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Antón Castro

FLOJICO, FLOJICO, POR LUIS ALEGRE

[Luis Alegre, que estuvo en Laluenga conversando con los paisanos y contando historias de cine, de amistad, de pueblos y de fútbol -quería ser santo y delantero centro del Real Zaragoza- publica hoy este artículo sobre aquello 'flojico, flojico, lo tuyo don Luis', y desmiente el lugar común... Arriba Buñuel retratado por Man Ray, abajo una foto de Forqué de su web.]

 

UNA ANÉCDOTA FALSAMENTE ATRIBUIDA A LUIS BUÑUEL VUELVE A INSINUAR QUE LA ESTRICTA VERDAD, A VECES, ESTÁ MUY SOBREVALORADA.

 

Otra leyenda aragonesa

 Por Luis ALEGRE

La anécdota me la contó, hace muchos años, José Antonio Labordeta. La estrella de la historia era Luis Buñuel. Acababa de estrenar una de sus obras maestras y el mundo se había rendido a su inmenso talento. Un día vino a Zaragoza a ver a su madre. Vivía en el Paseo de la Independencia 29, en el mismo edificio de HERALDO. Entonces, al lado de esa casa, Buñuel se encontró con un antiguo compañero de los jesuitas, al que hacía siglos que no veía. Su amigo le saludó, eufórico: “¡¡Hombre Luis, qué alegría verte¡¡ ¿Pero qué haces por aquí?. Oye, que me he enterado de lo de tu película. Ya la he visto: mu flojica ¿eh?”

José Antonio acabó el relato y se partió de risa conmigo. El chascarrillo era un retrato muy divertido de algunos rasgos que se suelen asociar a la personalidad aragonesa: la simpatía, la “autenticidad”, la franqueza a bocajarro pero cariñosa y esa tendencia irreprimible a quitarle importancia, abaratar o, directamente, despreciar, a las cosas y personas más valiosas que nos rodean. Además, esa historieta nos permitía reírnos de nosotros mismos, algo muy saludable que había que hacer a las primeras de cambio. Al contarla resultaba imprescindible emplear, con la entonación precisa, la expresión “mu flojica”, tan castiza: si en lugar de “mu flojica” se decía “muy floja”, la historia perdía buena parte de su encanto.

La anécdota se jaleó mucho en algunos restringidos ambientes. Pero José Luis Borau me reveló que la figura de ese episodio no era Luis Buñuel sino José María Forqué, el director zaragozano responsable, entre otras muchas películas, de un clásico, “Atraco a las tres”. En una cena, Forqué le dijo a José Luis: “Vuelvo poco a Zaragoza y no sé para qué. El otro día que fui me paró un amigo por la calle para decirme que mi última película era muy mala”.

Una tarde, en una charla, coincidí con Borau y Labordeta. Borau le aclaró al Abuelo que el rey de la anécdota era Forqué. Labordeta se echó a reír: “Ya lo sé, José Luis. Pero es que con Buñuel tiene mucha más gracia”. La travesura de Labordeta me pareció inofensiva y genial. Forqué era un buen cineasta pero no tenía, ni de lejos, el glamour de Buñuel. Si la historia se hubiera contado con Forqué no habría tenido gracia ni alcance, no hubiera quedado. Esa historia funcionaba de maravilla como espejo de algunos de nuestros más cacareados clichés porque su protagonista era alguien tan potente, indiscutible e icónico como Luis Buñuel.

A Borau, niño grande y deslumbrante, le encantaba sobreactuar sus cabreos y fingía que se subía por las paredes si alguien en su presencia contaba la anécdota con Buñuel. Un día le sugerí que si esa historia había triunfado era también porque nos parece muy verosímil que le sucediera a Buñuel, al margen de que realmente le hubiera sucedido o no: la inmensa mayoría de los ilustres aragoneses había sufrido su momento “muflojicaeh?”. Entonces, Borau me dijo: “Ah, ahora que caigo, a mí también me pasó algo parecido. En la cafetería Las Vegas de Zaragoza un señor me preguntó si yo era el productor de `Camada negra´. Cuando le dije que sí, el señor me soltó: `Pues vaya película tan fea´. Y se fue”. Me reí bien a gusto: Borau acababa de reivindicar la grandeza de la anécdota. Es verdad que, en los últimos tiempos, a Borau se le ha celebrado mucho desde las instituciones aragonesas. Pero cómo olvidar algunos pequeños detalles: la crítica tal vez más dura que padeció “Furtivos” –la obra por la que quizá será recordado- se publicó en Zaragoza; José Luis se enteró por casualidad de que le habían dedicado una calle en su ciudad; y “Leo”, con la que ganó el Goya, estuvo a punto de no estrenarse en Zaragoza –él, incluso, se mostró dispuesto a alquilar la sala- y, cuando lo hizo en un cine próximo a la calle de la infancia de Borau, no fue a verla casi nadie.

Yo, por descontado, sigo recreando la historia con Buñuel, aunque, como tributo a Forqué y a Borau, la completo con sus propias anécdotas. A veces desvirtúo la narración por mi cuenta y en lugar de con “Muy flojica, ¿eh?” la acabo con un “Muy flojico lo suyo, don Luis”. Incluso, entre mis amigos, llamamos “muyflojicodonluisismo” al síndrome vinculado a ese chascarrillo, primo hermano, por cierto, del “paquetantismo”: “¡¡ Pa qué tanto¡¡” es lo que exclamó el tío Romualdo de Alloza cuando Joaquín Carbonell le presentó en el pueblo a Miguel Pardeza y se dedicó a enumerar los múltiples méritos del futbolista.

En Aragón no somos los únicos entusiastas de esa especie de chovinismo inverso que, sin estar reñido con la exaltación desaforada de muchas de nuestras cosas, resulta muy llamativo. El vicio está muy pegado, en general, a la idiosincrasia española y de otros muchos lugares. Lo que ocurre es que esa displicencia hacia la excelencia, ese afán por bajar los humos y poner los pies en la tierra y esa cercanía desmitificadora parecen enquistados en un lugar donde somos tan pocos, en el que buena parte tenemos raíces en un pueblo y donde resulta tan fácil reconocernos las costuras. Agustín Sánchez Vidal lo clavó cuando una vez me dijo: “En Zaragoza se piensa que no puede ser realmente importante alguien a quien te puedas encontrar en cualquier momento por el Paseo de la Independencia”.

La historia maquillada originalmente por José Antonio Labordeta insinúa una vez más que las mentiras o las medias verdades no solo pueden ser más emocionantes y divertidas que la estricta verdad sino, también, más esenciales, más hondas, más poderosas, más sugerentes, más de verdad. Y, sobre todo, pueden provocar en mucha mayor medida la identificación de la gente. Esa es la raíz de los mitos, de las leyendas, de la ficción. John Ford lo deslizaba en “El hombre que mató a Liberty Valance”: “Cuando la leyenda supera a la realidad, publica la leyenda”. Qué nos van a contar en Aragón, la tierra de La Dolores de Calatayud, Los amantes de Teruel y la mismísima Virgen del Pilar.

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