cierto modo, de Alfonso Zapater. La localidad tiene calzadas empinadas que parecen adentrarse, con sus encaladas casas, en una difusa sombra, y tiene una de las iglesias más particulares de Aragón: de planta octogonal, fue concebida por Agustín Sanz y albergó durante un largo siglo un cuadro de Goya, quemado durante la Guerra Civil. La desaparición del cuadro daba para muchas historias, así como los relatos del padre de Laín Entralgo y las prácticas de hipnosis en una casa de la huerta, o el relato de dos maquis que se llamaban ‘Los zapateros’.

Pronto nos contaron casi todas las novedades, pero había una muy reciente que se vivía con cautela, con fascinación y a la vez con respeto. El actor Fernando Guillén pasaba pequeñas temporadas en el pueblo, quizá en la calle del Cochuelo. Guillén, que había llevado a la escena a grandes autores como Albert Camus y que había besado en ‘La saga de los Rius’ a Agatha Lyss, nuestra Marilyn teñida, era un actor de prestigio, popular, y tenía entonces una compañera sentimental en Urrea. Quise saber qué hacía. Me dijeron: “Se sienta al sol y ahí lee y lee. Es sumamente discreto”. Fernando Guillén acaba de morir y deja tras de sí el rastro de una carrera sólida, de una personalidad apasionada, que defendió la libertad, la cultura, la valentía en la escena, y que sabía decir un texto como nadie. Había trabajado con Forqué o con Saura, entre otros. Siempre, sin tapujos, se confesaba “rojo, no simplemente de izquierdas”. Recuperaba una nomenclatura vieja, casi dolorosa. En estos días, de impunidad absoluta, de corrupción mental, de democracia traicionada, su compromiso era toda una declaración de principios. Quizá se haya ido porque no podía aguantar la inverosímil realidad que nos desmadeja a todas horas.

 

BERNARDO SÁNCHEZ CUENTA A BORAU

BERNARDO SÁNCHEZ CUENTA A BORAU

Borau, el travieso

 

José Luis Borau (Zaragoza, 1929-Madrid, 2012) es uno de los personajes más poliédricos y sabios de la cultura español del último medio siglo. Un personaje que lo hizo casi todo sin voluntad ni vocación de exhaustividad. Le han dedicado biografías Agustín Sánchez Vidal, Carlos Heredero y Luis Martínez de Mingo, entre otros, y él mismo ha escrito a lo largo y a lo ancho de cine, de pintura, de la impregnación del séptimo arte en las palabras de la vida, y ha hecho una literatura valiosa y personal, oblicuamente autobiográfica, que le hizo merecedor del premio Tigre Juan y del Premio de las Letras Aragonesas.

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961), otro caballero del cine, estudioso de la figura de su paisano Rafael Azcona, le ha dedicado un libro muy personal: ‘La vida no da para más’ (Ediciones Pigmalión), que se presentó el pasado miércoles en el Aula Magna del Paraninfo, dentro del ciclo ‘La buena estrella’. Es un libro-crónica: un libro que se empieza a redactar en 2007 y que se alimenta de citas, de llamadas telefónicas, de cuestionarios y, también, de una mirada a esas más de 560 cajas –quizá más de 3.000 en realidad- que constituyen ese fondo de armario vital y creativo de un hombre que era “solícito y refunfuñón”, tal como lo define Soledad Puértolas, un personaje barojiano que sostenía que “jugar es una de las cosas más importantes de la vida”. Borau y Sánchez se citaron en Logroño, en Huesca, en Madrid, y el escritor riojano recoge como ha podido “los muchos y diversos Borau que andan por ahí”.

La fascinación por el personaje se remonta, o podría remontarse, a un 6 de noviembre de 1964 cuando Bernardo vio en el gallinero del Teatro Bretón de los Herreros la película ‘Brandy’, el western de Borau, que seguía a su primer proyecto, ‘En el río’, que contiene tantas claves. ‘La vida no da para más’ es una frase literal del actor, director (fue premio Goya por ‘Leo’), productor, guionista, historiador y crítico (empezó en HERALDO) de cine, escritor y unos cuantos empeños más que falleció inmediatamente después de la presentación de este volumen en la SGAE. Bernardo Sánchez recoge varias definiciones y autorretratos del autor de ‘Furtivos’ o ‘El amigo de invierno’. Recuerda que Borau solía decir que la vida es un buñuelo con nada en su interior, o que “la mejor película es aquella en la que no ves nada”. Borau “hubiera preferido ser un tercer hombre, un extraño de sí mismo” y que es “un mudéjar del cine español”, “un proscrito de sí mismo y académico del resto”, y recuerda que empezó así un cuento: “No soy mi tipo”. Otra confesión: “Soy displicente en el terreno de las ideas y afectivo en todo lo demás”.

En páginas sucesivas, Bernardo Sánchez Salas, que estudió en Zaragoza, explica cómo Borau descubrió y cómo vivió el cine en las salas y la mecedora (“la mecedora es el potro de mis sueños”) de su casa, donde se dedicaba a montar y remontar las películas y a recordar a sus amadas Madeleine Carroll, Sylvia Sidney o Deanna (Diana) Durbin, a la que escribió a Hollywood. Recuerda su pasión por Guillermo, los libros que compraba, e incluso dice que barajó titular su libro ‘Borau el travieso’. O ‘Borau, el hombre de la ribera’. Revela que fue un gran jugador de póker, que admiraba mucho al pintor Francis Bacon, y nos guía, con erudición y conocimiento, por las claves de sus películas y de sus libros de narrativa. Por ejemplo, en este volumen lleno de espléndidas fotografías y de detalles entrañables, hay uno muy bonito: recuerda que al joven Borau el portero del cine Doré o Dorado le regaló el programa de mano de ‘Nobleza baturra’. O que Borau le confesaba que “me conozco los muebles del cine español”. Su película favorita era ‘Pasión de los fuertes’ de John Ford, lo cual no deja de ser lógico en un “épico medroso” como él.

Hay una anécdota que revela la personalidad de José Luis Borau, lo mirado o imprevisible que podía llegar a ser. Acude al Museo Reina Sofía y sufre una caída. Y cuenta así su reacción: «¿Y qué me pongo a gritar yo ahora? ¿¡Socorro!? Pensé que no, que estaba muy visto gritar ¡Socorro!, que eso lo grita todo el mundo. Fijaos cómo me salió una especie de deformación profesional. Además, como era el día en que cerraba el museo tampoco me habría escuchado ningún visitante». Así era Borau, “un furtivo de su satisfacción, de sus emociones, de su obra, de su persona”.

JUAN VERÓN GORMAZ: UN DIÁLOGO

JUAN VERÓN GORMAZ: UN DIÁLOGO

Juan Verón Gormaz (Calatayud, 1960) es compositor e intérprete. Acaba de publicar su quinto álbum, ‘Signos en el tiempo’, que cierra una trilogía, con poemas de José Verón, Mariano Castro y Ángel Guinda.

 

 

“‘Signos en el tiempo’ es más fácil de oír”

 

“Hago una música muy personal

comprometida con la poesía”

 

Antón CASTRO. Zaragoza

¿Cuáles son las claves ‘Signos en el tiempo’, cómo ha hecho la elección de poemas y canciones?

En 2009, cuando publiqué ‘Itinerario’, ya tenía muy definido el contenido de ‘Signos en el tiempo’, digamos que por exceso: a falta de eliminar canciones sobrantes pues había nada menos que veintidós canciones, unos 75 minutos, con poemas de José Verón y Mariano Castro, además de algunos textos míos e instrumentales. Conforme fuimos perfilando la idea de ‘Signos en el tiempo’ fueron cayendo canciones, unas por no encajar y otras por contar con menos calidad que el resto. Al final dejamos el álbum en 54 minutos.

También ha incorporado a Ángel Guinda, premio de las Letras Aragonesas de 2010.

 Sí. Entre tanto seguía componiendo canciones para futuros trabajos; una de ellas, con poema de Ángel Guinda, se la dediqué a Jorge Sánchez Estarelles, un amigo que falleció en 2011, momento en el que decidí insertarla en este disco. El poema es ‘Escribir’, que renombré ‘Escribiré’ para la canción, y que abre precisamente este trabajo, con dieciséis poemas, catorce canciones cantadas y dos instrumentales (una de ellas con recitado de un breve poema).

Si tuviera que explicar la línea, el espíritu o el mensaje de los textos, las letras, ¿qué diría?

En principio no busco una línea específica en la elección de poemas. Busco la calidad y que me inspiren de alguna manera. En el fondo, ha sido como en anteriores trabajos, con la salvedad de que por primera vez he incluido obra no escrita por mi hermano Pepe Verón Gormaz. En 2007 hice una prueba con poemas de Mariano Castro. Recuerdo que el poeta quedó encantado y eso hizo que me plantease la posibilidad de ampliar la procedencia de mis letras, en principio con la poesía del citado Mariano Castro y de Ángel Guinda.

 

¿Cuál es espíritu de la música: rock, pop, sonidos experimentales?

En general me parece una música muy personal, concretamente en mis últimos trabajos ha sido música comprometida con la poesía a la que se realza. No resulta comercial, ni lo pretendo. Creo que podríamos definirla como ‘Música Veroniana’ o ‘Veronidades’, a veces te lleva al pop, al rock sinfónico, al rock más convencional e incluso recuerda en bastantes ocasiones a la música instrumental de mis primeros trabajos, cercana a la ‘new age’. ‘Signos en el tiempo’ resulta más fácil de oír, más cercano que los discos anteriores.

Voy a insistir un poco más: ¿cómo suena el disco?

Desde mi punto de vista (tal vez subjetivo, aunque espero no serlo), suena intenso, lleno, completo, transmite energía; creo que hasta en las partes más suaves, más lentas, en sus baladas, tiene fuerza, empuje y resulta más coherente, más nítido y más fresco que mis anteriores trabajos, en parte por las composiciones en sí, pero sin olvidar las colaboraciones externas -voces, guitarras y saxos- que creo que están impecables. Yo intento disfrutar con lo que hago, con la composición, con los arreglos, con la adaptación de los poemas. Hay que divertirse, pasarlo bien y también buscar que guste al público, que puedan sentir lo mismo que tú, transmitir mis sentimientos y, sin duda, los que nos cuentan las letras de las canciones.

Por cierto, su familia de creadores ha estado muy presente en todos los discos...

Es cierto. En los dos primeros había fotografías de mi hermano José y en los dos últimos con diseño de su hija Aurora Verón; ella, a su vez, ha contado con mi hija, Clara Verón Mérida, para las ilustraciones de ‘Signos en el tiempo’. Aquí hemos cambiado la fotografía por la ilustración, pero siempre dando importancia a la imagen y prestando mucha atención a la presencia de la carpeta, tanto como a la música y a la poesía.

¿Qué novedades serían las más objetivas del proyecto?

Tanto las colaboraciones, arreglos, trabajo de estudio, como la música en sí, han ido mejorando en cada trabajo, han sido más sutiles, más cuidados, y se nota como la experiencia hace que cada nuevo disco sea más “redondo”, más certero. También destacaría la colaboración de Rodrigo García Melero que hasta ahora no había cantado en los trabajos anteriores y me ha parecido estupendo.


Es un disco repleto de colaboraciones. ¿Cómo ha sido el proceso de gestación y esa labor de equipo?

Las colaboraciones han sido fantásticas. Una labor de mucho trabajo, mucho tiempo, de idas y venidas, de cambios, de decisiones, pero creo que acertadas finalmente. Destacaría las fabulosas guitarras de Javier Morte que interviene en la mayoría de las canciones, además de los saxos de Alejandro Doñágueda y las guitarras de Jesús Larriba. Las voces, en orden alfabético, han sido de Ángel Petisme, Conchi Mérida, José Manuel Bueno, Juan Manuel Lassa, Paco García Domingo, Pedro Elías Domínguez Coll y Rodrigo García Melero. Mano a mano, con Víctor Martín Martínez hemos hecho la producción artística, sonido y mezclas de todas las canciones, además de algunos arreglos. Paco Muñoz (de Estudios 2000) realizó la masterización y también colaboró en la presentación en directo en Calatayud.

 

También ha pedido ayuda a los amigos mediante el ‘crowdfounding’, ¿no?

Ha sido muy importante la colaboración de un buen puñado de amigos y simpatizantes que lo hicieron a través de ‘crowdfounding’, así como una pequeña subvención del Gobierno de Aragón y de la Diputación de Zaragoza.